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noviembre
2000
Nº 71

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foco lateral
FÉLIX DE AZÚA
Un ensayo moral
RAMÓN GONZÁLEZ FÉRRIZ
Flaubert planeó, como posible final a su inacabada
Bouvard y Pécuchet, reunir a las gentes del pueblo en una posada
para escuchar una conferencia acerca de, entre otras cosas, las "necedades
del gobierno y la administración", que tenía que acabar
provocando un gran tumulto. "Trataremos de demostrar primero la utilidad
de nuestro proyecto", pensaba Bouvard, ponente junto a su amigo;
"nuestros estudios nos dan derecho a hablar".
No es que a los personajes de Momentos decisivos les ocurra
lo mismo que a los dos filósofos de Flaubert, farsantes a su pesar,
pero sí tienen con éstos un cierto aire de familia: comparten
la necesidad de vivir de acuerdo con algo externo a ellos y el firme propósito
de contagiar su entusiasmo por lo que fuere si no es por el convencimiento
de que los gobernantes y los administradores son unos necios, sea por
la lucha de clases, el arte de vanguardia neoyorquino o el ron con Coca-Cola.
Todo, también, provocando un gran tumulto. Y a sabiendas de que,
aun dando "derecho a hablar" como los estudios de Bouvard, todo
ello conduce a la derrota y, si no hay suerte, a la humillación
intelectual.
Momentos decisivos es la crónica moral de esta
derrota. En ella aparecen innumerables formas de perder y también,
como paso previo, innumerables formas de decidir mal. Barcelona, años
sesenta: alrededor de Alberto, un joven aprendiz de artista con más
entusiasmo que información, hijo de una familia que ha perdido
definitivamente la guerra, giran una serie de personajes embrutecidos
que tratan de crecer por medio de sus propios actos, tal y como reza el
epígrafe de Kierkegaard. Unos se hacen del Opus Dei y achuchan
a sus criadas en las esquinas; otros mantienen en la pared de un salón
demodée la foto del abuelo saludando a Lluís Companys; los
últimos prefieren gozar de su dinero, pactar con quien haga falta
y citar a Gil de Biedma. Los jóvenes, sus hijos, deciden sobre
todo con quién acostarse y con quién no, y si sobra tiempo,
a qué artista extranjero imitar, a qué estructuralista leer
o por qué grupúsculo antifranquista optar. No creamos, sin
embargo, que el narrador de buena parte de la novela escritor y columnista
de La Vanguardia que rememora aquellos momentos, muchos años después,
a petición del propio Alberto les considera del todo frívolos
o definitivamente idiotas.
Años estancados
Ignoro hasta qué punto Momentos decisivos es una
crónica generacional o un retrato aproximado del ambiente político
y cultural de esta Barcelona de los sesenta. Sin ser tan ardua como Diario
de un hombre humillado ni tan áspera como Demasiadas preguntas,
la última novela de Félix de Azúa me parece, igualmente,
un intento de situarse en el centro de un momento histórico y de
indagar qué da de sí en un sentido moral. Que tres de los
protagonistas estudiantes de la facultad de Derecho de Barcelona
con ambiciones artísticas, políticas, eróticas y
dipsomaníacas pertenezcan por edad a su misma generación
no cambia demasiado las cosas. Además, si algo diferencia Momentos
decisivos de otras novelas del autor no es su tema no digo que azaroso,
pero tan propicio, por ejemplo, como el País Vasco en el año
treinta y seis de Cambio de bandera, sino su formalización.
Y es que ésta es una narración casi coral que mezcla perspectivas
y técnicas; que busca cambios de ritmo y se apoya en una férrea
división por capítulos para dar a su historia un aire fragmentario
y algo cinematográfico que le viene muy bien, pero que a la vez
la desequilibra y la hace desigual: su lectura puede dejar a más
de uno algo perplejo, porque para huir del realismo y acercarse en el
mayor grado posible a la caricatura, el narrador parte, rompe, rasga y
despedaza la trama, y la convierte en un camino sumamente interesante
y sinuoso, pero con algún que otro bache.
La articulación de esta crónica moral ligeramente
tocada por la farsa parte, en consecuencia, de la yuxtaposición
de temas y formas. El fin del arte el artista aprendiz, centro de
la novela, entrevé el fin de la pintura pero apenas intuye qué
ocurre en el mundo de verdad, París, Londres o Nueva York, que
desconoce, la disputa política los psuqueros y los situacionistas,
los nacionalistas católicos y los nacionalistas revolucionarios,
la reestructuración de la ciudad los nuevos ricos huyendo
del viejo código burgués hacia nuevos barrios; las familias
de toda la vida firmes en su idea de distinción añeja. Todas
estas líneas se entrecruzan, de un modo en apariencia simple, para
crear al final un conjunto ligeramente deshilvanado pero a fin de cuentas
efectivo: Azúa parece convencido de la necesidad de acercarse a
Valle-Inclán o a Joyce y un poco a Marsé y así
evitar caer en las tentaciones testimoniales de las que tan lejos quiere
estar. Porque, evidentemente, Momentos decisivos no tiene nada de documento
realista aunque casi todo el mundo haya querido ver en ella una "reconstrucción"
de la Barcelona de aquellos años y está infinitamente
más cerca del ensayo moral que de la novela en clave. Se trata,
en definitiva, de vislumbrar cómo se dieron cuenta unos jóvenes,
durante los años sesenta, de que tal vez lo mejor sea no tener
identidad.
