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julio - agosto 2001
Nº 79/80




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Quim Monzó
'Ochenta y seis cuentos'

De lo próximo y de lo lejano
CARLOS GUZMÁN MONCADA

Para el lector poco familiarizado con las importaciones de la literatura contemporánea escrita en catalán en el medio de lengua española, la aparición de un volumen de casi quinientas páginas como la traducción de los Ochenta y seis cuentos de Quim Monzó (Barcelona, 1952), podría resultar tan normal o bien tan relevante como la publicación de cualquier otro autor de nuestros días, siempre que fuese capaz de dedicarle la misma atención a un género tantas veces tildado de menor. En cambio, para quienes están ya algo acostumbrados a comprobar el modo tan irregular en que se manifiesta el interés por las otras literaturas de la península Ibérica en el medio español, es posible que incluso esta publicación no acabe de convencerles. En cualquier caso, su sola presencia ya es constancia de un hecho: de que más allá del ninguneo o el interés de temporal, el tránsito de una literatura a otra existe, insiste; de que el camino es viable, y merece la pena que el lector lo recorra a conciencia y, si es posible, incluso acompañado.

Y porque justamente eso ­compañía­ es lo que un lector en lengua española, familiarizado o no con esas otras literaturas peninsulares, tiene menos a mano cuando decide hacer ese camino, la exploración de los Ochenta y seis cuentos de Quim Monzó no perdería nada si se relacionase con algunas de las manifestaciones editoriales y críticas recientes dedicadas en el medio español a las letras catalanas de hoy. Aun cuando me refiero a hechos muy concretos ­la nueva edición de la Antología esencial de la poesía catalana contemporánea, de Corredor-Matheos, el volumen Mar y montaña. Antología de cuentos catalanes contemporáneos, y las secciones monográficas dedicadas a esta literatura en dos publicaciones periódicas, una de ellas en las páginas de esta misma revista, y otra en Cuadernos Hispanoamericanos­, no es en calidad de bibliografía complementaria que quiero traerlos a cuento. Los menciono, antes que nada, como constancia de un tesón personal ­a veces incluso compartido­; como muestra de fidelidad a la convicción, puesta en duda a menudo no sólo fuera sino aun dentro del propio ámbito catalán, de que el binomio literatura más catalana no es un número imaginario o una cifra imposible y, en fin, como un desafío para propios y ajenos: el de arriesgarse a descubrir cuán ancho es también el mundo en el poblado más próximo; el de animarse a salir del entorno inmediato y ver con ojos extrañados, sin falsas esperanzas ni sordos convencimientos, ese trozo de nada que llamamos realidad. Aspectos todos ellos que testimonia a carta cabal la traducción de los Ochenta y seis cuentos de Monzó.

Además de hacerle compañía, las manifestaciones editoriales y críticas mencionadas arriba pueden ser útiles al lector para poner en discusión ­quiero decir, en diálogo apasionado y crítico­ lo que ha supuesto, para el ámbito catalán, que un escritor como Monzó reúna casi todos sus cuentos, y lo que implica ahora hacerlos resonar en el medio español. Desde luego, para leer a Monzó no es imprescindible que el lector no familiarizado con esas otras literaturas hispánicas conozca cuáles han sido las condiciones de desarrollo cultural en Cataluña, al menos en el último medio siglo. (Por no saberlo, no lo saben ni siquiera muchos lectores especializados y letraheridos que viven en Barcelona.)

Pero no hay duda que una lectura dispuesta y predispuesta a asimilar, sin más, a este escritor catalán entre los happy few que han sido traducidos y reeditados en español, tratándolo como un escritor español, no sólo omite algo muy importante cuya naturaleza problemática está en la raíz de la propia escritura de Quim Monzó; además, contribuye involuntariamente a esa minorización, ejercida desde dentro y desde fuera de Cataluña, de la que se nutren algunos de los peores ismos ministeriales y partidistas. Porque Monzó ­pese a lo que dice alguien tan autorizado como uno de los dos traductores del libro, Javier Cercas, con una frase que pasa sólo como facècia­, no es "un escritor argentino que escribe en catalán" porque "viene de Borges, de Bioy, de Cortázar, destilados en un alambique donde conviven también Calvino, Manganelli, Saki, Handke o ciertos autores del posmodernismo norteamericano, como Donald Barthelme".

