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marzo 2000
Nº 63

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El don en primera persona
MIHÁLY DÉS

Además de un destierro que no cesa, pesa sobre Guillermo Cabrera Infante (1929) la fama, la bendición convertida en maldición, de ser autor de un único gran libro: Tres tristes tigres (1964), sin duda, una obra maestra. La más que lícita gloria de TTT eclipsa, por ejemplo, La Habana para un infante difunto (1979), su empresa literaria más ambiciosa (que recrea piedra por piedra, persona por persona, beso por beso, La Habana de su juventud y de sus deseos) y hace olvidar que Cabrera Infante fue y es un contador de cuentos antes que el novelista que, tal vez, nunca ha sido. Lo de no ser novelista lo digo yo, pero también lo dice él, quien siempre ha sostenido que Tres tristes tigres es un libro pero jamás una novela. Sólo así se explica que algunas historias de esta afamada obra (pero también de La Habana...) las haya publicado posteriormente como textos autónomos, o sea, cuentos. Una de ellas ("Historia de un bastón y algunos reparos de Mrs. Campbell") aparece incluso en la antología Todo está hecho con espejos, subtitulada Cuentos casi completos y que se podría re-subtitular Cuentos completos escritos en primera persona, ya que de eso se trata. En realidad, éste es un criterio de selección bastante discutible, puesto que excluye textos fundamentales de su primer volumen de relatos Así en la paz como en la guerra (1960), como "Ostras interrogadas" o "En el gran ecbo", cuyo tema, protagonista y tono lo convierten en narración gemela de "Delito por bailar el chachachá", que sí está incluida. Seguir el tratamiento de la primera persona en la obra de uno de los más grandes narradores en castellano resulta, en efecto, interesante, sobre todo para filólogos o aprendices de escritor. Pero semejante criterio obliga a incluir curiosidades experimentales ("Listas") y excluir textos imprescindibles.

Sea como fuere, Todo está hecho con espejos permite una visión global de su narrativa, confirma que se trata de uno de los maestros contemporáneos de la narrativa breve e inspira mi primera tesis feuerbachiana sobre el autor cubano (aunque más que a Feuerbach convertido en tesis por Marx, sería mejor referirse aquí a Offenbach, a quien, según Cabrera Infante, se le llama así porque su música ofende a Bach): es el cuento la clave de su escritura. Incluso de sus obras catalogadas como novelas (o libros, como se prefiera). Pero también es el núcleo de la mayoría de sus textos de no ficción (semblanzas, viñetas, recuerdos, ensayos, crónicas e, incluso, críticas de cine...Véase el volumen Mea Cuba, 1992), ya que están concebidos con un sentido de narratividad que las convierte en piezas literarias, esto es, en historias. Sólo Truman Capote ha sido capaz de ficcionalizar de manera tan magistral un reportaje o crónica, de convertir en arte mayor lo que se conoce como menor. Y el proceso es válido también a la inversa: si les hubiera puesto nombres y apellidos, varios cuentos de esta compilación ("Un jefe salvado de las aguas", por ejemplo, que narra la historia de un mal poeta convertido en periodista malvado) habrían podido incluirse entre los retratos de Mea Cuba.

El cuento puede basarse en una anécdota, una situación o un recuerdo, pero nunca en la evolución de los personajes, en la psicologización o en el retablo social. Sin duda, el bildungsroman no es el género característico de nuestro autor. El cuento, aunque se utilice para construir libros que parecen novelas, no permite estrategias a largo plazo: obliga sacar punta a la historia. Según mi siguiente tesis, Cabrera Infante lo hace sirviéndose al menos de dos tradiciones: la anglosajona (en el sentido hemingwayano, uno de sus maestros) y la cubana. La primera construye de manera escueta y aséptica una historia impactante. Como el macabro relato de "La voz de la tortuga" en la presente compilación o la "Balada de plomo y yerro", una historia de gángsters no incluida en este volumen, cuya publicación en 1952 le costó arresto, amonestación y censura al autor. En cuanto a la influencia, más oral que literaria, de lo cubano, se trata de reconstruir algo con gracia y brillo, sea anécdota, chisme o chiste, que es el primer significado del cuento en cubano. Contar, entonces, es comentar, y por ahí se puede buscar, además de en su don que no tiene parangón, el origen de los comiquísimos delirios verbales de Cabrera Infante. "Soy adicto al opio de las palabras", confiesa el protagonista de "El fantasma del Cine Essoldo" y es como si la confesión fuese del propio autor que, por otra parte, en el prólogo niega identificarse con las voces de estas historias, todas ellas

narradas en primera persona.

