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marzo
1999
Nº 51

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Las Tablas de la Ley
DANIEL ATTALA
Wittgenstein imaginó la filosofía
como el arduo intento de escapar de la jaula del lenguaje: el saber humano
no consigue abarcar la trascendencia de las verdades absolutas. En este
artículo Daniel Attala recupera otra metáfora, la de las
Tablas de la Ley, cuyas líneas se revelaron incapaces de comunicar
la grandeza de su mensaje.
Si Dios me diera a elegir entre el conocimiento de la
verdad y un amor y una exigencia insaciables hacia ella, elegiría
ese amor y esa exigencia. Así renunciaba a la posesión de
la verdad el teórico del clasicismo alemán Gotthold Lessing
a mediados del siglo xviii. Hoy, cuando ya no podemos siquiera imaginar
a Dios y menos ofreciéndonos una alternativa semejante, vivimos
casi convencidos de que nunca llegaremos a saber lo verdaderamente importante.
Y cuando estamos tan seguros de nuestra ineptitud para la verdad, es cuando
ya no la buscamos.
Sin duda, Ludwig Wittgenstein es uno de los mayores buscadores de la verdad
de nuestro siglo. Tan grande como los escritores del xix a quienes admiraba:
Schopenhauer, Kierkegaard, Tolstoi. Wittgenstein pensaba que aun cuando
finalmente todos los problemas de la ciencia estuvieran resueltos, nuestros
interrogantes más graves seguirían abiertos. Ciencia por
un lado, moral y religión por otro, fueron para él, en gran
parte de su obra, cosas heterogéneas. Al menos hasta finales de
la década de los treinta, Wittgenstein pensó que el único
discurso que podía aspirar a ser considerado verdadero era el de
la ciencia, y que, por el contrario, ética y religión debían
guardar un místico silencio: estaban más allá de
la razón. Y, sin embargo, él nunca dejó de interrogar,
de transgredir ese silencio.
Al menos hasta la década de los treinta, Wittgenstein sostuvo que
las oraciones sólo tienen sentido cuando describen hechos. La paloma
que zurea en mi ventana, el terremoto de hace unos días en Colombia,
la batalla de Chacabuco hace ciento noventa años, la unificación
de la moneda en Europa: hechos. Ciencia es el discurso que, tratando de
hechos, puede pretender llegar a la verdad: el etólogo hablará
sobre la conducta de las palomas en tiempos de apareamiento; el sismólogo,
sobre las características del temblor; el historiador, sobre los
antecedentes de la famosa batalla; el economista y el político,
sobre el proceso de unificación del signo monetario.
Lo que estos científicos afirmaran tiene pleno sentido en la medida
en que existe una manera de comprobar sus dichos. Pero supongamos que
el etólogo dijera que es hermoso el zurear de las palomas. O que
el sismólogo afirmara que es penosa la destrucción causada
por el terremoto. O bien, el político, que no es bueno lo que la
unificación de la moneda producirá en Europa. Por más
vueltas que se diesen a estas frases, siempre se concluiría que
es imposible comprobarlas. La belleza y la bondad no son hechos comprobables;
no es lícito por tanto pretender verificar lo que digamos sobre
ellas. Si pese a esto hablásemos, nuestras palabras carecerían
de sentido. Belleza, bondad están fuera del alcance de nuestro
lenguaje, el cual se convierte, así, en una especie de jaula. Y
en filosofía, el intento vano de salir de ella.
Ésta es la peculiar teoría de Wittgenstein en el Tractatus
Logico-philosophicus (1914). Mucho tiempo más tarde dejará
de hablar en estos términos. En 1930, sin embargo, Wittgenstein
pronunció una conferencia, hoy famosa, sobre la ética, la
disciplina que intenta saber qué es el bien y qué es el
mal, e incluso qué es la belleza. Allí Wittgenstein repite
su teoría del Tractatus.
