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julio
- agosto 2004
Nº 115/116

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Estantería
Narrativa Hispánica
EL ÁNGEL LITERARIO
Eduardo Halfon
Anagrama, Barcelona, 2004
135 págs, 11 €
Uno de los relatos del poco recordado narrador cubano
Calvert Casey tiene por protagonista un hombre obsesionado por captar
el momento de la muerte. Dedica sus días y patrimonio a buscar
moribundos, y cuando logra su objetivo, espera, paciente, para ver y comprender
el misterio mayor. Con parecida obsesión, el protagonista del último
libro del guatemalteco Eduardo Halfon (1971), que no es otro que el narrador
guatemalteco Eduardo Halfon, se empeña en descifrar un misterio
de signo contrario: el nacimiento de un escritor, o sea, el momento y
las circunstancias que decidieron que una persona corriente y normal reconociera
(o recibiera) la extraña misión de dedicarse a la escritura.
Cinco son los escritores (Hermann Hesse, Raymond Carver, Ernest Hemingway,
Ricardo Piglia y Nabokov) cuyo mito de origen se explora en este curioso
libro híbrido y mitómano, por cuyas páginas transita
un sinfín de autores más, de los cuales es preciso destacar
a dos como protagonistas paralelos: a Enrique Vila-Matas, como personaje
y también como principal modelo literario de esta obra de Halfon,
y a Roberto Bolaño, cuya vida y muerte llegará a formar
parte de la acción.
Si bien la historia del misterioso nacimiento de la vocación de
los cinco escritores mencionados constituye apartados narrativos autosuficientes,
el todo es como el diario de la investigación de Halfon en pos
de ese momento angélico, en el que caben el relato más o
menos clásico, los fragmentos de una novela familiar, pinceladas
ensayísticas, episodios biográficos, homenajes, citas y
el género epistolar, inclusive en su vertiente electrónica.
Es obvio que la arriesgada operación de Halfon no corresponde a
los clichés a los que la literatura latinoamericana (especialmente
si es guatemalteca) tiene que someterse para triunfar. De un escritor
guatemalteco que se precia como tal, como mínimo, se espera ser
el equivalente literario de la folclórica compatriota Rigoberta
Menchú. Sin embargo, Halfon sale airoso del aprieto en que, como
todo escritor ambicioso, él mismo se ha metido. Y en parte sale
gracias a la originalidad de su planteamiento, que ya estaba presente
en su obra anterior, De cabo roto (Littera, 2003), de tejido menos complejo
y de escritura menos madura, pero interesante, donde también el
relato se construye alrededor de una búsqueda, una investigación
de orden literario-histórico. La otra razón del éxito
de la apuesta Halfon es la brillantez con la que compagina géneros
y tonos muy diversos. Con todo, su mayor acierto ha sido conseguir que
el libro se lea como la historia de una investigación de verdad.
Este sutil hilo conductor es lo que asegura la necesaria pulsación
narrativa para convertir una obsesiva curiosidad privada en un relato
de interés público.
MIHÁLY DÉS
MIMODRAMA DE UNA CIUDAD MUERTA
Álvaro Colomer
Siruela, Madrid, 2004
185 págs.,16,50 €
Mimodrama de una ciudad muerta no es la primera aventura
literaria que emprende Álvaro Colomer (Barcelona, 1973), de quien
ya pudimos degustar el libro de relatos basado en entrevistas reales con
putas, Se alquila una mujer (Martínez Roca, 2001), y la novela
corta La calle de los suicidios. Y digo aventura porque la disección
que lleva a cabo Álvaro Colomer sobre el mundo de los muertos es
integral y conjuga intrigas escabrosas con brochazos satíricos.
La nueva novela del joven escritor barcelonés tiene un personaje
principal: Eduardo Arrollo, tanatopractor de profesión, es decir,
guardián de los muertos, que habita una ciudad sin nombre y difusa,
a sus ojos llena de cadáveres. Alrededor de él se despliega
una trama tentadora, dividida en cuatro capítulos, cuyo interés
aumenta progresivamente. Él es el encargado de acicalar y embellecer
(si es que eso es posible) a los difuntos antes de que ingresen en la
caja de pino y emprendan el viaje hacia la nada. Y su trabajo lo hace
con rigor. Confían en su labor y para la empresa es una garantía.
