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febrero
2001
Nº 74

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'The
Vanity Fair'
XAVIER VERDAGUER
Hoy, el éxito de todo evento cultural
o no se mide por su número de visitantes, la repercusión
mediática y los resultados económicos. Pero estos tres valores,
de por sí legítimos, entran en contradicción con
los fundamentos de las prácticas artísticas contemporáneas.
Ésta es la gran paradoja que se ciñe sobre las ferias de
arte en general y ARCO en particular.
No hay duda de que ARCO se ha convertido en uno de los
fenómenos mediáticos más importantes de los últimos
años. Prueba de ello es que, a principios de febrero, no hay periódico
importante que no le dedique sus mejores portadas y suplementos a todo
color. Tanto despliegue informativo resulta ciertamente extraño
y sospechoso, y es que no lo olvidemos ARCO no es un salón
del automóvil o de electrónica de consumo ni tampoco un
encuentro del FMI o del Banco Mundial sino una feria de arte contemporáneo.
Así pues, ¿a qué responde ese inusitado y generalizado
interés por un evento cultural? ¿A qué vienen tantos
titulares, reportajes y crónicas?
Creía que en este país sólo interesaban
el fútbol, los toros y los devaneos de nuestros famosos. Estaba
equivocado. A tenor de lo que estoy viendo estos días, parece evidente
que el arte como antaño la religión nos hermana
y da sentido a nuestra rutinaria existencia. Sólo así, por
interés general de la nación y sus habitantes, puede entenderse
tal algarabía mediática. Y sólo así se entienden
los miles de visitantes que peregrinan con devoto fervor por los stands
y pabellones de la feria año tras año. Poco importa que
la mayoría de ellos no entre nunca, ni por asomo, a alguno de los
muchos museos y galerías que hay ahora mismo en España:
visitar ARCO sirve para resarcirse de esas pequeñas desidias y
mostrar a ojos de todo el mundo cuán cultivados y modernos somos.
De esta suerte, el hasta ayer solitario e inhóspito mundo del arte
contemporáneo se está convirtiendo, por obra y gracia de
los gurús del marketing cultural, en una especie de área
de recreo para toda la familia.
Éxito mediático
Pero este ambiente de fastos y bullicio para con lo contemporáneo
es relativamente reciente. Antes, allá por el 82 año
en el que nació ARCO todos éramos menos pretenciosos
y nuestras preocupaciones mucho más mundanas. Las tribulaciones
del espíritu eran propias de otras latitudes o de personas trasnochadas
con problemas existenciales. No hay que decir que por aquel entonces las
ferias que gozaban de mayor éxito eran las alimentarias: el hecho
de que en los stands siempre ofreciesen alguna que otra glotonería
contribuía a ello. En lo artístico, a pesar de la reciente
democracia, nuestro país seguía siendo un erial. Ante aquel
panorama tan desolador, un grupo de resueltos galeristas Juana de
Aizpuru a la cabeza decidió impulsar una feria internacional
de arte contemporáneo. El reto era grande: dinamizar un mercado
languidecido y marginal. ARCO, en sus primeras ediciones, en el pequeño
recinto ferial de la Castellana, aunque adolecía de poco presupuesto
y bastante improvisación, tuvo la suerte de cara: su nacimiento
coincidió a raíz de la Documenta 7 de Kassel con
el auge mundial de la nueva pintura figurativa. Aquí, la obra de
los Barceló, Broto, García Sevilla... volvió a generar
confianza entre los coleccionistas y el mercado pareció desperezarse.
Pese a aquellos logros iniciales, ARCO seguía siendo una feria
minoritaria y con graves problemas financieros. Ante aquella situación
sólo cabían dos posibilidades: no hacer nada y dejarlo todo
como hasta entonces o intentar redefinir el certamen. Se optó por
la segunda opción. En 1987, Rosina Gómez Baeza actual
directora tomó el mando de la nave. Los nuevos criterios de
gestión fundamentados en las estrictas reglas del marketing
estaban al servicio de un triple objetivo: aumentar la faceta comercial
de la feria, abrirla al gran público y darle una mayor proyección
internacional. La nueva dirección tuvo claro de antemano que para
lograr los dos primeros propósitos tenía que involucrar
en el proyecto a las propias instituciones tanto públicas
como privadas y a los medios de comunicación: las primeras
retroalimentarían el mercado, los segundos popularizarían
el certamen. Atraer la participación de las galerías extranjeras
fue sigue siéndolo un reto difícil (éstas
suelen asistir sólo a ferias ya consolidadas y con gran volumen
de negocio como las de Chicago y Basilea). Para captarlas, la organización
creó un programa subvencionado consistente en dedicar cada edición
a un país distinto. No hace falta decir que los gastos de participación
de las galerías de dicho país corrían corren
a cargo de ARCO.
