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diciembre
2003
Nº 108

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La fe en subasta
Rafael Gumucio
¿Qué es lo políticamente
correcto? ¿Y lo incorrecto? Lateral organizó dos encuentros
abordando el asunto bajo el lema En ojo ajeno. A continuación,
Gumucio nos ofrece su visión nada ortodoxa de la cuestión
aunque pueda parecerlo.
Primero quisiera reconocer que mucho de lo políticamente
correcto me parece bien. Que las mujeres, que las distintas razas y religiones
tengan su lugar en nuestra sociedad no me pueden parecer mejor. Como también
me parece que está bien que seamos conscientes de cómo nuestro
uso del lenguaje excluye. Lo políticamente correcto es una forma
de puritanismo victoriano, pero una forma mejorada y vivible de ese puritanismo
que prefiero mil veces a ese antipolíticamente correcto de Houllebecq
y compañía. Ese fascismo fácil que satisface tanto
al gordo nazi en su sillón de plástico, como al pubertoso
estudiante que confunde su masturbación con el universo.
Mi crítica a lo políticamente correcto se engloba en una
crítica mayor al empobrecimiento de las convicciones que vivimos.
A lo que llamo la subasta de la fe, que conserva de la religión
y las ideologías los ritos, y los gestos, ahorrándose el
fondo. Para explicarlo mejor empezaré con una pequeña explicación
autobiográfica.
En mi adolescencia pasaba la mayor parte de mi tiempo pensando en como
huiría de la revolución que mis compañeros de curso
prometían consumar. Ya me habían advertido que mi reformismo,
mi revisionismo marxista, mi total cobardía física, mi pusilaminidad
intelectual tendrán consecuencias nefastas para mí. Como
eran mis amigos no me iban a fusilar en un lindo paredón cubano
pero sí me mandarían a algún campo de reentrenamiento
a trabajar la tierra, endurecerme las manos y las ideas para poder vivir
en un mundo nuevo en que la moral burgesa ya no regiría.
La revolución no llegó. Pinochet arrastró en su lenta
caída a las convicciones de mis compañeros de curso. Muchos
de ellos trabajan hoy en consultoras, hacen lobby para empresas farmacéuticas,
venden programas de computación, pierden su tiempo en ONG, o se
drogan en la casa de su madre. El tiempo me dio la razón, lo que
prueba que los tiempos se han puesto irrazonables. El mundo se ha vuelto
ese adolescente asustado y tartamudo que fui.
Porque un mundo en que mi egocentrismo patológico es considerado
como algo bueno no puede estar bien. Un mundo en que todos son excepciones
y no hay regla se puede convertir en un planeta en que sólo los
fanáticos tienen derecho a creer. De todos los dogmas sólo
queda el dogmatismo. Porque si bien felizmente murió el marxismo
soviético, los marxistas-leninistas reencarnados en liberales,
en nacionalistas o en islamistas, sobreviven.
Tuve la ilusión, como todos, que al caer el Muro se caían
algunas de las más perversas ilusiones del siglo xx. Lo que ha
venido después no fue el fin de las certidumbres, sino su subasta
al más bajo precio de las ideolo-gías en un mercado de pulgas.
Hoy dirigen el mundo una mezcla fatal de ladrones y fanáticos religiosos,
que tienen la falta de escrúpulos del estafador, y la falta de
compasión del inquisidor. George W. Bush, Osama Bin Laden, los
chicos del Opus o los Legionarios de Cristo, Dios es para todos ellos
un señor que les da siempre la razón, y les da permiso para
arrasar con el otro. Han comprado su fe al más bajo precio y no
han encontrado en la intelectualidad de izquierda ninguna crítica
de peso. Sólo culpa y miedo.
Y está ahí el principal pecado de lo políticamente
correcto. No cambiaron el mundo así que se atrinchera en
algunos campus americanos a estudiar lo minoritario. Lo políticamente
correcto es siempre una estrategia de defensa, nunca de una proposición,
nace de la conciencia de la debilidad, de la fragilidad tan falsa como
la pretendida fuerza de los enemigos. Para lo políticamente correcto,
los negros, las mujeres, los no fumadores, las minorías sexuales,
son frágiles, tan frágiles que hasta el lenguaje las puede
violentar, para ello hay que construir pequeños paraísos
con aire condicionado, guetos endogámicos en que el lenguaje ya
no signifique lo que significa. Así en una escuela americana se
quiso prohibir la lectura de Huckleberry Finn porque Mark Twain decía
la palabra negro en vez de afroamericano. Así la defensa del derecho
del no fumador se convierte luego en la cruzada contra el fumador al que
se quiere salvar contra su voluntad. Así finalmente, la idea de
que la verdad no es única, rotunda y eterna se transforma en la
idea para mi profundamente peligrosa de que no hay verdad,
que todo es relativo a quien lo dice, que se pueden manipular la historia
y la literatura para explicar que Sherlock Holmes es un libro gay, y que
los vascos nunca han sido españoles ni franceses sino todo lo contrario.
Y más encima ese sacrosanto respeto por el otro muy encomiable
en teoría muchas veces se convierte en un profundo desprecio
por este otro con el que no se discute nunca de igual a igual. Porque
el oír a los indios y quererlos mucho como hacen las ONG en Latinoamérica
es tratarlos como menores de edad. Así poner todas las verdades
a la misma altura esconde el miedo que tienen esos ex troskystas, estos
maoístas de anteayer a equivocarse. Para no hacerlo, un día
piensan algo y el otro día lo contrario. Reducen la ambición
de su pensamiento a mínimas reglas de urbanidad y largas sesiones
de autocompasión victimista. Llanto, yoga, buena onda y todos tienen
algo de razón, y nadie es realmente malo ni realmente bueno.
A pesar de los izquierdistas yo me sigo considerando de izquierda. Por
eso pienso en un mundo enfrentado a una guerra sin fin, un mundo que ha
vuelto a invocar a Dios para matar al hombre, estas polémicas de
guetos son irresponsables. Es demasiado fácil quedarse en ese izquierdismo
tipo Mafalda (eso de paren el mundo que me quiero bajar). Pienso que ir
a pelearle el lugar a los estafadores, a los asesinos, a los terroristas,
arrancarles al menos el uso de las palabras que ensucian, es hoy un deber
ineludible. El cómodo llanto, y la más cómoda perplejidad
de esta Europa refocilándose en la calefacción central,
me indignan tanto o más que esa nueva derecha que se nutre del
fracaso de mayo del 68 para hacer su propia revolución con toda
la violencia y la sangre que implica el cambio, pero sin ni siquiera el
asomo de una preocupación por el pobre, por el diferente.
Despierten izquierdistas europeos, mientras ustedes dudan cómodamente,
la nueva derecha ha cambiado ya el mundo.
Rafael Gumucio es escritor. Ha publicado varios libros,
entre ellos, Memorias prematuras (Debate, 2000) y Comedia Nupcial (Debate,
2002).
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