Sin embargo, aunque en el oficio goce de buena salud, Arrollo tiene otros
problemas: no sabe escapar de su pasado. Se siente perseguido por unos
recuerdos que, como suele suceder, no cambian de lugar. Eso le hizo huir
de la isla en la que vivía junto con su última novia, y
eso le hace autoflagelarse con sus remordimientos entre tantos muertos
al tiempo que narra, en primera persona y desde la cordura recién
recuperada, su demencia. Y justo en medio aparece el féretro de
Silvia Viladevall, a pesar de la tenebrosidad, agraciada, y con él
la intriga de la novela. La imagen de la fallecida trastocará los
quehaceres habituales de Arrollo, estimulará en él su propensión
a recordar y acabará situándolo en una bifurcación
comprometida.
Poco que objetar pues a Colomer, a no ser la vacilación del título
(¿qué es un mimodrama?) y las citas que preceden los cuatro
capítulos, quizás demasiado sobradas. Por lo demás,
la sorpresa, un tanto cinematográfica, que acaece al final, se
ve superada por una prosa ágil, por momentos solemne, y por un
buen trabajo de investigación, que confirman a Colomer como un
sólido referente narrativo al que seguir la pista.
JULIO PÁRBOLE
LAS PELÍCULAS DE MI VIDA
Alberto Fuguet
Alfaguara, Madrid, 2004
338 págs., 19 €
Cabeza visible de la "generación" McOndo,
esa camada de escritores aparentemente forzados a redescubrir que en Latinoamérica
lo real no era tan maravilloso, Alberto Fuguet (Santiago de Chile, 1964)
ha desembarcado en España con Las películas de mi vida,
una novela que describe la singular dialéctica de desastres naturales
y artificiales en la que se mueve Beltrán Soler, joven sismólogo
chileno y perfecto ejemplar del treintón de la posmodernidad.
Inicialmente indiferente ante su propio pasado y sumido en sus estudios
de terremotos y otros cataclismos, una conversación hace a Beltán
recordar los filmes que marcaron su vida. Esas "fallas" cinematográficas
(algunas de ellas inmediatas a la serie B) que se presentan como espejos
de una infancia transcurrida entre dos ciudades que tiemblan, el Los Ángeles
de fines de los sesenta y el Santiago de Chile de principios de los setenta.
Así, el protagonista esboza una suerte de canon comentado en el
que abundan los filmes más inverosímiles -desde los televisivos,
tipo Los doberman al ataque, hasta verdaderos clásicos del mainstream
como La novicia rebelde- que se relacionan con los momentos decisivos
de su regreso a Chile. En ese sentido, uno de los aciertos del libro está
en la perspectiva desde la que el autor aborda temas como el exilio o
la dictadura de Pinochet. Con una mirada antes emotiva que de crítica
social o política, Fuguet traza una peculiar estética del
desarraigo: "Más que un país tercermundista, la escena
parecía el comienzo de una vieja película B", dice
Beltrán cuando llega por primera vez al aeropuerto de Santiago,
"... todo aquí era en blanco y negro…".
Mucho más discutible es la estructura de la novela: como un edificio
a punto de caerse casi podría decirse que el libro no se sostiene
gracias a ella sino a pesar de ella. Grosso modo: el corpus, la lista
de las películas que recuerda Beltrán (en primera persona),
está contenido por una conversación telefónica (diálogos
transcritos de manera impersonal) que sostiene el protagonista. Pero además
el autor usa otras formas discursivas: currículum vítae,
diarios, mails, que producen un efecto de "contemporaneidad"
un tanto grosero. Es, sin embargo, el citado modelo de narración
"sándwich" el que finalmente da cohesión a la
obra y posibilita un juego de doble sensibilidad entre el Beltrán
adulto y el niño que recuerda haber sido. Todo ello redondea una
novela en la que quizás el mayor demérito sea el hecho de
que ésta se acaba cuando el protagonista empezaba a hacerse entrañable.
Como sucede en algunas películas, se encienden las luces demasiado
pronto y uno se queda con la incómoda sensación de un final
abrupto.
JAIME RODRÍGUEZ
CASTILLOS DE CARTÓN
Almudena Grandes
Tusquets, Barcelona, 2004
199 págs., 14 €
De un tiempo a esta parte, sufrimos una especie de revival
de los años setenta y ochenta, penúltima moda cultural a
la que se ha sumado Almudena Grandes (Madrid, 1960) con esta su última.
Grandes es autora de otras famosas obras de la literatura española
reciente, como Las edades de Lulú (Tusquets, 1989) o Malena es
un nombre de tango (Tusquets, 1994).