Ahora, y desde la privilegiada perspectiva que nos da
el tiempo, puede decirse que ARCO ha conseguido, si no todos al menos
en parte, los objetivos que se había marcado. Así, hoy es
una feria mucho más conocida y prestigiosa que hace diez años,
su volumen de ventas, superada la crisis de principios de los noventa,
no ha dejado de aumentar, y el público asiste masivamente a cada
nueva edición. Pero detrás de este panorama tan risueño
y complaciente se esconden importantes fisuras que pueden, a la larga,
fracturar el certamen. Si escudriñamos un poco, en seguida nos
daremos cuenta que los principales clientes de ARCO son los museos, fundaciones,
patronatos, ayuntamientos... Sin sus partidas presupuestarias muchas de
las obras más innovadoras y emergentes muy alejadas del gusto
del coleccionista medio español quedarían sin comprador.
Este feed-back resulta a mi entender artificial y engañoso. Y es
que si queremos crear un coleccionismo auténtico y perenne, éste
debe generarse desde abajo, desde el conocimiento y aprecio real de la
sociedad por el arte de su tiempo. Esto, que a ojos de muchos puede parecer
utópico, deja de serlo cuando vemos, por ejemplo, que en países
como Francia, Holanda o Alemania el estudio del arte, los talleres creativos,
las visitas periódicas a exposiciones... forman parte de todos
los planes de estudios. Es evidente que esos niños y niñas
a la que son mayores tienen una visión y unos criterios propios
para valorar y estimar las expresiones artísitcas contemporáneas.
Esta relación causa-efecto engendra, con el tiempo, no ya sólo
nuevos coleccionistas sino también nuevos lenguajes creativos.
Por el contrario, las salidas formativas de nuestros escolares siguen
consistiendo en visitar fábricas de yogures, zoológicos
y algún que otro museo de cera. Así, no es de extrañar
que la mayoría de ellos, cuando finalizan la secundaria no sepan
que Luis Gordillo no es un ex jugador del Real Madrid sino uno de nuestros
pintores más renovadores y reconocidos. Si seguimos por este camino,
los únicos coleccionistas que habrá en este país
serán las fundaciones de las grandes. Entiendo que la función
de estas instituciones respecto al arte contemporáneo debería
focalizarse más hacia el mecenazgo de proyectos crativos y no tanto
a la adquisición de obras. Muchas de las mejores propuestas artísticas
actuales reclaman (para poder desarrollarse) nuevas relaciones de financiación
que van más allá de la clásica comercialización
del "objeto-arte". No faltan ejemplos que ilustren este cambio
de paradigmas: el año pasado exposiciones como La fábrica
de la artista Marisa González y Tiempo de feminidad en la madrielña
galería Pasarte, financiadas respectivamente por la Fundación
Telefónica y por la firma de relojes Omega, nos mostraron el nuevo
e importante papel que podían jugar las empresas para el desarrollo
del arte más actual. Estoy convencido de que si ARCO recogiera
y diese salida a estas nuevas demandas entre artistas, galersitas e instituciones
la feria obtendría un plus diferencial y de calidad con respecto
a los otros certámenes del sector.
Márketing cultural
Otro de los grandes problemas que se ciñen sobre
ARCO es que en su afán de abrir la feria al gran público
se ha optado por la vía más fácil. Es decir, con
el objetivo de conseguir más visitantes, los ideólogos de
la gestión cultural made in U.S.A. han posicionado y promocionado
la feria desde criterios próximos a la cultura-espectáculo.
Éstos nos han vendido una nueva "estética de la recepción"
que legitimiza una relación mínima y superficial entre la
obra y el espectador. Dicho en otras palabras: ya no hay que estrujarse
los sesos para entender el arte contemporáneo, es suficiente con
mirarlo como si se tratase de una más de las muchas curiosidades
y rarezas que engendra nuestra sociedad. Poco importa que estos posicionamientos
a la baja estén convirtiendo el arte en mero diorama: el éxito
de todo evento ahí están exposiciones como Sensations
o Apocalypsis se mide hoy por el número de visitantes y por
el impacto mediático. El triunfo de la cultura-espectáculo
pasa por reducir el arte a mínimos digeribles para todo el mundo.
Esta frivolización del arte va en deterimento de las propias obras.
El espectador no las ve como un medio crítico de cuestionamiento
del yo, de la realidad y de las propias prácticas artísticas
sino como meros objetos.
A tenor de los hechos, y tomándole prestada la
voz a Givanni Sartori diré que estamos asistiendo complacientes
al funeral del viejo homo sapiens. El homo videns siempre feliz en
su ignorancia ha ocupado su lugar. Los poderes económicos,
políticos, culturales... que ha engendrado y alimentado esa tan
debatida posmodernidad rinden pleitesía al nuevo y resplandeciente
substituto.
No hay luto ni esquela para esta defunción. Estas
cosas, al igual que aquella especulación crítica del hecho
artístico que demandaba Adorno, son "antiguallas" propias
del siglo que acabamos de doblar.
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