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diciembre
2003
Nº 108

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La muerte de Copito de Nieve
Juan Villoro
A los cuarenta años de edad de Copito de
Nieve, las autoridades de Barcelona anuncian su próxima muerte
debido a una enfermedad irreversible. La muerte del único gorila
albino del mundo plantea diferentes cuestiones, como si merece honores
de persona o personalidad en su funeral. Juan Villoro analiza
el panorama del adiós de este ciudadano ilustre.
Copito de Nieve, único gorila albino del mundo,
está a punto de morir. Llegó a Barcelona en 1966, cuando
tenía unos tres años, gracias al zoólogo Jordi Sabater
Pi, quien trabajaba en Guinea. Su primera residencia en la ciudad fue
un céntrico departamento del Ensanche, donde convivió con
un pastor alemán. Por impregnación, Copito se comportó
en sus primeros meses catalanes como un perro. Cuando lo trasladaron al
zoo de la Ciudadela encontró un mundo de terror donde los demás
gorilas eran negros. Más que la lluviosa selva del origen, extrañaba
su casa del Ensanche. Fue necesario que el perro lo acompañara
en la jaula hasta que la apatía del gorila se confundió
con la adaptación o la normalidad.
A los cuarenta años Copito de Nieve es el inmigrante más
célebre de Barcelona, y la ciudad le prodiga cuidados de ex presidente
preso. De ser abandonado a su suerte, habría sido víctima
de su singularidad. Sus destinos posibles eran la rapiña del taxidermista,
el nefasto circo trashumante, las garras de la pantera. Su larga vida
sólo se explica por la tardía costumbre de la especie humana
de contemplar bestias en cautiverio. Aunque ha tenido hijos y nietos numerosos,
ninguno ha sido blanco. Único en su especie, Copito agoniza sin
conocer la semejanza.
Mi padre me llevó a verlo en 1969, cuando yo tenía doce
años. Entonces ya parecía un anciano cansado de abanicarse
las moscas. Se puede decir que, desde siempre, Copito ha sido ajeno al
entusiasmo. Italo Calvino lo describió de este modo: El rostro
de facciones enormes, de gigante triste, cada tanto se vuelve hacia la
multitud de visitantes que están del otro lado del vidrio, a menos
de un metro de distancia; una lenta mirada cargada de desolación
y paciencia y tedio, una mirada que expresa toda la resignación
de ser como se es, único ejemplar en el mundo de una forma no elegida,
no amada, toda la fatiga de cargar con la propia singularidad, toda la
pena de ocupar el espacio y el tiempo con la propia presencia, tan embarazosa
y llamativa.
¿Qué derechos puede otorgar el planeta a una raza de un
solo exponente? Atrapado por su diferencia, Copito es la contrafigura
de Tarzán (que, por cierto, significa mono blanco en
la lengua mangani que Edgar Rice Burroughs inventó para los simios).
Una intensa discusión rodea su agonía. ¿Debe ser
clonado, incinerado o disecado? Antes de pronunciarse al respecto, el
ayuntamiento de Barcelona, gobernado por una difusa izquierda, invitó
a los habitantes de la ciudad a despedirse del más famoso de ellos.
Los niños que lleven un dibujo de Copito entrarán gratis
al zoo; los adultos seguirán pagando 12,50 euros. Un gesto de perfecta
corrección política: la buena conciencia se plasma en los
dibujos infantiles y el tesoro blanco sigue produciendo. ¿No sería
bueno que, por una vez, los demás inmigrantes pudieran ver gratis
a Copito?
Si un juez decidiera que su encierro ha sido injusto, el gorila debería
recibir la indemnización oficial: 60 euros por cada día
de cautiverio, cifra que apenas afectaría la millonaria recaudación
hecha en su nombre. Pero Copito nunca fue tan humano como para ser apartado
del negocio. Ahora su muerte se presenta como una segunda oportunidad
de humanizarlo. Movidos por las mejores intenciones, las autoridades del
zoo buscan una salida digna para un gorila que vivió suficiente
tiempo para transformarse de rareza en en símbolo urbano y acaso
merezca un nicho en el más allá de la corrección
política.
La disección equivaldría a tratarlo como a un animal de
los de antes. La solución diplomática es un funeral lleno
de autoridades. Asilado póstumo, Copito adquiriría estatus
cívico en la tumba. En forma más congruente con su trayectoria
de primate estelar, Sabater Pi propone que sea disecado como los ejemplares
del Museo de Historia Natural de Nueva York. Copito seguiría tan
inmóvil como ahora, con el beneficio de no estar aburrido.
