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septiembre
2001
Nº 81

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Adiós a los niños
Juan Gabriel Vásquez
A finales de los setenta, cuando para muchos la novela
inglesa estaba en decadencia, empezó a publicar una serie de autores
nacidos alrededor de 1950. Nunca antes los escritores británicos
habían ganado tanta notoriedad: sus disputas se convertían
en noticia y, lo que era más importante, sus novelas consiguieron
recuperar al lector inglés y hacerse al mismo tiempo con el respeto
de la crítica. Ahora que Anagrama publica simultáneamente
libros de varios de ellos, Juan Gabriel Vásquez analiza el fenómeno
y Jorge Herralde repasa su encuentro con el dream team. El dossier se
cierra con un collage en la voz de los autores.
¿Cuál es el rasgo
común de una generación literaria? Incluso puede preguntarse:
¿Es lícito hablar de generación en literatura? El
autor examina la obra de los que en su momento fueron presentados por
la revista Granta como los 'nuevos novelistas británicos'. Después
de todo, ¿puede haber algo que los una más allá del
cliché según el cual sólo los une la diferencia?
El concepto de generación literaria
es ya tan tópico y tan gastado como aquel otro que defiende a ultranza
la individualidad del escritor, y es fácil entender por qué
el primero, que al cabo resulta ser una especie de atajo intelectual o
de comodidad, agrada tanto a los críticos, tanto como es comprensible
que la inseguridad de los escritores, su miedo a compartir elogios o a
la disolución de su persona en un vaso de Zeitgeist, prefiera el
segundo. Cuando el azar o la confluencia de circunstancias incomprensibles
mediante métodos científicos, por lo menos pone
en escena a un grupo de escritores de talento inusual, se suele buscar
una explicación en los años anteriores a ese surgimiento,
como si la riqueza casual de un momento fuera necesariamente consecuencia
de la pobreza del precedente. Es fácil y cómodo mirar hacia
atrás y reconstruir el proceso por el que este grupo de escritores
en lengua inglesa goza hoy de la atención que suscita y hablo
aquí de condiciones extraliterarias; de las otras me ocuparé
luego, y, para un extranjero, basta la engañosa simpleza de
hacer un recorrido por los números de la revista Granta, que fue
instrumental en la manufactura de una reputación (merecida) y del
efecto de renovación (espléndida) que generó la publicación
casi simultánea de una serie de novelas pero, sobre todo, de una
serie de autores. El número 3 de la revista traía en su
portada a una mujer de piedra que lloraba amargamente sobre una lápida
de piedra, y todo este llanto pétreo ocurría encima de la
leyenda El fin de la novela inglesa. El mensaje no podía ser más
diáfano, pero lo verdaderamente apabullante (sin perjuicio de lo
que la historia de la revista, y no su interpretación por mi parte,
pueda sugerir) era el contenido de los dos primeros números. Que
una revista británica dedicara su primer número a los nuevos
escritores norteamericanos, a nombres como la irregular Joyce Carol Oates,
el buen William Gass y el pesado Donald Barthelme, era ya diciente; cuando
apareció el segundo número, protagonizado por un relato
de George Steiner sobre Hitler, la crítica (británica) Elaine
Feinstein escribió que se estaban haciendo preguntas de gran escala
humana, y que si esas preguntas no eran muy inglesas (léase lo
suficientemente inglesas), "tanto peor para nosotros". Y bastaron
pocos números más para que apareciera una segunda leyenda,
Lo mejor de los nuevos novelistas británicos, en cuya portada batallaban
dos plumas sobre el fondo de un desgarrado Union Jack. Entre los nombres
de los renovadores, ese concepto barato y antiliterario, estaban Shiva
Naipaul, que murió antes de tiempo, y Maggie Gee, que no ha cumplido
con las expectativas (ese concepto deportivo o estadístico). También
estaba Martin Amis, que, en tanto que hijo del Kingsley de Lucky Jim,
se volvía foco del parricidio. Los demás nombres Ishiguro,
Boyd, Swift, McEwan, Rushdie, Pat Barker, Barnes se han sostenido
como novelistas de importancia, y sólo un exotismo intelectual
o los celos profesionales niegan hoy el valor de algunos de sus libros.