La jaula del lenguaje
Podemos conocer los hechos, dice en la conferencia, no así lo relativo
al bien y al mal, a lo bello y a lo feo. La filosofía, que siempre
ha pretendido saber qué eran estas cosas, es un intento noble,
ciertamente, e incluso está entre los más nobles, pero es
completamente inútil: una y otra vez el filósofo se golpeará
la cabeza contra los barrotes de la jaula que le hacen imposible llegar
a conocer aquellas cosas. Se la magullará, eso sí, pero
difícilmente podrá salir, es decir, conocer las leyes del
bien y del mal, de lo justo y lo injusto, de lo bello y lo feo.
Y sin embargo, sin embargo... ¡éstas son precisamente las
cuestiones que más importan en la vida de los hombres! ¿De
qué vale saber si el joven poeta Chatterton se suicidó con
esta o con aquella sustancia? Lo que queremos saber es si hizo bien o
no al suicidarse, o si el suicidio es o no bueno en términos generales.
En su conferencia, Wittgenstein utiliza dos o tres imágenes para
expresar lo que considera la imposibilidad de formular verdades sobre
estas materias de importancia absoluta. Quisiera evocar ahora esas imágenes.
El lenguaje, dice, es una taza de té, mientras que la ética
es inagotable como el mar. ¿Cómo meter el mar en una taza
de té? Por más agua que le echemos, la taza sólo
contendrá la cantidad para la que fue fabricada. Siempre habrá
más agua fuera que dentro de la taza: el mar de la ignorancia será
siempre más vasto que la barca de nuestro saber.
Y emplea otra metáfora, muy extraña, y que cierto relato
bíblico tal vez aclarará (Wittgenstein fue un gran lector
de la Biblia). Dice: si un día alguien escribiese en un libro las
verdades éticas, expresando con frases claras y comprobables qué
es el bien y qué es el mal en un sentido absoluto, ese libro provocaría
algo así como una explosión de todos los otros libros, haciéndolos
estallar en mil pedazos.
Esta extraña metáfora guarda un eco de la siguiente historia.
Dice así:
"Moisés, el jefe del pueblo que según la leyenda rompió
el yugo egipcio abandonando en masa las tierras de Faraón, estaba
ya pensando en descender del Sinaí. Desde las gargantas negras
de una nube la voz del Señor le había dictado, uno tras
otro, los artículos de la Ley. Humilde, obediente, Moisés
los había grabado con el buril sobre la superficie rugosa de un
trozo de piedra y allí estaba, pensando en la manera de llevarlo.
Los signos aquellos contenían todo lo que los hombres debían
cumplir para merecer la aprobación de Dios. Moisés levantó
la piedra y, protegiéndose los hombros con el cuero de un animal,
se la puso sobre ellos. Luego, siguiendo un sendero de cabras, comenzó
a bajar.
Caminaba cuesta abajo pensativo cuando, en una ráfaga de viento
ascendente, llegó a sus oídos el alboroto de las voces de
su pueblo. Se inquietó, pero siguió bajando. El griterío,
sin embargo, se hizo cada vez más nítido. Hasta que llegó
a un alto y vio: una enorme barahúnda de gente, su pueblo, se arremolinaba
en torno de un improvisado altar lanzando bárbaros gritos. Unos
destellos amarillos impedían a Moisés ver qué adoraban.
Siguió descendiendo hasta que las dudas desaparecieron: en el centro
del tumulto brillaba un becerro dorado del tamaño de un buey. Furioso,
incontenible, pese a la carga que llevaba, Moisés se apresuró.
Se abrió paso como pudo hasta el altar y allí, ahogado de
rabia y ante el estupor de su pueblo, estrelló contra el suelo
las tablas que llevaba. La Ley de Dios estalló en mil pedazos."
Las cosas más sagradas, podríamos decir, se hacen añicos
al entrar en contacto con la necedad de los hombres. La imagen de Wittgenstein
es la inversión exacta de aquel relato, pero habla de lo mismo.
