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octubre
2000
Nº 70

Suplemento especial
Cuentos mexicanos
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manifiesto
crack
II. GENEALOGÍA
DEL CRACK
ELOY URROZ
En su conocido ensayo México en su novela,
el crítico norteamericano John S. Brushwood insistía en
que Yáñez había establecido la tradición de
la "novela profunda" en 1947 con la publicación de Al
filo del agua. Posteriormente, en 1955 y dentro de la misma tradición,
aparece Pedro Páramo, de quien el mismo Brushwood dice:
"Es natural que algunos lectores pongan reparos a la dificultad de
acceso a la novela y que algunos prefieran rechazarla en vez de esforzarse
por entender lo que ella cuenta. Resulta comprensible la renuencia a una
participación tan activa, pero a mi entender los resultados al
final merecen el esfuerzo". Lo que en ambos casos no deja de llamar
la atención es, primero, el atinado adjetivo "profundo"
para referirse a una tradición o pía cadena de novelas y
de novelistas que, en su momento, sí entendieron "profundamente"
el trabajo creativo como la más genuina expresión de un
artista comprometido con su obra.
Cuando Brushwood habla, por ejemplo, de "la dificultad
de acceso" a ciertos libros, los autores del Crack piensan
de inmediato en la novela "con exigencias" y "sin concesiones";
"exigencias" cuyos resultados, al final, "merecen el esfuerzo"
y "concesiones" que no sirven a la larga sino para enflaquecer
aún más el panorama de nuestra narrativa y para desanimar
a los lectores honestos. El dilema, pues, con este grupo de novelas Crack
es el de que, heroicamente, pretenden la hazaña de encontrar lo
que Julio Cortázar denominó "participación activa"
en sus lectores justo cuando una abominable "renuencia" es lo
que vende y lo que a su vez consumen sus lectores.
Así, la genealogía del Crack se va
perfilando. El Crack deslinda y desbroza los libros de los que
se siente deudor y también los libros de los que se siente anatematizador
o inquisidor, pues son muchas las novelas que se irían a la hoguera
sin reparo y sin perdón.
Al lado de esta tradición que tiene su esplendor
con Yáñez y Rulfo, como ya dijimos, los novelistas del Crack
guardan reverencia por esas contadas obras llamadas Farabeuf, Los
días terrenales, La obediencia nocturna, José
Trigo, La muerte de Artemio Cruz y unas cuantas más.
Pero, y desde entonces, ¿qué pasa? ¿Cuáles
son esas otras obras ejemplares de nuestra literatura o, por lo menos,
¿cuáles son esos relatos en que nosotros, autores nacidos
en los años sesenta, podemos hoy día abrevar o siquiera
encontrar un modelo digno como para pretender quitarle la vida y, acto
seguido, usurparle un trono? No los hay; han ido muriéndose de
anemia y autocomplacencia. Los riesgos y el deseo de renovación
han languidecido. Una laguna de varios lustros empantana de ausentismo
el entorno de las letras, ya sea con novelistas que no escriben o, peor
aun: con escritores que no pueden llamarse novelistas. Son pocas, siendo
francos, las excepciones y sus novelas no pasan de ser buenas, repito:
educadamente buenas, sin ningún terror que contravenga el insulso
contrato social, la insulsa norma literaria.
La pía cadena de novelas legítimamente "profundas",
pues, sufre un descalabro cuando las editoriales grandes comienzan a titubear
hace algunos años y prefieren venderle a l público títulos
apócrifamente "profundos", apócrifamente literarios,
dándoles así a los lectores cantidad inenarrable de "gatos
por liebres" y desactivando de paso la avidez de exigencia que textos
como Rayuela, La vida breve o Cien años de soledad redituaban.
El fenómeno se vuelve hoy día tan portentoso y evidente
que no queda sino decir que es un asunto lamentable. Sin embargo, los
novelistas del Crack sueñan que en alguna parte de nuestra República
Iletrada existe un grupo de lectores hartos, cansados, ahítos de
tantas concesiones y tantas complacencias. Ellos, ustedes, ya no pueden
ser engañados. Las concesiones, repito, los desconcierta y no los
lleva sino a pensar que su propia capacidad está siendo menoscabada.
A ese grupo de individuos, ustedes, unos cuantos miles
desgraciadamente, desean llegar las novelas del Crack, persiguiendo,
repito, esa genealogía que desde los Contemporáneos (o quizás
poco antes) ha forjado la cultura nacional cuando ha querido correr verdaderos
riesgos formales y estéticos. No hay, pues, ruptura, sino continuidad.
Y si hubiese alguna forma d eruptura, ésa sería sólo
con la broza, el perjudicial Gérber actual, la literatura
de papilla-embauca-ingenuos, la novela cínicamente superficial
y deshonesta. De cualquier modo, lo cierto es que no importa todo lo que
aquí yo diga o diga cualquiera de mis compañeros: las novelas
del Crack al final hablarán por su cuenta. Allí están.
Se llaman: El temperamento melancólico, Memoria de los
días, Si volviesen sus majestades, La conspiración
idiota y Las Rémoras. Si hay en ellas un común denominador,
creo que es el riesgo estético, el riesgo formal, el riesgo que
implica siempre el deseo de renovar un género (en ese caso el de
la novela) y el riesgo que significa continuar con lo más profundo
y arduo que tenemos, eliminando sin preámbulos lo superficial,
lo deshonesto. Basta de subestimarlos a ustedes. Pero como dice el poeta
Gerardo Deniz y en mi caso se ha vuelto una consigna: "El tiempo
no cura. El tiempo verifica". Esperemos a que el tiempo otorgue su
última palabra al Crack.
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