Ahí reside, posiblemente, el núcleo duro
de la novela. Si Alberto, el aprendiz de artista, quiere irse a Nueva
York; si su hermano Jordi decide pasar a la acción antifranquista,
harto de especular y un tanto alucinado; si Juan y Lena languidecen; si
Lluch cinéfilo metido a militar desvela su fantástico
engaño es, entre muchas otras cosas, para librarse de la necesidad
de defenderse. Han tratado de vivir de acuerdo con o en contra de
unas razones externas que les impelían a mostrar una personalidad
artística, política o erótica. Han intentado
contagiar su entusiasmo y ser útiles haciendo arte, resistiendo
al régimen o amando. Y tal vez pueda decirse que han perdido porque
han decidido de forma equivocada, o porque toda decisión es ya
una equivocación. Menos mal que entre medio está la diversión:
Alberto ha utilizado sus conocimientos de historia del arte para llevarse
al huerto a una chica encantadora "tú no eres un chercheur,
tú eres un golfo", le dirá ella, todos juntos
se han ido de excursión a Cadaqués y han saludado a Duchamp,
incluso el pobre Lluch está convencido de que algún día
hará cine...
En contra de lo que pudiera parecer, sin embargo, la reflexión
acerca de la derrota y la posible humillación intelectual aparece
de un modo sutil. Momentos decisivos es sobre todo la novela del aprendizaje
de un artista, y también en buena medida la imagen moral de unos
años estancados en la inanidad. Pero además, esta novela
congrega casi todo lo que su autor ha venido diciendo en la mayor parte
de sus libros anteriores: aparecen sus ideas y las de otros acerca del
fin del arte, su conciencia política, su interpretación
del urbanismo, sus críticas al nacionalismo o su pasión
estética por la banalidad. Todo cuadra, al fin y al cabo, en la
obra de Azúa: el principio de la Guerra Civil en Cambio de bandera,
estos Momentos decisivos de los años sesenta, la transición
y la herencia del franquismo en Demasiadas preguntas; su percepción
del suicidio moral en las tres, y de forma más abstracta en Historia
de un idiota contada por él mismo y Diario de un hombre humillado;
por no hablar de sus ensayos o su labor periodística, donde se
muestra todo lo coqueto y cap calent impetuoso, apasionado que
no quiere mostrarse en las novelas.
Tiempo muerto
El día después de su tumultuosa conferencia,
los gendarmes debían visitar a Bouvard y Pécuchet para detenerles.
¿La causa? "Se les acusa de atentar contra la Religión,
contra el orden, de incitar a la revuelta, etcétera."
No, tampoco ahora al aprendiz de artista ni a sus padres,
amigos y hermanos les sucede exactamente lo mismo que a los filósofos
farsantes pero bien intencionados, si bien el aire de familia persiste,
aunque con una duda: ¿supieron, los que decidieron mal en aquellos
momentos decisivos, o simplemente decidieron que siempre es una forma
de equivocarse, retirarse a tiempo y dedicarse a copiar lo que otros
escribieron, pacientemente, monacalmente, como Flaubert planeaba para
sus dos hijos más simpáticos y más ridículos?
Lo ignoro. Pero lo cierto, en cualquier caso, es que Momentos decisivos
sabe trazar con baches e irregularidades la historia moral de
los que, por una razón u otra, debieron decidir allá por
el año sesenta y tres o sesenta y cuatro y no en cualquier otro.
La derrota que conlleva la necesidad de hacerse con una personalidad visible,
la extraña sensación de inanidad de algunos que trataron
de contagiar a los demás su entusiasmo por algo tan banal como
la política, el arte, el sexo o el ron con Coca-Cola, desdibujan
la nostalgia que alguien pudiera sentir por sus años jóvenes,
si es que en ellos tuvo que elegir.
Esta novela de Félix de Azúa se sitúa
en el centro de un instante que algunos quisieron vivir como una novela;
pero, claro, su vida resultó una novela moderna, necesariamente
distorsionada. Y por lo que parece, a pesar de todo, esas ganas de tener
personalidad, embaucar y decidir mal, persisten: aún quedan patriotas,
aprendices de artista y seductores de facultad y algún que
otro dipsomaníaco que recite, como el Gabriel (Ferrater) Vallverdú
de la novela, versos del marqués de Santillana por teléfono.
Menos mal que Félix de Azúa tiene sentido
del humor.
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