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junio 2001
Nº 78

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Eduardo Mendoza
'La aventura del tocador de señoras'

De la metaliteratura a la tentación teatral
Elena Santos

La última novela de Eduardo Mendoza, La aventura del tocador de señoras, pertenece a la serie que su autor inició en 1979 con El misterio de la cripta embrujada y continuó en 1982 con El laberinto de las aceitunas. Aquí radica uno de los principales atractivos de la novela y a la vez uno de los escollos esenciales que debe salvar, pues se trata de seguir por un camino a propósito del cual el autor parecía haberlo dicho ya todo. En más de una ocasión, Mendoza ha confesado que El misterio de la cripta embrujada era su novela favorita, y lo cierto es que ese primer título de la trilogía supo conjugar, como pocos libros del periodo en que apareció, una opción abiertamente satírica con el retrato certero de un momento determinado ­la transición­, todo ello tamizado por una intensa ironía que escondía agudas reflexiones morales. Además, La aventura del tocador de señoras aparece mediatizada por otro de los apriorismos interpretativos con los que suele enfrentarse la ficción mendociana: la taxativa clasificación entre novelas más o menos mayores y los divertimentos menores. Sin duda alguna, el libro opta sin ambages por la segunda línea, aunque su propio autor sostenga que todas sus obras son menores, hasta el punto de que incluso su novela anterior, Una comedia ligera, parecía asumir humilde e irónicamente esa condición liviana que a veces se adjudica a la totalidad de la producción del autor. Con ello también aparece otro de los lugares comunes ante el que conviene detenerse: la adscripción del corpus narrativo mendociano a una estética débil, superficialmente posmoderna, que tal vez confundiría lo que se quiere decir con lo que se dice.

La lectura de esta nueva novela, pues, debe realizarse a la luz de la obra anterior de su autor. De ahí la recurrencia a unos estilemas en muchos casos evidentes, ya que La aventura del tocador de señoras utiliza el guiño al lector no desde el concepto posmoderno de revisión de la tradición literaria, sino rizando el rizo, como puesta al día de un género sui generis ­valga el juego de palabras­ y, mucho más que eso, de un universo propio e inconfundible, presente aquí en las constantes referencias a la casi totalidad de las novelas precedentes, no sólo El misterio de la cripta embrujada y El laberinto de las aceitunas. El indudable logro que supone combinar la amenidad de los relatos con la absoluta conciencia de los medios dispuestos en la ficción es algo típicamente posmoderno, pero la voluntad de incidir en ello desde una perspectiva autoalusiva e intertextual es exclusivo de La aventura del tocador de señoras, aunque ello exija un conocimiento previo de la obra del autor.

Repasemos brevemente los elementos de la novela que apuntan a los libros anteriores. En primer lugar, el retorno al placer de contar historias incluye una lectura moral de carácter cínico, pues una vez más el texto corrobora dos de las obsesiones temáticas de Mendoza: lo ilusorio de las apariencias y la descomposición de la identidad en la sociedad contemporánea. El protagonista continúa con su actitud perpleja, tan volteriana, pero esta vez ante otra Barcelona, ya no la de la transición, sino la de la ambigua realidad contemporánea. Asimismo, el narrador vuelve a constituirse en náufrago perdido en un desmesurado caos vital, sin derecho a un nombre que lo individualice y con una aspiración máxima: integrarse discretamente en la sociedad. Existe también una desmitificación del estatuto social, pues desaparecen todos aquellos elementos que fijaban al personaje a una realidad estable y bien ordenada, lo cual hace que se pierda en una compleja trama de intereses creados y corrupción generalizada. La aglutinación de registros lingüísticos y la utilización del pastiche como figura de estilo fuertemente retórica actúan como índice de arbitrariedad del lenguaje en un mundo fragmentario, dando lugar a una novela autoconsciente, o metaliteraria, donde se mezclan géneros como la literatura negra y la picaresca, contaminándose en una superposición y neutralización mutua, y donde se indaga sobre el medio narrativo incidiendo en la naturaleza autorreflexiva del texto. Por último, el despliegue de significados exige al lector una constante atención para dilucidar el sentido último de la instancia irónica del libro.

