lateral


mayo 2000
Nº 65

home

 

en portada

Leo Matiz
Autobiografía de un objetivo

(fragmento del artículo publicado en lateral)

 

 


 

 


Catorce esposas, un violento encontronazo con el muralista Siqueiros que le obligó a huir de México o la pérdida de su ojo izquierdo son algunos de los episodios de la extraordinaria vida de Leo Matiz. Tienen, además, el valor testimonial de una época, un oficio y un aventurero. No es sorprendente que alguien que ha pasado por semejantes experiencias naciera en Aracataca, el Macondo de García Márquez.

Llegué a México en abril de 1941. El día en que fue asesinado el líder revolucionario ruso Leon Trotski. La política, el arte, el orgullo nacional, las conspiraciones, el cine, el exilio europeo de la guerra, el muralismo, las exploraciones arqueológicas, el bolero y los sueños aplazados de la Revolución mexicana, habían creado una atmósfera colectiva de fervor y caos en ese país.

México se ancló en mi imaginación de adolescente a través del cine. La belleza visual y épica de la película Allá en el Rancho Grande, de Fernando de Fuentes y fotografía de Gabriel Figueroa, me reveló un vasto y desconocido territorio que algún día yo conquistaría. En 1940 zarpé de Barranquilla rumbo a Panamá. Logré mantenerme en Ciudad de Panamá de las caricaturas que vendía en los hospitales, las universidades, las oficinas públicas y los bares. Trataba de reunir un dinero para llegar a México y convertirme en actor o pintor.

No estaba aún muy convencido de la fotografía, a pesar de que había comenzado a vivir de ese oficio en Colombia con el periódico El Tiempo y la revista Estampa. Había realizado la imagen de La red durante mis viajes de reportero a la Ciénaga Grande, Magdalena, y esos pequeños logros no me hacían sentir todavía fotógrafo.

Caminé desde Panamá a Costa Rica. Con la ayuda del pintor centroamericano Amighetti realizamos una exposición conjunta de dibujos y caricaturas y decidimos llevar la misma muestra a San Salvador.

Un tornado destruyó nuestras pinturas que se exhibían en un casino de El Salvador y la Sociedad de Amigos del Arte de ese país acudió en nuestra ayuda, brindándonos hospedaje y dinero para proseguir mi viaje a México. Como paradoja, en la capital se estaba exhibiendo la película Lo que el viento se llevó.

Ese huracán trajo a Celia a mi vida. Hija de un cónsul inglés, millonaria y culta, trabajaba como presidente de la Sociedad de Artistas. Me enamoré de ella de golpe, le hice chistes torpes en nuestro primer encuentro y desapareció con su turbante rojo.

La busqué enloquecido. Me emborrachaba en su nombre y estaba dispuesto a no abandonar El Salvador hasta encontrarla. Su amiga más cercana, la poetisa María Laucel, me dijo dónde podía ubicarla y me lancé a su búsqueda.

Tomé un tren hacia las afueras de la capital y la encontré en una hacienda enorme, lujosa y rodeada de aguas termales, tirada en una hamaca leyendo y escuchando tangos. Me reprochó haber ido a buscarla y con furia me dijo que yo no debía estar allí y que debía respetar su soledad.

­Quiero encontrarme a mí misma y usted es inoportuno al buscarme ­dijo Celia. Yo le respondí que deseaba casarme con ella.

Celia fue la mayor fantasía y el idilio más tormentoso de mi errancia por Centroamérica. Ella tenía cuarenta años y a mí empezaban a salirme las primeras cordales. Siempre he creído que si no hay fantasía la vida es estéril y monótona. Ella despertó esa dimensión en mi mundo con su risa y delicadeza. Era bella y tierna. Se había educado en Londres y abandonado su vida de monja en un convento de El Salvador para dedicarse a la meditación y el arte. Mi propuesta de matrimonio la sorprendió y me dijo que era una locura casarse con una mujer que me doblaba en edad.

­Yo no veo tu edad. Tú me interesas tanto como yo a ti ­dije.

Mi determinación la venció. Asumió el compromiso de casarse conmigo cuando de golpe apareció otro hombre que estaba igualmente enamorado de ella. La amenazó con una tragedia si ella se iba conmigo.

­Él tendrá que matarme a mí o yo a ti. O moriremos los tres ­dijo con frialdad.

Él estaba borracho y me retó a un duelo. Pensó que yo no sabía manejar armas. Yo no había tomado alcohol y estaba armado. En mi tránsito de un país a otro yo cambiaba de pistolas. Siempre las conseguía y me deshacía de ellas revendiéndolas para conseguir nuevas.

Acepté el duelo y nos situamos en puntos opuestos. Eran las tres de la tarde y teníamos de testigos a la poetisa y a Celia. Él disparó primero y erró. Yo lo herí en una pierna y lo vi caer al suelo con su rostro contraído.

