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mayo
1998
Nº 41

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ficcion
El traductor cleptómano
DEZSÕ KOSZTOLÁNYI
Hablábamos de poetas y de escritores, de
antiguos amigos que habían iniciado sus andanzas junto con nosotros,
pero que se quedaron atrás y se perdieron sin dejar rastro. De
vez en cuando, surgía el nombre de alguno de ellos, y se quedaba
flotando en el aire. ¿Quién se acuerda de él? Movíamos
la cabeza, y en nuestros labios se dibujaba una leve sonrisa. En el espejo
de nuestros ojos se reflejaba algún rostro olvidado, el recuerdo
de una carrera rota, de una vida malograda. ¿Quién sabe
algo de él? ¿Estará vivo? La pregunta se quedaba
sin otra respuesta que un profundo silencio. En ese silencio, la corona
reseca de laureles del escritor o poeta en cuestión resonaba con
un ruido cortante, como la hojarasca seca en el cementerio. Nos callábamos.
Nos callamos también, durante largos minutos, cuando
alguien mencionó el nombre de Gallus.
Pobre desgraciado dijo Kornél Esti.
Yo lo he visto, hace años, bueno, hace por lo menos siete u ocho
años, y en circunstancias muy tristes. Le sucedió algo relacionado
con una novela de detectives, algo emocionante y doloroso, algo inaudito
y nunca visto.
Le conocíais todos, por lo menos de vista. Era
un joven con mucho talento, brillante, intuitivo, también muy concienzudo
y culto. Hablaba varios idiomas. Dominaba el inglés a la perfección,
se decía que el mismo príncipe de Gales había tomado
clases con él. Había vivido cuatro años en Cambridge.
Sin embargo, tenía un vicio terrible. No, no bebía.
Sino que se quedaba con todo lo que tocase. Robaba sin parar. Le daba
lo mismo llevarse un reloj de pulsera, unas pantuflas o un enorme tubo
de calefacción. No le importaba en absoluto el valor, el tamaño
o el volumen de los objetos robados. Muchas veces ni siquiera le servían
para nada. Solamente le gratificaba el simple hecho de hacer lo que quería,
es decir, robar. Nosotros, sus amigos más íntimos, intentábamos
convencerle de que no lo hiciese. Le pedíamos y le rogábamos,
con todo nuestro cariño. Le hacíamos reproches y le amenazábamos.
Él nos daba la razón en todo. Nos prometía que lucharía
contra sus impulsos naturales. Pero por mucho que razonara, su instinto
era más fuerte que él. Recaía una y otra vez.
La gente le reprimía y le humillaba constantemente
en lugares públicos, le cogían con las manos en la masa,
y entonces nosotros teníamos que hacer esfuerzos increíbles
para atenuar las consecuencias de sus actos. En una ocasión, sin
embargo, robó la cartera de un comerciante moravo en el expreso
de Viena: el hombre lo cogió, y en la siguiente estación
lo entregó a la policía. Lo trajeron encadenado a Budapest.
Tratamos de salvarle otra vez. Vosotros, que sois escritores
y poetas, sabéis que todo depende de las palabras, tanto la calidad
de un poema como el destino de un hombre. Argumentamos diciendo que era
cleptómano y no ladrón. A nuestros conocidos los calificamos
de cleptómanos. A los desconocidos los llamamos simplemente ladrones.
El tribunal no lo conocía, así que lo consideró un
a ladrón y lo condenó a dos años de cárcel.
Después de ser liberado, una mañana gris
de diciembre, poco antes de Navidad, se presentó en mi casa, hambriento
y andrajoso. Se puso de rodillas delante de mí. Me rogó
que no le abandonara a su destino, que le ayudara, que le consiguiese
trabajo. En aquel momento no podía publicar bajo su nombre. Por
otra parte, no sabía hacer otra cosa que escribir. Fui, pues, a
ver a un editor honrado y humanitario, le recomendé y al otro día
le encargaron la traducción de una novela de detectives inglesa.
Era esa especie de basura con la que nosotros no nos manchamos las manos.
Nosotros no leemos esas cosas. Como mucho, las traducimos, pero entonces
nos ponemos guantes para hacerlo. El título era todavía
me acuerdo El misterioso castillo del conde Wenceslao...Bueno,
eso no importa. Yo estaba contento de haber podido hacer algo, él
estaba contento de tener algo para comer y empezó el trabajo muy
ilusionado. Trabajaba con tanta aplicación que sin completar
el plazo convenido entregó la traducción en tres semanas.
Me sorprendió sobremanera cuando, al cabo de un
par de días, el editor me llamó por teléfono para
decirme que la traducción de mi protegido era totalmente inservible
y que él no estaba dispuesto a pagarle ni un duro. Yo era incapaz
de comprender la situación. Cogí el coche y me fui a ver
al editor.
Sin decir palabra, me entregó una copia de la traducción.
Nuestro amigo había escrito la traducción a máquina,
numerando debidamente las páginas, incluso las ató con una
cinta con los colores de la bandera nacional. Todo eso era típico
de él, puesto que era como ya creo haberlo mencionado
concienzudo, puntual y fiable en todo lo relacionado con la literatura.
Empecé a leer el texto de la traducción. Expresé
mi entusiasmo con un grito de reconocimiento. Eran frases claras, giros
astutos, hallazgos lingüísticos ingeniosos, uno tras otro,
incluso quizá indignos de aquella literatura de pacotilla. Sorprendido,
le pregunté al editor qué encontraba de malo en aquella
traducción. En respuesta, él me entregó el original
en inglés, sin decirme nada, y me pidió que comparara los
dos textos. Me pasé media hora comparando, leyendo una parte en
el libro y otra en la traducción. Al final, me levanté asombrado.