En ella son los necios libros de los hombres los que estallan ante el
Libro Verdadero.
Repetidas veces yo había pensado en la imagen de Wittgenstein sin
poder penetrarla. La sensación era la de estar chocando contra
un muro, quizá el mismo muro contra el que el filósofo Wittgenstein
se lastimaba la cabeza al querer conocer lo que trasciende los hechos,
seguramente el mismo muro contra el que se estrellaba el habitante del
subsuelo de Dostoyevski cuando quería, cuando desesperadamente
quería hacer que dos más dos no fueran cuatro; exactamente
el mismo muro contra el que Kierkegaard parecía chocar cuando,
temiendo y temblando, pretendía pasar por encima de la razón
como de su propia sombra y dar el salto de la fe.
Que los libros explotaran ante la presencia del Libro parecía el
apunte de una ficción de Borges, a quien le encantaban las intrusiones
de otros mundos que desordenan el nuestro. Un día, leyendo en algún
lado la historia de la furia de Moisés y del destrozo de las tablas,
la imagen de Wittgenstein cobró de pronto una luz diferente, no
sólo cercana a clasicistas como Borges o Lessing, sino también
a desesperados como Kierkegaard o Dostoyevski.
Moisés llevaba sobre el hombro las pesadas tablas donde el Señor
había escrito sus leyes. Ésas venían de más
allá del mundo, de más allá de los hechos. Los hombres
debían conocerlas y ponerlas en práctica. Y sólo
cumpliéndolas serían gratos a Dios. Mientras bajaba del
monte con las tablas sobre el hombro, Moisés vio que su pueblo,
cansado de esperar, se había entregado a la adoración de
un pedazo de oro con forma de bestia. Entonces, lleno de una furia divina,
Moisés golpeó las tablas hasta hacerlas trizas.La historia
bíblica continuaba: tras destrozar las tablas, Moisés también
aniquiló al becerro (y obligó a su pueblo a comérselo,
disuelto en agua). La leyenda dice que más tarde el profeta, aplacado
el ánimo, recordó su pacto con el Señor y volvió
a subir al monte. Oyó por segunda vez la palabra de Dios salida
como truenos de entre las nubes y volvió a esculpir, ahora más
hondo, los artículos de la Ley. Cuando descendió, nada hubo
ya que lo ofendiera y lo obligara a romper nuevamente las tablas. Después
de haber hablado con Dios, Moisés tenía el rostro tan resplandeciente
que debió cubrírselo con un velo para no perturbar la mirada
de su pueblo.
La tarea de cumplir la ley
La imagen utilizada por Wittgenstein quiere transmitirnos esto: no tanto
la certeza de la imposibilidad de saber qué son el bien y el mal,
sino la comprensión de la magnitud de aquello que desconocemos.
Tan monstruosamente grande es nuestra ignorancia de lo que realmente importa,
que de existir un libro que contuviera la Verdad sobre eso, todos los
demás libros explotarían ante su presencia.
Pero semejante libro es imposible. Es así como en la historia de
Moisés son las tablas mismas, el Libro Verdadero traído
de lo alto el que se hace polvo al entrar en contacto con la cruda y llana
realidad.
Así -podríamos continuar- el simple hecho de que existan
millones de libros es la prueba innegable de que ninguno contiene la Verdad.
Y nosotros ¿nos vamos a lamentar de eso? Lessing, el clasicista
alemán, se hubiera puesto contento. ¿Qué haríamos
si existiese el Libro imaginado por Wittgenstein? Ya no habría
más libros (habrían reventado) y, por ende, tampoco bibliotecas,
ni charlas de café sobre las novedades. Y todos sabrían,
con sólo echarle una ojeada al Libro, dónde está
el bien, dónde el mal, dónde lo bello y lo feo. Sólo
nos quedaría la tarea de cumplir la ley y, en cambio, ninguna razón
para seguir buscando, dilatando, esperando.
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