Vale la pena detenerse en esa inagotable, inigualable y, obviamente, irremediable capacidad verbal, especie de ludopatía de la palabra, que constituye una de las mayores atracciones de su literatura pero también invoca críticas que ven en ella una tendencia a la verbosidad y el graciosismo. En realidad, se trata de un proceder poético, que funciona como las metáforas o las rimas. A veces fallan: "No vivo aquí, habito, aunque no moro. Eso se lo dejo a Otelo", dice el protagonista de "El fantasma del Cine Essoldo", un cuento excesivo y culterano. Pero cuando aciertan, como la mayoría de las veces, crean insospechados lazos y sorprendentes iluminaciones. Por lo general, en clave cómica. Después de una burlesca escena sobre la burocracia soviética en la Cuba revolucionaria, uno de los personajes de "Una visita de cumplido", sentencia así: "Al eliminarse la competencia, se creó la incompetencia". En "Un jefe salvado de las aguas", un periodista alcohólico colecciona viejas fotos de mujeres semidesnudas "entonces indecentes, hoy inocentes", que justifica de esta manera: "Es mi archivo expiatorio". Y en "La soprano vienesa" un estrafalario escultor húngaro caído en La Habana observa horrorizado las esculturas alegóricas ("en la mejorr trradición del peorr gusto") de una tal Rita Longa y, al final, exclama: "Ars brevis, Rrita Longa."

Además de los juegos de palabras, Cabrera Infante siente fascinación también por lo estrafalario y lo grotesco. Sus cuentos están llenos de personajes como aquel negro estribador que se hizo nazi, o aquella princesa rusa que llegó a Cuba para encontrar un lugar donde la marea roja no pudiera alcanzarla, donde una revolución comunista era impensable. Pero en eso llegó Fidel, y mandó a parar. Y ¡hélas!, "la Revolución llegó como providencial salvavidas para la princesa Olga, casi ahogada en un océano de acreedeores. Hoy, ella enseña ruso en la tierra firme de la academia nacionalizada de idiomas John Reed (apodada Diez Días que Conmovieron a Berlitz), y por primera vez en muchos años gana un sueldo decente..."

 

Juegos malabares con el lenguaje

Por otra parte, la compulsión lúdica está en Cabrera Infante íntimamente ligada a un afán renovador y experimental. El seductor permanente necesita nuevos desafíos. De ahí la enorme variedad temática y tonal de esos cuentos, de ahí que, a pesar de sus constantes, incluso de algunos desaciertos, no hay nada rutinario o anquilosado en esta prosa. Y de ahí que los juegos de palabras van a la par con los ejercicios de estilo, o exorcismos de esti(l)o, ("Historia de un bastón" constituye un ejemplo mayor) y los experimentos con el lenguaje: en "Josefina, atiende a los señores" la madame de un prostíbulo habanero da voz a la historia de una desgraciada prostituta ("como disen los americanos bisne si es bisne", afirma la señora) y "La duración del tiempo" reproduce de manera virtuosa hasta la ilegibilidad el loco monólogo de un negro maniático: "Algaundaba jorobao sedía podque siempre le pedío laora a toel mundo así y nadien nunca nunca m'ha fallao..."

Pero la acrobacia verbal de repente puede tener otros registros y funciones: "Las mujeres y los botones, sus botones tiernos, brotes. Con su prosa porosa..." escribe en "Cuando leyendo a Catalina Ana Portera sobre la gran Gertrudis Piedra", un extraordinario cuento sobre el tiempo y lo que la literatura puede o no puede con él. "¿Es la literatura una forma de nostalgia?", se pregunta el narrador, y entender la frase como ars poética es una de las posibilidades de interpretación. Pero no simplemente como una declaración de principios o de intenciones , sino como una cuestión central, causa y fuerza motriz de la escritura de Cabrera Infante. "Guárdate de los recuerdos", advierte una vieja santera al héroe infantil de "Oceanía", y en el "El fantasma..." se dice que "la memoria es una nostalgia amenazante".

Cabrera Infante afirma que el exilio, que es un sinónimo de la nostalgia, hizo de él escritor. Esto sólo parcialmente es cierto: fue un autor precoz, con 18 años publicó un cuento en Bohemia, la revista más influyente de la Isla, con veintitantos era ya un reconocido escritor y rondando los treinta (de esa época procede la fotografía con aspecto de adolescente que encabeza esta página) era figura central de la vida literaria de Cuba, director de la mítica revista cultural Lunes de la Revolución, censurada poco después. Pero sí es cierto que su literatura está hecha de memoria venida a nostalgia, de la reconstrucción de un mundo, acaso, inventado, que con el tiempo se vuelve cada vez más real y se ve más nítido, exactemente como ocurrió con el Dublín de Joyce o el París de Proust.

En el relato "La soprano vienesa" el narrador, que a pesar de las advertencias de su autor se parece suficientemente a Cabrera Infante para que hagamos caso a sus promesas, anuncia escribir algún día sobre "Sabor Vidal, la mulata rumbera". Ojalá no fuera la vana promesa de un personaje de ficción, porque la verdad es que ya va siendo hora de leer algo, aunque sea en tercera persona, sobre Sabor Vidal, la verdadera mulata rumbera de La Habana.