En sus agitadas discusiones, el caso revela el difícil trato con
la naturaleza primigenia y la dificultad de adecuar el instinto de una
especie de domadores con su muy reciente mala conciencia. Con desesperación,
se buscan formas válidas de prolongar el desigual y acaso irrenunciable
cortejo amoroso: Yo Tarzán, tú Chita. El tema
de fondo son los derechos de los animales. El zoo sólo puede
desilusionar, escribe John Berger. El fin público de
los zoológicos consiste en ofrecer a los visitantes la oportunidad
de mirar a los animales. No obstante, la mirada del intruso no se encontrará
con la de animal alguno en todo el zoo. Como máximo, los ojos del
animal vacilan y luego pasan de largo. Miran de lado. Miran sin ver más
allá de los barrotes. Escudriñan mecánicamente. Están
inmunizados contra el encuentro porque ya nada puede ocupar un lugar central
en su interés. El animal enjaulado sólo tiene una
actividad: espera, con el pasmo de quien conoce el estado de los servicios
públicos.
Lo único que recuerdo de mi primera visita al zoológico
de Chapultepec, en la Ciudad de México, es que una perra vivía
en la jaula de los leones. Estaba ahí porque había amamantado
a una leona. Esta mezcla volvía interesantes los animales tumbados
bajo el sol. Supongo que Copito sólo fue dichoso en el zoo cuando
vivió con aquel perro que lo hizo sentirse perro.
Por donde se vea, el resto de su vida ha sido una tragedia. Verlo siempre
es triste; sin embargo, en forma inquietante, hace sentir bien a quien
reflexiona en su desgracia. Casi humano, fomenta agraviantes comparaciones
con la legión del homo sapiens. La gente de la ciudad comenta en
todas partes que sobran personas que deberían morir antes que el
gorila. Inocente y beatífico, Copito padece las miradas, sufre
para medir nuestros pecados. En la escala Copito, la mayoría
somos ruines, egoístas, ventajosos. El gorila nos excede y desafía.
Si en verdad fuera humano, lo detestaríamos como a un vecino bastante
sucio; se salva y se condena por no ser como sus jueces. A diferencia
de Breyten Breytenbach, no podrá escribir Las auténticas
confesiones de un terrorista albino. En su apartheid de un miembro, es
el Inmigrante Absoluto, desligado de su origen y su descendencia. Su muerte
marcará una extraño rito de paso, aunque en sentido estricto
no ha hecho otra cosa que morir: Los zoológicos modernos
construyen el epitafio a una relación que era tan antigua como
el hombre, escribe Berger.
La idea de un lince ibérico custodiado en África es ahistórica.
La exportación de animales sigue la lógica del colonialismo
y las ciudades que reproducen el Polo Norte con rocas de concreto y aceptan
jirafas donadas los países a los que exportan maquinaria. Copito,
criatura superblanca del continente negro, atrapó la imaginación
de varias generaciones hasta llegar a la era de la buena conciencia como
ideología. A diferencia de Tarzán, o de Mowgli en El libro
de la selva, no pudo elegir entre quedarse con la especie de acogida o
volver con los suyos. ¿Cómo sobrellevar el cariño
por la mascota y el horror que ha sido su vida? Una fantasía colectiva
cobra fuerza: si Copito pudiera elegir, sería fiel al abatimiento
que le otorga singular pureza. Ni mono ni hombre, seguiría ahí
ante la puerta abierta.
En El salvaje artificial Roger Bartra estudia a Tarzán como un
híbrido entre el buen salvaje de Rousseau y el pionero a lo Robinson
Crusoe. El mito de Copito de Nieve apunta hacia otra conducta ejemplar;
no la subordinación, sino la voluntaria renuncia animal. No ha
sido domado por una especie que a estas alturas se avergüenza de
su superioridad; claudica de sí mismo, le da hueva ser gorila;
nos hace creer que podría rugir y golpearse el pecho, pero, Bartleby
de los Monos, prefiere no hacerlo.
En Barcelona la expansión inmobiliaria suele presentarse como una
tarea filantrópica que apoya el teatro griego o la gimnasia olímpica.
En 2004 el Fórum de las Culturas inaugurará inmensos edificios
prestigiados por ideas. Según el horóscopo chino, será
el Año del Mono, buen momento para recordar, en las copiosas discusiones
sobre alteridad, al habitante más carismático de Barcelona,
Copito de Nieve y su insondable enigma. Nadie representó en forma
tan entrañable a la ciudad y nadie fue tan horrible de ver. En
sus ojos sin brillo, sólo rondaba una pregunta: ¿Qué
haces ahí afuera?
Juan Villoro (México D. F., 1956) es escritor. Entre
otros libros, ha publicado Materia dispuesta, La casa pierde (Alfaguara,
2000) y Efectos personales (Anagrama, 2001).
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