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noviembre 2001
Nº 83

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Personajes huyendo de autor
Leonardo Valencia

Una candente línea de conciencia se tiempla en los personajes de la ficción contemporánea. Conciencia no sólo del mundo que los rodea sino de su propia condición de seres de ficción. Ya en 1921, en el prólogo a Seis personajes en busca de autor, se preguntaba Pirandello qué es, para un personaje, su propio drama. Respondía que tal drama es la razón de su existencia. Situación largamente proyectada desde Collodi hasta Las ruinas circulares de Borges y los robots sentimentales de Inteligencia Artificial. Hasta ahora todo bien y reconocible. Pero lo novedoso en la interrogación de Pirandello era de otro orden. El proceso de autoconciencia inscrito en el personaje como tal ­¿soy, entonces, un ser de ficción?­ trastoca para siempre el plano de realidad estático en el que se movían los personajes literarios. Los de Pirandello buscaban desesperadamente un autor para constituirse como personajes convencionales, anulando su naturaleza potencial, ciertamente poderosa pero afantasmada. Inverso síndrome de Pinocho: se saben de carne y hueso pero, para sobrevivir, quieren ser de madera. Llegados a este punto, demos un paso adelante. ¿Qué ocurre cuando un personaje trata de resistirse a ser personaje? ¿Qué si quiere seguir siendo de carne y hueso para poder morir? ¿Qué pasaría si huye del autor y lo sabotea para no caer en la voracidad de las ficciones que hacen de la realidad una ficción más? Un personaje que huye de un relato real, puestos a ello.

Construido a modo de informe, Shiki Nagaoka: una nariz de ficción, se mueve entre tales interrogantes. Esta breve novela de Mario Bellatin (México, 1960) es una exposición razonada de notas en torno a la vida de Shiki Nagaoka, precoz escritor japonés del siglo xx, autor de monogatarutsis o relatos cortos, entre otros libros. Su creación literaria, sin embargo, no es lo relevante en él, sino su descomunal nariz. Es por esa nariz que su fama se expande y suscita desde bromas hasta alusiones a males legendarios. Herido en su vanidad, Nagaoka se dedic primero a un monasterio, para evadirse del mundo y resistir, sin resultado, el paso al plano de ficción. No lo logra porque incluso en el claustro continúan burlándose de él, por lo que Nagaoka vuelve a la sociedad y se retira discretamente a su oficio de fotográfo y escritor. Trata de ocultar su preponderante nariz, como cuando la borra de la supuesta foto suya que consta en la portada del libro. Nagaoka seguirá sobrellevando su estigma, sin mayor resultado, hasta su trágico final. Además del compendio de notas que narran su historia, el libro trae una bibliografía mínima, un amplio archivo fotográfico ­en la línea de W. G. Sebald o Javier Marías­ y dos relatos, uno anónimo y el otro de Akutagawa Rynosuke, que darían fe de la existencia real de Nagaoka.

Novela que habla de libros, Shiki Nagaoka: una nariz de ficción dialoga con el libro potencial que se abre en él. Las fuentes que explican la visión artística de Nagaoka son un Tratado de la lengua vigilada y Foto y palabra, y el libro testimonio de la hermana: Nagaoka Shiki: el escritor pegado a una nariz. Es decir, libros probables que hablan sólo desde el procedimiento que los construye.

Pero no sólo se habla en esta novela de otros libros, sino de la conciencia que adquiere la novela al reapropiarse de quien pretende escapar de su red de captura. La ficcionalización que quiere eludir Nagaoka vuelve con más fuerza a secuestrarlo pero camuflada por un replanteamiento del género. Entonces, ¿de qué novela estamos hablando? Hablamos de una novela inusual, aunque los recursos de Bellatin son los más previsibles: son documentos. ¿Tienen validez, son una falsificación borgiana? Aquí el referente japonés está protegido por las limitaciones de la percepción occidental. A la gran mayoría que no sabe japonés, no le queda más que girar en torno a imágenes preconcebidas de lo que debería tener un escenario japonés o cualquier otro de acceso restringido. Y, en efecto, a modo de ejemplo, una de las fotos incluidas en la novela, donde aparece una mujer con un libro con ideogramas japoneses en la portada, y de la que el narrador dice que es un libro de Nagaoka, en realidad es de otro autor y tiene otro título. ¿Existe Shiki Nagaoka? En última instancia, ¿importa esto?

