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septiembre 2001
Nº 81

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'Cien días del milenio'

La nostalgia ya no es lo que era
RamÓn GonzÁlez Férriz

Todavía sigue siendo infrecuente en este país que un hombre de cultura ­casi diría que cualquier hombre­ se declare conservador y católico. Y más todavía si no se trata exactamente de un partidario de lo ya existente, sino de un amante del clasicismo que antepone a todo el respeto por los valores adquiridos y el rechazo paradójico y frontal a la idée reçue. No es fácil este papel en España: las supersticiones de derechas han sido tantas y tan ridículas, y la percepción de la existencia de supersticiones de izquierdas es tan reciente, que la confusión entre conservador y reaccionario acusa con un dedo inflexiblemente belicoso a los que osan no contar con una juventud maoísta. La ditirámbica herencia del conservadurismo español y la inexistencia de una tradición liberal católica sólida vienen a complicar un poco más las cosas.

Valentí Puig (Palma de Mallorca, 1949) podría convertirse en el paradigma de esta posición difícil. Ocupa un cargo de importancia en ABC, ha estudiado con detenimiento a Josep Pla ­el escritor más incómodo de la literatura catalana­ y asiste a los acontecimientos políticos del país y el mundo con la sagacidad y la tozudería de un rabino. Cien días del milenio, dietario de los tres primeros meses de este año, refrenda este perfil tan voluntariosamente esculpido: reflexión literaria y hedonista de un bon vivant, análisis político de un tory culto, crítica social de un republicano de Nueva Inglaterra. Se le notan ganas de molestar y provocar ­"De todos los presidentes de Estados Unidos que recuerdo, Reagan es el más admirable y Bush senior es el que más me gusta, por su estilo físico, por una cierta concepción patricia"­, de ahogar el prestigio del progresismo en las aguas de un hipotético sentido común, pero sobre todo se advierte su intención de dotar de calado intelectual una posición cuyos representantes en este país apenas alcanzan a ser Ansón y Campmany. Estamos apañados.

¿Cómo solucionar esta soledad y buscarnos padres adoptivos con carácter? Mediante una meritoria adscripción al conservadurismo anglosajón, incluso a la peculiar tradición del catolicismo inglés ­a la que él mismo se refiere­. Sucede, sin embargo, que se cuida mucho de no citar en más de doscientas cincuenta páginas a Margaret Thatcher ­la cita una vez, pero de pasada­, John Major o William Hague, las más recientes lumbreras del partido conservador británico. Y no pudo intuir que a estas alturas del año Portillo agonizaría políticamente en su defensa de una homosexualidad practicada. A la vez, reconoce su admiración por ciertos republicanos norteamericanos ­Reagan, Bush senior, Bush junior­, pero tampoco cita un solo giro netamente ideológico de los republicanos que pueda compartir. El lector disculpará la extensión de una cita que me parece relevante: "Medianoche en casa, montecristo, ordenador, una copa. Hoy por la mañana estaba en COM Ràdio y me han preguntado cómo lo hacía para construirme un personaje. La verdad es que, desde las épocas más oscuras de la adolescencia, no creo haber adoptado una pose, ni ningún estereotipo. Hace años que llevo corbata y que respeto las formas que me enseñaron." ¿Cómo se puede ser tory sin tories o republicano sin republicanismo? A mí sólo se me ocurre que ha optado por una solución inventada, estética e intelectualmente coqueta y lúcida, de pensador con corbata y puro en los labios, que el propio Puig niega. Pero ya sabemos que nunca un autor es el crítico más perspicaz de su obra.

A este acercamiento al mundo intelectual anglosajón debe sumársele el peso de la tradición catalana, que sí ha elaborado un discurso político conservador estable ­la democracia muy cristiana, muy burguesa y de vez en cuando nacional­ y un periodismo menos refitolero que el castellano pero probablemente más rico ­Pla, Sagarra, Gasch, Gaziel­. El Valentí Puig de Cien días del milenio come en los mejores restaurantes de Barcelona con políticos y escritores, pasa los fines de semana en una casa alejada de la ciudad, lee la prensa extranjera y siente la tentación de convertirse en un escritor cívico, feliz, informado y ecuánime. Y todo ello, inevitablemente en un hombre de su perfil moral, con el pleno convencimiento de que toda decisión debe ser ponderada para evitar que contribuya a la decadencia del mundo. "No parece, de verdad, que el futuro sea la melodía sino la disonancia", dice añorando a Rachmaninoff y el "buen jazz" ­que debe ser, según parece, el anterior a la Segunda Guerra Mundial­. Y esta apresurada crítica al estado de las partituras a principios de milenio puede servir como vara de medirlo todo. Estamos, probablemente, ante un verdadero senyor de Barcelona.

(Contínua en la revista)