Después se incorporaron al grupo Kureishi, Ben Okri, Jeanette Winterson,
y así el inventario se va volviendo incómodo y sin duda
demasiado extenso. En realidad, ¿no es ingenuo pretender que todos
y cada uno de estos escritores tengan al menos un libro capaz de sobrevivir
al paso del tiempo, no digamos ya una obra maestra?
Quizá parte de su éxito (entendido
como la correspondencia entre lo que el joven escritor quiso ser y lo
que fue en efecto) se debe al hecho de que nunca se hayan planteado estas
preguntas. Salvo las boutades de Amis "en quinientos años
quiero que se hable de Shakespeare, Dante y Martin Amis", que
nadie, ni siquiera él mismo, toma en serio, se trata de novelistas
extremadamente libres, preocupados por atender a sus exigencias artísticas
o estéticas de la manera que mejor satisfaga al cuerpo abstracto
de sus lectores o, en su defecto, al lector que cada uno es y tiene. Alguien
cuyo nombre no recuerdo dijo que "en Norteamérica sólo
el escritor exitoso es importante, en Francia todos los escritores son
importantes, en Inglaterra ningún escritor es importante, en Australia
hay que explicar qué cosa es un escritor", y nunca he podido
evitar la verdad que salta de esta broma fácil: los lectores ingleses
no esperaban de sus escritores que adoptaran posiciones ante las revoluciones
latinoamericanas o que denunciaran en sus novelas la estupidez recurrente
del thatcherismo, sino que les aportaran y les aporten experiencias más
ricas y más intensas que las que tienen en la vida real, y que
de paso piensen la realidad en esa forma particular que tiene la literatura
de pensar con minúscula, intuitivamente y sin discursos, y que
es capaz de iluminar zonas de la experiencia humana me repito para
no utilizar la temible condición que ninguna otra disciplina
creativa puede alcanzar. Los inconsolados y El país del agua han
logrado algo como esto, y también, sin duda, Intimidad y Los versos
satánicos. ¿Es posible buscar elementos en común
entre estas y otras: Amor perdurable, El loro de Flaubert novelas?
Tengo para mí que los novelistas de
esta generación son inseparables del fenómeno que ha dado
en llamarse postcolonialismo, según algunos, y según otros
(la diferencia está, creo, en cierto grado de corrección
política) postimperialismo. Está claro que no se trata,
en realidad, de un fenómeno, sino de la desaparición de
uno, pero el efecto ha sido el mismo: Inglaterra es una casa (Denmark's
a prison, dijo Hamlet), y todos los novelistas están mirando hacia
fuera, hacia la calle. En una conversación reciente, el norteamericano
Jay McInerney le preguntó a Julian Barnes si le molestaba que lo
hicieran formar parte de una generación, que lo identificaran con
otros, y él contestó: "Si los otros son buenos, por
mí no hay problema." Y luego se dedicó a contar cómo
Amis tenía la mirada puesta en Estados Unidos, cómo Rushdie
la dejaba vagabundear por todas partes, cómo él mismo se
fijaba en Europa (añádase continental) tanto como en su
propia tierra. Hasta finales de los años sesenta y principios de
los setenta, la novela inglesa era eso: inglesa. Sus temas eran agudamente
locales, historias de realismo social cómico o de comedia social
realista, bastante atrincheradas en la manera de Evelyn Waugh, poco experimentales
y acaso autoindulgentes. A la generación de Barnes le resultó
imposible perpetuar ese estado de las cosas, en parte porque el mundo
estaba llamando su atención como nunca antes caribeños,
indios, africanos escribían en inglés, y en parte porque
el mundo estaba, en la práctica, entrando por sus puertas e instalándose.
Los padres japoneses de Ishiguro llegaron a Inglaterra unos seis años
después de terminada la segunda guerra, y Kureishi nació
en Kent poco después de la llegada de su padre de Pakistán.
