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junio 2002
Nº 90

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Historia particular de la nostalgia
Ramón González Férriz

Cuando la mejor literatura que se escribe en un momento y lugar determinados ­pongamos, por ejemplo, ahora en la Europa continental­ se asemeja entre sí, y se asemeja sobre todo porque parece extemporánea, es que alguien, o la contemporaneidad o nosotros, ha vivido largo tiempo equivocado. Los anacrónicos y ya improlongables periplos rurales de Sebald, los egotistas soliloquios del narrador Javier Marías (de Javier Marías) o la densa geografía intelectual de Magris así parecen indicarlo: a pesar de que todos estos sean rasgos suficientemente afines como para juntarlos en una carpeta que todavía no tiene epígrafe, siguen siendo sólo ramificaciones intempestivas de la escritura actual, propuestas que sólo gracias a su brillantez pueden asomar la cabecita entre el marasmo satisfecho e irregular de la novela de verdad, la novela novela.

Un mundo pequeño

En un tono menor, y también de manera menos importante, Historia universal de Paniceiros viene a sumarse a esta heterogénea y provisional genealogía. "Mi mayor ambición literaria", asegura el narrador en la primera página, "es retratar la vida, como fue o como soñé que era, de un lugar que no tiene más de cuarenta habitantes". Paniceiros, una aldea asturiana de la que quedan en pie sólo dieciséis casas, es el modesto universo que Xuan Bello reconstruye a partir de sus recuerdos de infancia, de las historias que le contaron, de la pertinaz presencia de la literatura. Y todo ello con el único objeto ­y no es poca cosa­ de darnos a conocer la notoria abundancia de hechos relevantes que pueden suceder en un mundo pequeño, cerrado y condenado. A partir de ahí, de la acumulación de fragmentos de distinta naturaleza, se configura el perfil de esta pequeñez con vocación universal. La construcción del Paniceiros literario es la suma de todos los relatos que se cuentan en él ­especialmente los que cuenta el narrador de la historia­ y probablemente poco más que eso: cuatro casuchas en el culo del mundo donde confluyen un lector de Borges y una niebla espesísima, la mitología celta y unas cuantas viejas chismosas, niños en pantalón corto y una naturaleza ambivalente. Todo ello es, y lo digo sin la menor ironía, de una trascendencia sorprendente.

Pero sucede que en este proceso de reconstrucción Bello echa mano de un tono con el que debe cargar su inusitada riqueza literaria y que le condena a ese lugar menor al que aludíamos: la nostalgia. En efecto, si Los anillos de Saturno, por volver a un ejemplo evidente y con el que Historia Universal guarda notorias semejanzas, estaba presidido por la melancolía, por la pesadumbre, aquí la sensación predominante es la de añoranza de un mundo perdido, de vagas resonancias ecológicas o telúricas y moralmente superior. Por eso el libro adquiere un aire inequívocamente romántico: el narrador se va haciendo a sí mismo a través de su relación con el medio pagano y natural, preurbano, y une la sensación de pérdida de un mundo irrecuperable con el alejamiento de la infancia. La formación de un cronista que oye u observa y luego cuenta es paralela y está estrechamente relacionada con la destrucción de su paisaje, y de ahí que toda la narración se convierta en un largo adiós, en una despedida emocionada de lo que configuró la vida de un hombre y ya no podrá configurar nada que no sea su propio entierro.

Ello marca y lastra toda esta Historia universal de Paniceiros, pero no oculta su valor. Porque si es romántico debe también ser irónico: "Además, la inestabilidad del tiempo nos permite [a los asturianos] un relativismo espiritual único en el mundo. Nada dura, nada hay seguro, nada permanece, nada desaparece para siempre. El cielo puede estar limpio, sin una nube, el sol puede estar calentando la verde hierba, depositando en las hojas un sopor de infancia. Los ojos miran ese azul rubensiano más teórico que real, y se complacen en el calor, en el buen tiempo, pero miran escépticos: saben que en unos pocos minutos la mañana puede cambiar, meterse en agua y revestir de grises el encendido corolario del día. Tampoco desespera el anfibio asturiano cuando el cielo echa agua a jarros: nunca llovió ­ya se sabe­ que no parara." Historia universal está repleto de resonancias que se explicitan a lo largo del libro: Pla, la poesía china, Cunqueiro, el habla popular, el Naipaul de El enigma de la llegada o la materia de Bretaña. Todo ello matizado por una querencia por lo epifánico, por las verdades naturales reveladas: "Ese descubrimiento esencial, casi infantil, de que en el vuelo de una paloma o en el salto de una trucha hay algo que puede ayudarnos a desentrañar nuestro destino." Y por un cuidadoso trabajo estilístico: la mezcla de las fórmulas rurales (que acompañan a veces a una simplicidad simulada) y de una prosa tranquila, sentimental pero irónica, acaba solventando el dibujo del mapa de un mundo minúsculo y laberíntico como el hueso de un melocotón. Todo ello sustentado, a pesar de su carácter fragmentario, en una poética de la digresión lujosamente omnicomprensiva.

