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abril 2001
Nº 76

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¿En qué lengua escriben los escritores catalanes?
Oriol Izquierdo

Presentar en unas páginas una literatura tan rica y tan poco conocida como la actual catalana es una tarea tan ardua como imposible. Por eso, Lateral ha optado por sólo picotear en tan vasto terreno. Lo que se ha propuesto es, simplemente, intentar a dar una idea, ofrecer una muestra, plantear problemas. Diversos artículos, entrevistas, textos, pretenden enfocar esta pequeña­gran literatura desde diferentes puntos de vista: el estado de la cuestión en la narrativa; las mejores novelas de la última década; el exilio catalán, ese gran desconocido; el guión televisivo; la diversidad generacional; una muestra de la última poesía y, finalmente, en una separata adjunta, una antología del cuento catalán. Para esto, hemos contado, además de con los mejores poetas y narradores catalanes, con la colaboración de tan notables autoridades en la materia como, entre otros, Enric Sòria, Rosa Cabré o David Castillo.

Estando en Cataluña, a veces uno tiene la impresión de que eso del catalán es visto desde fuera como un capricho o como un invento. El fruto borde de un empecinarse en mantener una distinción superflua y nada práctica. Por el solo hecho de distinguirse en algo. Incluso, desde Cataluña, en momentos de desilusión, uno llega a preguntarse si no sería mucho más cómodo para todos renunciar al catalán y adoptar como definitivamente propio el español. Pero sucede que el catalán es una lengua, y por ello anida en su uso una visión del mundo, con sus particularidades y su tradición. Y desprenderse de eso es mucho más doloroso, si no imposible.

Gusta a los catalanes recordar que fue justamente un filósofo que escribía en catalán quien osó por primera vez utilizar el vulgar para dar a conocer sus pesquisas. En tiempos en los que parecía que sólo el latín era apto para formalizar el pensamiento, Ramon Llull dio carta de naturaleza filosófica y literaria a la lengua catalana. Antes de Llull, la tradición literaria catalana, como en parte la italiana y la española, se había dejado fascinar por las posibilidades del provenzal. Era tiempo de trobadores. Aquello marcó tal vez más a la cultura catalana que a sus vecinas. Todavía hoy el escritor y el lector culto catalán saben que su aventura literaria arranca en una lengua extranjera, próxima pero ajena. Por ello en la práctica tampoco resulta tan incómodo dar cabida a escritores que se expresan literariamente, en Cataluña y sobre lo que allí sucede, en esa otra lengua extranjera, y ciertamente próxima para tantos, que es el castellano. Pero no es este el tema del que hoy deberíamos hablar.

Con Llull empieza la edad de oro de la literatura catalana, que culmina en hitos de todos conocidos, o bien debieran serlo, como el Tirant lo blanc ­la célebre novela de caballerías que se salva de las llamas en El Quijote­ o la poesía de Ausiàs March, por no citar más que dos ejemplos y no aburrirles. Eran tiempos de expansión de la flota catalana por el Mediterráneo y de papas valencianos en el Vaticano. Pero con el descubrimiento de América y las consecuencias dinásticas del desposorio de Isabel y Fernando, aquello languideció mucho y deprisa. Ya estamos en el siglo xvi.

No sería hasta la llamada Renaixença, tres siglos más tarde, que la literatura catalana se reencontraría. Ahora, tras el estallido del Romanticismo, se emprenderían las uniones nacionales de Alemania e Italia, y paralelamente a aquellos inventos, si ustedes gustan de llamarlos así, resurgiría la conciencia cultural, lingüística y al fin y al cabo nacional de Cataluña. Como por casualidad, de la mano de Bonaventura Carles Aribau y su poema "Oda a la pàtria", pero efectivamente. Este renacimiento comportó, en el campo literario, poner a prueba nuevamente la lengua catalana como lengua de expresión culta. No es que durante los tres siglos transcurridos reinase el silencio más absoluto, pero sí que habían sido años de descuido, de desatención, de menosprecio para con las posibilidades de la lengua catalana para ser un instrumento apto para la cultura. El prestigio lo había acaparado todo para sí el castellano. Como más bien lo tenía el francés en Polonia, o en ciertos círculos de la sociedad rusa.

El proceso de reencuentro con las posibilidades expresivas de la propia lengua no empieza a dar frutos visibles, ya maduros, hasta el primer tercio del siglo xx. Señala un hito, en ese sentido, la aceptación institucional y social del proceso de ordenación de la lengua catalana que propusiera Pompeu Fabra, con el concurso del Institut d'Estudis Catalans, la Academia catalana. Una aceptación, bien debe saberse, que fue en buena parte posible gracias a la acción política y educativa de la Mancomunitat, primera institución para el autogobierno lograda en el siglo xx por Cataluña, antes de la recuperación, primero en 1932 y luego, de nuevo, tras la muerte de Franco, de la antigua Generalitat.

