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septiembre
1998
Nº 45

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Los años sesenta en versión
apócrifa
MIHALY DÉS
¿Cómo fueron los rebeldes años sesenta al otro
lado del telón de acero? Pese a los rigores del comunismo, la Europa del
Este vivió también una década de liberación frente al inmovilismo cada
vez más agonizante del poder establecido. Ofrecemos una crónica de aquellos
años marcados por la irrupción del rock y la minifalda en el socialismo
real.
Las épocas no suelen ser respetuosas con las fechas
y, para colmo, su impuntualidad resulta sumamente selectiva. El siglo
xix, por ejemplo, que en Francia se apresuró a presentarse ya en 1789,
en la mitad oriental de Europa tardó en asomar hasta mucho después de
la fecha oficial de 1800. Los años sesenta, la década más esperanzadora
del siglo más desesperante, tampoco empezaron puntualmente. Y menos en
el Este, donde el espíritu sombrío de los años cincuenta seguía dominando
con vigor enervante.
En Hungría, por ejemplo, en 1960 no sólo seguían encarcelados los presos
de la revolución de 1956, sino que las autoridades aún procedían a detener,
procesar y ejecutar a jóvenes ex insurgentes a los que, por no haber tenido
la mayoría de edad hasta entonces, no se les podía aplicar la pena de
muerte. En Polonia, por esas fechas, el reformismo prometido por Gomulka
en 1956 para apaciguar las inquietudes de sus contemporáneos se tornó
en estancamiento. En Berlín, en una noche de agosto de 1961, se levantó
un impresionante muro de hormigón para cerrar el paso al Oeste, lo que,
junto con la crisis del Caribe, nos volvía a situar en plena Guerra Fría.
Y, finalmente, en 1964, el alborotador pero de alguna manera reformador
Jruschev fue sustituido por el inmovilista Brezhnev.
En este contexto, hasta un acontecimiento tan meritorio como el paseo
de Gagarin por el espacio nos pareció una melancólica victoria de los
rusos, y no el albor de una nueva era interplanetaria. En definitiva,
el glamour de los años sesenta no quiso dar muestras de vida, y lo cierto
es que históricamente tampoco existió más que una larga primavera: aquélla
de Praga de 1968. Y sin embargo, en el nivel de la historia cotidiana,
los años sesenta pasaron por ahí también, se colaron detrás de la cortina
de hierro, nos sembraron de ilusiones y alteraron un poco nuestras vidas.
Como no existe ninguna fecha canonizada para el comienzo de los cambios,
sugiero como punto de partida las versiones apócrifas de dos acontecimientos
de sagrada trascendencia: la incursión de los Beatles en las dictaduras
del proletariado, y la primera publicación de Kafka en un país de socialismo
real. Todo eso ocurrió por allá a finales de 1963, como mucho principios
de 1964. Empezaré por Kafka.
Kafka nos amaba
Nadie entre nosotros sabía quién era Franz Kafka, pero tampoco nos hacía
falta ninguna recomendación. Como cuando uno, que ha pasado la vida escrutando
la verdadera naturaleza de sus sentimientos respecto a sus ocasionales
parejas, enseguida reconoce el amor si de veras llega, así supimos de
una corazonada cuando se publicó El castillo que aquel era el Gran Libro
de nuestra vida, el Texto de nuestros amores. Desde luego, nuestra pasión
incondicional resultó impermeable a la sugerencia del inevitable prólogo,
que se proponía poner las cosas en su sitio y explicarnos cuál era el
mensaje del autor. Según esa interpretación materialista dialéctica, la
novela de Kafka hace una crítica feroz de la burocracia del Imperio Austro-húngaro
y desenmascara las relaciones enajenadas del sistema capitalista. Mas
nosotros no teníamos la menor duda de que nuestro amor era correspondido:
Franz Kafka nos amaba y hablaba exclusivamente sobre nosotros.
El desmadre que supuso la publicación de Kafka, desde luego, no fue generalizado.
Primero en Hungría y Checoslovaquia, un poco más tarde en Polonia, pero
en la URSS o en la RDA haría falta cambiar de régimen para poder leer
las cuitas del señor K.; sin duda, un motivo suficiente para derrocar
una dictadura. Como siempre, los censores tenían toda la razón de los
censores. Porque a Kafka lo siguieron muchos otros. Entre ellos un tal
Alexander Solzhenitsin, al que inexplicablemente le permitieron escribir
sobre los campos de concentración estalinianos.