Castillos de cartón, aunque esté situada temporalmente en
la llamada movida madrileña, apenas contribuye al conocimiento
del pasado reciente. Y una vez descartada la vertiente documental, descartemos
también el aspecto estrictamente literario. Seguimos las andanzas
de los tres protagonistas, María José -la voz narradora-,
Jaime y Marcos, estudiantes de Bellas Artes, aspirantes a la gloria artística
y responsables de la supuesta trasgresión que supone formar un
trío de lo más avenido. Enésima mitificación
de la movida (fenómeno de trascendencia bastante relativa) y de
los años de la transición. Presenciamos, de esta manera,
el estereotipo de la juventud como tiempo de la libertad y de la inocencia,
y de la edad madura (desde la cual narra María José) como
el espacio del fracaso y de la traición a las supuestas bondades
de las ideas libertarias de los años mozos. Pero el lector se queda
frío e impasible con tanta trasgresión y tanta adolescencia.
Por otro lado, la topiquez representa el rasgo estilístico más
sobresaliente. Por ejemplo, en los tres personajes: el feo pero simpático,
la chica guapa pero inteligente y con las ideas claras, el guaperas con
un secreto que esconder; así como en los ambientes, tipo bohemia
pija, en los que el sexo, los porros y el alcohol actúan como meros
signos vacíos de significado; y, finalmente, en la descripción
de la creación artística de manera un tanto infantil e idealista.
En cuanto al estilo, como muestra un botón, recogido casi al azar:
"Puedo recuperar el calor, y el dolor de querer tanto a alguien sin
que sirva de nada. Puedo recuperar el calor, y el dolor de recibir tanto
amor inservible". La narradora no tiene ningún reparo en hablarnos
de esta guisa durante toda la novela, sin tener compasión alguna
por el lector. De un Gala, por ejemplo, nos podemos esperar algo así;
de una Grandes exigimos algo más consistente. En fin, todo un castillo
de cartón piedra.
ESDRES JARUCHIK NAVEIRAS
Narrativa Extranjera
EL NADADOR
Zsuzsa Bánk
Trad. de Berta Vias Mahou
El Acantilado, Barcelona, 2004
307 págs., 16 €
El punto de partida de El nadador, la primera novela de
Zsuzsa Bánk, se remonta a la breve insurrección contra el
estalinismo que zarandeó Hungría en 1956. Aprovechando la
confusión y la casi total abertura de fronteras, miles de ciudadanos
huyeron hacia el Oeste, el destino que alimentaba un sueño de libertad
e infinitas oportunidades. Katalin, esposa de Kálmán y madre
de Kata e Isti, renunciará a todo y, sin previo aviso ni explicación
alguna, se lanzará a la aventura del exilio. Así, se convertirá
en la gran ausencia de una novela en la que las ausencias son también
grandes protagonistas. Su marido y sus hijos intentarán emprender
una nueva vida sin ella, recorrerán el país alojándose
en casa de distintos familiares y vivirán un largo periplo, un
"continuo acabarse y empezar de nuevo" que a Kata le inflamará
el deseo de asentarse definitivamente, de ver a su padre plantándose
y anunciando: "Aquí viviremos".
Kata es la voz que todo lo empapa de un deje evocador, la voz bellísima
y sensible que envuelve en un sinfín de correlatos cada escena
y cada gesto. Con ella, algunos objetos se elevan a la categoría
de reliquias y ciertos elementos recurrentes, como la lluvia o las vistas
a través de las ventanas, se hinchan hasta casi reventar por la
ingente dosis de carga simbólica que acaban albergando. El modo
de representación de Kata, su singular forma de interpretación
de los hechos, actualiza constantemente el sentido de lo percibido. Y
es que donde Kata percibe silencio, interpreta sonido, donde Kata percibe
marcas, restos, rastros, interpreta ausencias. Donde Kata percibe realidad,
interpreta poesía. Aunque, cabe decirlo, con tanta lírica
aumentan considerablemente las posibilidades de caer en personajes que
encogen ante la adversidad, o trenes sin destino, o tiempos que se detienen
u otros tópicos malsonantes que, de vez en cuando, dañan
su cándida voz.
Uno debería tener bien presente que, en su labor de recomposición
del pasado, Kata reconoce la imposibilidad de abarcarlo en su totalidad,
la sensación de que "en algún lugar faltaba una pieza.
