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junio 2001
Nº 78

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Sefarad, cambalache judío
Eusebio Lahoz Rozas

De las ruinas éticas del difunto siglo pasado, del miedo y de la angustia, ante la soberbia de la especie humana, nace Sefarad, la novela de novelas con la que Muñoz Molina (Úbeda, Jaen, 1956) pretende denunciar el naufragio de la razón que tuvo lugar en el siglo xx. A lo largo de diecisiete episodios (relatos, pequeñas novelas intercaladas) Sefarad nos presenta personajes en manos de totalitarismos, condenados al éxodo, a sentirse judíos, a ser extranjeros de por vida, a malvivir por el lado oscuro, y trata las distintas formas de afrontar tales injusticias por parte del hombre solo y desterrado, cuyo pecado fue creerse libre e inocente, frente a un siglo que no tuvo otra obsesión que la de aniquilarlo. Por eso Sefarad es una recolección de atrocidades, trasquilada en mil contrapuntos, como en mil pedazos reventó el corazón del ejecutado, pero firme, como la nostalgia del emigrante, que tal vez no sepa de leyes ni de fórmulas pero cuya memoria puede sentir todas las esquinas y todos los árboles que dejó en su pueblo.

Muñoz Molina ha estructurado su novela de manera polifónica. Ha introducido distintas voces narrativas, una por historia, porque cada una de ellas requería un tono, un confidente, unas ropas y una mirada diferentes. Y es que los desarrapados no fueron ni son unos cuantos.

Los personajes aparecen y desaparecen por los capítulos de Sefarad sin aspavientos, algunos para volver años más tarde envejecidos y cabizbajos, temerosos de mostrar la pesada melancolía de sus párpados, y otros, los que nunca se fueron, dispuestos a desenterrar del recuerdo una historia fascinante y contarla entre cañas y tapas en la barra de un bar.

La realidad nos la inventamos constantemente. Muñoz Molina no es una excepción. Quizá por eso, para narrar el horror echa mano de cuanto ha leído (es preciso constatar que en una Nota Final el autor, por honestidad intelectual, cita una por una las fuentes consultadas) y escuchado sobre las vidas de quienes sufrieron en carnes el dolor de un exilio involuntario o la tortura en los campos del holocausto. O quienes vieron su vida arrasada de repente mientras tomaban un café, como Jean Améry; o al salir de la oficina, como Kafka, condenado a escribirse con Milena Jerenka sin saber que dirección la acogería. Personajes reales (Primo Levi, Kafka, Münzenberg, Margaret Neumann...) y ficticios (algunos procedentes de Mágina, o sea, Úbeda) conviven en Sefarad, cada uno con su novela a cuestas, porque todas las vidas tienen una novela pendiente de ser narrada.Varias son las metáforas a las que recurre Muñoz Molina para ilustrar el deseo de huida y salvación innato a todos los perseguidos, pero por encima de todas surge la imagen del tren. Los trenes que chirrían por Sefarad cruzan neurópatas y tristes las tinieblas de la noche de Europa (Lars Von Trier, hagan memoria) o llegan a Madrid procedentes de Jaén cargados de rostros humildes, obligados a prosperar sobre los Surcos de la gran urbe (Nieves Conde, recuerden). Trenes rigurosamente vigilados, nerviosos, que sobrepasan fronteras en busca de la libertad o en busca de la muerte. Eso nadie lo sabe.

El gran acierto del autor ha sido concebir Sefarad como una novela de fronteras. Y las fronteras no son sólo étnicas o geográficas. Muñoz Molina no ha centralizado su novela únicamente en las minorías sacrificadas por las dictaduras generosas del siglo xx. Hay otro tipo de víctimas, como la joven obligada a ingresar en un convento para entregar su vida a un Dios a pesar de odiar la castidad, la mujer portadora de un cáncer, sacrificada por la dictadura de la quimioterapia, el inválido incapaz de confesar su deficiencia a la mujer de la que se enamora en un tren y que jamás podrá superar la autoridad que ejerce la vergüenza, y el joven (que ya es viejo) que se arrastra por cualquier plaza desmantelada en cuyas venas corre el despotismo de la heroína. Fronteras humanas que niegan oportunidades y fijan límites inexpugnables, ¿no son también dictaduras?

Así pues, decir que Sefarad es una novela en favor de los perdedores es una perogrullada, ¿acaso Joseph K., Don Quijote, Fabrizio, Franz Biberkopf, Santiago Nasar, David Copperfield, Wladyslaw Szpilman, o el ex cónsul Geofrey Firmin no lo son?. La literatura, señores, les pertenece a ellos.

El objetivo de Sefarad es profundizar en la deshumanización y acortar distancias entre los perseguidos (todos somos posibles perseguidos). Debemos aprender de Sefarad para fortalecer la memoria y despistar al olvido, porque la memoria y la infancia son nuestra mejor conquista y porque nuestro destino sigue siendo incierto y oscuro, muy oscuro, tan oscuro como la boca de un fusil.