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enero
1995
Nº 3

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Doctor Destouches, higienista
MIGUEL SÁNCHEZ OSTIZ
Termina sin mayores alharacas
el año del centenario de L. F. Céline, del doctor Destouches
de los extramuros, del extrarradio, el médico higienista con poca
clientela: algo de ruido y otro poco de papeles volanderos, una buena
biografía la de Philipe Alméras y le edición
en La Pleiade del tomo IV de las obras completas con Féerie pour
une autre fois I y II, entre otras cosas. Grandes elogios y más
rendidas admiraciones...
Algunos reparos y pocas ganas por
parte de nadie de bajar a la cripta donde Robinson esperaba a Bardamu
en Viaje al final de la noche. Céline es un escritor que suscita
no pocas admiraciones y, también, no pocos rechazos. Sea lo uno
o lo otro, se habla de él con igual pasión, con idéntica
vehemencia... Mera literatura, papel mojado, papel a secas. Quienes le
admiran lo hacen sin reservas (sin mencionar su antisemitismo o haciéndolo
de pasada sin reparar en que no es un pecado de juventud ni nada parecido);
quienes le detestan procuran ningunearlo más que combatirlo. Omitamos
referencias prolijas al asunto de cómo su última casa ha
quedado fuera del catálogo de moradas de celebridades. Quien siente
la tentación de imitarle sabe de inmediato que no es tan fácil.
De Céline puede contagiarnos la
furia verbal o la furia a secas, cuando no se sabe que la furia es eso,
contagiosa y que puede intoxicar y ensombrecerle la existencia al más
pintado (sin contar los problemas de convivencia de los que hablan los
tratadistas del ramo); en Céline resulta fascinante antes que nada
ese torrente verbal violento, desatado, inimitable, los rasgos de humor
feroz a veces, el sarcasmo de fondo, esa mirada intencionada, aviesa,
maniática, que contempla el mundo en torno sin piedad, esa manera
de nombrarlo de la peor manera posible, minuciosamente, sin ahorrarse
ni palabras ni detalles, y de ajustar cuentas con él: el padre,
la madre, los vecinos, los amigos luego enemigos (la de las lealtades
y deslealtades de Céline es otra historia), los políticos,
los educadores, lo comerciantes siempre miserables, los habitantes de
las calles de París, donde transcurrió su vida, él
mismo, siempre, al fondo del espejo, al fondo del callejón sin
salida... Su corte de los milagros. Sólo que escribir enfurecido
contra todo y contra todos tiene un precio: la soledad extrema, el apartamiento
y una evidente tara de fondo a la que se le acaba rindiendo honores y
prodigando mimos y cuidados intensivos, porque la tara acaba siendo la
justificación de todo, es lo que sostiene el mundo y sus palabras.
No hay que extrañarse por tanto si los demás huyen, si los
demás se rebelan, si los otros, a su vez, responden, dicen no;
y Céline se extrañaba de quedarse solo, de verse rechazado.
Céline veía conspiraciones por todas partes. Céline
tenía manía persecutoria. Y a Céline, como es natural,
le perseguían. Céline tenía un alto concepto de sí
mismo. Soportaba mal el extrañamiento, el olvido, el que le dejaran
de lado. Soportó mal que su Viaje al fin de la noche no ganara
el premio Goncourt.
Palabras de la noche
Para mí, me cuenten lo que me cuenten,
el lado de Céline no es el lado de la vida o al menos no el de
las pasiones que la enaltecen, es el lado de la sombra. Y sus palabras,
en ocasiones, cuando la salud flaquea, son, parafraseando a George Steiner,
palabras de la noche, no un mero juego, no ese malabarismo del que se
habla con un arrobo tirando a necio. Una sombra que atrae como atraen
las simas: la atracción del vacío, el vértigo del
vacío o el vértigo de la nada. De ahí a tirarse,
demonio, hay algo más que un paso. Las cosas como son.
