|
en portada
Leo Matiz
Autobiografía de un objetivo
(fragmento del artículo publicado en
lateral)
|
|
Catorce esposas, un violento encontronazo con el
muralista Siqueiros que le obligó a huir de México o la
pérdida de su ojo izquierdo son algunos de los episodios de la
extraordinaria vida de Leo Matiz. Tienen, además, el valor testimonial
de una época, un oficio y un aventurero. No es sorprendente que
alguien que ha pasado por semejantes experiencias naciera en Aracataca,
el Macondo de García Márquez.
Llegué
a México en abril de 1941. El día en que fue asesinado el
líder revolucionario ruso Leon Trotski. La política, el
arte, el orgullo nacional, las conspiraciones, el cine, el exilio europeo
de la guerra, el muralismo, las exploraciones arqueológicas, el
bolero y los sueños aplazados de la Revolución mexicana,
habían creado una atmósfera colectiva de fervor y caos en
ese país.
México se ancló en mi imaginación
de adolescente a través del cine. La belleza visual y épica
de la película Allá en el Rancho Grande, de Fernando
de Fuentes y fotografía de Gabriel Figueroa, me reveló un
vasto y desconocido territorio que algún día yo conquistaría.
En 1940 zarpé de Barranquilla rumbo a Panamá. Logré
mantenerme en Ciudad de Panamá de las caricaturas que vendía
en los hospitales, las universidades, las oficinas públicas y los
bares. Trataba de reunir un dinero para llegar a México y convertirme
en actor o pintor.
No estaba aún muy convencido de la fotografía,
a pesar de que había comenzado a vivir de ese oficio en Colombia
con el periódico El Tiempo y la revista Estampa.
Había realizado la imagen de La red durante mis viajes de
reportero a la Ciénaga Grande, Magdalena, y esos pequeños
logros no me hacían sentir todavía fotógrafo.
Caminé desde Panamá a Costa Rica. Con la
ayuda del pintor centroamericano Amighetti realizamos una exposición
conjunta de dibujos y caricaturas y decidimos llevar la misma muestra
a San Salvador.
Un tornado destruyó nuestras pinturas que se exhibían
en un casino de El Salvador y la Sociedad de Amigos del Arte de ese país
acudió en nuestra ayuda, brindándonos hospedaje y dinero
para proseguir mi viaje a México. Como paradoja, en la capital
se estaba exhibiendo la película Lo que el viento se llevó.
Ese huracán trajo a Celia a mi vida. Hija de un
cónsul inglés, millonaria y culta, trabajaba como presidente
de la Sociedad de Artistas. Me enamoré de ella de golpe, le hice
chistes torpes en nuestro primer encuentro y desapareció con su
turbante rojo.
La busqué enloquecido. Me emborrachaba en su nombre
y estaba dispuesto a no abandonar El Salvador hasta encontrarla. Su amiga
más cercana, la poetisa María Laucel, me dijo dónde
podía ubicarla y me lancé a su búsqueda.
Tomé un tren hacia las afueras de la capital y
la encontré en una hacienda enorme, lujosa y rodeada de aguas termales,
tirada en una hamaca leyendo y escuchando tangos. Me reprochó haber
ido a buscarla y con furia me dijo que yo no debía estar allí
y que debía respetar su soledad.
Quiero encontrarme a mí misma y usted es inoportuno
al buscarme dijo Celia. Yo le respondí que deseaba casarme
con ella.
Celia fue la mayor fantasía y el idilio más
tormentoso de mi errancia por Centroamérica. Ella tenía
cuarenta años y a mí empezaban a salirme las primeras cordales.
Siempre he creído que si no hay fantasía la vida es estéril
y monótona. Ella despertó esa dimensión en mi mundo
con su risa y delicadeza. Era bella y tierna. Se había educado
en Londres y abandonado su vida de monja en un convento de El Salvador
para dedicarse a la meditación y el arte. Mi propuesta de matrimonio
la sorprendió y me dijo que era una locura casarse con una mujer
que me doblaba en edad.
Yo no veo tu edad. Tú me interesas tanto como
yo a ti dije.
Mi determinación la venció. Asumió
el compromiso de casarse conmigo cuando de golpe apareció otro
hombre que estaba igualmente enamorado de ella. La amenazó con
una tragedia si ella se iba conmigo.
Él tendrá que matarme a mí o
yo a ti. O moriremos los tres dijo con frialdad.
Él estaba borracho y me retó a un duelo.
Pensó que yo no sabía manejar armas. Yo no había
tomado alcohol y estaba armado. En mi tránsito de un país
a otro yo cambiaba de pistolas. Siempre las conseguía y me deshacía
de ellas revendiéndolas para conseguir nuevas.
Acepté el duelo y nos situamos en puntos opuestos.
Eran las tres de la tarde y teníamos de testigos a la poetisa y
a Celia. Él disparó primero y erró. Yo lo herí
en una pierna y lo vi caer al suelo con su rostro contraído.