Siempre". Debido a ello, nos ofrece fragmentos repletos de blancos
narrativos en los que, inocentemente, abre pequeñas grietas que
permiten ojear a un país comunista sumido en la pobreza y a una
familia errante que, tan sólo en los momentos de distensión
junto a ríos o lagos, consigue sosegarse y disfrutar de un lugar
en el mundo.
ALBERT GRABULOSA
LA LUZ DEL DÍA
Graham Swift
Trad. de Daniel
Najmías Bentolila
Anagrama, Barcelona, 2004
313 págs., 16 €
Resulta verosímil pensar, tras leer las últimas
novelas de Graham Swift, que nos encontramos frente a uno de los mejores
escritores del mundo en activo, aunque sólo sea debido a que pocos
se atreven a asumir tantos riesgos como él, y casi ninguno logra
salir tan bien parado.
Pocos son capaces de cambiar de fórmulas y registros novelísticos
sin modificar un mundo personal que refleja uno de los planteamientos
más puros de un narrador: la inquietud que provocan las relaciones
humanas, los afectos, la falta de armonía, la obsesión por
mantenerse como un ser autónomo, dotado de personalidad, pese a
las mellas y hachazos a que nos somete la convivencia. El autor de esta
extraordinaria y exigente novela nos obliga a levantar las defensas de
nuestra inteligencia arriesgando en la voz, construida con frases entrecortadas,
directas, dubitativas y en ocasiones irritantes por su montaje incompleto,
para representar al narrador que observa, a un detective presa de su ofuscación,
hasta tal punto que le será vedado fabricar con palabras el relato
de su relación con la persona que tanto le gusta, precisamente
por estar inmerso en esa relación y no ver sus límites y
aristas. Y arriesga al edificar narrativamente el resto de las historias
secundarias, de modo que el lector no puede dejar de verlas y así
conocerlas, hasta el punto de que llega a comprender la necesidad que
tiene George Webb, el detective, de contar su historia: si no se explica
frente a las personas que todavía le respetan, como su hija, su
secretaria o un antiguo compañero del cuerpo de policía,
revienta. Swift también arriesga en una estructura fragmentaria,
al desplegar con meticulosidad, por aquí y por allá, las
esquinas de los trapos de la historia, saltando de una a otra secuencia
temporal con idéntico capricho al que rige la memoria, creando
imágenes e ideas que se van sosteniendo en nuestra mente a medida
que avanzamos en la lectura, como si pretendiera ocultar lo global, algo
así como si un cámara de televisión nos fuera enseñando
las piernas de los futbolistas por un lado y otro del campo, consiguiendo,
al mismo tiempo, que nos enteráramos del partido.
Y no deja de correr riesgos en la forma como va decelerando la acción,
hasta acabar en un apogeo del conflicto descrito a una velocidad tan perturbadora
para el narrador como desesperante para el lector: otra sorpresa que sirve
para generar inquietudes, para preguntarnos en qué medida nos debe
intimidar el porqué de las relaciones. Porque, al fin y al cabo,
recordar las relaciones humanas, al igual que leer verdadera literatura,
es un riesgo que merece la pena correr.
RICARDO MARTÍNEZ LLORCA
Literatura Catalana
TRENTA-DOS MORTS I UN HOME CANSAT
Lluís Llort
Rosa dels Vents,
Barcelona, 2004
227 págs., 17,50 €
Lluís Llort nunca deja de sorprendernos. La obra
de este periodista y guionista televisivo (aún recordamos la inteligente
y divertida Moncloa, ¿dígame?) es un experimento continuo,
una búsqueda de nuevos mecanismos de expresión y un constante
compromiso con su tiempo. La anterior novela, Camaleó, era un homenaje
al cine y una reflexión sobre las relaciones entre realidad y ficción,
entre el mundo tangible y el de las imágenes. Y abordaba el tema
del amor, la seducción y la muerte. Como en La invención
de Morel. Aunque con matices distintos: mientras que Bioy intenta demostrar
la influencia perversa de la tecnología y los mass media sobre
el individuo, algo que convierte la vida en un simulacro, Llort se limita
a hacer la transcripción literaria de un film imaginado en la mente,
con cortes en la acción, superposición de planos y diferentes
puntos de vista, según el emplazamiento de una cámara oculta
y movida por una mano misteriosa. Y busca la complicidad del lector, familiarizado,
gracias al cine, con las diversas historias que conforman una novela aparentemente
deslabazada, elíptica, llena de interrogantes y con sorpresa final,
que hace pensar.
La última entrega del escritor sigue en la misma línea.
