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octubre
2000
Nº 70

Suplemento especial
Cuentos mexicanos
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manifiesto
crack
V. ¿DÓNDE
QUEDÓ EL FIN DEL MUNDO?
JORGE VOLPI
Enfebrecidos, los bizarros miembros de la Iglesia de la
Paz del Señor que aparecen en Memoria de los días, peregrinan
hacia Los Ángeles, en busca de adeptos y aunque no lo sepan-
hacia la destrucción de su mundo. La variada corte de personajes,
a cual más excéntrico -el escribano, el sacerdote luchador,
la reencarnación de la Virgen, las variantes de una perversa lotería
narrativa-, recorre el mundo tratando de explicar a los incrédulos
que el universo está a punto de desaparecer, tal como hace Carl
Gustav Gruber, el aclamado director de cine de El temperamento melancólico.
Algunos los escuchan, pocos los siguen, los más se burlan o los
condenan. Habrá de ser un norteamericano loco, trasunto de David
Koresh, quien desencadene una masacre entre los sectarios.
Los científicos, como los críticos, creen
tener la última palabra: el Juicio Final ha sido un engaño;
objetivamente, nada ha cambiado. Lo que desconocen, lo que son incapaces
de comprender, es que la inmolación ocurrida en Los Ángeles
ha sido, en realidad, la hecatombe tantas veces anunciada. Porque no tienen
la entereza ni el valor suficientes para darse cuenta de que, parafraseando
a Nietzsche, el fin de los tiempos no ocurre fuera del mundo, sino dentro
del corazón. Más que una superstición decimal o una
necesidad del mercado, el fin del mundo supone un particular estado del
espíritu, lo que menos importa es la destrucción externa,
comparada con el derrumbamiento interior, con ese estado de zozobra que
precede a nuestro íntimo Juicio Final.
Del mismo modo, sólo una casualidad milenarista
ha hecho que otros peregrinos se dirijan también a esas tierras:
Ricardo y Elías, absurdos siameses que se han inventado mutuamente
sin saberlo, avanzan por la carretera que va de La paz hacia la frontera
californiana, rumbo a esa misma Babel de inmigrantes, y de ahí
quizás hasta Alaska. En un mundo múltiple, en el cual abundan
las historias dentro de las historias, como en Si volviesen sus majestades,
la estética de Escher o Borges parece llegar a sus últimas
consecuencias en Las Rémoras, la novela y el pueblo de pescadores
donde se celebra este ritual de reunificación. Somos seres divididos,
o múltiples, quién lo duda: lo extremo aquí es que
sólo la escritura es capaz de reintegrarnos con nuestros fantasmas,
ello hace posible que los amigos imaginarios de la adolescencia aparezcan
como creaciones reales, o, aun peor, como los autores de nuestros días.
Escondido, el fin del mundo es aquí el inicio de la Utopía,
el inicio de un mundo nuevo: al fin unidos, Elías y Ricardo, creador
y creatura simultáneos, se detienen a mitad del desierto y, mientras
orinan a la vera del camino, contemplan el espacio inabarcable el
fin, el principio del universo- que aún tienen por delante.
No es otra cosa lo que ocurre con la pandilla de viejos
adolescentes que emprende La conspiración idiota. Varios adultos
se dedican a recordar sus aventuras de niños, en especial el destino
de Paliuca, el más extraño de todos, quien de pronto, muchos
años atrás, decidió que tenía que ser bueno.
Se reúnen entonces en vagas tertulias tratando de desentrañar
el pequeño misterio que los une a Paliuca. Sin embargo, la aparente
obviedad de la trama esconde un secreto: la verdad no existe, lo único
que importa es la experiencia interior de los personajes, quienes apenas
consiguen explicarnos quiénes son. El estilo y la textura sintáctica
de las frases tal como acontece con el lenguaje desfasado del Senescal
de Si volviesen sus majestades-, son los que trastocan las convenciones
para revelarnos, una vez más, que el fin del mundo ocurrió
hace mucho, en esa zona innominada y abstrusa que separa la inocencia
de la crueldad, la infancia de la madurez.
Uno tampoco podría creer que es coincidencia que
ese fiel Senescal del reino traslúcido abandonado por sus Majestades,
sueñe permanentemente con viajar a las tierras de Kalifornia con
K, puesto que en este mundo las letras han terminado por sustituir a la
sociedad- para consagrarse, al fin, a su pasión cinematográfica.
Pero así es: Kalifornia aparece como topos recurrente de la pasión
finisecular, espacio de masacre o de fuga. Pero, a diferencia de sus congéneres
de Memoria de los días o Las Rémoras, el Senescal no llegará
nunca a rozar su sueño. Porque, oh dolor, el fin del mundo es él
mismo. En su túrbida figura, su exquisito sadomasoquismo con el
bufón, y su lingua franca que recuerda o más bien trastoca
el español del "infame Avellaneda", cabe el universo
entero con todo y sus Majestades idas- y por tanto, también,
horror de horrores, su feraz destrucción. El fin del mundo es también
esquizofrenia, fantasía, big crunch hipocondríaco. La conclusión
no puede extrañar a nadie: el Senescal no ha hecho otra cosa que
buscar, a lo largo de las frases y el delirio, como un Rumpelstiltskin
oligofrénico, su identidad, la misma que podrían tener casi
todos los personajes Crack: de aquí en adelante su nombre será
Caos.
Por su lado, Carl Gustav Gruber, el famoso e inexistente
director de cine alemán, comparte con Elías, el escribidor
de Las Rémoras, y con Amado Nervo, el Pluma de Oro de Memoria de
los Días, tan privilegiada característica: artista por fuerza,
todo lo que tocan sus manos se convierte en cadáver. ¿No
es la infertilidad, sin ir más lejos, el verdadero fin del mundo?
¿La mediocridad, el olvido? Gruber filma, obsesionado, su última
película: tiene cáncer y, lo que es peor aún, es
capaz de contagiarlo a sus actores a través de sus palabras, de
su atroz temperamento melancólico. Contrata, con esta misma obsesión
por lo perfecto, su séquito de últimos hombres otra
cofradía, otra hermandad como en La conspiración idiota-,
pero que se distingue, en este caso, por su maleabilidad exacerbada. Todos
se sienten, o son, artistas, como Gruber. Todos están dispuestos
a vender su alma por tan noble causa. Y todos pagarán por ello.
El fin del mundo puede creerse y predicarse, como en Memoria
de los días; puede tratar de alcanzarse en automóvil o ferry,
como en Las Rémoras; puede rememorarse y reconstruirse en la infancia
y el pasado, como en La conspiración idiota; puede provocarse en
uno mismo, hasta la locura, como en Si volviesen sus majestades; y puede,
también, otorgarse como una infame Caja de Pandora a los demás,
como en El temperamento melancólico. Sea como fuere, en cualquiera
de los casos, nadie escapa a esta última enfermedad, a este quinto
jinete, a esta plaga y este divertimento: a este postrer estado del corazón.
México, D.F. a 7 de agosto, 1966.
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