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junio
2001
Nº 78

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El caso 'Sefarad'
Industrias y errores
del santo de su señora
Erich Hackl
Imaginemos a un escritor centroeuropeo que acaba de publicar
una novela basada en la historia contemporánea. Imaginemos que
esa novela trata de varios personajes y lugares reales de España.
Demos por hecho que su autor insiste en la importancia de respetar los
hechos, de documentarse bien, de cuidar el libro palabra por palabra.
Nuestra sorpresa despierta en cuanto leemos la novela, seducidos por los
críticos que no se cansan de alabar la obra. Sorprende, digamos,
cierta cantidad de errores debidos, a partes iguales, al desconocimiento
del idioma (el escritor evidentemente no se molestó en acceder
a las fuentes escritas en castellano) y a la ignorancia acerca de algunos
españoles retratados en la novela: sobre ellos, el escritor no
sabe más que lo que leyó en algún libro publicado
en una traducción francesa o inglesa. Así vemos, por ejemplo,
que el escritor ha copiado mal el nombre de un temible penal franquista;
o que se confunde con la edad de algún personaje; o que cree que
en Madrid existía en los años treinta una sola estación
ferroviaria; o que se imagina a un poeta perseguido tomando un tren a
Lisboa a determinada hora, en determinado día cuando se sabe, en
España, que ese poeta nunca huyó en tal tren con tal destino
sino ocho meses más tarde, y en otra dirección. ¿Qué
pensamos de tal novela, y qué opinión nos merece su autor
cuando echa de menos, en un artículo posterior, "un cierto
amor por el propio trabajo, una atención cuidadosa hacia lo que
se está haciendo, sea redactar una crónica o corregir las
pruebas de un libro"?
Ese escritor existe, pero la constelación es inversa:
Antonio Muñoz Molina escribe en Sefarad desde España sobre
varias personas que sufrieron, en área de dominio alemán
o soviético, las persecuciones nazi y estalinista: Milena Jesenská,
Willi Münzenberg, Margarete Buber-Neumann, Evgenia Ginzburg, Viktor
Klemperer, Jean Améry... Compartimos su afán por recuperar
los testimonios de todos ellos, apreciamos su voluntad de homenajear "a
quienes perdieron su identidad por decisión de los sistemas totalitarios".
El autor afirma que es gente olvidada mientras que nosotros los consideramos,
en sus respectivos países, conocidos si no famosos. Los diarios
de Klemperer, por ejemplo, fueron un gran éxito de ventas en Alemania.
Améry sigue siendo, a más de veinte años de su muerte,
referencia imprescindible para todos los que reflexionan sobre el Holocausto,
la vejez y el suicidio; en Austria hay un premio que lleva su nombre.
Hace tiempo que Jesenská se ha convertido en un símbolo
de las reivindicaciones feministas, como la pintora Frida Kahlo y la fotógrafa
Tina Modotti. Las memorias de Buber-Neumann están al alcance de
los lectores, igual que la biografía sobre el disidente comunista
Willi Münzenberg, escrita por su viuda Babette Gross. ¿Por
qué Muñoz Molina los presenta como olvidados? ¿Será
por querer destacar como conocedor de una causa que ignora?