Pero, esta vez, adopta el lenguaje del cómic, donde -dicen- reside
el germen de una revolución de lo real. Trenta-dos morts i un home
cansat construye un microuniverso con la materia prima de una cotidianidad
inestable y un entorno privado disfuncional, con figuras dibujadas sobre
un fondo oscuro, un ámbito siniestro y enrarecido donde, para sobrevivir,
hay que destruir. Los personajes de la novela tienen un alma negra y una
gestualidad provocadora. La novela se rige por el concepto acrobático
de la violencia de los thrillers orientales, recrea una coreografía
que sirve de hilo conductor narrativo a un espectáculo sobre la
soledad, el sexo y la agresión. Míriam, la adolescente protagonista
que se desplaza con sus patines por los bajos fondos de la ciudad, sus
perversos familiares, amigos y conocidos, y la corte de policías
y maleantes que la persiguen desde el inicio hasta su trágico final;
todos los personajes de la novela son víctimas de una forma particular
de violencia: aquella violencia simulada, reactiva, de la que hablaba
Baudrillard y que caracteriza nuestra modernidad. Se trata -dice el filósofo-
de un odio sin objeto ni fin, que nada tiene que ver con la pulsión
arcaica. Es un odio sin convicción ni calor, contemporáneo
de la hiperrealidad de las grandes metrópolis, inmersas en una
nueva forma de violencia más sutil que la agresión. Una
violencia de disuasión, de pacificación, de neutralización,
de control. Una violencia de exterminio con dulzura, de consenso y de
buena convivencia, que, a fuerza de regulación psíquica
y mediática, intenta abolir cualquier radicalismo o singularidad,
intenta obviar la negatividad, los conflictos y la muerte.
ANNA M. GIL
Narrativa Gallega
XENARACIÓN PERDIDA
Francisco Castro
Galaxia, Vigo, 2004
158 págs., 10 €
Con una azarosa carrera literaria que le llevó
a publicar sus -hasta el momento- nueve libros en otras tantas editoriales
diferentes, Francisco Castro (Vigo, 1966) desembarca en la histórica
Editorial Galaxia con su última novela. Quizá sea arriesgado
afirmarlo cuando apenas va mediado el año, pero por una simple
cuestión estadística es muy difícil que en 2004 se
edite ya un libro gallego cuya calidad supere la de Xeración perdida.
Y aunque eso suceda, en el entorno grisáceo que nos inunda de best-sellers
anglosajones escritos con estilo de redacción escolar, personajes
planos y tramas previsibles, la novela de Castro brilla con especial intensidad
gracias a su prosa sencilla pero sabrosa, a las situaciones que describe
con la seguridad de un conocedor de primera mano, y sobre todo a la innovación
que supone dividir la narración entre la mera descripción
de la acción y la reflexión del narrador-autor sobre el
propio ejercicio de la literatura.
Leer un buen libro siempre es un placer, trate de lo que trate, pero para
no dejar con las ganas a los lectores de esta recensión, diremos
que Xeración perdida se ambienta en los años ochenta, los
de la movida viguesa y las cazadoras coreanas, el punto álgido
de la heroína, la irrupción del SIDA, Siniestro Total y
los conciertos de rock al aire libre. Es decir, una crónica de
nosotros desde el punto de vista de la modernidad, de una generación
sobre la que se proyectaban grandes expectativas y que quedó condenada
a las frustraciones y a la precariedad consecuencia de la aplicación
del grado máximo del capitalismo salvaje. Pero también es
una reflexión sobre la condición del escritor en la Galicia
de hoy, con una lengua en desuso y un sistema literario esclerótico,
una reflexión que impregna asimismo la acción de su ironía,
e incluso sátira. Este peculiar uso de la voz del narrador lo hemos
visto anteriormente, si bien con características diferentes, en
dos de los mejores narradores gallegos actuales: Cid Cabido y Xurxo Borrazás,
y tal vez conforme uno de los trazos definitorios de una corriente emergente
en la literatura gallega de esta década.
Francisco Castro ha escrito una novela producto del sentir de nuestro
tiempo, consecuencia del mundo en que vivimos y que sirve de voz a las
gentes que lo habitan, escogiendo los mecanismos narrativos que eran precisos
para sus designios, poniéndose a la altura de los auténticos
escritores: aquellos que disponen de recursos suficientes para proveer
a su voz literaria de autonomía y un valor propio. Esto, en un
panorama dominado por la pretensión de cubrir lagunas en nuestra
historia literaria mediante la publicación en pleno siglo xxi de
novelas realistas, de género o de costumbres, no tiene precio.