Pero nada de lo dicho supone una novedad en la novelística de Mendoza, ya que nos hallamos ante un autor con una obra muy asentada que incluso se recrea en su propia imitación, casi diríase que en su autoparodia. La referencia al colegio de monjas donde estudian las dos Ivet ­amigas cuya relación recuerda a la de Mercedes Negrer e Isabelita Peraplana en El misterio de la cripta embrujada­, el latido constante del paso del tiempo representado por el decadente inspector Flores y el no menos decrépito doctor Sugrañes, e incluso una alusión, en apariencia casual, a La ciudad de los prodigios, cuando se habla de un joven que intentó enriquecerse en la Exposición Universal de 1888 vendiendo crecepelo, son indicios que apuntan a esa misma dirección. Por no abundar más en este aspecto, lo innegable es la voluntad, por parte del texto, de vincularse a una serie y de utilizar una cierta ironía, en la gran tradición de la segunda parte del Quijote, según la cual los personajes parecen haber leído los libros anteriores y se complacen en recrear un modelo previamente constituido.

Desde la deslumbrante frase inicial ­"Cuando sus piernas (bien torneadas y tal y cual) entraron en mi local de trabajo, yo ya llevaba varios años hecho un merluzo"­, resulta evidente la ironía con que Mendoza se enfrenta a sus referentes genéricos ­en este caso la novela negra­ a partir de la necesidad de completar una descripción más bien tópica. El final de la frase contrapone, con su gusto habitual por los contrastes, el elegante registro del inicio con un tono indudablemente caricaturesco. Asimismo, se produce una puesta al día temática según la cual los cambios acaecidos en la ciudad de Barcelona se muestran a través de referencias a la nueva apariencia del paisaje urbano y al auge del turismo, a la emigración y a la inmersión lingüística ­los dementes se ven obligados a cantar en catalán para agradar a sus benefectores­, a la rehabilitación del Barrio Chino y a la coyuntura político-social ­como el impagable personaje del alcalde­, con la consiguiente visión sarcástica de lo políticamente correcto ­Magnolio es un prodigio de lugares comunes sobre la negritud­. Sin embargo, todo esto no deja de ser un espejismo tras el cual se ocultan otros elementos distintivos de mayor enjundia: la sustitución del tono desengañado y melancólico de El misterio de la cripta embrujada y, en menor medida, El laberinto de las aceitunas por una veta nostálgica que se recrea más en el paso del tiempo, o las peculiares ilusiones perdidas del protagonista y su resignación ante la imposibilidad de una verdadera vida en libertad. Incluso parece como si el loco optara por el modelo del extraterrestre que tan afanosamente buscaba a Gurb ­no nos engañemos, pues La aventura del tocador de señoras también es heredero directo de Sin noticias de Gurb­, sobre todo cuando se esfuerza frenéticamente por llevar una vida ordenada, por la higiene personal y la limpieza de su cuchitril, como una manera más de olvidar los desmanes del pasado: otro integrante del peculiar santoral formado por los protagonistas mendocianos. En este sentido, su relación con los personajes femeninos es otra de las constantes del autor: esas mujeres decididas y atractivas, como las dos Ivets o incluso Purines, además de explotar el filón de la mujer fatal, son deudoras tanto de la remota María Coral de La verdad sobre el caso Savolta como de las fascinantes heroínas de Una comedia ligera.

Pero, curiosamente, nos encontramos sobre todo ante una novedad ya insinuada en El laberinto de las aceitunas: determinados personajes femeninos se muestran interesados por el narrador sin nombre, y aquí empieza a vislumbrarse una caracterización heroica del mismo, con la posibilidad de una relación amorosa con su seductora. Sin embargo, ciertas constantes en la caracterización del loco vuelven a retratarlo como el estrafalario de antaño: su aspecto desagradable, su hambre proverbial, su tendencia a la desnudez o al disfraz como metáforas de su identidad diluida o de su deseo de normalizarse socialmente y, por supuesto, su falta de adscripción social ­se define como "purria"­. Todos los personajes parecen contagiados de esa retórica desmesurada del narrador que señala hacia un autor implícito cuyas marcas estilísticas ­el registro algo arcaico, la contraposición de variedades lingüísticas, la hiperbólica utilización de figuras retóricas y cultismos, las largas enumeraciones, la desaforada tendencia al chiste­ exageran todavía más ese cada vez menos desquiciado punto de vista en su diálogo metaliterario con el lector. Aunque la laberíntica trama recuerde tanto a la de las novelas precedentes de la serie, lo cierto es que la incorporación de situaciones teatrales, como el vodevilesco encuentro entre algunos personajes en casa del protagonista, o el casi esperpéntico desenlace, no dejan de señalar a ese modelo siempre lejano de otros textos de Mendoza, que aquí se hace más evidente que nunca. ¿Será verdad, como ha afirmado el autor en determinadas ocasiones, que su futuro tendrá más que ver con el terreno escénico que con el narrativo? Lejos de despejar la duda, La aventura del tocador de señoras añade nuevas y fascinantes incógnitas al respecto.