Esta sospecha se alimenta de una serie de fallos que cuesta
aceptar. Por ejemplo, Muñoz Molina no escribe ni una vez correctamente
el nombre del campo de concentración nazi de Bergen-Belsen. Habla,
en el contexto del fugaz amor entre Kafka y Jesenská, de "la
estación de Viena" cuando hubo por entonces y sigue habiendo
por lo menos tres grandes estaciones, la del Oeste, la del Sur y la de
Francisco José. ¿Diría también: llegué
a la estación de Madrid, en vez de: Atocha, Chamartín, Príncipe
Pío? Al referirse a Viktor Klemperer, Muñoz Molina le echa,
por el año 1933, "casi sesenta años" cuando por
entonces Klemperer tenía 52. Al aducir uno de los motivos por los
cuales Klemperer rechaza la idea de abandonar la Alemania nazi, Muñoz
Molina le hace presentarse como persona "sin conocimientos de idiomas
extranjeros" por lo cual le hubiera sido difícil encontrar
trabajo en el exilio; pero de hecho Klemperer, que era profesor de filología
románica en Dresde, dominaba a la perfección el francés
y probablemente también el italiano ya que había ejercido
de docente en la Universidad de Nápoles. Para relacionar la historia
de amor entre Kafka y Jesenská con la fuga de Améry, Muñoz
Molina juega con la posibilidad de que el austríaco abandonó
Viena el 15 de marzo de 1938, en el mismo expreso con el cual Kafka había
vuelto, años atrás, a Praga; en realidad y no es nada
difícil averiguarlo, basta con leer cualquier nota biográfica
el escritor austríaco no emprendió su huida hasta diciembre
del mismo año. Tampoco tomó el tren a Praga sino a Colonia,
y desde allí pasó a comienzos de 1939 la frontera hacia
Bélgica.
Con razón, Muñoz Molina toma a Améry
como testigo principal de su tesis según la cual uno es lo que
los demás quieren ver en él: Améry, que por entonces
se llamaba Hanns Maier, no se sentía judío antes de que
los nazis le convirtieran a la fuerza en uno. Pero la novela o "novela
de novelas", según el subtítulo simplifica muchos
detalles y silencia otros hasta conseguir una imagen de su personaje que
ya no corresponde a la realidad. Así, Muñoz Molina evoca
a Améry en 1935, sentado en un café de Viena, "vestido
con pantalón corto y calcetines altos y peto tirolés",
mientras lee en el periódico la proclama de las leyes de Nuremberg,
y esa visión del atuendo es tan folclórica como, pongamos
el caso, la de una novela austríaca presentándonos a García
Lorca vestido de torero en un bar de Granada. He aquí un esbozo
autobiográfico en el cual Améry se caracterizaba a sí
mismo: "El muchacho cuyos rastros seguíamos en Bad Ischl (ciudad
de provincias donde pasó parte de su infancia) es ahora, en 1934,
un hombre joven. Ya no vive entre los bosques, ya no toca melodías
rurales en el piano, sino hits americanos, ya no lleva chaqueta de cuero,
sino trajes de buen corte aunque bastante gastados, tiene una novia que
en nada se parece a las exuberantes bellezas tan al gusto imperante en
el campo."
Es cierto que las leyes racistas impuestas en el país
vecino conmocionaron profundamente a Améry; pero Muñoz Molina
lo presenta como una persona ingenua que sólo ahora, en el momento
de la lectura, se entera de lo que está pasando alrededor suyo.
Sin embargo, Améry recordaba que ya a partir de la llegada de Hitler
al poder en Alemania el ambiente en los cafés de Viena era deprimente
"porque día tras día llegan emigrantes del Reich que
cuentan horrores de los campos de concentración, del boicot a las
tiendas judías, de lo que se llama más allá de la
frontera Gleichschaltung, la coordinación en la represión".
La afirmación de Muñoz Molina según la cual Améry
hasta aquel momento en el que leyó sobre las leyes de Nuremberg
había creído "que su lengua y su cultura eran alemanas"
me parece más que dudosa ya que el austríaco daba fe, en
sus memorias, de sus sentimientos patrióticos (que para nada le
sirvieron después del 12 de marzo de 1938, día de la anexión
de Austria). La idea de que los austríacos pertenecían a
la cultura alemana es precisamente una tesis nazi, degraciadamente compartida
por los dirigentes socialistas, hecho que Améry no dejó
de criticar. Como hispanoparlante, Muñoz Molina debería
saber que no todos los que hablan el mismo idioma son de la misma cultura.Améry
sobrevivió los campos de Auschwitz y Bergen-Belsen. En 1945, después
de la liberación, renegó según Muñoz
Molina "de la lengua alemana que había creído
suya". La realidad fue bien distinta: Améry escribió
toda su obra en alemán. Tampoco creo que decidiera entonces "no
pisar nunca más Austria ni Alemania". Eso sí, regresó
al que había sido su país de exilio, a Bélgica. Pero
viajó tanto por Alemania como por Austria dando conferencias y
recuperando, en calles y edificios, las distintas etapas de su fuga. Se
suicidó en Salzburgo en octubre de 1978, como consecuencia tardía
de las torturas sufridas.
