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octubre
2000
Nº 70

Suplemento especial
Cuentos mexicanos
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manifiesto
crack
I.
LA FERIA DEL CRACK (UNA GUÍA)
MIGUEL ÁNGEL PALOU
Las palabras más certeras sobre los retos que se
le plantean a las novelas del Crack las iba a pronunciar, creo,
Italo Calvino en Seis propuestas para el próximo milenio.
En esas páginas, Calvino proponía una reflexión necesaria
hoy, cuando la literatura y, sobre todo, la narrativa ven desplazado a
su lector potencial por las tecnologías del entretenimiento: los
juegos de vídeo, los medios masivos y, recientemente, para quien
pueda solventarlos, los juegos de realidad virtual en los cuales oh,
paradojas el desarrollo un individuo provisto de un modernísimo
casco y un anatómico guante puede ver, oír e incluso palpar
las aventuras que un disco compacto le proporcione.
¿Cómo podrá competir, entonces, el
narrador con sus escasos medios para granjearse a los lectores perdidos
en ese vasto mundo de pocas tinieblas? Calvino, adelantándose,
supo la respuesta: usando las más añejas armas del oficio
digan lo que digan sobre la prostitución más viejo
del mundo:
La levedad. Calvino ponderaba esta virtud de la
literatura, pensando que obras como Romeo y Julieta, el Decamerón
o el propio Quijote construían su poderosa maquinaria narrativa
en función de una extraña ligereza. O mejor: de una aparente
sencillez. Era más fácil manejar un terrible mensaje moral
mediante este recurso. La aguda mirada, la ácida crítica
social, se encuentran supeditadas a un ligero y fresco humor no exento
también del más terrible de los sarcasmos. Decía
Chesterton que el humor en literatura debe producir hilaridad, pero congelando
la sonrisa en una mueca reflexiva que detenga el tiempo y desentierre
el espejo.
Primer territorio de la feria del Crack que con
ustedes hemos visitado: El Palacio de la Risa.
La rapidez. Los teóricos de la comunicación
saben desde hace tiempo que a la implosión de los información
va aparejada la deflación del sentido. La guerra del Pérsico,
la primera vía satélite, nos ilustró sobre esto;
en realidad no supimos nada, aunque creíamos verlo y conocerlo
todo. Sin embargo, no podemos negar que lo primero que asombra es la frialdad
aterradora. Si poco después de principios de siglo el mundo se
cimbró, y el verbo es gráfico, con el hundimiento
del Titánic, hoy las tragedias de la guerra de Sarajevo ni impactan
ni conmueven: informan.
Segundo territorio visitado: La Montaña Rusa.
La multiplicidad. El Quijote es quizá
la obra múltiple por excelencia en la historia de la literatura.
Gargantúa le pisa los talones y el Tristam Shandy
le lleva la maleta. Hoy, es ocioso apuntarlo, la propia realidad se nos
arroja múltiple, se nos revela multifacética, eterna. Se
necesitan libros en los cuales un mundo total se abra ante el lector,
y lo atrape. en nuestros anterior apartado usábamos este mismo
verbo, pero aquí la estrategia es distinta. No es de vértigo,
sino de superposición de mundos de lo ue se trata. Usar todo el
potencial metafórico del texto literario para decirnos nuevamente:
"Aquí están ustedes, encuéntrense".
Tercer territorio recorrido en la feria del Crack:
La Casa de los Espejos.
La visibilidad. Virtud última de la prosa,
su textura cristalina. El propio Flaubert lo veía así: "Qué
perro asunto es la prosa! Nunca acaba uno de corregir. Un buen fragmento
de prosa debe de ser igualmente rítmico y sonoro que un buen verso".
No ocioso formalismo, sino búsqueda de la intensidad de la forma,
uso a fondo de las virtudes magníficas del idioma castellano y
de sus múltiples sentidos.
Cuarto puesto de la feria: La Bola de Cristal.