¿Qué pasó? ¿Por qué tanta grieta en la gloriosa muralla del comunismo
en plena construcción? De hecho, había varias cosas, casi todas contradictorias.
El mayor ejemplo fue el deshielo de Jruschev, que dio paso a una apertura
sin proponérselo realmente. Porque Jruschev no era un auténtico reformista,
ni tampoco le importaba el arte. En una exposición del comunista Picasso
hizo tales muestras de desprecio que el asunto se convirtió en un escándalo
casi de tanta resonancia como cuando en la ONU golpeó la mesa con su zapato.
Y a Vladimir Dudintsev, autor de No sólo de pan vive el hombre, una emblemática
novela del deshielo, le llegó a calificar de "calumniador que encuentra
una maligna alegría en describir el lado negativo de la vida soviética...
en una obra enfermiza, tendenciosa y detestable". Gracias a esta valoración
crítica, Dudintsev no volvió a publicar hasta la llegada de la perestroika.
Pero como todo nuevo mandamás, también Jruschev necesitaba legitimar su
poder.
Este proceso de autojustificación dejaba cierto margen incontrolado que
todos pretendían aprovechar. Así, por ejemplo, en la última visita de
Jruschev a Hungría, poco antes de ser relevado, su señora, un ama de casa
con aire de mecenas, hurgando en los depósitos de un museo con el fin
de encontrar un adecuado recuerdo, se topó con un cuadro de Csontváry,
un gran pintor visionario de principios de siglo. Lo encontró interesante.
"¡Qué colores más fuertes!", observó, y prosiguió el saqueo. Su comentario
sirvió de pretexto para organizar una exposición de ese artista decadente
y burgués que, por cierto, había muerto de hambre casi cincuenta años
antes. No fue una exposición en la capital, naturalmente, pero aun así
el evento se convirtió en un impresionante éxito, y la pequeña galería
provinciana en centro de peregrinación de la intelligentsia magiar.
Llegan los Beatles
El deshielo soviético tuvo un efecto retardado en los otros países del
campo de paz, nombre de guerra del Pacto de Varsovia. Presionado por la
Iglesia y los intelectuales, Gomulka permitió cierta apertura en Polonia,
donde de repente se produjo una intensa movida cultural encarnada en los
clubes universitarios, en las películas de Wajda y Polansky, en la música
de Pendercki o en las novelas de Andrzejwski. En Checoslovaquia, los dirigentes
quisieron desentenderse del sangriento pasado estalinista del partido
y de los pésimos resultados económicos, y asimismo se volvieron más permisivos.
En aquel mágico 1963 publicó su primer libro el cincuentón Bohumil Hrabal,
estrenó su primera obra el futuro presidente Vaclav Havel, se renovó la
narrativa de Kundera, se organizaron unos coloquios sobre los hasta entonces
censurados Kafka y Capek y nació el nuevo cine checo, que en los años
siguientes culminaría en las obras de Milos Forman o Jiry Menzel. Ese
mismo año, Kádár, en Hungría, se dispuso a realizar el gran compromiso
social: indultó a los prominentes presos de 1956, entre ellos destacados
artistas, y promovió una política liberal que incluía tanto la vida intelectual
como la económica. Fue el nacimiento del comunismo gulash. Hasta en Rumanía
empezaron a soplar nuevos vientos cuando en 1965 Nicoleau Ceausescu llegó
al poder (otra vez la autolegitimación) y empezó a ejercer una política
más independiente.
Los cambios podían originarse en las altas esferas y producirse primero
en la cultura de élite, pero donde se respiraba un aire distinto era en
la calle. Y ahí entra en el cuadro la aparición de los Beatles en el Este,
de la que puedo contar únicamente mi experiencia personal. Una memorable
revista de la época titulada País-Mundo ofrecía una insólita página de
curiosidades ilustradas. Pues en el último número de diciembre (¿o fue
el primero de enero de 1964?) apareció una extraña fotografía cuya leyenda
informó de un gran grupo musical (bailable se llamó aún el género) que
causaba furor entre los jóvenes, algunos de los cuales llegaban incluso
a desmayarse en sus conciertos. Efectivamente, en la foto, tipo DNI, se
podía divisar a una chica obviamente inglesa en pleno proceso de desvanecimiento,
a otras en avanzado estado de excitación, y al fondo, a cuatro muchachos
encorbatados y aguitarrados, de traje oscuro correcto, formal, pero con
una melena despeinadísima que les llegaba casi hasta las orejas. No recibí
una educación religiosa, pero desde entonces sé lo que es una Epifanía.