En Sefarad, Muñoz Molina equipara a Hitler con
Lenin, al fascismo con el comunismo. No es nada nuevo, ni en sus escritos,
ni en nuestros días. No he sido nunca militante comunista ni devorador
de los "sórdidos manuales de adiestramiento leninista o maoísta"
que, según escribe el novelista en un artículo, "ocupaban
el espacio preferente de los escaparates" de las librerías
españolas en los años setenta. (Yo, que las frecuentaba
entonces, recuerdo más que aquellos manuales las secuelas de los
atentados ultras a esos mismos escaparates.) Pero ante esa equiparación
hecha desde un país que cuenta, en la historia del siglo xx, con
un desequilibrio tan acentuado entre la práctica estalinista y
el terror fascista, siento vergüenza ajena. Al fin y al cabo, la
España actual se construyó sobre la impunidad de los crímenes
cometidos por el régimen franquista, y por eso me parece de mal
gusto saltar desde esa impunidad a la equidistancia. El mal gusto tiene,
por supuesto, una traducción al lenguaje público: se llama
revisionismo histórico. A lo largo de los últimos años
he observado, en los campos de la política y de la cultura, un
cambio en la imagen de la historia de España: el surgimiento de
una opinión, según la cual la ii República fue destruida
igualmente desde la extrema derecha como desde la izquierda; la revalorización
de varios escritores y artistas fascistas; la degradación oportuna
de sus adversarios (tal como la practicó Muñoz Molina en
su artículo "Pluma y pistola" donde incluye a Antonio
Machado en la más pura jerga estalinista en la tropa
de "plumillas de retaguardia" y a Enrique Líster en la
de "los matarifes"); la progresiva eliminación de la
lucha antifranquista a nivel popular y su reducción a los sectores
institucionales (políticos, militares, iglesia, prensa) en los
medios de comunicación; la banalización de la resistencia,
bajada por Muñoz Molina, en su relato El dueño del secreto,
al nivel de la incontinencia urinaria. No hace falta sufrir una paranoia
conspirativa para reconocer que se trata de una tremenda lucha ideológica
concertada para acabar de una vez con la memoria histórica de un
país. Y en medio de todo eso, dándose la imagen de estar
al margen, de discrepar, de ir por su propio camino, de defender lo que
realmente ataca, de ser verdaderamente el santo de su señora, el
autor de Sefarad.
De todas maneras, aceptaría la postura de Muñoz
Molina si no usara a gran parte de sus protagonistas como testigos de
su visión de la historia: los toma como rehenes. Puede ser que
Amaya Ibárruri no tenga nada en contra de que el autor dé
a su testimonio el mismo valor que al de un veterano de la División
Azul que arrasó Rusia; es asunto suyo. Pero estoy convencido de
que Jean Améry se sentiría bastante incómodo con
la ideología inherente a la novela. Supongo que Muñoz Molina
no ha leído lo que su colega escribió en una ocasión,
dirigiéndose a sí mismo: "Sin lugar a dudas los comunistas
contra los que te cerrabas por puro desdén burgués, además
de hacerlo por ignorancia imperdonable, han actuado si no con más
inteligencia, sí de una forma más auténtica. La inautenticidad
de tu comportamiento que sentías subjetivamente como resistencia
espiritual estuvo basada no sólo en tu temor ¿o hasta
cobardía? frente a la exigencia de actuar; fue también
tu derrota intelectual. Porque al fin y al cabo comunismo y marxismo no
estaban exclusivamente con aquellos que hablaban de Stalin como de una
amante, con ternura, o que incluso lo silenciaban, de tanta veneración.