Celia corrió hacia él y le reprochó su insensatez. Lo abandonó y huimos en su carro hacia Guatemala para refugiarnos en una finca de su madre. Me sentía orgulloso de mí mismo y lleno de valor. Fue un trance. ¿Soy un hombre o un cobarde? ¿La amo o no la amo? Las armas y el coraje resolvieron de forma peligrosa ese dilema.

Había terminado por conquistar el corazón de Celia en un juego con la muerte. Yo era su primer hombre y su primer amante en cuarenta años. La amaba y había vislumbrado furtivamente su desnudez, cuando las criadas de su casa la bañaban en petálos y aceites en la piscina de su mansión.

Celia me protegió y me liberó del camino del opio y el alcohol. Llevaba una vida disipada y el delirium tremens se repetía cada mañana, cuando enormes pavos reales al mando de una papayera me paseaban en camillas sobre sus lomos por calles atiborradas de gente.

Ella se tomaba mi alcohol para que yo no bebiera. Fui poco a poco abandonando la bebida para no alcoholizarla. Nos casamos en Tapachula, una población cercana a Chiapas, en la frontera entre Guatemala y México.

Nos enrutamos hacia Veracruz. Éramos felices y todo lo que poseíamos era un viejo Ford Eiffel, un perro y una vieja cámara fotográfica, maltratada por mis recorridos a pie.

Empeñé el equipo fotográfico para comprar gasolina y desplazarnos al Distrito Federal. El perro comía hígado y nosotros nos alimentábamos con queso de cabra y pan. Llegamos en un momento de convulsión social para México y las primeras páginas de los diarios destacaban en grandes titulares la captura de Ramón Mercader, el asesino de Leon Trotski.

Mercader, de origen catalán, había enamorado a la secretaria de Trotski y ganado la amistad del líder simulando tener sus mismas ideas socialistas y haciéndose pasar por poeta y escritor. Cuando tuvo el momento oportuno para matarlo, sorprendió al político ruso en la soledad de su casa y le quitó la vida clavando una pica de alpinista sobre su cuello.

Un crimen cruel y perfectamente planificado desde Moscú en complicidad con el Partido Comunista Mexicano, fue la conjetura que la prensa de la época ofreció sobre ese episodio. Las noticias involucraban al pintor muralista David Alfaro Siqueiros como responsable en el asalto de la casa de Trotski antes del homicidio.

Por primera vez vi el rostro vigoroso y duro de Siqueiros. No imaginé que ocho años más tarde, durante mi estadía en el país azteca, yo denunciaría el plagio que él hizo de mis fotografías para el mural Cuauhtémoc contra el mito. Por ese escándalo abandoné México y descubrí el lado oscuro y violento de uno de los hombres más influyentes en la vida cultural de ese país. Él respondió acusándome de ser un agente de la CIA, saqueando e incendiando mi estudio.

La vida tiene sus paradojas. México me rendiría ese año un homenaje con una muestra retrospectiva de mi obra en el Museo Postal, justo al frente del Palacio de las Bellas Artes, en donde Siqueiros exhibió cuarenta cuadros al óleo en caballete, inspirados en las quinientas fotografías que yo le entregué para su proyecto artístico sin darme ningún crédito.

Ya instalados en Ciudad de México en un apartamento modesto, busqué trabajo en diferentes revistas. Nuestra vida al comienzo fue difícil y pasábamos hambre. Celia había sacrificado su riqueza por seguirme. La situación económica se tornó asfixiante. Ella deseaba regresar a El Salvador para vender sus boutiques, sus casas y regresar a México. Yo era orgulloso y no acepté esa oferta. Le dije que la parte digna de mi vida era que no aceptaba venderme ni siquiera por ese amor loco. Ella hubiera podido regalarme su vida, sus riquezas y yo las rechazaría. Estaba enamorada y me necesitaba. Al mismo tiempo entendía que yo iba a triunfar y debía dejarla. Llegué tarde a su corazón.

Yo deseaba ser libre y enfrentarme al mundo sin ataduras. Era salvaje y embestía la vida como los toros que buscan una salida en el ruedo. Y, como ellos, tenía que embestir y hacer daño. El amor no iba a detenerme y yo estaba dispuesto a triunfar en México.

Ella me dio sexo, enloquecida por retenerme y retenerla. "Hay una cosa magnifíca en ti. Tú me retienes y yo quiero retenerte", era la frase que pronunciaba con insistencia, como presintiendo el ocaso del amor.

De su generosidad sólo acepté recibirle una cámara Rolleiflex. La encargó a Europa durante la guerra y la consiguió con dificultad. Fue la primera máquina fotográfica que me regalaron en la vida y estuve toda una noche oliéndola, embriagado por su olor metálico.

Enferma y emocionalmente deshecha, me dijo un día : "Yo he cumplido una misión. Vete y déjame sola.Tú mereces una mujer joven. Me agotas y me destruyes."

Celia se fue de mi vida en el momento justo. Se fue a África en una misión humanitaria para dejarme libre. Hoy la amo y la venero más que antes. Con ella aprendí la verdad de la vida, la bondad y el amor.