MOISÉS R. BARCIA
Poesía
LO DEMÁS ES SILENCIO
Piedad Bonnett
Hiperión, Madrid, 2003
111 págs., 8 €
La poesía de Piedad Bonnett (Antioquia, 1951) destaca
en el amplio panorama colombiano por su transparencia y hondura. Transparencia
y hondura podrían ser las características más importantes
que el lector resaltaría al leer esta antología, a todas
vistas necesaria, y que da a conocer por vez primera en España
la obra de una poeta reconocida y en pleno proceso de afianzamiento de
su obra. Ser poeta en Colombia siempre ha sido un destino marcado por
una serie de circunstancias de las que resulta difícil escapar,
y en ese complicado contexto, en el que a menudo la retórica lo
invade todo, resaltan voces como Juan Manuel Roca, Giovanni Quessep o
la propia Bonnett.
Esta antología distribuida de manera temática lo viene a
confirmar así. Si la esencialidad, el sacar el máximo rendimiento
a parcos recursos formales y expresivos, es una de las condiciones de
la poesía, estamos ante el cumplimientos de esos requisitos, lo
que nos lleva a hablar de una poeta de hábil capacidad de indagación
en los vericuetos del alma, en los sentimientos más en apariencia
inofensivos, brindándonos una poética que es una búsqueda
de valores inherentes al ser humano, preocupaciones íntimas y colectivas,
lo que hace que el resultado sea de una altura y un vuelo de enorme trascendencia.
El humor como distancia, la ironía tan presente, a veces agudísima,
casi hiriente, es uno de los motores de despegue de una temática,
a menudo cotidiana, pequeña en su nacimiento y que gracias a este
recurso alcanza la deseada universalidad. Todo aquello que realizamos
y lo que dejamos de hacer adquiere un peso, como una losa que nos adentra
por caminos oscuros que desembocan casi siempre en el dolor, un dolor
que es la puerta al despertar, a la mirada vigilante: "... y Bogotá
verde vibrante / sus parques de pronto alegres tras el cristal del taxi
/ y allí el sopor el lento andar hacia sitios que son todos ajenos
/ la canción en la radio como una telaraña de luz que crece
y crece". Esa admirable capacidad que nos descubre la poesía
de Piedad Bonnett de acercarnos al terror que esconde cualquier acto vano,
todo lo que se oculta tras la cómoda apariencia, es el hilo que
nos lleva a descubrir el pasmo de la hondura, un pozo donde todos nos
miramos, lleno de transparencia omnipresente, de la verdadera poesía.
Descubrimiento de uno mismo, atracción por la belleza avistada
en sus escondites más recónditos, inquietud y desasosiego
vital, amor como fuente de crecimiento, en el sentido amplio y deslumbrante
de generosidad como una postura ante la vida, estos elementos, eternos,
adquieren un brillo nuevo, como si la poeta con su mención nos
los descubriese a la luz de la emoción.
Estamos ante la oportunidad de conocer el trabajo de una escritora fundamental
dentro de las más ricas y complejas realidades poéticas
de la lengua colombiana.
RODOLFO HASLER
Ensayo
OBRA ENSAYÍSTICA COMPLETA I. ARTÍCULOS Y
OPINIONES 1955-1971
Gunter Grass
Trad. de Carlos Fortea
Galaxia Gutenberg - Círculo de Lectores, Barcelona, 2004
912 págs., 55 €
A quien no sea socialdemócrata y se atreva, le
aconsejo la lectura de los ensayos y alocuciones de Günter Grass
(Danzig, Polonia, 1927), convencido de que terminará por hacerse
socialdemócrata. Tal y como Grass la presenta, la socialdemocracia
parece la única alternativa posible, la única decente.
Su participación activa y militante en las campañas electorales
le hizo mantener trato con muchísima gente a la que, con probabilidad,
no habría conocido de otra forma y, lo que es más importante,
escribir a pie de cañón. A mantener una escritura fresca
y directa. (Al parecer, este incansable cronista de la historia alemana
contemporánea sigue escribiendo de pie, en una suerte de atril,
en la postura del orador. Tal vez por esto sus textos ganen tanto leídos
en voz alta).
En lugar de mostrar sus convicciones e ideas claras, como buen intelectual,
el ilustrado Grass nos hace partícipes de sus inquietudes y dudas,
y resulta paradójicamente convincente con este método, tan
honesto como peligroso: una lección de cómo compaginar fe
(en la política, en el socialismo) con escepticismo, que en él
es casi virtud.