Fuiste inauténtico no sólo como un fugitivo ante la acción,
sino también como un cobarde ante la palabra. No querías
poner en peligro tu comodidad intelectual. La ilusión de un Frente
Popular, la grande illusion del antifascismo deberías haberla pensado
por lo menos como ilusión en su totalidad."
Muñoz Molina hace hincapié en el respeto
que le merecen las personas tratadas en su libro. Tal respeto, pienso,
debería incluir, aparte de documentarse bien y no a base de unas
pocas informaciones, también la comprensión de una época.
Las categorías de verdugos y víctimas en las cuales está
planteado todo el libro no llevan a la verdad. Pero Muñoz Molina
no quiere abandonar esas categorías, y como no encuentra a los
buenos ni entre los fascistas ni entre los antifascistas, va y reivindica
a los sefardíes: son víctimas, por lo tanto son buenos.
(Es una tendencia que se va generalizando en la literatura española;
lean la última novela de Juana Salabert.) No creo que sea casualidad
que precisamente ahora se recuerde a los judíos expulsados de España.
Muñoz Molina destaca su fidelidad con la patria, por salvar la
lengua castellana en el destierro, a lo largo de los siglos. Ahora, con
el desconcierto que sienten frente al nacionalismo vasco, académicos,
funcionarios y monarcas recurren a la exaltación de la lengua como
más alta expresión de la identidad colectiva. Otros la creían
encontrar en la sangre (los alemanes) o en el paisaje (los austríacos).
Tampoco dio buen resultado.
Muñoz Molina tiende en su novela, como en las crónicas
que publica todas las semanas, a una falsa modestia. Digo falsa porque
se humilla para concederse así mayor credibilidad: no convence
con la plausibilidad de sus escritos sino con el buen carácter
que muestra. Para eso necesita al otro bando, a los malos, egoístas,
oportunistas, cínicos. O a los que no se fijan, en el extranjero,
en él: en uno de los capítulos de Sefarad, su autor insiste
en lo poco que se ocupaban de él durante una cena en la Unión
de Escritores sus anfitriones daneses. Como contraste a esa falta de cortesía,
destaca su propio interés, en esa misma cena, por la suerte de
la periodista Camille Pedersen-Safra, descendiente de sefardíes.
Unas cien páginas más atrás, al evocar la vida de
Isaac Salama, director del Ateneo Español en Tánger, cita
a algún intelectual o escritor que se burla de éste. De
esa manera queda patente la superioridad moral del autor. Como de costumbre,
tanto en él como entre los escritores españoles en general,
Muñoz Molina no dice quien habló de Salama con tanto desprecio.
"No voy a dar nombres, ya que están en la mente de todos",
como escribió hace poco, tan audaz, Luis Goytisolo.
En enero de este año, Antonio Elorza se manifestó
en desacuerdo con la tergiversación de hechos históricos
en obras de creación literaria y en el cine. Se refirió
a un concepto falsificador de la realidad que Tzvetan Todorov había
llamado infracción al orden: cambiar hechos, sentimientos, experiencias
según las necesidades narrativas. "Cualquiera" escribió
Elorza "es libre de moverse en el 'orden de la ficción',
pero no cabe aducir neutralidad ideológica si el 'orden de la vida',
la realidad histórica, sale malparada en aquella, o si respecto
de las fuentes literarias utilizadas se opera una sistemática deformación".
Elorza puso ejemplos: algunas películas de José Luis Garci,
dos novelas de Eduardo Mendoza. El caso de Sefarad me parece más
deplorable ya que su autor trata de personas de carne y hueso, con nombre
y apellidos, lo que significa asumir un alto grado de responsabilidad.
"De hecho, la invención es bastante convencional", dijo
a la periodista Amelia Castilla. Lamentablemente, Muñoz Molina
fue así de convencional en la reconstrucción de vidas ajenas.
Acabó por traicionar la ética a la que constantemente apela.
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