Le dije al editor que tenía toda la razón.
¿Por qué? No tratéis de adivinar.
Os equivocaríais. Él no había entregado la traducción
de otra novela de detectives. Se trataba, efectivamente, de la traducción
fluida, artística y a veces incluso poética de El misterioso
castillo del conde Wenceslao. Os equivocais otra vez. No había
ningún error en la traducción. Al fin y al cabo, él
dominaba a la perfección tanto el inglés como el húngaro.
Nunca habríais oído cosa semejante. El fallo era otro. Totalmente
distinto.
Yo mismo lo comprendí lentamente, paso a paso.
Prestad atención. La primera frase del original inglés decía
así: Las treinta y seis ventanas del antiguo castillo desvencijado
brillaban llenas de luz. Arriba, en el primer piso, en el salón
de baile, cuatro lámparas de araña lucían
en su inigualable esplendor... En la traducción al húngaro
ponía: Las doce ventanas del antiguo castillo desvencijado
brillaban llenas de luz. Arriba, en el primer piso, en el salón
de baile, dos lámparas de araña lucían
en su inigualable esplendor... Abrí los ojos lleno de estupor
y proseguí con la lectura. En la tercera página, el novelista
inglés escribía: El conde Wenceslao, con una sonrisa
irónica, sacó su cartera repleta de dinero
y tiró a la mesa la suma solicitada: mil quinientas libras...
La traducción húngara, sin embargo, decía así:
El conde Wenceslao, con una sonrisa irónica, sacó
su cartera repleta de dinero y tiró a la mesa la suma
solicitada: ciento cincuenta libras... Empecé a tener sospechas
de mal agüero que se convirtieron en tristes certezas durante los
siguientes minutos. Más abajo, al pie de la tercera página,
leí en la edición inglesa: La condesa Eleonora estaba
sentada en uno de los rincones del salón de baile, vestida
de gala, luciendo sus antiguas joyas familiares: la diadema de diamantes,
heredada de su tatarabuela, princesa electora de Alemania. En su blanco
pecho de cisne resplandecía un collar de perlas opacas,
y sus dedos estaban cargados de anillos de brillantes, zafiros y esmeraldas...
La traducción húngara para mi mayor sorpresa interpretaba
esta descripción multicolor de la siguiente manera: La condesa
Eleonora estaba sentada en uno de los rincones del salón
de baile, vestida de gala... No había nada más. Faltaban
la diadema de diamantes, el collar de perlas, así como los anillos
de brillantes, zafiros y esmeraldas.
¿Comprendéis lo que había hecho ese
compañero nuestro, ese escritor digno de un destino mejor? Había
robado las joyas familiares de la condesa Eleonora, y con la misma ligereza
había despojado de sus pertenencias al simpático conde Wenceslao,
cuyas mil quinientas libras quedaron reducidas a ciento cincuenta; había
robado dos de las cuatro lámparas de araña del salón
de baile, veinticuatro ventanas de las treinta y seis del antiguo castillo
desvencijado. El mundo daba vueltas a mi alrededor. Mi estupor creció
al máximo cuando comprobé, sin ninguna duda, que esa tendencia
acompañaba la traducción de la obra completa. Por donde
pasara la pluma del traductor, despojaba de muchas pertenencias a los
personajes de la novela, recién conocidos para él, pisoteando
sin piedad sus sagradas propiedades privadas, muebles e inmuebles. Recurría
a dos procedimientos. En la mayoría de los casos, los objetos valiosos
desaparecían sin más. Las alfombras, las cajas fuertes,
los objetos de plata, destinados a enaltecer el valor literario de la
novela inglesa, no figuraban para nada en la versión húngara.
Otras veces desaparecía algo: la mitad o las dos terceras partes.
Cuando alguien ordenaba que su mayordomo llevase cinco maletas al compartimento
del tren, él mencionaba, de manera fraudulenta, dos, y callaba
las otras tres. Para mí, lo más triste era que muchas veces
cambiaba los metales nobles y las piedras preciosas por otros materiales
de mala calidad y sin valor alguno, escribía hojalata en vez de
plata, cobre en vez de oro, cristal checo o cristal a secas en vez de
diamante: eso, para mí, era señal de mala fe y de falta
de hombría.
Me despedí del editor con la cara larga de tristeza.
Por pura curiosidad, le pedí un ejemplar de la novela inglesa y
una copia de la traducción. Puesto que me fascinaba el verdadero
misterio de aquella novela de detectives, proseguí en casa con
mis pesquisas, confeccionando una detallada lista de los objetos robados.
Trabajé sin parar entre la una de la tarde y las cuatro de la madrugada.
Al final, descubrí que nuestro compañero escritor, desviado
del buen camino, había robado y saqueado de la novela inglesa 1.579.251
libras esterlinas, 277 anillos de oro, 947 collares de perlas, 181 relojes
de pulsera, 309 pares de pendientes, 435 maletas, sin hablar de tierras,
bosques y prados en propiedad, castillos pertenecientes a condes y barones,
a parte de otros objetos de menos valor, como pañuelos de bolsillo,
palillos de dientes y campanas, cuya enumeración resultaría
larga y quizá superflua.
Preguntar dónde guardaba esos bienes muebles e
inmuebles que solamente existían en el papel y en el imperio de
la imaginación, y saber cuál había sido su propósito
con los robos, nos llevaría bien lejos, aunque no era mi propósito
hacerlo. Sin embargo, quedé totalmente convencido de que él
seguía preso en su enfermiza pasión o en su enfermedad,
que no había ninguna esperanza de que se curase de ello, y que
era indigno del apoyo de la sociedad honrada. Debido a mi indignación
moral, decidí privarle de todo mi apoyo. Lo entregué a su
destino. Y no volví a saber más de él.
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