Aún no había escuchado una sola nota de los Beatles, pero esa minúscula
foto borrosa no dejaba la menor duda de que se trataba del mejor grupo
del universo. Y lo gracioso es que no me equivoqué.
Cualquier impío podría acusarme de que mi valoración es una proyección
posterior, pero yo tengo mis pruebas irrefutables. Estaba a punto de cumplir
catorce años en el momento de la revelación y me encontraba de vacaciones
en el interior del país, en un castillo convertido en asilo de ancianos
que regentaba una amiga de mi madre. El promedio de edad de los por lo
demás alegres, enamoradizos y muy hacendosos inquilinos de ese castillo
(hoy seguramente devuelto a su antiguo dueño de antes de la Segunda Guerra
Mundial) no superaba los ochenta años, pero aun así me hubiera costado
compartir mi descubrimiento. Vamos, que no podía estar influido por nadie.
Al regresar a Budapest, comuniqué inmediatamente la buena nueva a mi mejor
amigo, un conocido bribón que dejó una profunda huella en la docena de
escuelas que había recorrido hasta la fecha.
-Se les llama Be-a-tles -le dije sabihondo y con una pronunciación fonética
que sonaba a ejercicio logopédico.
-¡Ah, los bisli! -contestó altivo. Su conocimiento de causa me fastidió
sobremanera, pero me resigné ante su pronunciación. Al fin y al cabo,
afirmó haber tomado clases de inglés. Además, él era oyente asiduo del
programa musical más popular del bloque soviético: el Teenager Party,
de la Radio Europa Libre, con sede en Múnich y con financiación desde
Washington, que en mi casa de orientación leninista no se podía escuchar
con plena holgura.
Be-a-tles o bisli, los chicos ingleses causaron furor también en mi tierra.
Apenas unos meses después ya se formó un conjunto llamado elocuentemente
los Beatles de la calle Lajos, y en el curso de 1964 nacieron grupos de
rock como setas, entre ellos algunos históricos que pronto se convirtieron
en punto de referencia en todo el Este de Europa. Hoy parece casi ridículo
rememorar esa vieja gloria, pero el rock húngaro llegó a ser para el Pacto
de Varsovia lo que era el británico para el resto del mundo.
Ritmos peligrosos
En cualquier caso, en eso de la primacía cultural hubo un generoso reparto
de papeles, y posiblemente éste era el único terreno donde funcionaba
el COMECON. En rock, los húngaros fueron los mejores; en teatro y jazz,
los polacos (el festival de Wroclav, sede del grupo de Grotowski, llegó
a ser la Meca de las tablas alternativas, y el de Varsovia, con el tiempo,
se convirtió en un certamen de jazz al nivel del de San Sebastián). En
cambio, de Praga nos llegaron las mejores y menos social-realistas películas
del socialismo real. Y también los mejores discos de jazz: la colección
de Supraphon era algo fuera de serie. Su editor, se supo después, fue
destituido durante las purgas que siguieron a la invasión soviética. Sin
duda, el jazz resulta peligroso para el centralismo democrático.
En efecto, nuestros años sesenta resultarían inimaginables sin esos supremos
y baratísimos discos de Miles Davis, Bessi Smith, John Coltrane, Ella
Fitzgerald o Billie Holiday, que nos llegaron vía Praga. Fueron como Kafka
o Kerouac en la literatura, los Beatles o los Stones en el rock, Bergman
o Fellini en el cine, Muhamad Ali en el boxeo, el pop en las artes, los
dramas de Arthur Miller o Dürrenmatt en el teatro y las generosas chicas
rubias de la RDA en nuestra educación sexual.
A propósito de este último asunto: los años sesenta también en el Este
fueron la década de la liberación sexual. Pero no como una programática
revolución militante, como en Occidente, sino como un estado de gracia,
que nos vino de la forma más natural y menos combativa. Entre el pasado
preanticonceptivos y el futuro de la época del sida, teníamos además destruidas
y debilitadas las instituciones de los guardianes tradicionales de la
moral, la buena conducta y la virginidad prolongada. La Iglesia estaba
de retirada y, con las madres trabajando, los hombres haciendo pluriempleo,
con un divorcio más fácil y barato que comprar un tocadiscos y con el
aborto prácticamente liberalizado, la familia quedó hecha añicos. Para
qué vamos a negarlo: era una época de oro para ligar y para el amor desmadrado,
endulzada por los uniformes femeninos de la época, la minifalda y el biquini,
y por ese persistente hábito de las chicas del Este de no llevar sostén.
