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junio
2001
Nº 78

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Antonio Muñoz Molina
Tras la publicación de su reciente
novela, Sefarad (Alfaguara, 2001), su proyecto más ambicioso, se
hace necesario un repaso de la trayectoria narrativa de Antonio Muñoz
Molina. El autor de este artículo analiza el universo del escritor
jienense, donde pasado y presente, biografía y personajes, cohabitan
en un mismo espacio novelesco, a la manera de Borges y Faulkner.
Cuando Antonio Muñoz Molina publica una nueva obra,
la atención de sus numerosos lectores se despierta y se multiplica.
Cuando Muñoz Molina irrumpe otra vez en el mercado, sus muchos
destinatarios le devuelven con creces el presente que les hace comprando
sus libros y admirando sus hallazgos literarios. El lector habituado,
el lector que ya conoce su producción anterior, halla en cada nuevo
volumen una voz que perdura, un estilo que continúa, un dominio
verbal que persiste, una motivación histórica, moral y personal
que hermana a una obra y a la otra, a una ficción y a la anterior.
Pero ese destinatario experimentado sabe que Muñoz Molina no se
repite perezosamente y que, como él mismo advierte, no desea instalarse
en la fórmula ya probada, en el logro atinado y ya expresado. Por
eso, el lector aguarda con expectación y confirma los usos diversos,
los variados registros y los cambios que esas ficciones le han dado.
Las primeras obras fueron ensayos de observación,
diarios sin fecha ni anotación circunstancial, en los que una voz
narradora saturada de referencias cultas, hablaba del mundo próximo
y lejano y lo hacía guiándose con la falsilla de sus múltiples
lecturas, lo hacía nombrándolo, adjetivándolo, lo
hacía auxiliándose con la complicidad póstuma o involuntaria
de autores y de libros, y lo hacía, en fin, sirviéndose
de metáforas literarias clásicas: la de Robinson Crusoe,
el náufrago sedentario, y la de Nemo, el náufrago errante.
El mundo es un lugar desconcertante, inhóspito incluso, un espacio
de múltiples esquinas y recodos en el que nos aventuramos sin brújula,
sin norte, sin dirección. O tal vez sí: quizás contemos
con la ayuda de esas innumerables lecturas, defensas contra las ofensas
de la vida, tutelas culturales con las que nombramos lo real. El ejemplo
de Borges estaba próximo y su aventajado discípulo se apropiaba
de su varia lección. ¿Es aceptable establecer esa vecindad
entre Muñoz Molina y Borges?
Aunque por supuesto no es la única ni probablemente
la más evidente en un autor de tan densas y tan numerosas referencias
culturales que se añaden, que se corrigen y que se solapan entre
sí, en el novelista español hay una influencia copiosa,
notable y antigua del escritor argentino. Todo indica que esta influencia
se dio desde fecha temprana y que, como toda pasión juvenil, perdura;
y todo indica que en Muñoz Molina hay un aprecio por los numerosos
Borges que podemos identificar: el ensayista y el narrador; el poeta entregado
a la imagen y a las enumeraciones, pero también el que hace de
la economía lingüística su meta y su depuración;
el lector repleto de referencias, el lector voraz, omnívoro, el
literato intelectualista, culturalista, el autor irónico que hace
guiños a un destinatario que también sabe, a un destinatario
al que toma por aliado sabio y conmilitón; el vate ciego de evocación
homérica que canta las gestas de los hombres porque cumple un destino;
el humorista que se reconoce irreparablemente plagiario, que se repite
y que se prodiga, que habla por otros, y que se divierte con paradojas
torturando la lógica, la teología y la metafísica.
Pero sobre todo, y para la hipótesis que ahora nos interesa, también
hay en Muñoz Molina el Borges que juega con el tiempo, que conjetura,
que imagina duplicaciones y argumentos numerosos, que se recrea en un
infinito juego de azares, que sospecha una biblioteca ilimitada, que admite
los varios porvenires que proliferan y se bifurcan. Borges se entregó
habitualmente a estos juegos de azar y lo hizo frecuentando el género
del cuento fantástico.