No pretendo explorar el lugar común de una cultura enriquecida
por otras, sino constatar la curiosa interacción que implicaba
escribir en inglés la novela japonesa que es Un artista del mundo
flotante para luego hacer Los restos del día, novela cuya anécdota
y cuya lengua funcionan como un elaborado pleonasmo. Alguna vez dijo Ishiguro
que los editores "estaban hambrientos de esta nueva forma de internacionalismo",
y que después de un tiempo en que "la gente se preocupaba
por la novela de adulterio de clase media", los editores "quisieron
descubrir a una nueva generación de escritores". Los términos
de la declaración no son demasiado agudos, pero sí dejan,
en cambio, una constancia: la idea era escribir novelas que trascendieran
la experiencia del aislado y aislacionista público del imperio,
novelas, como suele atrozmente decirse, con vocación de universalidad.
E. M. Forster podía estar seguro de que una novela como Howard's
End sería comprendida con relativo o ningún esfuerzo por
una tercera parte del planeta, desde Madrás hasta Trinidad y Tobago,
más o menos de la misma forma en que hoy escriben Philip Roth o
Richard Ford sobre asuntos intensamente norteamericanos con la certeza
de que el mundo entero, colonizado por Hollywood y los noticieros, sabe
a qué se refieren.
Después del imperio resultó
evidente, para los nuevos ingleses, que esas garantías habían
dejado de existir. Esa sensación quedó plasmada en las primeras
historias japonesas de Ishiguro y también en el Buda de los suburbios,
novelas conscientes de dirigirse a un público extraño y
que querían o fingían querer una explicación de su
mundo. "Puede que sea usted nuevo en esta ciudad", le dice el
narrador al lector en la primera página de Un artista del mundo
flotante, sin duda porque el narrador va a constituirse en guía
de un parque que el lector no conoce (sin perjuicio de que tampoco el
narrador lo conozca, aunque pretenda lo contrario: éste es el rasgo
más claro de los narradores de Ishiguro hasta Los inconsolados),
y sin duda es en parte por eso, por esa voluntad de hablarle a las formas
abstractas del lector universal, que el mayordomo de Los restos del día
no tiene empacho en explicar detalladamente la caricatura del típico
mayordomo inglés ejercicio innecesario si la novela se dirigiera
a la caricatura del típico lector inglés para construir
su propia versión del servilismo personal e histórico. De
pareja forma operan las novelas de Rushdie, que hicieron de la ironía
y la falsa fábula una forma nueva de introducirse en el mundo de
ese lector inglés que ya andaba con Kundera y García Márquez
bajo el brazo, autores de moda en esa Inglaterra que redescubría
el cosmopolitismo. Lo curioso, me parece, es la forma en que estos narradores
cuyos inicios fueron abiertamente a falta de mejor palabra étnicos,
o por lo menos idiosincrásicos, comenzaron a alejarse de las primeras
banderas una vez instalados de pleno en el dominio de sus materiales o
una vez exorcizado el fantasma de sus genes o de sus antepasados. Vikram
Seth, narrador indio, pasa de escribir una especie de gran mural de la
vida india a contar una historia de amor con sordina entre personajes
británicos y en primera persona, y algunos críticos han
equiparado este fenómeno con la evolución de Ishiguro hacia
Los inconsolados (esa novela centroeuropea) o Cuando éramos huérfanos
(que no hubiera existido sin Conan Doyle), y de Kureishi hacia Intimidad
y los cuentos rusos de Siempre es medianoche. La comparación no
podía ser más miope: Seth lleva a cabo una impostura (no
hay connotación negativa en esta palabra: también Nabokov
escribió imposturas, y una de ellas está entre las mejores
novelas del siglo), mientras que Ishiguro y Kureishi no han hecho más
que regresar al lugar de donde nunca se fueron. Vistos como integrantes
de una generación (generación artificial, generación
Granta, generación renovadores), quizás sea ésta
su transformación más evidente al cabo de veinte años
de escritura. Y, sin embargo, no creo que sea lícito hablar de
otro flanco o de un fenómeno distinto al mencionar a quienes no
han hecho ese tránsito por no venir de familias inmigrantes: Barnes
y Swift, McEwan y Amis. La lengua es la nacionalidad y la raza de un escritor,
si es que el escritor está dispuesto a admitir estas categorías
insulsas; más admisible, entonces, es que la misma lengua, llegada
de la commonwealth periférica, pudiera liberar de la forma en que
lo hizo a los escritores del centro.