Es cierto que este tinte partidario, por no decir directamente partidista,
puede asustar a muchos. A ellos recomendaría trascender la cuestión
ideológica (por otra parte perfectamente sólida y coherente
con el pensamiento de izquierdas) o circunstancial (a diferencia de otros
narradores, que fraguan su aportación ensayística a impulsos
de artículos y colaboraciones en la prensa, Grass lo hace con discursos
y conferencias) e ir hacia lo literario y profético, pues no sólo
ya por el tono, sino por el cumplimiento de sus vaticinios, a veces parece
que Grass es un auténtico adivino.
Quien haya leído sus novelas sabe que en el autodidacto Grass habita
un ensayista de primera fila. Y no digo esto sólo por los largos
fragmentos discursivos que contienen sus narraciones, sino porque en todas
ellas hay una tesis, un pensamiento y, si mucho se me apura, hasta una
propuesta.
"En cuanto a mí -dice Grass con el propósito de presentarse-
nací en Danzig en 1927. A los diez años era miembro de la
Juventud Popular; a los catorce me afiliaron a las Juventudes Hitlerianas.
Cuando cumplí quince, me nombraron auxiliar de aviación.
A los diecisiete era tirador de un tanque. Y a los dieciocho salí
de una prisión de guerra estadounidense: sólo entonces fui
adulto. Sólo entonces, no, más bien poco a poco, me fue
quedando claro lo que, recubierto por el ruido de las fanfarrias y la
charlatanería oriental, habían hecho con mi juventud. Sólo
entonces, y años después en medida cada vez más terrible,
supe de los inconcebibles crímenes que se habían cometido
en nombre del futuro de mi generación. Con diecinueve años,
empecé a intuir la culpa que nuestro pueblo había acumulado
consciente e inconscientemente, la carga y la responsabilidad que tendrían
que llevar mi generación y la siguiente".
Es evidente que esta Obra ensayística completa nos acerca cabalmente
a la vida y obra de uno de los últimos -y no son muchos- narradores
verdaderamente épicos.
PABLO D'ORS
EL TEXTO HISTÓRICO COMO ARTEFACTO LITERARIO
Hayden White
Trad. de Verónica Tozzi
Paidós, Madrid, 2003
252 págs., 14 €
La historia no es ficción. Pero los modos como
relatamos la historia son calcados a los de la ficción. Esto último
lo demostró Hayden White en su célebre Metahistoria. La
imaginación histórica en la Europa del siglo xix (1973).
Como dice la profesora argentina Verónica Tozzi en su ilustrativo
prólogo a El texto histórico como artefacto literario, "la
insostenibilidad de la distinción entre relato histórico
y relato de ficción, [está] basada en el criterio de que
relatan, respectivamente, acontecimientos reales o imaginarios. Si bien
esta afirmación no es nueva, Metahistoria tiene el mérito
peculiar de conformar una teoría sistemática y de amplio
alcance de los mecanismos poéticos que determinan la producción
de relatos históricos". Que son idénticos a los que
hallamos en los textos de ficción. El problema llega cuando de
eso se desprende la ficcionalidad de la historia, conclusión que
se alcanza si se fuerzan las ideas de White hasta sus últimas consecuencias.
Es lo que se ha dado en llamar el "relativismo relativo", sintomático
del postmodernismo, del cual Hayden White se convirtió en su historiador
más emblemático.
Los cincos ensayos que se reúnen en el volumen elaboran o amplían
la tesis inicial y muestran cómo su autor hubo de matizarla al
abordar temas peliagudos como el genocidio perpetrado por los nazis. El
segundo ensayo, El texto histórico como artefacto literario, no
en vano fechado en 1974, muestra cómo el tipo de trama seleccionado
por el historiador para la narración de unos hechos determinados
condiciona el significado que éstos adquirirán a ojos del
lector. Esa constatación, según White, "no invalida
ningún tipo de conocimiento"; pero aleja la posibilidad de
alcanzar algún tipo de verdad con el discurso histórico.
El problema se trata en los dos últimos textos ("La trama
histórica y el problema de la verdad en la representación
histórica" y "El acontecimiento modernista"), fechados
en los noventa. En el momento en que confiesa que, en el seno de su propio
aparato crítico, hay que hacer salvedades sobre la representación
del horror nazi, esto es, que hay narrativas más competentes que
otras para hablar de ello, aunque la representación en sí
misma sea imposible por la carga retórica que tiene cualquier trama,
cualquier forma de discurso, ahí White reconoce sus propias limitaciones
y llega a un punto crítico.
