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febrero 2001
Nº 74

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Héctor Abad Faciolince

Anatomía de un fracaso
JUAN GABRIEL VÁSQUEZ

BASURA
Héctor Abad Faciolince
Lengua de Trapo, Madrid, 2000
192 págs., 2.200 ptas.

El tema del escritor que no publica, que se pasa la vida garabateando cientos de folios para al final dejar que se mueran en el bote de la basura, tiene antepasados ilustres: Bartleby, por supuesto, pero también Kafka y Aquino y Virgilio: todos los que en su momento desearon el olvido de sus escritos y fracasaron en ello. El Max Brod de esta novela (la tercera de Abad) no conoce al escritor Bernardo Davanzati, ese hombre que tira todo lo que escribe a la basura; pero es su vecino de abajo, y eso le basta para sentirse autorizado a rescatar las páginas despreciadas. Lo que al principio no era más que una curiosidad sin importancia ­el Brod criollo había leído la primera y despreciada novela de Davanzati, muchos años atrás­, se vuelve, como es apenas necesario para que haya novela, una obsesión. El narrador persigue cada línea que Davanzati bota, pero también cada esquivo dato que pueda obtener acerca de su vida. La máscara del escritor, desde su seudónimo hasta las circunstancias oscuras de su vida ­cada error, cada juicio equivocado, cada defecto oculto de su persona­, va cayendo. Lo que queda al final, más que la confirmación de que los escritores son gente banal, lastimera y a veces despreciable cuando no están escribiendo, es el retrato del narrador, de quien no conocemos nada salvo su obsesión. Con el fracaso de ésta, el personaje no puede dejar de conmovernos.

Para escribir la novela, Abad ha echado mano de un recurso con el cual debe ya sentir una cómoda sintonía. Igual que sucede con Asuntos de un hidalgo disoluto ­en donde un hombre le cuenta a una mujer los episodios de su vida­ y Fragmentos de amor furtivo ­en donde una mujer le cuenta a un hombre los episodios de su amor­, Basura es una novela enmarcada: dentro de un marco se narran episodios, inconexos la mayoría de veces, cuyo sentido sólo aparece una vez terminada la lectura. El interés del lector no es capturado mediante los mecanismos tradicionales de la narrativa (la curiosidad del desenlace, la compasión por los personajes) sino por el atractivo que los episodios sean capaces de suscitar por sí mismos. Los Fragmentos recurren deliberadamente al Decamerón y a las Mil y una noches para informar su estructura; la historia-marco de Basura contiene también personajes cuya suerte final nos interesa porque su historia es el dispositivo que impulsa la novela hacia adelante y que la adorna con un requisito tristemente menospreciado ahora: un final.

Si en Fragmentos se agradecía el equilibrio entre la historia-marco y los episodios, en Basura encuentro intenciones distintas, y, por eso, resultados desiguales y no siempre satisfactorios. Los escritos que el narrador rescata no tienen, las más de las veces, otro interés que el de proporcionar pistas que permitan después componer, como se compone cualquier vida a través de la biografía que se escapa en las ficciones, el retrato de Davanzati. Por la naturaleza misma de la novela y del escritor que es su protagonista, se trata de escritos interminados y balbuceantes. Es imposible hacer el inventario de los riesgos que corre un autor al escribir una novela de este tipo; anotando que ésta es sin duda la menos lograda de las novelas de Abad, debo decir que la compasión con que trata a sus personajes tiene por resultado inevitable que también el lector se encariñe con ellos. Lograr esto mediante los elementos legítimos de la creación literaria ­sin melodrama, sin trucos ni trampas, sin sentimentalismos­, es de una dificultad que no es preciso explicar.

Más allá de estas consideraciones están las cuestiones terroríficas de que trata la novela, que suponen valor e inteligencia por parte del libro que las aborde. ¿Para quién se escribe? ¿Está completo el acto de la escritura sin un lector? ¿Con qué derecho rescata un hombre lo que otro ha echado al olvido? Kundera, en Los testamentos traicionados, sugiere posibles respuestas; el narrador de Basura asume el asunto con tanta pasión como cabe. Otra pregunta: la escritura de prosa, ¿es comunicación, o puede prescindir de ella? "Unas hojas carecen de importancia si no hay ojos que las lean, o adquieren una importancia distinta y radical que termina en la basura. ¿Cómo pedirle más a alguien que no escribe para nadie? Podría contestarnos: 'Yo me entiendo', y tendría razón." La escritura como vicio privado, como recurso de vida, como alternativa al desconsuelo y acaso al suicidio, como destino sin opción, como tirano al que poco le importa el talento o la facilidad del tiranizado: éstas son las zonas terribles que toca la biografía incompleta y ladeada de Davanzati. Una de las soledades más espantosas es la del hombre que comprende al mismo tiempo que no tiene talento para lo que hace y que, sin embargo, no puede hacer nada más. El artista que descubre su propia mediocridad ­el Salieri de Peter Schaffer, por citar a alguno­ es uno de los espejos en que nadie quiere mirarse. Davanzati pertenece a esa clase, y ésta es la infinita tristeza de su condición y la maravilla de su composición como personaje. Éste es el verdadero logro de la novela.

La exposición de unos pocos clásicos personales siempre genera simpatías entre un lector y una novela. En Basura están Italo Calvino y Canetti, entre los nombrados, pero también la lucidez amarga de Bufalino y, sobre todo y por encima de todo, el eco trágico de Cesare Pavese. En su diario, Pavese escribió: "Sólo un gesto. No escribiré más". Enseguida, se disparó un tiro en la cabeza. Davanzati, que parece haber dominado la tentación del suicidio, nos regala en su lugar estas líneas rescatadas del basurero: "No volveré a escribir; lo tengo decidido. Lo he dicho tantas veces, estos años, lo he escrito tantas veces, mintiendo y mintiéndome, sabiendo que mentía y seguro de que me mentía. Pero ahora es cierto, no volveré a escribir. No, no es como esos fumadores que dicen: último cigarrillo, y lo juran, y lo aspiran y se despiden, pero vuelven a fumar al otro día o una hora después. No, no es eso, esta vez es cierto: no volveré a escribir." Y enseguida, estas dos preguntas, que descifran la novela y nos muestran, a la vez, su oscuridad: "¿Pero por qué escribir que no volveré a escribir? ¿Por qué no callarlo de una vez?"