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febrero
2001
Nº 74

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No hay arte que valga
LUIS NAVARRO
¿Cuál es el sentido de una feria de
arte? ¿Qué intereses y servitudes se esconden hoy bajo el
manto de lo contemporáneo? El autor de este texto, mediante un
discurso deconstructivo y revelador, nos muestra las contradicciones e
incompatibilidades que existen en la tríada, arte-mercado-instituciones,
y aboga por una redefinición de las propias prácticas creativas.
Trataré de no hablar de arte. Es decir, no se trata
aquí de criticar una forma u otra de gestionar espacios y recursos
materiales o simbólicos comúnmente llamados artísticos,
sino de indicar algunas de las contradicciones inherentes a esta gestión,
y en particular a la celebración de eventos expositivos, y más
específicamente a aquellos que pretenden dar cuenta de las formas
contemporáneas de entender esta actividad. No obstante, resulta
indispensable referirme al arte en alguno de sus setenta y dos niveles
de significación, puesto que no hablar de arte se ha convertido
en algo más caro de lo que suele creerse. Como muestra una vez
y otra la amarga realidad, ignorarlo es darlo por supuesto, y no hay peor
forma de no entender lo que se ha jugado en este campo que dar por buena
esta suposición.
Paradoja arte-mercado
Estas contradicciones no se derivan de su naturaleza paradójica,
ni (directamente) de la clásica y manida muerte del arte, de la
que los museos y todo el entramado material e institucional montado para
la conservación y promoción de la actividad artística
son en todo caso testimonio privilegiado y resultado lógico al
igual que las magnas edificaciones destinadas a contener las producciones
artísticas del pasado han sido en este cambio de milenio sus túmulos
funerarios y las reseñas periodísticas sus letanías
y esquelas sino del establecimiento de un campo de actividad definitivamente
fijado a una estructura y a una forma de entender las dinámicas
de producción de sentido en la sociedad contemporánea.
Es muy cierto que todo el arte moderno ha consistido fundamentalmente
en problematizar la esencia de su propia existencia. Y ningún iniciado
en los sagrados misterios renuncia a preguntarse estérilmente desde
el principio cuál será la sustancia del arte, para sumir
luego este interrogante en un vago misterio y no tener que cuestionarse
su fundamento. Ciertamente, cuando pensamos el arte en términos
de sustancia, tendemos a reunir extensivamente sus productos históricos
que conforman así una inmensa colección de ruinas: el patrimonio
artístico de la humanidad distribuido por sectores nacionales;
y a asumir por inercia su modo de darse, su espacialización, su
exterioridad, su permanencia, como atributos estructurales de un determinado
sistema. Si esta extrapolación constituye el pecado fundamental
del discurso objetivante, en el caso del arte asume el carácter
de una auténtica violación, al resultar éste irreductible
a cualquier definición y al no consistir en otra cosa que en la
permanente puesta en crisis de su propio fundamento.
Desde cualquier punto de vista que se contemple, la práctica
artística se halla vinculada a la producción de un valor,
que podemos llamar valor estético para distinguirlo de los valores
sobre los que versan otro tipo de discursos, como los de la moral o la
economía. Por tanto, un planteamiento legítimo de la práctica
artística pasa menos por el ejercicio de lo que de antemano viene
dado como arte que por la exploración de los valores que lo han
configurado históricamente y de sus desarrollos posibles. La estructura
y los valores subyacentes a la práctica institucional del arte,
como los de cualquier otra institución, se encuentran ligados a
sus orígenes históricos, es decir a la visión del
mundo que impone la revolución burguesa. Las simples nociones de
autor y espectador se ajustan a una lógica capitalista primitiva
de producción y consumo de objetos culturales llamados obras, mercancías
investidas de un aura de unicidad y originalidad que las convierte en
fuentes de valor y no en meros objetos reproducibles destinados al uso
y consumo de la masa. Igualmente, la celebración ritual de ferias
y exposiciones busca eternizar la época dorada de las exposiciones
universales, en que la esfera autónoma de las artes consolidó
su mercado y estableció su burocracia.
Aunque algunos sectores reaccionarios han opuesto a veces
el carácter semitrascendente de la obra de arte a la lógica
banalizadora de las demás mercancías, la existencia de este
tipo de objetos especiales resulta no sólo tolerable, sino también
necesaria para la fundamentación de un sistema basado en la negación
de toda fuente trascendente de valor. De concretar un sentido de las cosas
dado por Dios que sólo cabe reproducir con humana imperfección,
el nuevo campo de representación pasa a afirmarse como producción
humana del sentido, como voluntad de crear ligada a la emergencia de un
concepto nuevo de individuo y a la ideología progresista y productivista
en que se ampara la clase emergente. El arte cumple así una función
de legitimación que antes correspondía a la religión
y asume algunos de sus valores, entre ellos el principio esperanza. De
este modo, también queda transformado en impulso utópico,
en proyecto de liberación como realización estética
del ser humano que fundamentará algunas formulaciones primitivas
del discurso revolucionario.
Función del arte
Mi afirmación crítica fundamental es que
la estructura que constituye el sistema institucional de las artes responde
actualmente a un modelo históricamente superado, y que los valores
que se pretende sustentar y promover a través de ella se han desplazado
a otros ámbitos o a planteamientos muy alejados de los que siguen
rigiendo en la institución. En consecuencia, no puede existir un
arte contemporáneo. Pero de existir alguna práctica que
preservase alguno de los (por otra parte diversos) valores que expresaba
el viejo arte, no tendría lugar en ferias y exposiciones. Y de
darse aún tal circunstancia, no tendría el menor efecto
artístico, pues sería fatalmente incomprendida por quienes
tienen que darle sentido.
