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marzo 2003
Nº 99

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Retrato de un país a la deriva
Ernesto Escobar Ulloa

Jorge Eduardo Benavides (Arequipa, Perú, 1964), que ya demostró su valía como autor de Los años inútiles, (Alfaguara, 2002), donde nos cuenta, por medio de complejas técnicas narrativas, los últimos momentos del gobierno aprista. La explosión inflacionaria y la mareante corrupción del gobierno aprista de Alan García, la vista gorda de partidarios y aliados ­Izquierda Unida­, las consecuentes huelgas y manifestaciones de trabajadores y universitarios, el notable incremento de la delincuencia y el narcotráfico, los atentados cada vez más sangrientos de Sendero Luminoso y el MRTA, el consiguiente ingreso en la política del prestigioso novelista Mario Vargas Llosa, "y su alarmante entusiasmo thatcheriano", como líder del Frente Democrático ­bloque integrado por el centro derecha de Acción Popular, la derecha a secas del Partido Popular Cristiano, y los liberales del movimiento Libertad­, y finalmente la irrupción de un outsider demagogo que terminó por convertirse en presidente y muy pronto en dictador, Alberto Fujimori. Con El año que rompí contigo (Alfaguara, 2003), Benavides se propone novelar el desenlace de aquella guerra política que, pese a su suciedad, era por lo menos democrática; fatídico desenlace, puesto que nadie imaginaba que esa incipiente democracia iba a ser liquidada por una mafia sin escrúpulos que terminaría sometiendo al país a un saqueo demencial, a la vez que asesinaba, torturaba, extorsionaba, amenazaba, encarcelaba y asfixiaba económicamente a sus ene-migos.

Benavides narra aquel momento clave y lleno de tensión de la vida republicana del Perú, momento responsable de la existencia del Perú de hoy, pero no desde los entresijos y menudencias de la política activa, sino desde su repercusión en la vida diaria de unos jóvenes que se bastan para radiografiarla y otorgarle varios puntos de vista.

Bajo un compás de espera lento y especulativo, el sistema parecía emperrado por aquellos años ­gracias al fracaso económico de sus medidas y la corrupción­ en pulverizar a la clase media, estrecho borde en el precipicio social peruano al que se encaraman los protagonistas; no obstante, la irrenunciable política los arrastrará, no hacia el despeñadero de la pobreza sino hacia el instante aquél en que todo el país pareció contener la respiración a la expectativa de lo que se le venía encima, presa de un desconcierto abstracto que se aposentó en el ambiente para multiplicar los rumores: ¿un inminente golpe de Estado?, ¿la guerra civil?, ¿la revolución?: la nada metafísica del desgobierno, la paralización fluctuante entre la anarquía y el caos. Esa desértica y eterna sensación de vacío habita la novela de principio a fin y la convierte en una metáfora de aquella nueva versión de la esperanza peruana otra vez truncada que significó la llegada al poder del ingeniero Fujimori.

La puesta en escena de ese proceso de involución la lleva a cabo una trama de estructura compleja, pero que se deja leer sin sobresaltos, de corrido, y que aglutina los tiempos y los espacios rompiendo las secuencias lógicas para racionar y distanciar las sutiles intrigas unas de otras, con un estilo pausado, de otrora, sobrio y elegante, expeditivo y balzaquiano en su afán por diseñar un mural de la vida peruana acechando el sentido de las conductas y los gestos habituales, de aquello que ocurre de ordinario; también es verdad que un estilo algo pomposo y rebuscado en su modo de dar aliento a individuos demasiado versados en jazz, música clásica, política mundial y literatura, gente de clase media demasiado atinada y sibarita ­"con gustos de clase alta y sueldos de clase baja"­. Estos universitarios no dudan en soltar un latinajo en medio de unas cervezas ("Femina is quod is propter uterum"), o citar a Bakunin en la cocina; y les encanta fumar y beber "trago corto" (copas) y jugar a hablar como Humphrey Bogart; y su pulcra voz múltiple termina por confundirse con la voz del narrador, algo que, sin embargo, no deja de resultar sugerente. Pese a que este tipo de personajes listillos y sabelotodo suelen ser más bien aburridos, aquí las citas y poses con las que aliñan sus alturadas pláticas las aceptamos porque es a través de ellas que podemos asomarnos al laberinto de la realidad peruana, una técnica tan elocuente y eficaz como la descripción de hipertrófica decadencia con la que se presenta esa Lima siniestra de los coches bomba, manifestaciones, crímenes políticos, hambre, miseria y huelgas, la "capital mundial de la desesperanza"; recurso del horridus locus tan frecuente en la novela de dictador: "En las calles, apenas transitables por culpa de un gentío gris de zombies, flotaba un paisaje inextricable de olores violentos: orines esquinados que empezaban a horadar las paredes de quincha, naranjas peladas y frituras caseras mezclándose con el humo turbio que exhalaban los micros descascarados y repletos."

