|
Inglbauer
GÉZA OTTLIK
Iglbauer es el encuadernador de mis libros. Cada tres
o cuatro semanas comparece con su pesada cartera, la coloca en mi mesa
de escritorio, extiende sus papeles marrones de envolver y se cala unos
lentes de pinza. Lleva lentes de pinza. Hace unos años me lo recomendó
un amigo mío.
¿Dónde encuadernas tú los libros?
me preguntó.
En ninguna parte, respondí.
Bueno, entonces toma nota: Gyula Iglbauer, Külsôerdôsor,
32.
Por favor, dijo mi amigo es un hombre muy correcto.
Pasa a domicilio. Es cuidadoso y trabaja barato. Hazle encuadernar tus
libros.
No discutí su indicación: bueno, puede ser.
Estuvimos conversando sobre otras cosas y de repente volvió a sacar
el tema de Iglbauer.
Bueno, mira, sólo quiero decirte una cosa...
Y es, que él vive de esto.
¿Ah, sí? repuse.
Sí, en fin, no es joven. Tendrá cincuenta
y cinco o sesenta años.
¿Ah, sí, de veras?repliqué
otra vez. Mi amigo vacilaba. Al final desembuchó.
En definitiva, mira, estuvo en un manicomio, pero
sólo tres años.
En este punto ya presté atención. Mi amigo
insistió en que Iglbauer no era ningún demente, que salió
completamente normal y que sólo estaba enfermo de los nervios.
Pero yo pensé que si estuvo en tratamiento durante tres años,
es que algo tendría de loco. Aun así, le escribí
una nota y un buen día Iglbauer se presentó en mi casa.
Se presentó dando un pequeño taconazo. Era
un hombre bajo, de abundante pelo rojizo, de maneras exquisitamente corteses,
con algunos dientes de oro y anteojos de pinzas, como ya dije. Se llevó
tres libros míos. Poco tiempo después, los devolvió
bellamente encuadernados. A partir de entonces volvió regularmente
a casa con motivo de los libros, y mi mujer y yo lo estudíamos
sin tregua para concretar en qué medida estaba loco.
Yo examinaba las novelas encuadernadas por él,
las miraba por un lado y por otro, contemplaba sus dorados, las guardas,
las letras capitales, la numeración de las páginas. No vi
ningún error. Estuvimos haciendo algunos cálculos y de modo
inesperado le interpelé: "¿Cuánto son seis por
seis?". O le pregunté (estábamos en el segundo año
de la guerra): "¿Qué piensa, señor Iglbauer,
cuándo terminará la guerra?" Siempre respondía
con sosiego: "treinta y seis", decía, o "por favor,
si yo lo supiera". Si algún loco había aquí,
éramos más bien nosotros, mi mujer y yo, porque a sus espaldas
llamábamos "Gyuszi" al digno y meritísimo Iglbauer.
"Ha venido Gyuszi", decía mi mujer en voz baja cuando
él se sacaba el abrigo en el vestíbulo con solemne lentitud.
Ciertamente encuadernaba mis libros bien y barato. Le
llevaba horas de tranvía el ir y venir de la Külsôerdôsor
al Pasarét, donde vivo. Un verano, cuando estábamos escogiendo
telas, soltó casualmente, entre dos frases, que su esposa había
recibido unas acciones de tabacos.
Vaya, dije con alegría así
ustedes van a ir mejor ahora.
¿Por qué? preguntó tibiamente.
Capté que se sentía humillado. Se avergonzaba
de lo pobres que eran. Me pidió prestadas las obras de sir Walter
Scott para leerlas. Me llamaba señor redactor, aunque no soy redactor.
De todos modos, eso lo hacen también otras personas. Sin embargo,
yo no podía explicarme por qué motivo había estado
internado durante tres años en el manicomio.
Cierta vez, apareció con un traje de tela amarilla,
trayendo sus habituales paquetes marrones. Era el tercer verano que encuadernaba
libros para mí. Desplegó sus hojas de papel y se caló
los lentes de pinza.
Señor redactor dijo me he dado cuenta
de que en los últimos tiempos usted da menos libros a encuadernar.
Así es dije, porque era verdad.
Además prosiguió esta novela
en dos tomos quedará mal si se encuaderna en uno solo.
Ya va bien así.
Bien, querido señor redactor, sabrá
usted que la vida se ha encarecido notablemente. Ha subido el precio de
las subsistencias. Aumentan los impuestos.
Ciertamente, pensé yo, aquel buen hombre seguía
cobrando las encuadernaciones al mismo precio de dos años antes,
aunque el coste de la tela y los demás materiales habían
aumentado. No habrá podido sacar mucho beneficio de los dos pengös
que me cobraba. En realidad, podríamos elevar el precio de las
encuadernaciones.
La situación es difícil continuó
Iglbauer. Todo el mundo está agobiado, no es una vergüenza,
por favor. En una palabra, yo había pensado cobrarle al señor
redactor por cada encuadernación un pengö ochenta en
vez de los dos pengös.
Se me quedó mirando mansamente detrás de
sus lentes de pinza. Vi que pensaba de veras lo que decía y entonces
empecé a entender que era conveniente separar a un hombre así
de los demás con un muro de dos metros, y a los demás de
él.
|