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junio
2000
Nº 66

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en portada
Juan Marsé
De story-teller a estilista
MIHÁLY DÉS
Existe acerca de Juan Marsé (Barcelona, 1933) el
cliché, en cierto modo alentado por él mismo, de ser un
escritor autodidacta, poco refinado y reflexivo, un story-teller nato
que no sabe muy bien por qué escribe como escribe. La base biográfica
de dicha leyenda es su origen humilde y el hecho de que hasta la publicación
de su primera novela (Encerrados con un solo juguete, 1960) había
sido obrero, una profesión de culto para los representantes del
realismo social que le habían descubierto y apoyado al principio.
Pero en pocos años el aprendiz de joyería (porque tampoco
trabajaba en un astillero) se convirtió en un auténtico
joyero de la narrativa. A partir de Últimas tardes con Teresa (1965)
se muestra un autor no simplemente con mucho oficio, sino también
con una peculiar astucia narrativa, que asume con gran provecho y generosidad
ecléctica sus experiencias lectoras para construir una escritura
propia. Marsé resulta ser un maestro de los juegos temporales,
de la composición, de la técnica del collage y del punto
de vista, la narración contada por testigos. En el sentido formal
y estilístico, Si te dicen que caí (1973) es acaso la novela
española más perfecta. Pero Juan Marsé es, además,
un precursor del uso literario de los subgéneros en la narrativa
castellana del siglo xx (en el xix se empleaban sin complejo), tan de
boga con el posmodernismo. En sus novelas es frecuente el motivo policiaco
o folletinesco, tamizado por la ironía o algún otro elemento
de distanciamiento.
Exquisito y perfeccionista
Frente a la tesis de un Marsé realista y convencional,
cuya mayor ambición (como él mismo no se cansa de confirmar
con ibérico talante antiintelectual) es contar cuentos, tenemos
entonces un Marsé estilista, un escritor exquisito y perfeccionista
(siete años ha tardado en pulir Rabos de lagartija), que con gran
argucia técnica y con aún mayor obstinación temática
ha creado a lo largo de esos cuarenta años el universo literario
más coherente y convincente del panorama español al menos
de los último sesenta años. Su Barcelona de los cuarenta,
cincuenta y sesenta, en la que nos reconocemos incluso sin haber llegado
a vivirla, se convirtió en dominio público, en un lugar
mítico como la Yoknapatawpha de Faulkner o la Santa María
de Onetti. En este contexto formal y temático es preciso
situar su más reciente novela.
En Rabos de lagartija volvemos a encontrar la misma ciudad
de ambiente opresivo de la posguerra, dividida no sólo por vencedores
y vencidos sino también por dos lenguas, y desquiciada por la miseria
y la violencia, que es el escenario casi exclusivo de su obra llena de
recurrencias, revisitaciones y reiteraciones. Esta comedia inhumana barcelonesa
reafirma poderosamente la tesis según la cual un escritor esribe
siempre el mismo libro. Lo que pasa es que, al menos Marsé, siempre
lo escribe de manera diferente. Utiliza el mismo material pero nunca el
mismo patrón. Pero más allá de las diferencias (técnicas,
tonales o de ambición) entre un libro y otro, llama la atención
la coexistencia de dos tendencias opuestas en su obra. Un afán
de construir sus propios mitos y arquetipos en las primeras novelas, y
una canibalesca voluntad de destruirlos en las últimas. Así,
Teresa, la inolvidable, por ejemplo, se recicla en horrenda inquisidora
lingüística en El amante bilingüe (1990). Parecida función
deconstructiva cumple también El embrujo de Shanghai (1993).
La nueva novela llega más lejos aún en ese
viaje de revisión. Por ejemplo, el típico héroe derrotado
(a menudo convertido, incluso, en un simple criminal, pero héroe
en fin), aquí no es sino un fantasma patético, un ex-piloto
alcohólico, un padre cuya hazaña es hacerse una herida en
el culo con una botella. Lo del fantasma no lo utilizo en el sentido figurativo,
sino literal: David, el protagonista adolescente de la novela, efectivamente
platica con el fantasma de su padre. Y los diálogos hamletianos
no serán los únicos sobrenaturales: entabla amistad también
con un piloto derribado de la RAF que existe sólo en una fotografía,
charla con un hermano muerto y, permanentemente, discute con otro hermano
que en el momento del inicio de la acción es tan solo un feto de
unos meses, si bien, con el tiempo, será el supuesto narrador de
toda la novela.
El elemento sobrenatural constituye una curiosa novedad
en la prosa de Juan Marsé, pero no tiene especial mérito
en sí: puede funcionar o no. Lamentablemente se cumple la segunda
opción. Para que podamos aceptar la presencia de milagros, hace
falta crear un espacio fantástico que aquí sólo está
presente en la cabeza del algo exaltado David (o, acaso, del hermano feto).
El resto de la novela discurre en un mundo real: en la Barcelona de 1945
(año de la bomba atomicia, como la comentan), un policía
de la Brigada Político Social que viene a investigar a un marido
fugitivo se enamora de su mujer, la madre de David, embarazada del ya
mencionado feto. Si en Cien años de soledad nos parece convincente
la alfombra voladora es porque lo fantástico se extiende a lo largo
de toda la novela: Remedios la Bella se asciende al cielo y el último
Buendía tendrá cola de cerdo.
Rabos de lagartija es una novela virtuosa, llena de cabos,
claves y guiños, que se sustenta sobre una anécdota mínima,
un discurso desmesurado, a veces reiterativo, y una solución formal
que roza al preciosismo. Por una vez, el Marsé estilista se ha
enfrentado con el Marsé story-teller. El resultado es una obra
que puede hacer las delicias de estudiosos y fans, pero difícilmente
cumplirá el deseo del autor: atrapar al lector corriente. A pesar
de escenas memorables (los encuentros de la madre y el poli, por ejemplo),
a esta novela le falta algo que en Marsé nunca escaseaba: una historia
fascinante.
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