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diciembre 2000
Nº 72

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José Carlos Somoza
Llamada al lector

NEUS MASERGAS

LA CAVERNA DE LAS IDEAS
José Carlos Somoza
Alfaguara, Madrid, 2000
429 págs., 2.800 ptas.

José Carlos Somoza (La Habana, 1959) ofrece un nuevo divertimento literario con la publicación de La caverna de las ideas. Y en este artefacto tan bien diseñado, no se conforma con narrar una historia sino que juega con distintos niveles ficcionales (como ya hizo en novelas anteriores) haciendo partícipe al lector en el acto de la creación.

La ambición de Somoza es admirable en el actual panorama narrativo español porque se sumerge en aguas metaliterarias (en las que nadaron Cervantes, Cortázar, Borges o Unamuno) y consigue trascender la anécdota en una reflexión sobre teoría literaria.

En su primera novela, Cartas de un asesino insignificante (Debate, 1999), una traductora escribe unas epístolas ficticias, dirigidas a sí misma, que acaban convirtiéndose en reales. Pero esa conversión es una duda perenne para el lector porque éste no sabe hasta qué punto esa narradora es fiable o se ha vuelto tan loca como otros personajes que la rodean. En Dafne desvanecida (finalista del Premio Nadal 2000) el narrador es un escritor que, tras la amnesia causada por un accidente automovilístico, duda entre la realidad o ficción de una mujer a la que había descrito en un papel y de la que se ha enamorado. Mientras busca la verdad, requiere al lector para dar sentido a todo lo que va descubriendo. Ahora, en La caverna de las ideas el traductor que aparece en las notas a pie de página se convierte en personaje del libro y cómplice del lector en su búsqueda interpretativa de la novela que traduce.

El juego metaliterario de esta obra se descompone en distintos niveles narrativos, complejos, pero nunca confusos. José Carlos Somoza se presenta, en la portada, como autor del libro. En su interior encontramos una novela escrita por un autor griego, la identidad del cual no se conoce hasta el final. Montalo es el editor del texto original y el Traductor es quien la da a conocer en castellano, partiendo de la edición y comentarios del anterior.

El personaje del Traductor resulta interesante por el proceso de transgresión de los límites ficcionales y por su ansia de hallar el sentido del texto. Se presenta dentro de la convención habitual: en el espacio físico a pie de página y en sus notas críticas filológicas, estilísticas y socio-culturales. La transgresión se inicia a partir de los comentarios sobre su vida personal (que se transforman en una narración dentro de la narración) y la apelación al lector (espejo de sus sensaciones) para ratificar su interpretación del texto. Culmina en el diálogo con los personajes, en su presencia en la novela que traduce y, finalmente, en su extraña desaparición. Es en esta parcela ficcional donde se apunta una teoría hermenéutica que enlaza con la discusión filosófica sobre la verdad.

Toda lectura supone una interpretación, es decir, una creación de significado. "Leer es dialogar", como afirma uno de los personajes, y esta interacción modifica constantemente al texto y al lector; por eso el Traductor, cuya inquietud interpretativa es sumamente ambiciosa, piensa que "debe existir una idea final que no dependa de nuestra opinión" y se subleva ante las discrepancias de otra lectora, "después de haber leído el mismo texto".

Centrémonos ahora en la novela griega que está traduciendo titulada La caverna de las ideas: en la Atenas de la primera mitad del siglo iv a. C. se encuentra el cadáver de un efebo brutalmente asesinado. Se cree que el joven, de nombre Trámaco, fue atacado por unos lobos que le devoraron el corazón. Diágoras de Medonte, profesor del muchacho en la Academia de Platón, pide ayuda a Heracles Póntor, Descifrador de enigmas, para descubrir el motivo del terror que vio en los ojos de su pupilo la tarde anterior a su muerte. Heracles acepta el trabajo, no porque crea las palabras de su cliente, sino porque, tras haber observado el cuerpo desgarrado de Trámaco, no admite la explicación oficial de los animales salvajes. La investigación criminal del caso es el motor que hace girar toda la trama, pero es también el pretexto para la discusión filosófica sobre la búsqueda de la verdad.

