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octubre
2001
Nº 94

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Tomás Eloy Martínez
Volar bajo, pero lejos
Roberto Herrscher
Tomás Eloy Martínez es un gran periodista
de investigación, y probablemente, junto con Gabriel García
Márquez y Rodolfo Walsh, de los mejores periodistas literarios
de Latinoamérica. La novela de Perón (1985) y Santa Evita
(1995) son obras maestras de narración, descripción e invención
de lo real. Martínez se interna en el corazón de dos personajes
apasionadamente contradictorios, habla con infinidad de personas cuyas
vidas fueron trastocadas por los torbellinos de Perón y Evita,
y cuenta con prosa magnética hechos tan increíbles como
las peripecias del cadáver de Evita o las oscuras maquinaciones
del brujo López Rega en el refugio madrileño del viejo general.
Estos dos libros, traducidos a treinta y seis lenguas
y devorados por todos los aspirantes a cronista en Argentina y alrededores,
son modelos de cómo ver, exprimir, entender y volver a inventar
los hechos que pasaron. Son, como define el periodista norteamericano
Gay Talese, "literatura de lo real" o como lo llama Ken Yagoda,
"el arte de los datos".
En ellos demostró Martínez una singular
maestría con el lenguaje. Como dice Mario Vargas Llosa, refiriéndose
a Santa Evita, las imágenes y metáforas se vuelven desmesuradas,
barrocas, excesivas, planean al borde del abismo de lo cursi, pero no
caen del otro lado porque esa invención verbal extrema se adapta
a la desmesura de lo que está contando. Lo genial de La novela
de Perón y Santa Evita es que en ellas el periodista lleva su oficio
hasta el punto máximo de sus posibilidades. Como reportero de la
historia, la huele, hunde sus manos en ella, se mete en los sueños
de militares, actrices y sindicalistas y vuelve de su viaje con una verdad
más densa, más rica que la que cuentan los demás
cronistas.
En El vuelo de la reina, Premio Alfaguara de novela 2002,
refulgen las mismas virtudes: la prosa tersa y evocativa permite al lector
recostarse en la cama o en su sillón favorito, con la seguridad
de encontrarse en buenas manos. Los personajes están deli-neados
con trazo tan firme que nos parece que los hemos conocido en algún
momento de nuestra vida. Las descripciones de rincones reconocibles de
Buenos Aires son agudas y certeras.
Pero Martínez, cuyo talento literario le permite
hacer volar una historia de hechos ciertos, encuentra dificultades a la
hora de inventar un mundo que no existe más que en su imaginación.
La mano del amo (1991), su anterior novela "de ficción",
un sofocante drama de crueldad familiar, es un proyecto interesante, aunque
fallido, porque se percibe permanentemente el intento de crear una realidad
paralela, verosímil, creíble. Se escucha la respiración
del esfuerzo por encontrar razones, causas y explicaciones para cada incidente.
Los personajes y los hechos de El vuelo de la reina también
son inventados. Pero se apegan tanto a una época y un lugar cercanos
a la experiencia del autor que en varios pasajes el esfuerzo parece haber
sido más por colocar detalles "inventados", que diferencien
la acción de lo que informan los diarios porteños, que por
crear una realidad nueva. Por otra parte, el escribir sobre hechos del
pasado reciente le permite al autor encontrarse con la fuerza expresiva
y con la riqueza estilística de sus obras de "no ficción".
Es pues una reina que vuela bajo, siempre a la vista de
las cosas del mundo, pero que vuela mucho y muy bien. Está escrita
con arte y pericia, y su intriga, si bien tiene un desarrollo previsible,
no permite abandonar la lectura hasta la última página.
La acción avanza con la potencia de lo inevitable. A medida que
se acerca el final, va desapareciendo todo lo no esencial y la tragedia
brilla como un cuchillo afilado.
Toda la novela gira en torno a una obsesión amorosa
de G. M. Camargo, tiránico director de El Diario de Buenos Aires,
un periódico cuyos titulares se parecen sospechosamente a los de
Clarín (el estilo clarinesco es enérgico y telegráfico,
narra cada historia como si no existiera otro periódico, de modo
informal y amistoso, pero con la amistad y la informalidad instrumentales
propias del político). Camargo, cuya biografía registra
hechos e incidentes similares a los de un puñado de influyentes
periodistas argentinos, se encapricha con una reportera de su periódico,
Reina Remis. Vive un accidentado romance con ella, y cuando la joven decide
dejarlo, él monta un alambicado plan para arruinarle la vida.