El lector que fue y es Antonio Muñoz Molina aprendió
bien la lección de contingencia e hizo suya esa enseñanza:
la de que el mundo no está hecho de una vez para siempre. Ahora
bien, el escritor que Muñoz Molina lleva dentro lo expresó
de otro modo, acogiéndose a otros géneros. El narrador español,
salvo en algún relato corto, no ha cultivado la fantasía
y se ha inclinado preferentemente por la novela y por un cierto tipo de
realismo, por ese realismo que hace de la ilusión referencial su
artificio, por ese realismo que parece darnos una recreación fiel,
verosímil, ajustada, histórica de esos pasados que están
en él. En las narraciones realistas de Muñoz Molina, como
en los relatos fantásticos de Borges, hay azares, hay coincidencias
a las que dar significado, hay identidades confusas o especulares, hay
golpes de fortuna y ambigüedades insuperables, hay reconstrucciones
que los propios personajes ensayan y de las que extraen perplejidad y
conocimiento, saber, dolor y felicidad; en los relatos de Muñoz
Molina hay semejanzas inquietantes o inadvertidas entre el ayer y el hoy,
incluso duplicaciones, parciales repeticiones, aleaciones de hechos pretéritos
y actuales a las que otorgar algún sentido. No hay una conexión
causal determinante, el significado de las cosas no está dado de
antemano porque sólo es resultado del relato que proponemos, del
análisis que emprendemos y de los supuestos que compartimos.
Investigaciones sobre el pasado
Por eso, ya en las primeras ficciones se alternaron la
inspección histórica y la recuperación de un pasado
que se hurtó a las generaciones nacidas bajo el franquismo con
el molde de la novela policial, con la novela de pesquisa y persecución.
Beatus ille era la gran obra de la memoria reconstruida, dudosa, reescrita
y fantaseada; El invierno en Lisboa era una reinvención hispana
de la serie negra; Beltenebros aunaba la novela de espías y la
novela política adoptando para ello una intriga que, nuevamente,
enlazaba pasado y presente, un pasado maquillado, camuflado, y un presente
esquivo, duro, arriesgado. En esas primeras ficciones, Muñoz Molina
volcó implícitamente lo que había leído y
le había influido, las múltiples referencias que, por ejemplo,
eran expresas y explícitas en El Robinson urbano y Diario del Nautilus,
pero ahora sometidas al principio de verosimilitud y de pesquisa, al principio
de lo sugerido y mostrado, sabedor como era del diferente dominio que
impone la ficción.
Las primeras novelas de Muñoz Molina eran admitámoslo
una reelaboración de tópicos. Entiéndaseme bien:
había un uso deliberado de convenciones culturales mil veces empleadas,
de recursos fílmicos o literarios ya utilizados, de personajes,
nombres y situaciones reconocibles, pero en todos ellos había una
reelaboración original que avecindaba elementos dispares, iconos
y circunstancias en sorprendente aleación. El género policial
decía Borges suele respetar el decurso lineal de las
cosas, el orden sucesivo de los acontecimientos, y sus cultivadores adoptan
ese principio, lo llevan a cabo, justamente en un momento y en un siglo
en que la novela se rompe y se fragmenta, en un tiempo en que el relato
se fractura con analepsis y prolepsis, con el multiperspectivismo, con
las voces en conflicto. Muñoz Molina adoptaba la pesquisa detectivesca
pero complicando su estructura. Es decir, era sabedor de los cambios formales
que se habían producido en el orden narrativo del siglo, de la
confusión que da en el relato de nuestras vidas --tan ajena a la
férrea sucesión que se impone en la novela naturalista--,
y que hemos acabado por aceptar. Por eso, el principio que aglutinaba
todas esas novelas era el de la identidad, el de la identidad fracturada,
confusa y al final revelada, el de los enigmas de la identidad de nuestros
contemporáneos y antepasados, habitantes de un pretérito
que ignoramos o que creemos erróneamente saber y revestidos con
mil máscaras y atavíos. En esas novelas, Muñoz Molina
empleaba, además, un recurso característico de la gran tradición
literaria, la anagnórisis. Si la clave de esas ficciones son las
identidades que confunden y se confunden, el final de la novela es siempre
la revelación turbadora y esperanzada de aquella identidad confusa.
Pero no se piense que esa revelación es consoladora, que aclara
los enigmas de ese pasado o del presente que es huella y consecuencia
de aquel tiempo remoto. En los folletines del ochocientos, la anagnórisis
tiene una función reparadora, un alivio. En el novecientos, las
máscaras de la identidad están adheridas a la carne y no
ocultan ni esconden una verdad esencial, prístina y definitiva.
El descubrimiento es, pues, agridulce.