Quien no esté dispuesto a admitir el argumento
ilustrado, aunque ciertamente abstracto, de que la esfera autónoma
del arte se halla condenada desde el preciso momento en que afirma su
autonomía (al no existir ningún valor en estado puro que
no se encuentre en relación dialéctica con los demás
valores y con la totalidad social), puede seguir con nosotros los diversos
momentos de su descomposición a lo largo de nuestro siglo: la aplicación
de tecnologías diversas a la producción y reproducción
de imágenes, que supuso la abolición del elemento aurítico
y la descentralización de los procesos de producción y consumo
estéticos; la generación, gracias a los medios de comunicación
de masas y al desarrollo de la industria del entretenimiento, de un ámbito
espectacular de producción de imágenes que satisfacen la
compulsión representativa y garantizan la cohesión social;
la estetización progresiva de todos los ámbitos de la existencia
en las sociedades desarrolladas, desde la vida cotidiana, totalmente colonizada
y expropiada por la publicidad, hasta la política de la representación
degradada en representación de la política; desde los discursos
de la ciencia y la tecnología, que han excedido a su vez la dimensión
objetivista que tradicionalmente les correspondía para explorar
desde hace tiempo la vía de una aterradora poesía materializada,
hasta las formas de posar de los nuevos movimientos sociales; todo ello,
en definitiva, lleva la marca de una sospechosa realización del
arte que hubiese seguido una vía muy distinta de la preconizada
por sus precursores.
Arte subversivo
Esta reflexión no pasa desapercibida a los propios
cultivadores del campo artístico, que han tratado a menudo de subvertirlo
desde el interior sin lograr producir otra cosa que gestos de subversión.
Desde la eclosión de las vanguardias, el arte más significativo
de nuestro siglo ha tenido conciencia de esta descomposición y
búsqueda agónica de salidas. Se ha intentado romper la línea
que separa al artista del público declamando la naturaleza artística
de toda persona e invitando al espectador a una participación artificial;
se ha eludido el carácter objetual de la obra objetivando procesos
y acciones; se ha cuestionado de forma práctica, mediante identidades
difusas y estructuras de redes (mail-art, networking) la metafísica
subyacente al concepto burgués de arte; se han explorado aplicaciones
tecnológicas a procesos de producción simbólica que
hacen por su parte innecesarios los términos de esta metafísica,
y en este terreno hay hackers que se sienten herederos de los antiguos
artistas; se ha atacado a la institución desviando becas y subvenciones,
y cuanto más se politiza la gestión de estos recursos más
libre se siente de politizarse, en un sentido bastante rancio, un esteticismo
trasnochado. Entre quienes asumen con total radicalidad estas contradicciones,
hay quienes siguen empeñados en desestabilizar el sistema, oponiendo
a la inflación de imágenes una actitud iconoclasta, y quienes
desarrollan prácticas alternativas, que podrían categorizarse
como arte, con la mayor indiferencia hacia lo que eso significa y hasta
sin la menor conciencia de estar interviniendo en procesos de construcción
de referentes simbólicos.
Pero más allá de todos estos ensayos de
una imaginación que sigue atrapada en sí misma, expresión
epigonal de una voluntad de crear que se ha vuelto extemporánea,
habría que buscar el signo de una producción social de capital
simbólico verdaderamente contemporánea en fenómenos
mucho menos pretenciosos, pero más eficaces: en el desarrollo de
la capacidad crítica y descifradora frente al antiguo énfasis
puesto en el momento creador-productivo, en la interacción directa
y la construcción de referentes emancipatorios comunes en espacios
liberados de la rutina de las relaciones capitalistas, en momentos muy
precisos de júbilo popular en que las estatuas se desploman. En
cualquier caso, estos trazos necesariamente apresurados no agotan la complejidad
del arco que encubre y difumina con mecánica simpleza la ideología
del arte.
En general, quienes con mayor consecuencia han asumido
las contradicciones de la actividad artística al entrar en relación
con una realidad que se transforma aceleradamente, quienes la han problematizado
y han llegado a algún tipo de resultado "contemporáneo"
irreductible a los patrones de un pasado glorioso, se ven excluidos de
las celebraciones con que la institución se celebra a sí
misma. De forma que este tipo de eventos, como las demás emergencias
del espectáculo social, no resultan falsificadores tanto por lo
que exponen como por todo aquello cuya existencia ocultan. En esto reside
la principal función social del arte en la época del artificio,
y ésa es la explicación de su pertinaz supervivencia. Sin
duda, la dinámica inerte de las instituciones tiene aquí
su papel, así como la enorme cantidad de intereses creados alrededor
de las mismas, pero no creo que un entramado tan artificial como el del
arte pudiese resistir el asalto de la cultura de masas sin verse sustancialmente
transformado si no respondiese a necesidades ideológicas profundas,
si no sirviese para equilibrar oscuras fuentes de valor que de otro modo
no podrían acceder a la superficie, si no proporcionase, a quienes
tienen algún papel en él, por miserable que sea, una ilusión
de calidad y distinción cuya búsqueda ha sido siempre el
rasgo distintivo del paleto y el reflejo dignificado en que la sociedad
clasista se contempla complacida.
Se trata de preservar el valor de la ilusión productivista
en un mundo absolutamente fantástico, y de seguir obturando la
verdadera fuente de la imaginación colectiva.
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