Lo que se evidencia conforme se avanza en la lectura de Shiki Nagaoka, es la Gran Carcajada que la corroe: la narración se ríe del habitual lector de novelas que busca contenidos, referencias, datos ­léase Japón­ y que se deja convencer, debido a lo verosímil, por las grandes frases programáticas y las evidencias fotográficas del ambiguo narrador de la novela. Lo notable, por lo tanto, no es el discurso posible que pretende difundirse sobre un autor también posible, sino la manera en que la novela expone sus materiales y problematiza su forma con una reescritura oblicua o literatura en segundo grado.

Y éstas son las coordenadas planteadas por Bellatin al postular determinada escenografía cultural. Sus novelas, hasta El jardín de la señora Murakami, eludían las coordenadas geográficas o culturales. Para Bellatin no accedemos a la realidad con los simples datos, sino que estamos suspendidos en un espacio diferente a través de determinados códigos, de los que el escritor, en su dimensión más rebelde, sólo llega a dar cuenta saboteándolos por omisión o parodia. La muestra más lograda de Bellatin en este sentido es Poeta Ciego (1998) novela sobre un secta imaginaria narrada con el rigor de un relato iniciático.

Distinto al mundo de Shiki Nagaoka: una nariz de ficción, es lo que ocurre en una novela anterior de Bellatin, Salón de belleza. Aquí no se cuenta con un asidero específico a un entorno ­no se sabe dónde transcurre la historia ni el nombre del protagonista ni el de nadie­ pero la voz narrativa construida en primera persona se vale de este recurso para transmitir una realidad mucho más cercana aunque innominada. Relato llano y sin sorpresas formales, retrata un mundo enrarecido por una peste sin nombre. Un peluquero convierte su gabinete de belleza en un Moridero de desahuciados, y nos cuenta su derrumbe al verse infectado. Como contrapunto, otro plano de la novela describe la pasión del narrador por los peces. Peces que, a diferencia de los seres humanos, sí tienen nombre, por lo menos de especie. Por la cercanía de los dos planos, el retrato animal facilita asociar la condición de los peces a la que se ven obligados a sufrir los desahuciados. No hay salvación para ninguno. Estos planos paralelos que parecen no tener punto de encuentro ­como sustantivo y adjetivo que se resisten por inesperados­ terminan por converger en la realidad física que se revela gradualmente: la condición mortal. En aquel Moridero, los cuerpos disminuidos de los desahuciados parecen trasmutarse en simples peces que, a la inversa, adquieren una dimensión magnificada en el espacio cristalino pero sepulcral de una pecera. Ambos son el experimento de un narrador lúcido que busca sobrevivir de cualquier manera y que establece una disciplina aséptica para que los moribundos fallezcan sin miramientos. Menos arriesgada formalmente, y punto de quiebre entre las novelas de Bellatin hacia una línea más bien tradicional, Salón de belleza se aventura con ciertas garantías a un conflicto de orden realista y de época, con su respectiva carga ética que la problematiza por partida doble: el estatuto de los moribundos y el disimulo de la sociedad que los abandona. Metáfora del sida, testimonio descarnado de un infectado, la suma de sus factores da un resultado más sensacional y llamativo.

Es recomendable una lectura paralela de estos dos libros, por la oportunidad para contrastar las ventajas de recurrir a las concesiones del género, como en Salón de Belleza, donde la realización es limpia, más modesta pero más efectiva, frente a los riesgos de Shiki Nagaoka: una nariz de ficción. Riesgo admirable en lo que tiene de sí, pero sin dejar de señalar que está más cargada de proyecto que de logro, por un discurso que se superpone en exceso a la realización narrativa, al modo de cierto arte conceptual sobrevalorado, donde el prometedor planteamiento de la nota expuesta junto a la pieza artística no corresponde a la realización de la pieza en sí misma. Estas dos son líneas de trabajo que señalan con fuerza los extremos de un camino que recorre Mario Bellatin y que podrían converger en cierto momento, como ya ocurrió en su novela Poeta Ciego (1998). Pero esa convergencia en la Obra Definitiva que barre con las convenciones e instala un incómodo silencio rodeado de imitadores, es poco probable en Bellatin, porque este tipo de autor disfruta más en la condición provisional de una obra en marcha.