La historia de estos pacatos ciudadanos ­los esposos Aníbal y Maria Fajís y los novios Mauricio y la chata Elsa­, el choque frontal contra su fatídico destino, pone de manifiesto la sórdida y oculta fábrica de pequeñas traiciones, hipocresías y secretos que conforman el día a día de la vida burguesa, y sanciona, de otro lado, el modo como las vidas más sencillas, comunes y corrientes, se vuelven víctimas de un orden establecido contra el que no se puede luchar, hormigas bajo la sombra paquidérmica de un Estado omnipresente, juez y parte, y cuyo poder tentacular parece abarcarlo todo. La intimidad por la que se despliega el narrador va dando oportunidad de expresión a sus protagonistas. La construcción o reconstrucción literaria del bloque narrativo finalmente nos demuestra que lo novelable, la aventura, e incluso el compromiso, afortunadamente aún pueden extraerse como piedras preciosas cuando se hunden bien las manos en el arroyo de la rutina.

La novela latinoamericana de corte urbano e intriga política vuelve pues a la carga con un autor que parece sacado de la vieja escuela, y que ha dicho de su estilo: "Tenía un interés por la cuestión técnica. Por eso me convertí en un estudioso de la obra de Vargas Llo-

sa, Carlos Fuentes y José Donoso. Quería aprehender el funcionamiento de sus novelas. Me dije: 'Vamos a ver hasta dónde se puede llevar esta técnica'."

¿Pero realmente el Aníbal de Benavides personificaría al Zavalita postmoderno de una nueva versión de Conversación en La Catedral? ¿Por qué nos lo recuerda? Ambas novelas encarnan dos momentos frustrantes en la historia política del país y se asemejan en el modo técnico y sinfónico con que pretenden plasmarlos, pero al margen de las cuestiones literarias, ambos personajes se diferencian principalmente porque en el caso de Zavalita la frustración peruana se manifiesta con el obsesivo y conocidísimo latiguillo "¿cuándo se jodió el Perú?", que revela una perplejidad que en el caso de Aníbal ha desaparecido, pues para él la frustración peruana es ya una realidad asumida; se nace con el pesimismo de que aquello no va a cambiar, y se empieza a vivir una vida detenida y escéptica ("el escepticismo de saber que ahorrar no sirve para nada era el mejor estímulo para vivir la inmediatez"). Aníbal, más que un personaje que mira hacia atrás buscando su frustración, su ruina, es un personaje estancado en el presente, que por futuro lo único que ve es un oscuro túnel sin salida.

Todo esto provocado por muchos años bajo un sistema caprichoso que da golpes de ciego acertando, sin determinismo previo, contra cualquiera, a la vez que los movimientos y aspiraciones de libertad se hallan confundidos en una crisis ideológica sin precedentes, fértil terreno de la dejadez, la inercia y el derrotismo, y todos discuten si causa o consecuencia del carácter criollo. El devenir de los días se instala en el impasse sin tiempo de una democracia quimérica que pretende salir adelante ­"sí, pero: ¿adelante es hacia dónde?" se pregunta Aníbal, el protagonista­ sin antes resolver sus problemas sociales, y cada uno va a lo suyo entre bares, fiestas y reuniones, con sus amoríos, desencantos, frustraciones y pequeños placeres, con el peso de sus carencias y confusiones afectivas, tratando de buscar el verdadero significado del amor, el matrimonio, la amistad; inventándose aventuras a fin de suplir la monotonía del trabajo, la universidad y el hogar, aventuras que van de la investigación detectivesca a la aventura por excelencia del mundo moderno: el adulterio; ignorando que ese Algo que nos aglutina ­la sociedad, el poder, las leyes­ no deja de exhibir en su sombrío crepúsculo la vulnerabilidad de los ciudadanos en un país donde la vida no vale nada.

La reafirmación de un notable escritor que confía en la literatura y que no separa el placer de su claro objetivo de denuncia social.

El año que rompí contigo, Jorge Eduardo Benavides, Alfaguara, Madrid, 2003 , 343 págs., 15,95 euros