Es, justamente, un narrador que, habiendo afirmado en reiteradas ocasiones que "eso de Cataluña se ha acabado", que el catalán "está en plena agonía" ­"siento", lo ha dicho más de una vez, que "bajo mis pies el país desaparece"­, por obra y gracia de su personalísima estirpe literaria y mediática ha llevado a cabo una exploración profunda y sostenida de las posibilidades vivas de la lengua en que escribe, no para enterrarla definitivamente, sino para servirse de ella sin ningún miramiento ni preservativo lingüístico. Lo cual, al fin y al cabo, es la muestra más llana de vitalidad.

Esto es lo que Monzó ha llevado a cabo en Ochenta y seis cuentos. Sólo a primera vista es la compilación de sus libros de cuentos publicados en catalán hasta 1999: Uf, dijo él (1978), Olivetti, Moulinex, Chaffoteaux et Maury (1980), La isla de Maians (1985), El por qué de todas las cosas (1993) y Guadalajara (1996). En realidad, la labor de Monzó ha ido más allá de apilar títulos anteriores: ha eliminado cinco textos del primer libro y uno del segundo y, sobre todo, ha reescrito de modo contundente la tesitura de buena parte de los textos hasta La isla de Maians. Si bien, como él mismo afirma, ha intentado que cada vez más la procesión de sus relatos vaya por dentro, disfrazada de ropa del diario o incluso de estar por casa, el resultado final de la reescritura patente en Ochenta y seis cuentos no es lineal: se proyecta por series, avanza en varios frentes, toca varios registros. Por el carácter obsesivo, circular, irónico, contradictoriamente desenfadado y pesimista, inquietantemente anodino o bien metaficcional de los argumentos de sus relatos, Monzó ha sido comparado a menudo con autores tan variopintos como Kafka, Borges, Cortázar, Bontempelli, Handke, Coover o Cabrera Infante. Pero al hacerlo, se ha olvidado añadir más de una vez que ese carácter de sus cuentos arranca desde la desestabilización paródica de los mismos modelos de lengua que utiliza. Los personajes a menudo sin nombre y en proceso de disolución de toda certeza que habitan sus relatos son inseparables de la lengua en que se desintegran, de las palabras en que se diluyen sin darse cuenta: sea el habla artificiosamente xava de la Barcelona barrial o periférica, sea el catalán contaminado de castellanismos sin los cuales no suena natural, sea el habla leve de la conversación elevada a principio de ficción, sea el habla desarraigada de los medios de comunicación opuesta a la raigambre del habla más netamente popular. Como en la literatura sin más, aquí la lengua no tiene más frontera que la que le impone el gozo de crear. Y eso, Monzó lo ha conseguido escribiendo sólo en catalán.

Me resulta difícil intentar predecir hasta qué punto el lector en lengua española podrá percibir esa inestable familiaridad que Monzó genera en su lector catalán. Dirigida sobre todo al mercado español, la edición de Ochenta y seis cuentos tiene más posibilidades de suscitar la misma viveza del original en el público peninsular que en un lector latinoamericano. En este sentido tengo que reconocer que ­como lector mexicano y catalanohablante a la vez­ me siento más en casa en el original que en la traducción. Con todo, aun cuando me he quedado con la curiosidad de saber cómo se leerían unas versiones más localizadas de dos o más Monzós confrontados ­uno más español, digamos, frente a otro argentinizado, por ejemplo­, me parecen más que óptimas las soluciones ofrecidas por Javier Cercas a las numerosas dificultades ocultas tras la aparente llaneza coloquial de Monzó ­incluso en cuentos tan barrocos e imposibles de traducir como "La creación"­; del mismo modo en que no puedo sino admirar la fidelidad monzoniana de Marcelo Cohen, presente ya hace casi veinte años en sus versiones de Melocotón de manzana, y reiterada ahora en la traducción de El porqué de todas las cosas. Aun así, sigo sin saber a ciencia cierta con qué cara se quedará el lector cuando lea, o relea en estas nuevas versiones, a un escritor que, siéndole tan próximo, tal vez le resulte si no del todo ajeno, por lo menos lejano. Sobre todo en un medio donde Anagrama es casi la única editorial que hace desembarcar con constancia a esos otros autores que llegan al ámbito español procedentes de los pueblos de al lado, y donde parece destinado a cumplirse con rigor ineludible el aforismo kafkiano de que el pueblo vecino nos es al mismo tiempo tan remoto que se necesita más de una vida para llegar a él.