Ese dato y esa circunstancia de los enigmas de la identidad
recibieron, como se sabe y se admite comúnmente, un tratamiento
mayor y maduro en El jinete polaco. Hay en esta obra una serie de constantes
que se reiteran, pero ahora tan bien ensambladas que alcanza una condición
eximia: el uso de referentes explícitos, de la alta cultura y de
la cultura popular, como por ejemplo el cuadro de Rembrandt que da título
a la ficción o ese otro jinete de los Doors que sirve para rotular
una parte de la novela, la parte adolescente de la evocación, y
que se emplean como ritornello y símbolo, acertijo y enigma, cifra
y espejo del protagonista; la dicha y la angustia de un amor y de una
concupiscencia que se saben logros siempre circunstanciales, un don que
exalta y que a la vez nos sume en la incertidumbre de las cosas humanas,
tan caducas, tan efímeras; el pasado que retorna, el regreso de
lo reprimido o de lo olvidado, de esas historias, de esas vidas y esos
presentes que ahora se verbalizan o se evocan con imaginación y
con audacia a través de un baúl de fotos, el baúl
de Ramiro Retratista, instantes congelados, vidas capturadas, y a través
de un tesoro de voces y de imágenes que se albergan en el interior
de los protagonistas y que rellenan la propia identidad actual, a la manera
de Faulkner; la multitud y el yo, los antepasados y el individuo, los
contemporáneos y el paseante solitario que inspecciona, que averigua,
que hace pesquisas sobre sí y sobre los suyos, sobre el azar y
la necesidad de los que él es resultado asombroso y contingente;
la historia, la herencia, el legado de los mayores, heroicos y derrotados,
víctimas menesterosas y dignas, por un lado, y el esfuerzo indómito
de huir, de escapar, de emprender un viaje de desarraigo a partir del
cual rehacer la propia identidad sin pertenencias irrevocables, sin humillarse
ante un destino fatal, por el otro; y, al final, como no podía
ser de distinto modo, también un asombroso descubrimiento, una
anagnórisis que revela qué hay detrás del apellido
Expósito. Es decir, con esta novela nos hallamos ante lo que bien
podría llamarse una ficción autobiográfica, el esfuerzo
de reconstruir la memoria personal emprendiendo la refiguración
de sí mismo, un diálogo consigo mismo.Ese diálogo
es una evocación de recuerdos propios y ajenos, de relatos que
forman parte de una narración general, de esas voces que han contado
historias, un diálogo que se expresa en capítulos alternos,
en primera persona, en el caso de Manuel, y en tercera, cuando es Nadia
la que transmite.De la página quinientas y pico en adelante, la
novela es tarea de un Manuel que se expresa desde el yo, en una especie
de carta dirigida a la amante a la que espera. El modelo en el que se
inspira esta narración es, como decíamos, explícitamente
faulkneriano, en concreto aquel que alcanza su consumación en ¡Absalón,
Absalón! De hecho, son contemporáneos (1991) el prólogo
de Muñoz Molina a la reedición española de esta novela
americana y la escritura de El jinete. Por eso, no es extraño que
sean casi parejos los títulos de ese prefacio (El hombre habitado
por las voces) y la primera parte de su ficción (El reino de las
voces). Si Muñoz Molina rotula su prólogo haciendo hincapié
en las voces es para dar énfasis al recurso faulkneriano de los
cuatro narradores y a la investigación policial. Pero si insiste
en la polifonía bajtiniana añadiríamos nosotros
apelando a Mijaíl Bajtin es justamente porque nuestra identidad
está adueñada por las historias que nos han contado, por
las palabras que nos llegan y que rellenan nuestro vacío. La evocación
es así un viaje metafórico, pero también un traslado
a ese pasado evanescente que varía de acuerdo con el relator.
Sarcasmo y dolor
Las novelas de los años noventa, las que siguen
a El jinete polaco desarrollan y dan nueva vida a dos aspectos ya contenidos
en esa obra: el humor, la ironía e incluso el sarcasmo, por un
lado, y el desgarro, el dolor y la piedad por las víctimas, por
el otro. Hay un tono y un estilo parejos o vecinos en Los misterios de
Madrid, en El dueño del secreto y en Carlota Fainberg: los personajes
retratados son risibles, timoratos o audaces, serviles o serviciales,
cobardes o alocadamente temerarios, capaces de empresas inútiles
e ignorantes de una circunstancia que los desmiente. En cambio, en Plenilunio,
los protagonistas arrastran silenciosamente un pasado de dolor, un presente
de desconcierto o de vacío, de humillación y de estupor,
son taciturnos y están llenos de estigmas invisibles y de heridas
profundísimas, llagas que sólo podrán cauterizar
con el filtro del amor como ya ocurría en Beatus ille,
culpas de las que únicamente podrán redimirse con la esperanza
que otro porvenir les depara. Pero el personaje central de Plenilunio
es la niña asesinada, la niña que sufre estupro y muerte,
la víctima absoluta de la iniquidad, del rencor y de la perversidad.