La vida de Céline, el mundo visto
a través de sus ojos, a través, sobre todo, de sus palabras,
es tan irrespirable, asfixiante, como para sentir la imperiosa necesidad
de abrir una ventana y gritar: "¡Aire, aire!". Son palabras,
nada más que palabras... Palabras que de ordinario no están
en nuestras vidas, palabras que no tenemos la oportunidad de escuchar.
A mí se me figura que Céline
nunca salió del pasaje Choiseul, ese pasaje comercial en el corazón
de París, pintoresco y agobiante, pequeño y cerrado como
una aldea. El pasaje de su infancia, el de las miasmas, el del comadreo,
la murmuración y la difamación, como él mismo dijo,
hasta el delirio, el de la meada de los perros y el tufo de la luz de
gas, silbante, que ponía tintes azules y verdosos en las caras
de sus vecinos, enseguida personajes de esa feroz requisitoria contra
su época y contra sí mismo, no lo olvidemos, que fue su
obra. En ocasiones lo he visto como una suerte de Dr. Jeckyll con su Mr.
Hyde al lado. Enseguida se desvanece la visión, el personaje perseguido
y encontrado en las páginas de su obra, y cuento en ella las de
su correspondencia (al referirse a sus cartas, su último biógrafo,
Alméras, la califica de "una masa ingente") que en muchas
ocasiones no es sino una serie ininterrumpida de ensayos, bocetos, borradores
brillantes, furiosos, enredadores, malintencionados, delirantes siempre,
de páginas futuras, es de una coherencia radical: un visionario
en el papel, y a ratos, casi, un filántropo, y un codicioso y desleal
tendero al otro lado de la puerta, pero también en el papel. A
Céline, el dejar o no huellas a su espalda, le debía traer
sin cuidado. Uno, con sus páginas en la mano, duda si se vio alguna
vez. Es el mismo personaje, la misma obra. No parece haber diferencias
apreciables, como no sea la edad, entre el coracero vestido con uniforme
de gran gala y el mendigo que en opinión de su amiga la actriz
Arletti era una ruina que en vez de vestir se cubría: "Hace
falta mucho estilo para eso", dijo.
Cuando hablamos de Céline y asentimos
y casi, casi nos reconocemos como celinianos aunque seamos en el fondo
lectores grises y convencionales que vivimos los aquelarres por persona
interpuesta, cabe preguntarse qué es lo que admiramos en él:
¿su rabia?, ¿su capacidad de poner el rencor por escrito
que da en la caricatura, en meros excesos verbales, fatigantes, aburridos
unas veces, puro paroxismo otras, que hacen su lectura difícil...
¿Qué en concreto? Casi nunca las ideas. No he oído
exponerlas jamás... Las evitamos porque en ocasiones son demasiado
vagas, demasiado brumosas en otras. Si hablamos del lenguaje, de la capacidad
de manejarlo, entonces parece que pisamos un terreno más firme,
aunque esto no sea a la postre sino un espejismo. En las páginas
de Céline hay una vaga anarquía, un hedonismo de mirón
más bien torpe, un racismo curioso de normando o vikingo sin dios
ni amo ni morenos a la vista, pero con lejanas y brumosas figuras de druidas
recorriendo un horizonte de opereta y que más parece, hoy, un delirio
de mentecatos o de chiflados (cuya compañía por cierto frecuentó
Céline con asiduidad), las prescripciones del médico higienista
mal nutrido o peor alimentado con unas dietas absurdas, abstemio con ferocidad
y sucio hasta el delirio (una forma de marcar una distancia definitiva);
las arengas del militarista de domingo por la tarde (en el fondo estaba
orgulloso de haber servido en la caballería... que es por cierto
un orgullo por demás común) que cree en la fuerza, los discursetes
(no pasaron nunca de esto) del patriotero de caricatura, las actividades
y las consideraciones dudosamente filantrópicas, de un idealismo
visionario, sobre el mundo ruinoso de entreguerras... Se ha abusado de
esa faceta de médico de pobres. Céline odiaba a los pobres,
no hay que hacerse ilusiones sobre el particular, detestaba la pobreza,
la mugre, eso está en su obra, una página detrás
de otra. Céline tuvo siempre pretensiones de gran burgués,
a pesar suyo, con pujos aristocráticos al comienzo de su carrera
social, académica, comercial, literaria. Casi nunca se habla de
ese espeso potaje, poco atractivo a primera vista, si no fuera material
de primera para delirios de altos vuelos, sino del antisemitismo, a secas,
y eso nos basta a todos, sencillamente porque es un asunto que espanta
al más pintado. Sencillamente porque los textos antisemitas de
Céline, Bagatelles pour une massacre el primero, son mal conocidos
en España, me temo. Para asomarse a esos textos hace falta estómago
y un temple de lector fuera de lo común. Para recorrer sus páginas
escritas durante la ocupación alemana, en forma curiosamente de
cartas al director, en las que terciaba en polémicas ajenas o arremetía
contra esto y aquello, también. A mí esos textos me dan
asco. No me siento obligado a frecuentarlos. Y es ese mismo escritor el
que me cuenta los delirios aerostáticos en Muerte a crédito,
el que me cuenta, de una manera genial y bufa, la carga de caballería
contra la artillería, el mismo que expresa el dolor y la injusticia
de la miseria...