En la narración, se suceden el fluir de la consciencia
de Camargo, creativos episodios en segunda persona (donde el escritor
increpa y aconseja a su personaje, como hace Kundera en La lentitud),
y un plano en tercera persona que también refleja su punto de vista.
Página tras página, el director de
El Diario repite la rutina y la sucesión de autoexplicaciones
del obsesivo: para el obsesivo el tiempo no pasa y el pensamiento no avanza;
ambos son circulares. Por eso, los hechos externos a su persecución
adquieren relevancia: el mundo de la corrupción política,
económica y moral de la Argentina de los noventa. Ahí es
donde la novela se transforma en fábula de denuncia política,
porque al autor le resulta imposible desprenderse de su otro yo de periodista
argentino, fustigador y explicador del fenómeno político
que eligió como contexto y trasfondo de su historia de pasión
egoísta.
Cuando el periodista/novelista informa a sus lectores
sobre ese contexto, el tono de la novela se sostiene. Pero la magia se
rompe cuando los personajes, en vez de hablar entre sí con los
supuestos y sobreentendidos de cualquier conversación entre amantes,
amigos o colegas, usan sus diálogos (mejor dicho, el escritor usa
esos diálogos) para transmitirle al lector información que
los dialogantes no necesitan ni dar ni recibir.
Por ejemplo, en la página 205, Enzo Maestro, el
aceitoso jefe de redacción, quiere que Reina vaya a Colombia a
entrevistar a los líderes de la guerrilla. "¿Has oído
hablar de la zona de despeje, en Colombia?," dice Maestro. "Soy
periodista, se supone. He oído," retruca Reina. Y luego agrega:
"Un territorio del tamaño de Suiza, gobernado por guerrilleros."
Esta última frase no está destinada a su interlocutor, que
evidentemente lo sabe, sino al lector. Es como si en el teatro de la acción,
Reina (y en muchas otras ocasiones Camargo), abandonara la escena y hablara
a los espectadores, un recurso que Brecht usa para lograr distanciamiento
en sus obras, pero que aquí causa perplejidad.
Cuando los hechos periodísticos son los de la última
década en Argentina, en los que el periodista Martínez tiene
invertidos mucho trabajo y mucha pasión, el problema se nota más.
Remis y Camargo comienzan su relación en medio de una investigación
para develar una maniobra de hipocresía mística de un supuesto
presidente, y se afianza mientras colaboran en otra, sobre un contrabando
de armas en el que está involucrado el hijo del supuesto presidente.
Tomás Eloy Martínez, que escribió profusamente sobre
tropelías muy similares de Carlos Saúl Ménem y su
entorno, se complica en detalles algunos verídicos, otros
destinados a no hacerlo parecer un reportaje que llevan al lector
a acordarse de las noticias, alejándose de la construcción
del mundo paralelo que debe latir en el interior de las novelas.
A veces estos cambios le hacen cometer errores, como cuando
relata que los cargamentos de armas que negociaba el supuesto presidente,
en vez de ir a Ecuador (como los verdaderos durante el gobierno de Ménem)
se dirigían a Panamá y Costa Rica, los únicos países
del continente que no tienen ejército.
Pero al mismo tiempo este contexto tan "periodístico"
le sirve a Tomás Eloy Martínez como brújula para
avanzar entre las neblinas de una trama de amores y odios, traiciones
y agachadas. La Argentina de hoy parece haber sido creada por un Supremo
Novelista como escenario ideal donde ubicar una historia de crueldad y
destrucción de lo que se ama. En la Buenos Aires de los ejércitos
de pobres revolvedores de tachos de basura, de los cacerolazos y el corralito,
en la Buenos Aires violenta erigida sobre los cadáveres de 30.000
desaparecidos, suenan lógicos los delirios de un hombre cuya inteligencia
y sensibilidad no le sirven más que para torturar moral y físicamente
a los que dependen de él.
El vuelo de la reina no es una gran novela, porque no
crea un "mundo de Tomás Eloy Martínez". Su mundo
es el que nos rodea, lo mismo que en Santa Evita o en La novela de Perón.
Pero si no nos regala un universo nuevo, es indudable que hace más
rico y perturbador éste. Lo cual no es poco.
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