Ese dato, el de la piedad con la víctima, estaba ya en El jinete
polaco, pero ahora cobra una dimensión de tragedia clásica
y de horror sin reparación posible. Y ese dato, ese tratamiento
y ese motivo reaparecen transformados en Sefarad.
Lo primero que llama la atención en Sefarad es
la multitud de personajes que pueblan el relato, los seres innumerables
que lo habitan capítulo a capítulo y que son todos ellos
víctimas o supervivientes milagrosos del horror del siglo y de
las pequeñas miserias de la vida cotidiana. El autor ya empleó
un censo copioso de protagonistas en El jinete polaco: un mundo propio
y abarrotado de individuos con su historia y con su pasado, con sus esperanzas
y con sus sueños, un mundo populoso de seres que confluían
en Manuel y en Nadia, un mundo de seres que ahora son jirones, imágenes
y proyecciones del yo narrador de Sefarad. Por eso, lo segundo que el
lector aprecia en esta última novela es la presencia, la combinación
y aleación de lo real, de lo histórico y de lo autobiográfico
o, al menos, de lo que Muñoz Molina presenta como real, histórico
y autobiográfico, partes inextricables de lo vivido, lo leído,
lo imaginado y lo fantaseado. No es, por supuesto, la primera vez que
irrumpe la historia real en Muñoz Molina: sus ficciones son frecuentemente
ejemplos concretos de las dificultades que arrostramos cuando intentamos
recuperar un pasado desvanecido, desleído o ignorado; sus ficciones
justifican la necesidad emancipadora de ese pasado y nos advierten acerca
de los riesgos a que nos lleva el conocimiento de ese mismo pasado. No
es tampoco la primera ocasión en que lo estrictamente autobiográfico
recibe un tratamiento explícito en nuestro autor: como él
mismo nos advirtió, en Ardor guerrero abandonaba excepcionalmente
la ficción para hablar de sí mismo, para hablar de las cobardías,
audacias y temeridades que había y hay en él, para emprender
una suerte de autoanálisis explícito y circunstancial. Pero
esto no es sólo apreciable en esa memoria militar: en general,
en toda su obra se advierte la tarea de refigurarse, la labor de pensarse
a sí mismo sinceramente, de manera inmisericorde o compasiva, según
los casos. Lo tercero que atrae la atención en Sefarad es la autonomía
de cada una de sus partes, la variedad de relatos que se cuentan y que
cobran vida propia, como si fueran esbozos de novelas, como si fueran
narraciones deliberadamente breves de historias más largas y adensadas
y que podrían extenderse.
¿Qué habría pasado si...?
Scherezade contaba historias sin parar para demorar la
propia muerte, para darse vida. El narrador de Sefarad cuenta y cuenta
sin parar novelas o vidas que son relatos de muerte o de milagrosa supervivencia
para de ese modo dilatarse en los otros, para evocar dentro de sí
los ecos de otras existencias, para multiplicarse. Por eso, lo que al
yo narrador le interesa ahora no son historias que se bifurcan o que se
separan; lo que le interesa son, por el contrario, relatos que llegan
hasta esa voz en primera persona que cuenta en algunos capítulos
y que intuimos traslado o remedo autobiográfico del autor empírico:
esas historias lo constituyen, lo llenan y rellenan, lo forman y lo habitan,
esas historias tienen enigma y son cifra de existencias irrepetibles,
esas historias, como el retrato de la niña pintada por Velázquez
y que, al final, se reproduce, son un misterio que no puede aclararse
del todo, un asombroso hecho que ningún narrador omnisciente podría
aclarar. No hay anagnórisis ya, no hay identidad confusa que se
revele, no hay un yo que se ilumine. Hay, por el contrario, un yo que
se ve en las víctimas y que aspira a llegar a las vóctimas,
un yo que acaba hablando desde un Madrid cotidiano, ordinario, apaciguado,
real, confortable, pero un Madrid también excepcional, espacio
milagroso e infinitesimal de una geografía vastísima y de
un censo infinito de vidas posibles.