En líneas generales, se puede decir que en Occidente los años sesenta
fueron la década de la rebeldía, consecuencia en parte del hastío que
producía la opulenta sociedad burguesa. En el Este de Europa, por el contrario,
significaron más bien el redescubrimiento de las delicias del vivir burgués.
Y no sólo fueron la época de los blue jeans, de la música rock y de las
melenas largas (que cualquier policía o director de cole se permitió mandar
cortar); no simplemente de una apertura cultural, de lecturas, imágenes
o ideas hasta entonces impensables. Fue asimismo la década de la maquinización
de la vida cotidiana, que en el Oeste se había efectuado diez o quince
años antes: de los refrigeradores, en principio unas ruidosas pero incombustibles
neveras soviéticas, y de los televisores, que en sus primeros años consiguieron
lo que jamás logró la propaganda oficial: unir al pueblo, en disciplinadas
células repartidas por escaleras, ante una causa común constituida por
los partidos de fútbol, los interminables campeonatos de danza sobre hielo
con el inevitable matrimonio Protapotov o el popularísimo ¿Y tú que sabes?,
un concurso de aficionados que dio el grueso de nuestros cantantes y cómicos
de las siguientes décadas.
Traspasar la frontera
Los años sesenta fueron también la década de la automovilización. Allí
nace nuestro seiscientos, el fabuloso Trabant. Esta maquinita de fabricación
alemana, chasis de plástico y motor de dos tiempos de 500 y 600 centímetros
cúbicos, que se decía que hasta tenía carnet del partido. Se fabricaba
en tres colores: un blancuzco intencionadamente sucio, un amarillo tipo
papagayo y, sobre todo, un gris ratón que constituía un hito en la historia
universal de la fealdad. Iba echando peste y humo, hacía un ruido penetrante
y agónico, siempre, hasta recién estrenado, le faltaban varias cosas,
y, sin embargo, era el coche más seguro y más fácilmente reparable, que
aun destartalado llegaba a su destino.
Uno de los destinos principales fueron las dachas, otro gran logro de
nuestros años sesenta: minúsculas casas con pequeñas parcelas de tierra,
donde se cultivaba algo de fruta y hortalizas. Otro de los destinos posibles
fue viajar, por primera vez, al extranjero, que en principio significaba
los otros países socialistas, salvo la URSS, donde no nos dejaban entrar
individualmente. Los checos y los alemanes del Este inundaron el lago
Balaton y, junto a los húngaros, las playas de Rumanía y Bulgaria. Los
ciudadanos de estos dos países no podían viajar, pero sí los polacos,
que entonces montaron las bases de los así llamados mercados del mini-COMECON,
una vigorosa red de contrabando de los más impresionantes productos, que
ha sobrevivido con perfecta salud a la caída del imperio soviético.
Para los polacos y los húngaros, por aquellos años empezaron los viajes
a Occidente. Cada tres años y con setenta dólares pudieron salir a ver
la agonía del imperialismo. Entonces nació el siguiente chiste: "¿Es cierto
-preguntaba uno a otro que acaba de regresar de viaje-, que el capitalismo
está agonizando?". "Absolutamente cierto -contesta éste-, pero ¡qué muerte
más hermosa le ha tocado!"... Y entonces nacieron, de contrabando, naturalmente,
las primeras fortunas que ahora forman la base económica de las flamantes
burguesías poscomunistas. Aparte de los blue jeans, el más codiciado producto
de contrabando, era un impermeable plástico llamado orkán o hurricán,
que en el Oeste se vendía por tres duros y en las dictaduras del proletariado
se compraba hasta por el tercio de un sueldo.
Haciendo la lista de nuestras ilusiones, logros e ideales de los años
sesenta, uno se da cuenta de que casi todos fueron orientados hacia las
democracias occidentales. Cual héroes de un cuento de Borges, soñamos
la realidad de otros. Y ahora que la Historia nos ha despertado, vemos
decepcionados que los sueños, sueños son.
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