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mayo
1997
Nº 29

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PAÍS VASCO
JOSÉ RAMÓN RECALDE
Pienso que el problema de la organización de la
convivencia política no reside tanto en la percepción de
las distintas identidades a las que pertenecemos como en la voluntad de
vivir juntos y en las condiciones más compatibles. Por lo mismo,
no me parece que la reflexión sobre la asimetría del sistema
constitucional español pueda llevarnos a descubrir la clave de
importantes soluciones, por mucho que este debate se haya instalado en
algunos círculos intelectuales y políticos. Nunca olvidaré
el lamento de un personaje de Joseph Roth, en La Cripta de los Capuchinos,
cuando, ya sin remedio posible, proyectaba su reflexión melancólica
sobre la ocasión perdida para mí una de las mayores
desgracias de nuestro siglo en Europa de lograr que triunfara en
Austria-Hungría un lugar de convivencia, sin nacionalismos, formado
por "los eslovenos, los polacos y los rutenos de Galitzia, los judíos
de Kaftan de Boryslao, los comerciantes de caballos de Bacska, los mahometanos
de Sarajevo, los castañeros de Mostar". Pero todo esto es
ahora nostalgia, con aire de bolero, de lo que pudo haber sido y no fue.
O hablamos de identidades, o hablamos de ciudadanía.
Pararnos a pensar ahora sobre la asimetría de nuestro sistema constitucional
nos lleva, a lo sumo, a la percepción de una realidad que, una
vez asumida, poco nos va a servir como solución de nuestros problemas.
Más aún, planteada desde esta pretensión,
más bien es origen de confusión que clave para aclararla.
ASIMETRIA
Porque procedería empezar por explicar lo que queremos
decir por "asimetría". Puede ser simplemente el ejercicio
distinto de la propia autonomía, por parte de una comunidad, y
en este primer sentido demasiado banal es equivalente a "sistema
autonómico": si existe autonomía es para que se ejerza.
Puede ser también la asunción de distintas competencias,
por parte de unas u otras autonomías. La asimetría, en este
segundo sentido, acaso podría haber sido, cuando se elaboró
la Constitución, la solución óptima. Convertida hoy
en campo de reivindicaciones competitivas, poco margen hay hoy para esta
vía, dada la presión por ahora imparable a la equiparación
que ejercen todas las autonomías. Si se trata del reconocimiento
de "hechos diferenciales", estos existían y hasta cierto
punto eran reconocidos, incluso dentro del Estado unitario y dictatorial,
aunque hoy hay más posibilidades de una regulación propia.
Son, principalmente, la lengua y el Derecho histórico (además
de la Hacienda o Haciendas, en los casos navarro y vasco). ¡Ojo,
en todo caso, para no caer en la tentación romántica de
convertir estos factores en la expresión del Volksgeist!
HECHOS DIFERENCIALES
Todavía hay otros dos sentidos del término
"asimetría" que son más alarmantes, pues afectan
gravemente al sistema de convivencia ciudadana. Por el primero se pretendería
una representatividad desigual en los órganos del Estado y, en
particular, en el Senado, o bien una relación bilateral en las
relaciones entre Comunidad autónoma y Estado. De que existan relaciones
bilaterales entre el Estado y las autonomías para regular los problemas
que deriven de los "hechos diferenciales" no se permite deducir
que tenga que haber una representación privilegiada de una autonomía
en el Senado. Esta cámara, por el contrario, debe ser fortalecida
en un sentido opuesto: como cámara integradora de todas las autonomías
en el Estado. Y, en fin, el último sentido en que la asimetría
puede ser entendida es el que lleva a una diferencia entre las comunidades
por lo que afecta a la estabilidad de su incorporación al Estado.
Sería el caso de definiciones confederales o de pretensiones políticas
de autodeterminación. En este último sentido, la provisionalidad
en la vinculación de una autonomía al proyecto estatal es
algo que ni es deseable ni es coherente con el sistema constitucional.
De todos los sentidos del término de "asimetría"
conviene detenernos en el penúltimo la "inordinación"
en el Estado, para ver si le damos el sentido contrario al que el
mismo término nos conduce. No es tanto de la "asimetría"
sino, por el contrario, de la "inordinación" en condiciones
de igual lealtad, de lo que se trata. Esto quiere decir que, en términos
constitucionales, hay que fortalecer la presencia de las comunidades en
la organización de una sociedad de ciudadanos, en condiciones de
igualdad, más que los pretendidos derechos a ser representados
desigualmente en un proyecto común. Quizá llego a estas
conclusiones desde mi condición de vasco. Pido, en aras de la responsabilidad
por un proyecto común, que se sientan solidarios con nuestro problema.
Somos, acaso, una comunidad con un grado máximo de autoidentificación,
paradójicamente compatible con un máximo conflicto de integración:
no es armónica, ni en ideología nacional, ni en vertebración
territorial, ni en referencia a cuáles son sus propios criterios
de autoidentificación.
Por eso, cualquier reivindicación de asimetría
provoca conflictos dentro de nuestras propias fronteras; en lugar de integrar
el país, lo resquebraja.
¿Dónde está el horizonte político
para nuestro Estado de las autonomías? Desde luego, no en la reflexión
sobre la asimetría y, me atrevo a decir, ni siquiera en la reflexión
sobre la "inordinación". Si somos, en verdad, una realidad
política compuesta, tenemos en perspectiva dos panoramas: como
método, destruir el concepto o estereotipo de soberanía;
como objetivo, convivir.
SOBERANIA
Con respecto al método, tanto dentro de España
como fuera de ella, el concepto de soberanía se diluye. Hermann
Heller, hace ya bastantes décadas, se planteaba la pregunta "a
menudo sin posible respuesta: ¿quién ejercita realmente
el poder estatal decisivo, el autócrata, su ministro, su banquero,
su ayudante de cámara o su amante?" Es un tema abierto el
de si la soberanía reside en dictar las leyes o en ejercer la fuerza.
Pero dejemos por ahora este debate.
Lo importante es convivir. Un problema planteado a todas
las comunidades y que para nosotros, el pueblo vasco, el de la máxima
autoidentificación y el de la mínima vertebración,
se trata de que encontremos nuestro propio camino, acompañados
por el resto de los pueblos de España. No sea que, al final, seamos
como los castañeros de Mostar, pero con la estúpida conciencia
de pertenecer a lo que también Roth llamaba "una fidelidad
nibelunga", tal como le gustaría a un personaje como Arzalluz.
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