Ese recurso, el de las vidas posibles, es argumento permanente
en la literatura de Muñoz Molina, pero es a la vez un motivo tratado
de manera diferente en cada una de sus ficciones, un motivo constantemente
renovado de acuerdo con las necesidades de esas distintas ficciones. La
producción de Muñoz Molina es autobiográfica en la
medida en que todas las obras humanas lo son. Por tanto, afirmar sin más
esto último sería una trivialidad. Es la suya una ficción
autobiográfica, una recreación de sí mismo, de los
personajes que frecuentó, de los avatares y circunstancias de sí
mismo. Pero... ¿qué obra literaria no es una ficción
sobre sí mismo?, ¿Qué novela de cualquier autor no
es una reinvención de sí mismo? Lo peculiar de Muñoz
Molina es pensarse a partir de las vidas posibles que pudieron ser efectivamente
las suyas; lo característico es juzgarse, evaluarse, en el caso
de haber vivido esas vicisitudes. Es decir, es la suya una autobiografía
especial: un modo de probarse, en situaciones distintas, de averiguarse
en circunstancias diversas a partir de personajes que lo encarnan parcialmente,
que tienen algunas de sus características. Es un sencillo procedimiento
que le permite el conocimiento y el análisis de sí mismo
rompiendo a la vez la mera ilusión referencial, el realismo inmediato
y evidente del simple traslado. Esto es, le basta con atribuir al narrador
o al personaje cuyas vicisitudes son relatadas unas circunstancias o atributos
que en modo alguno se den en el autor, que no sean actualmente históricos.
Con ello no me refiero concretamente a aquellos hechos
del narrador que sean imposibles en la vida del autor, que no pudieron
darse jamás y que son su antítesis; con ello me refiero,
por el contrario, a aquellos otros hechos o elecciones que eventualmente
pudieron haberse dado en la vida del autor y que, de haberse consumado,
la habrían hecho diferente. No se trataba de concederle al personaje
rasgos fisonómicos que el escritor no tenga con el fin de camuflarlo
convenientemente; no se trataba sin más de localizarlo en otro
pasado y en otra geografía; se trataba de darle un tiempo, unos
hechos, unos atributos, unas opciones que estuvieran potencialmente en
el autor y que de haberse actualizado lo habrían hecho bien distinto
siendo el mismo. ¿Cómo sería yo de haber vivido en
otra ciudad, en otra época y en otro medio? ¿Cómo
sería yo de haberme inclinado por esto en vez de lo otro? Evidentemente
no hay en Muñoz Molina esa pregunta explícita, al menos
no figura expresamente en su ficciones, porque de aparecer así
arruinaría el efecto que persigue la invención verosímil.
Es posible incluso que ni siquiera él mismo sea consciente de que
obra así cuando imagina una novela o un relato. Pero lo que parece
razonable pensar es que ése sea uno de los motivos implícitos
de su creación.
A esa forma de obrar y de pensarse la podemos llamar historia
virtual, es decir, ¿qué habría pasado si...? Y a
esa forma de acceder al pasado, a esa manera de rehacer la memoria personal,
a ese modo de representar el curso de la historia, a esa conjetura acerca
de sí mismo y de las circunstancias que le han rodeado, le dedica
Muñoz Molina páginas juiciosas en el prólogo que
firma en la edición española del libro de Henry Ashby Turner
Jr. titulado A treinta días del poder. La historia puede ser contada
de muchas maneras, la historia es un proceso en el que se materializan
unas opciones frente a otras, la historia no es destino ni es fatalidad:
es, por el contrario, la consumación de ciertas elecciones, la
apuesta cobarde o heroica, estúpida o inteligente de nuestros antepasados
y de nosotros mismos. ¿De qué modo puedo averiguarla y sopesar
sus efectos? Pensándome a mí mismo y a los otros en ese
escenario y ejerciendo la empatía, la piedad y la comprensión.
Justamente eso, la piedad del que se sabe también falible y frágil
hace posible la reconstrucción minuciosa y creíble del dolor,
un dolor de antepasados a los que el narrador avecinda con el propio en
Sefarad. Pero hay más: la piedad, la ternura y esa sensibilidad
manifiesta que tanto se le celebra a Muñoz Molina y que otros,
sin embargo, le censuran porque sería ejemplo complaciente y sentimental
de lo políticamente correcto son resultado del dominio de
una prosa llena de resonancias: una prosa que opera con amplificaciones
y que captura los sentidos, que afecta y expresa rabia, sinceridad, amor
y heridas, que evoca lo que cada cosa le sugiere al narrador, lo que cada
hecho le provoca, la huella que cada vivencia ha dejado dentro de sí.
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