Y es que Historia universal de Paniceiros es sobre todo un ejercicio divagatorio que se expande sobre un enrejado tan limitado como esas dieciséis casas que quedan en pie y tan vasto como la memoria: "como el hilo es largo, y tiro de él y no se rompe, voy a seguir tirando, sacando del pasado aquellos recuerdos míos, que primero fueron de otros." Por su carácter casi recopilatorio ­leyendas y narraciones en primera persona, fotografías y poemas­ se podría decir que tiene una vocación antológica, de florilegio milagroso de un mundo por descubrir. Pero no por ello oculta su carácter transhumante: a veces da la impresión que el narrador se limite a pasear, con los oídos y los ojos muy abiertos, por un territorio lleno de significaciones: la historia de Pepe Cabanón, un emigrado a Argentina que regresa con un libro de interpretación de los sueños y juega a adivinar el futuro por una perra chica; la repentina percepción de la belleza de los plátanos de Oviedo, que van siendo ominosamente derribados por el alcalde; la vocación individualista de los cantes tradicionales asturianos Sí, todo ello tiene un aire ligeramente carrinclón, demasiado teñido del prestigio que adquiere el pasado a los ojos de un exiliado ­un exiliado porque su pueblo desaparece o porque abandona la patria moral de la infancia, es lo mismo­, pero aquí, y con todas las reticencias que podamos sentir ante la exaltación de la nostalgia, adquiere una vivacidad literaria que funciona con la precisión admirable de los juguetes antiguos.

El mundo rural desaparece y ya lo que no es urbano apenas es nada. La posibilidad de que existan lugares que convoquen "quién sabe qué fuerzas, quién sabe qué extraño magnetismo" parece ya remota. Y casi es preferible que las que serán abuelas, formadas en la dócil cháchara de la televisión, no cuenten su pasado a los que serán sus nietos. Si todo esto ya lo sabíamos, ¿por qué resulta Historia universal de Paniceiros un libro inteligente y raro? No será porque en él no se repitan algunos clichés ("Un hombre que sueña es a la vez hombre y dios" o "Vivimos en un mundo en el que estamos lejos de los árboles, lo que podría significar que estamos lejos de nosotros mismos"). Ni porque el hecho que sustente su discurso en el ámbito de la añoranza pueda conmovernos especialmente más allá de una solidaridad un poco tarambana. Pero lo cierto es que su empeño en reconstruir mediante historias menores, narraciones fantásticas y anécdotas personales una suerte de Arcadia de bolsillo acaba siendo notable. Quizás sea por su pertinencia, por su capacidad para sumarse a esa cuerda de libros que se aferran a una tradición, por pequeña que sea, como si de ello dependiera todo ejercicio de supervivencia literaria. O por su vocación menor a pesar de su mérito universalista. En cualquier caso, y más allá de su oportunidad para abundar en debates especialmente en boga hoy en día ­la relación entre realidad y ficción, la identificación entre autor y narrador, la posibilidad de que la novela como género esté desembocando en un híbrido entre la autobiografía y el libro de viajes reales o literarios­ Historia universal de Paniceiros es una apuesta por la recuperación de ciertas constantes narrativas que, aun oscilando peligrosamente entre el moralismo y el costumbrismo, parecen rentabilizar ahora tantos años de penitencia. La digresión, el detalle, la ironía, la memoria o la estilización de las hablas rurales responden aquí a ese intento anacrónico y agonístico de plasmar un ámbito moral que quizás se justifique a sí mismo sólo por su inminente desaparición. Paniceiros, esa aldea de cuarenta habitantes, un lugar en el que todas sus casas tienen un nombre ­que además es citado, hasta alcanzar ese número dieciséis, en un párrafo de nueve líneas­, donde confluyen románticamente las nostalgias de un adulto y la invariable constancia de la muerte, es un lugar que merece ser visitado. Al menos, y por lo que a mí respecta, en forma de historia universal.