Céline puede contagiar al lector
un raro prurito, ése de las primeras páginas de Muerte a
crédito (conversación de Courtial con su primo Justin):
el de poner tales cosas por escrito que vendrían de todas partes
para matarle; el de no contar más que historias del género
terrible, feo, para lo que hay que tener parcialidad, manía; el
de emplear un lenguaje desbocado, único. Convertirse en Céline
no es fácil. Hacerse con ese lenguaje desbocado, con ese verbo
genial, no está al alcance de casi nadie, no está en los
diccionarios de argot, no está en la jerga del hampa ni en el galimatías
de la marginalidad. Es otra cosa. Es una manera de percibir las cosas
y de nombrarlas, es una manera de situarse en el mundo. Se tiene o no
se tiene, no se improvisa, como no se improvisa ni la furia ni el rencor
ni el estado de ajuste de cuentas contra todos y contra todo.
Y no está de más recordar
la conversación entre Elisabeth Craig y Céline cuando éste
le leyó unas páginas todavía inéditas de Viaje
al final de la noche. A Elisabeth Craig, que no apreció demasiado
el libro que le está dedicado, los personajes del Viaje le parecieron
brutales. "Lo son", dijo Céline. "Todo el mundo
no es brutal", contestó Elisabeth. "Claro que sí,
en su interior todo el mundo lo es", replicó Céline.
Poner una vida por escrito con verdad tiene
poco que ver con lo anterior, ahí hay parcialidad, manía,
sin la que la obra de Céline es inexplicable. Y esa, la de la verdad,
la de la pequeña verdad, parece ser la pretensión literaria
de Céline, la pretensión de contarlo todo, la de vengarse,
la de acordarse, la de no dar tregua a la mala suerte, al rencor, a los
delirios más íntimos, la de no restañar jamás
la herida, ni dejar que el tiempo lo hiciera, la de inventársela
en ocasiones... Contar historias para que vengan de todas partes con la
sana intención de matarte suena por un lado a baladronada la
más delirante: la del reo de la pena capital al fin protagonista
del espectáculo, feliz, cumplido, a ese lado del histrión
que tuvo Céline y que impide tomarse del todo en serio su mal viaje,
y por otro corres el riesgo de que, en efecto, vengan y te apiolen. El
prestigio de la letra impresa es cosa de un pasado remoto. A Céline,
en la Liberación, hace ahora cincuenta años, probablemente
lo habrían fusilado, como fusilaron a Brasillach. Él jugó
mucho con esta idea de patíbulo e inmolación final en una
orgía última de mártires y verdugos. Se contentaron
con despojarlo de sus bienes. No hace falta sino leer las páginas
y páginas que dedica Céline al recuento de sus despojos,
de sus miserias, de sus sueños también, al despojo de sus
dichosos bienes, a intentar cuadrar una contabilidad de quebrado... No
hubo otro asunto.
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