La generación que empezó a
publicar durante los últimos coletazos de la guerra fría
ronda hoy los cincuenta años. Quizás sea una perogrullada
constatar la identidad de sus obsesiones, pero no se puede soslayar el
hecho de que Swift, Ishiguro y Pat Barker hayan recuperado las guerras
mundiales la Segunda en los dos primeros, la Primera en el caso de
la última como eje de su obsesión por el pasado. El
narrador de Swift en El país del agua es un profesor de historia,
y el lector forma parte de su grupo de estudiantes; Últimos tragos
abandona al narrador culto para tomar el punto de vista de una cierta
clase obrera, y abandona también la autobiografía de ficción
recurso que también fascina a Ishiguro y a Rushdie para
cruzar una serie de monólogos que parecen un homenaje a Mientras
agonizo; pero lo que se conserva es el golpe de látigo que tiene
y tendrá la Segunda Guerra Mundial en los ingleses que la vivieron
o quieran revivirla. ¿Puede hablarse de un rasgo común?
¿Qué pasa con el resto del equipo? Incluso el iconoclasta
Amis dedicó una novela a la Segunda Guerra, La flecha del tiempo;
ahora resulta que ese mero exotismo en su carrera de niño malo
y frases agudas puede ser su mejor texto hasta Experiencia, una autobiografía
que ha parecido más conmovedora de lo que realmente es por su contraste
con las máscaras previas de Amis: el insensible, el malcriado,
el caradura, Martín el terrible. Lo único cierto es que
Amis ha dado a su público asiduo, compuesto por igual de seguidores
y detractores, una lección de carácter y sin duda de franqueza,
unas páginas memorables (las que dedica a la muerte de su padre)
y un memorando estético: el escritor genuino es imprevisible. Barnes,
por su lado, recordó que un buen cuento es algo entrevisto al pasar,
y tocó el pasado bélico de Europa precisamente así,
de pasada, en el único cuento de Al otro lado del canal que puede
considerarse digno de la tradición de James y de Dublineses: "Para
siempre". Por lo demás, se ha mantenido y acaso perfeccionado
a través de sus propios veinte años: como a todo esquizofrénico
literario, esto no le ha resultado difícil, porque un autor dividido
se renueva casi sin darse cuenta. Y es así como ambos Barnes, el
autor de Hablando del asunto y el bien distinto de El loro de Flaubert,
el posmoderno afrancesado y el cronista del amor en tiempos del dinero,
han seguido publicando, cada uno por su cuenta: Inglaterra, Inglaterra
el posmoderno Mr Hyde; Amor, etc. el doctor (Jekyll) corazón.
Hay una serie de continuadores que ha empezado
a escribir aprendiendo de ellos, o imitándolos, o envidiando desde
ya y para siempre algunas de sus novelas. Ningún buen lector de
novelas puede no admirar las primeras páginas de Amor perdurable
de McEwan, y ninguno puede no lamentar, con tristeza, las últimas
páginas de esa novela malograda. En éste y en otros casos
queda la certeza incómoda de que no se trata de escritores inmaculados
o invictos, de productores en serie de genialidades o de obras maestras,
categorías a las que aspiran ilusoriamente casi todos los novelistas
de nuestra lengua. No creo equivocarme si entreveo una lección
en esa especie de ligero rigor que esta generación ha adoptado,
esa actitud que les impide sentarse cómodamente en el sillón
de los hallazgos anteriores (Ishiguro hubiera podido repetir mayordomos
al infinito, pero escribió Los inconsolados y recibió azotes
de la crítica) pero que también les permite perseguir la
interminable aquiescencia del género de la novela. En sus mejores
obras hay la libertad digresiva de Sterne, y eso puede o no acoplarse
a la sensación jamesiana de cabos atados; pero lo que hay siempre
es un respeto por la inteligencia del lector, una voluntad de ponerlo
en pie de igualdad con quien escribe, y, sobre todo, la terca necesidad
de satisfacerlo. Nadie ha podido convencer a estos novelistas de que la
historia sea banal y los personajes decadentes, ni tampoco de que sea
preciso buscar la profundidad en el hermetismo, acaso porque ellos son
lectores también, y no olvidan las razones que tiene cualquiera
para preocuparse por los problemas de gente que nunca ha existido.
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