Celia corrió hacia él y le reprochó
su insensatez. Lo abandonó y huimos en su carro hacia Guatemala
para refugiarnos en una finca de su madre. Me sentía orgulloso
de mí mismo y lleno de valor. Fue un trance. ¿Soy un hombre
o un cobarde? ¿La amo o no la amo? Las armas y el coraje resolvieron
de forma peligrosa ese dilema.
Había terminado por conquistar el corazón
de Celia en un juego con la muerte. Yo era su primer hombre y su primer
amante en cuarenta años. La amaba y había vislumbrado furtivamente
su desnudez, cuando las criadas de su casa la bañaban en petálos
y aceites en la piscina de su mansión.
Celia me protegió y me liberó del camino
del opio y el alcohol. Llevaba una vida disipada y el delirium tremens
se repetía cada mañana, cuando enormes pavos reales al mando
de una papayera me paseaban en camillas sobre sus lomos por calles atiborradas
de gente.
Ella se tomaba mi alcohol para que yo no bebiera. Fui
poco a poco abandonando la bebida para no alcoholizarla. Nos casamos en
Tapachula, una población cercana a Chiapas, en la frontera entre
Guatemala y México.
Nos enrutamos hacia Veracruz. Éramos felices y
todo lo que poseíamos era un viejo Ford Eiffel, un perro y una
vieja cámara fotográfica, maltratada por mis recorridos
a pie.
Empeñé el equipo fotográfico para
comprar gasolina y desplazarnos al Distrito Federal. El perro comía
hígado y nosotros nos alimentábamos con queso de cabra y
pan. Llegamos en un momento de convulsión social para México
y las primeras páginas de los diarios destacaban en grandes titulares
la captura de Ramón Mercader, el asesino de Leon Trotski.
Mercader, de origen catalán, había enamorado
a la secretaria de Trotski y ganado la amistad del líder simulando
tener sus mismas ideas socialistas y haciéndose pasar por poeta
y escritor. Cuando tuvo el momento oportuno para matarlo, sorprendió
al político ruso en la soledad de su casa y le quitó la
vida clavando una pica de alpinista sobre su cuello.
Un crimen cruel y perfectamente planificado desde Moscú
en complicidad con el Partido Comunista Mexicano, fue la conjetura que
la prensa de la época ofreció sobre ese episodio. Las noticias
involucraban al pintor muralista David Alfaro Siqueiros como responsable
en el asalto de la casa de Trotski antes del homicidio.
Por primera vez vi el rostro vigoroso y duro de Siqueiros.
No imaginé que ocho años más tarde, durante mi estadía
en el país azteca, yo denunciaría el plagio que él
hizo de mis fotografías para el mural Cuauhtémoc contra
el mito. Por ese escándalo abandoné México y
descubrí el lado oscuro y violento de uno de los hombres más
influyentes en la vida cultural de ese país. Él respondió
acusándome de ser un agente de la CIA, saqueando e incendiando
mi estudio.
La vida tiene sus paradojas. México me rendiría
ese año un homenaje con una muestra retrospectiva de mi obra en
el Museo Postal, justo al frente del Palacio de las Bellas Artes, en donde
Siqueiros exhibió cuarenta cuadros al óleo en caballete,
inspirados en las quinientas fotografías que yo le entregué
para su proyecto artístico sin darme ningún crédito.
Ya instalados en Ciudad de México en un apartamento
modesto, busqué trabajo en diferentes revistas. Nuestra vida al
comienzo fue difícil y pasábamos hambre. Celia había
sacrificado su riqueza por seguirme. La situación económica
se tornó asfixiante. Ella deseaba regresar a El Salvador para vender
sus boutiques, sus casas y regresar a México. Yo era orgulloso
y no acepté esa oferta. Le dije que la parte digna de mi vida era
que no aceptaba venderme ni siquiera por ese amor loco. Ella hubiera podido
regalarme su vida, sus riquezas y yo las rechazaría. Estaba enamorada
y me necesitaba. Al mismo tiempo entendía que yo iba a triunfar
y debía dejarla. Llegué tarde a su corazón.
Yo deseaba ser libre y enfrentarme al mundo sin ataduras.
Era salvaje y embestía la vida como los toros que buscan una salida
en el ruedo. Y, como ellos, tenía que embestir y hacer daño.
El amor no iba a detenerme y yo estaba dispuesto a triunfar en México.
Ella me dio sexo, enloquecida por retenerme y retenerla.
"Hay una cosa magnifíca en ti. Tú me retienes y yo
quiero retenerte", era la frase que pronunciaba con insistencia,
como presintiendo el ocaso del amor.
De su generosidad sólo acepté recibirle
una cámara Rolleiflex. La encargó a Europa durante la guerra
y la consiguió con dificultad. Fue la primera máquina fotográfica
que me regalaron en la vida y estuve toda una noche oliéndola,
embriagado por su olor metálico.
Enferma y emocionalmente deshecha, me dijo un día
: "Yo he cumplido una misión. Vete y déjame sola.Tú
mereces una mujer joven. Me agotas y me destruyes."
Celia se fue de mi vida en el momento justo. Se fue a
África en una misión humanitaria para dejarme libre. Hoy
la amo y la venero más que antes. Con ella aprendí la verdad
de la vida, la bondad y el amor.
|