La exactitud. Calvino nos prevenía sutilmente
que aisláramos los valores de los que hemos estado hablando. Y
es con este último apartado que podemos ilustrar cómo no
hay exactitud sin precisión, cómo no existe velocidad sin
precisión y exactitud, y cómo es imposible la levedad sin
el vértigo, la transparencia y la rapidez. Exacto es todo
buen texto de prosa. Más aún, equilibrado. La añeja
preocupación del fondo y la forma es gratuita cuando una obra literaria
busca con devoción la exactitud. Lo sabía Conan doyle, para
quien el efecto lo era todo. Para lograrlo, hay que recurrir a todo lo
demás. Pero quizá la mayor enseñanza de esta propuesta
de Calvino sea la de hacernos comprender que no es posible la exactitud
de la obra literaria si ésta no se da naturalmente, conseguida
sin esfuerzo. Picasso dixit: "La inspiración existe,
pero tiene que encontrarte trabajando". ¿Qué queremos
decir? Agilidad, poder de descripción (y describir es observar
con la intención de hacer las cosas interesantes, como quería
Flaubert, pero también seleccionar esas pequeñas grandes
cosas, que no sólo forman parte de la vida, sino que son la vida)
y ese ingrediente que permite al lector continuar sin descanso la lectura
y aumentar su curiosidad. Ahí se revela la importancia que debe
conceder el narrador de fin de siglo a la exactitud que implica poner
la palabra precisa enel momento adecuado.
Y con esto damos término al penúltimo
lugar visitado: El Tiro al Blanco.
La consistencia. Italo Calvino planeaba escribir
este apartado basándose sólo en el análisis de uno
de los textos más hermosos de Melville, Bartelby, el escribiente.
Este extraño personaje, empleado de una notaría, se niega
poco a poco a participar de la existencia, repitiendo la frase "prefería
no hacerlo". Al final del relato, Bartelby es encerrado y muere repitiendo
la sentencia, negándose incluso a comer.
Consistente con su proyecto de vida y con su futuro, la
novela del Crack se antoja como renovación desde el tradicional
último espacio a visitar: recorrer nuevamente, y con la misma voluntad
de naufragio, la feria del Crack, mostrada en el siguiente tetrálogo.
1. Las novelas del Crack no son textos pequeños,
comestibles. Son, más bien, el churrasco de las carnes: que otros
escriban los bistecs y las albóndigas. A la ligereza de lo desechable
y de lo efímero, las novelas del Crack oponen la multiplicidad
de las voces y la creación de mundos autónomos, empresa
nada pacata. Primer mandamiento: "Amarás a Proust sobre todos
los otros".
2. Las novelas del Crack no nacen de la certeza, madre
de todos los aniquilamientos creativos, sino de la duda, hermana mayor
del conocimiento. No hay, por ende, un tipo de novela del Crack, sino
muchos; no hay un profeta, sino muchos. Cada novelista descubre su propio
pedigrí y lo muestra con orgullo. De padres y abuelos campeones,
las novelas del Crack apuestan por todos los riesgos. Su arte es, más
que el de lo completo, el de lo incumplido. Segundo mandamiento: "No
desearás la novela de tu prójimo".
3. Las novelas del Crack no tienen edad. No son novelas
de formación, y rehúyen la frase de Pellicer: "Tengo
años y creo que el mundo nació conmigo". No son, por
ende, las primeras novelas de sus autores doce las tentaciones de la autobiografía,
del primer amor y del ajuste de cuentas familiar pesan por sobre todas
las cosas. Si la posesión más preciada del novelista es
la libertad de imaginar, estas novelas exacerban el hecho buscando el
continuo desdoblamiento de sus narradores. Nada más fácil
para un escritor que escribir sobre sí mismo; nada más aburrido
que la vida de un escritor. Tercer mandamiento: "Honrarás
la esquizofrenia y escucharás otras voces; déjalas hablar
en tus páginas."
4. Las novelas del Crack no son novelas optimistas, rosas,
amables; saben, con Joseph Conrad, que ser esperanzado en sentido artístico
no implica necesariamente creer en la bondad del mundo. O buscan un mundo
mejor, aunque sepan que tal vez, en algún lugar que no conoceremos,
tal ficción pueda ocurrir. Las novelas del Crack no están
escritas en ese nuevo esperanto que es el idioma estandarizado por la
televisión. Fiesta del lenguaje y, por qué no, de un nuevo
barroquismo: ya de la sintaxis, ya del léxico, ya del juego morfológico.
Cuarto mandamiento: "No participarás en un grupo en que te
acepten a ti como miembro".
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