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octubre 2001
Nº 82

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D´Artagnan contra los mosqueteros
MIHÁLY DÉS

A mí no me venga, joven, con un magnífico primer acto. Tráigame mejor un tercero decente", se dice que decían antaño a los aspirantes de dramaturgo los directores de compañías saineteras que, como bien se sabe, sabían un montón sobre el oficio. El lector profesional comparte esta visión teatral de la literatura, ya que también la mayoría de las novelas falla en el tercer acto, descontando, claro, todas aquellas ­la aplastante mayoría­ que ya nacen fallidas. O sea, el problema más frecuente de las obras que realmente prometen consiste en que no llegan a cumplir su promesa: se desinflan, pierden nervio, quedan desaprovechadas, no pueden resolver el desenlace, no dan para un tercer acto o estilísticamente empiezan tan ambiciosas que no hay quien las aguante hasta el final.

Tomando en consideración este generalizado mal literario, llama la atención la novela del argentino Marcelo Birmajer (Buenos Aires, 1966) que, siendo excelente desde la primerísima frase hasta la última, cojea también desde el mismo inicio. Semejante contradictio in adjectio puede darse porque en esta obra se desarrollan dos historias paralelas que no se resuelven con la misma destreza. Por un lado, tenemos el relato de los tres mosqueteros argentinos, judíos e izquierdistas de los años setenta. Dos de ellos desaparecieron durante la dictadura militar, y el tercero ­un tal Elías Traúm que había pasado las dos últimas décadas en Israel­ vuelve para despedirse definitivamente de su país. Javier Mossen, un joven periodista también judío recibe el encargo de entrevistar al supervivente exiliado y, de esta manera, descubrir y contar la historia de los tres amigos.

Pero de ahí no sale gran cosa: algunas anécdotas más o menos curiosas, demasiada exaltación de la excepcionalidad de los dos muchachos fallecidos y unos diálogos forzados entre el periodista y el visitante, tipo

"­Me imagino que para usted el mote de 'perseguidos' no le aporta mayores valores políticos o morales, ¿no?

­No, no lo aporta ­reconoció Traúm­. Es más, tengo mayores motivos que vos para detestar a la organización Montoneros..."

Como si fuera poco, la vuelta de Traúm a Argentina está envuelta en una nebulosa trama policial que inculye un quasi atentado sin autoría revelada ni motivaciones justificables.

Pero junto a esta no demasiado lograda novela de aventuras con sombrío trasfondo político, hay aquí (un) otro hilo narrativo, basado en un tono diferente, que convierte esta obra en una importante novedad literaria y su lectura, en un acto de supremo placer. Ésta es la parte que trata la vida y milagros del joven periodista contados por él mismo, o mejor, trata las neuras y desgracias de un judío bonarense que detesta su profesión, no sabe qué hacer con su identidad, es un erotómano confeso y practicante, y acaba de ser abandonado por su mujer.

En cuanto a lo primero ­su relación con el trabajo­, baste decir que prefería inventar sus entrevistas antes de consultar a los entrevistados (el mosquetero supervivente resultó ser una excepción), que le aburría tanto su propio periódico que dejó de leerlo y que poseía una "vocación por la inutilidad, la dificultad para ser encuadrado en alguna labor eficaz y la inteligente sumisión de quien sabe que toda tarea que le asignen es una muestra de bondad por parte de sus empleadores."

A todas luces Javier Mossen es un héroe de nuestro tiempo, un neurótico perdido cuya depresión se esfumaba tan sólo para que sea "rápidamente sustituida por la ansiedad y el temor". Pero también es un neurótico muy vital. Al menos sexualmente. No hay mujer o situación que no despierten sus fantasías eróticas. En el despacho de su jefe ve a una hermosa señora de cierta edad que "no necesitaba más que estar sentada para que uno quisiera verla en todas las posiciones". En cuanto a las posiciones, Mossen tiene una palpable preferencia. Y ni siquiera falta que la mujer esté presente o que le caiga bien: "Encendí nuevamente la radio y le asigné un castigo sexual a la locutora por cada estupidez que decía. Todos eran variaciones de la sodomía."

Esto de que la mujer sea joven o hermosa no es ninguna condición sine qua non para despertar su apetito sexual. Se acuesta, por ejemplo, con una horrenda vecina bien entrada en años y carnes y luego constata con satisfacción que "todo era cierto: sus pechos estaban arrugados pero tenían la consistencia mágica del odio sexual, su cintura era un despropósito pero se torneaba en su avidez; y el resto era una perversa petición de auxilio, tan honda que cualquier hombre se hubiese sentido heroico al satisfacerla."

Por si los ejemplos citados no lo hubieran dejado claro, Mossén no es un conquistador clásico, sino un seductor ávido pero torpe, un Charlot del sexo inocentemente perverso. Y por esta misma razón, la inmensa gracia de sus aventuras no está tanto en sus hazañas amorosas, como en la manera de cómo las convierte en derrotas y complicaciones. Por ejemplo, la razón por la cual su mujer lo abandona es que él, en su incapacidad de distinguir entre fantasía erótica y protocolo conyugal, le cuenta su historia con la horrenda vecina.

La mirada condicionada por una permanente incomodidad hedonista y un gozar quejica es el mayor acierto de la novela porque estructura todo el discurso narrativo y de ahí ya todo sale redondo, o sea, grotesco y burlón, como digamos en el caso de Woody Allen, con quien la crítica ha asociado a Birmajer y con el cual el narrador argentino ciertamente es asociable. Sin embargo, el humor neurótico, el tono irreverente, la mirada maliciosa y el discurso delirante de Birmajer se insertan en una vasta tradición judía laica, cuyos exponentes más cercanos en el tiempo y en el mercado son Philip Roth (en El lamento de Portnoy, por ejemplo) o Joseph Heller (sobre todo, en Gold as God, curiosamente una novela también de doble cosido, de los cuales el hilo socio-político es más opaco y el hilo del ámbito privado es directamente genial). Pero a esta misma tradición, en cuya prehistoria está el chiste judío analizado por Freud, pertenecen autores europeos como Svevo (antes que nada en La conciencia de Zeno) y hasta Bruno Schulz, además de una serie de narradores del Este poco o nada conocidos por estos lares, desde el húngaro Frigyes Karinthy hasta el ruso Serguéi Dovlátov. Birmajer sería uno de los pocos si no el único digno representante en castellano de esta gloriosa tradición.

Llegando a este punto de referencias y reverencias, cabe evaluar cuál de las dos caras de esta novela se imprime con mayor nitidez en la memoria del lector: ¿la cruz de los tres mosqueteros argentinos o la cara del cómico y neuras D'Artagnan? Sin la menor duda, esta última: tiene mayor fuerza, impacta más y tonalmente domina la obra. Incluso, si el autor no hubiera creado tantas expectativas ante las cuitas de los tres amigos (desde el título mismo hasta la poco convincente trama policial) tendríamos una novela perfecta con retazos de un pasado terrible que contrapuntean los desvaríos de un joven periodista bonarense.

Juzgado por este primer libro suyo que sale en España (en América Latina ha publicado más de veinte), Birmajer está en posesión de una fórmula mágica (bueno, de un discurso, un voz, una mirada) que puede funcionar incluso cuando el autor no tiene gran cosa que decir. Éste es un extraordinario don, pero también un peligro. Resulta bastante lamentable que habiendo publicado tantos libros (algunos incluso en Alfaguara Argentina, otros en Grupo Norma, cuyos libros no circulan en España), el lector español no tiene la oportunidad de calibrar la verdadera dimensión de un autor tan talentoso.