En ese debate se contraponen tres vías de conocimiento distintas: la platónica, la hipotético-deductiva y la escéptica. Diágoras (presentado como un hombre alto y delgado) cree, desde la teoría de las ideas de Platón, en la existencia de la Verdad, única e inmutable, por encima de los datos sensibles y más allá de las palabras. En la analogía que puede establecerse con el proceso de lectura, representa la teoría del Traductor ­o a todo lector que busque el sentido único y último que esconde cualquier libro. Heracles Póntor (hombre bajo y gordo) utiliza el método hipotético-deductivo para encontrar la verdad sobre el asesinato de Trámaco y de otros dos jóvenes, acontecidos posteriormente. En su investigación (a modo de Sherlock Holmes), sólo cree en aquello que su razón deduce a partir de los datos que sus propios ojos ven. Por tanto, no existe una única Verdad, sino verdades posibles, siempre dependientes del razonamiento lógico utilizado para explicar los hechos de la realidad sensible. Heracles, pues, caracteriza a los lectores y críticos que argumentan su interpretación de las obras literarias a través de citas textuales y que, de alguna manera, el Traductor también utiliza en sus referencias a la novela griega y en su confrontación con una lectora amiga suya.

En contraposición a las dos vías anteriores se erige un tercer personaje (descrito como un enorme animal): Crántor, amigo de la infancia del Descifrador. Éste se opone a Diágoras porque no cree en la existencia de la Verdad, sino en muchas verdades distintas e igualmente válidas. También se aleja del método de Heracles porque "es muy sencillo engañar a la razón alimentándola con razones". Solamente cree en aquello que puede experimentar: él piensa con "las manos, los intestinos, la vejiga, la verga y los pulmones". Representa al lector que busca el placer y es capaz de emocionarse, reír, llorar o excitarse, como le pasa, por ejemplo, al Traductor ante una escena erótica.

La caverna de las ideas es fruto de la apuesta de dos personajes de la novela: Platón y Filotexto de Quersoneso. La discusión que se establece entre ellos tiene una vertiente epistemológica ­relacionada con la idea apuntada anteriormente acerca del conocimiento­ y otra política sobre los modelos de sociedad.

 

Platón en el escritorio

Platón expone su modelo en el que condena la democracia a favor de un Estado gobernado por los sabios, que poseen la verdad y por la que crearían una sociedad justa, virtuosa e ideal. En cambio, Filotexto no cree en la posibilidad de la existencia de ese modelo porque "el ser humano no se deja guiar por Ideas invisibles y perfectas, ni por razonamientos lógicos, sino por impulsos, por deseos irracionales". En cierto modo, Filotexto se acerca a los planteamientos de Crántor porque también pondera el instinto como irremediable subyugador de la racionalidad. Es la eterna dicotomía entre razón y sentido en la que se debate todavía el ser humano. Desde las justas y razonables ideas que amparan constituciones, leyes y religiones, los pecados capitales que rigen las bajas pasiones siguen aflorando al exterior.

Claro está, pues, el vencedor de una parte de la apuesta. En cuanto a la otra nos cuestionamos todavía la posibilidad de la existencia de la verdad, del conocimiento certero que podía encontrarse, según Platón, a través del método dialéctico. Si se deja a un lado la metafísica de este debate y nos centramos en lo que hemos ido comentando a lo largo de estas líneas, comprobamos que caemos en la trampa que nos propone Somoza porque este análisis no deja de ser una búsqueda de sentido, un acercamiento a la verdad que intentamos defender con palabras. Aunque se negara la existencia de un sentido único, desecharlo es haber decidido que no existe después de su búsqueda. El autor, quienquiera que sea, busca siempre el diálogo entre el lector y su obra y consigue una comunicación que en cierta forma es una discusión intelectual. Cada lector se convierte en traductor, en descifrador de enigmas, por eso forma parte de la creación y aparece dentro de la ficción. Somos seres ficticios, imaginados por un narrador que debe creer en nuestra existencia para justificar la suya.

"¡Escucha, Traductor! ¡Tú, que tan seguro te sientes de existir! ¡Dime quién soy!... ¡Interpreta mi lenguaje y defíneme!... ¡Te desafío a comprenderme!... (...) ¡Razóname, Traductor!... ¡Dime quién soy... si es que, al leerme, eres capaz también de descifrarme!... Pero naturalmente, el Traductor nunca responde, porque no existe. Y si existe, es tan ignorante como nosotros." ¿Es posible hallar la verdad, ya sea en el mundo de la ficción o en el de la realidad, si es que éstos no se encuentran en la misma dimensión? Decidir quién gana la segunda parte de la apuesta es tarea que cada lector debe hacer por su cuenta, sumergiéndose dentro de La caverna de las ideas.

Novela policíaca, narración metaliteraria, propuesta filosófica, reflexión política: proyecto ambicioso de José Carlos Somoza que consigue en esta novela el dominio narrativo del suspense y de la complicidad del lector como toma de conciencia de los actos literarios de creación y recepción.