Pero el catalán literario moderno no es un invento de Pompeu Fabra. El poeta Verdaguer, antes de la normativización de la lengua, ya había aportado su genio a la traducción poética de un universo literario consonante con la estética del momento. Y da muestra de ese genio la capacidad de aquella poesía para permanecer, más allá de esos cauces estéticos y de las propias limitaciones, evidentes, del instrumento lingüístico. Porque permanece. Y no solo Verdaguer. También Santiago Rusiñol fue capaz de hacer caso omiso de la depauperación de su herramienta lingüística por mor de decir literariamente todo lo que sintió necesidad de decir. Que no fue poco.

Y, ya después, Josep Carner se erigiría en la encarnación creativa del esfuerzo fabriano. Así, el Romanticismo tardío, que adoptó en Cataluña el nombre de Renaixença, el Modernismo que lo sucedió y el Noucentisme posterior exploraron, a veces con más acierto y otras con menos, la capacidad expresiva de una lengua que había parecido descabalgada del curso de la historia, por lo menos por lo que a la historia de la cultura se refiere. Pero, siendo como era tan viva socialmente, fue cobrando cuerpo paso a paso.

El suficiente para resistir, no muchos años más tarde, un sistemático proceso de persecución y negación bajo el franquismo.

Por fortuna, la posguerra pilló a la cultura catalana con una parte fundamental de la aportación de Carner, Sagarra y Foix, por citar a tres autores emblemáticos, ya hecha. Y seguirían haciéndola, a pesar de todo, contra viento y marea, durante la dictadura. Y, junto a ellos, Rodoreda, Espriu, Villalonga, Pedrolo, Pla, Oliver, Joan Fuster. De un modo progresivo, y quizás contra pronóstico, aquella literatura fue ampliando el círculo de lo posible, de lo expresable, de lo literario. Eran tiempos, todavía, de enorme preocupación por la supervivencia de la lengua y, en consecuencia, de vigilancia de su pureza. Tal vez por ello se ha dicho que durante el franquismo los novelistas, los poetas, los ensayistas, los dramaturgos, todos los escritores catalanes, parece que hubieran sometido su estilo a una programática homogeneización, en nombre de la corrección y de la genuinidad. Pero hoy hemos cobrado distancia suficiente para relativizar tal tópico.

Sin duda hubo algunas, tal vez incluso muchas, intervenciones editoriales que limpiaron los textos más allá de lo que hoy parecería admisible. Bien, ahora la percepción de lo que son opciones estilísticas personales y naturalmente legítimas ha cambiado, por fortuna, también en medios culturales catalanes. Pero entonces el riesgo de disgregación lingüística, de reducción de la lengua a un patués apenas de uso familiar, era algo más que una fuerte amenaza. Y fue con la relajación de la dictadura y la transformación del universo mundo occidental en el reino de la permisividad, tras el mítico hito del 68, que las letras catalanas pudieron ir entrando también en la contemporaneidad.

Autores, temas y recursos expresivos de todo signo y manera fueron inundando librerías y escenarios. Las propuestas que llegaban al lector cada vez abarcaban un espectro más amplio de posibilidades: novela de factura decimonónica, poesía clasicizante, teatro de vanguardia, ensayo iconoclasta, psicodelia, absurdo, intriga, revolución, entretenimiento. Durante la década de los ochenta la oferta literaria catalana se asemejaba, por su variedad y por sus cualidades, guardadas las proporciones, a la de cualquier cultura vecina. Para bien y para mal. Las perplejidades y los desconciertos de creadores y receptores son hoy en Cataluña parejos a los que se viven en los demás contextos culturales. Y sus satisfacciones.

¿Y la lengua? Ya no es un problema. Es decir: es, como en el núcleo duro de cualquier otra tradición literaria, el problema. La lengua catalana es apta para la creación sin que en ella misma suponga ningún límite. Puede haberlos, todavía, en su uso periodístico, en el que es cierto que es difícil llevar a la práctica la amplitud de registros disponible en la prensa en español (tal vez costaría leer en un periódico a Umbral en catalán). Y ciertas propuestas suponen aún, por limitaciones derivadas de la falta de formación escolar básica en la propia lengua, una ardua prueba para algunos lectores catalanes. Pero las posibilidades de la lengua literaria, en sí misma y en la práctica, dependen como en cualquier otro caso, tan sólo, y no es poco, del genio inventivo del autor que la elabora.

Terminemos con dos ejemplos: Quim Monzó y Pere Gimferrer. Hoy encarnan, simplificando el análisis hasta la perogrullada, la lengua literaria de apariencia coloquial en el primer caso y la tradición de la artificiosidad barroca en el segundo. Ambos escriben hoy en catalán para un público catalán de hoy. Que los lee. Que reconoce en sus opciones estilísticas modos legítimos y oportunos de expresar las realidades que aspiran a expresar.

Entonces, ¿en qué lengua escriben los escritores catalanes? En la lengua que quieren usar, que quieren descubrir, que quieren crear. En la lengua que son capaces de sostener. Al fin y al cabo, como cualquier escritor que se precie de serlo.