Precisamente por su carga polémica, siempre inteligentemente argumentada,
hay que leer a Hayden White. El debate continúa abierto.
JORGE CARRIÓN
EL GOBIERNO IMPOSIBLE
Emmanuel Rodríguez
Traficantes de Sueños,
Madrid, 2003
188 págs., 9,51 €
Emmanuel Rodríguez ha escrito un libro de lectura
necesaria y oportuna. Miembro del colectivo editorial Traficantes de Sueños,
Rodríguez lleva a cabo en El gobierno imposible. Trabajo y fronteras
en las metrópolis de la abundancia un trabajo de envergadura que
parte de una sólida hipótesis: la crisis del horizonte del
régimen salarial del trabajo.
Lo que en los años sesenta fue un rechazo a la moral del trabajo
sin llegar a la deseada abolición del trabajo asalariado es hoy
una realidad en ciernes, el "trabajo vivo", bien que todavía
subsumido en su mayor parte en la formación del capital. En favor
de su emancipación de la tutela capitalista está escrito
El gobierno imposible, que analiza varias polaridades no resueltas del
mundo postfordista: entre trabajo vivo y trabajo asalariado, entre riqueza
y renta, y entre excedencia subjetiva -o social- y tecnologías
de control o subordinación de la cooperación social. A través
de una batería conceptual que va creciendo con referencias históricas
a los ludditas y al movimiento cartista inglés de 1842, al Marx
del general intellect, al obrerismo italiano y al situacionismo francés
contemporáneos, Rodríguez revisa críticamente en
un análisis adecuadísimo el legado de Mayo del 68 (hay emancipación
si hay producción libre de subjetividad y no sólo "liberación"
de identidades previamente establecidas) y desenmascara el que es el verdadero
problema político actual: el imperio del neoliberalismo a partir
de los años setenta basado en una legislación laboral regresiva.
Empapado en el imaginario colectivo que va surgiendo con el movimiento
global parido en Seattle y Génova, Rodríguez también
aborda la Europa de Schengen y la ley española de extranjería
de 2000, y al final propugna una nueva Carta de Derechos Políticos
del Trabajo Vivo que comprenda tanto un estatus de ciudadanía universal
como el libre acceso al saber común, a la producción libre
de riqueza social y a una renta básica universal garantizada. A
este horizonte constituyente de las multitudes políticas emergentes
Emmanuel Rodríguez lo llama "commonfare".
XIMO BROTONS
Biografías
FRANCISCO UMBRAL. EL FRÍO DE UNA VIDA
Anna Caballé
Espasa-Calpe, Madrid, 2004
424 págs., 19,50 €
Francisco Umbral. El frío de una vida, de Anna
Caballé, es un combinado de biografía y examen literario,
una mixtura de análisis freudiano y de estudio de estética,
un libro, además, en que se hacen explícitas las condiciones
de producción y de escritura: las dificultades, los reparos, los
obstáculos que el afamado autor ha puesto a la investigadora así
como la laboriosa reconstrucción de unas verdades camufladas. Al
leerlo se tiene la sensación de que asistimos a un escrutinio psicoanalítico.
Leyendo este libro, entretenidísimo y muy bien escrito, con el
placer que da la prosa bien templada, uno tiene la impresión de
que Anna Caballé hace hablar a Umbral. La analista (es decir, Anna
Caballé) oye y oye ese río verbal que el paciente segrega
o expulsa para aliviarse, pero también para cubrir, como la tinta
del calamar. El paciente, derrotado por su gigantesca producción,
rechaza, evita, pero uno tras otro aparecen y reaparecen los indicios
y la terapeuta le advierte: no soy yo quien ha descubierto lo que usted,
mi interlocutor, quería ocultar (ser hijo de madre soltera), sino
que es su yo el que por hablar tanto y tan seguido revela manifiesta o
latentemente lo que le daña y que se obstina en desmentir.
Cuando nos las vemos con una obra literaria, cuando nos enfrentamos a
un volumen de creación, como son los textos de Umbral, ¿hay
que analizar sólo el libro o hay que analizar al autor? ¿Hay
que sondear en el escritor lo que la obra dice? Creo que el análisis
de Anna Caballé resuelve prácticamente y en un caso concreto
esos dilemas propios de la vieja crítica (con Saint Beuve o contra
Saint Beuve), del formalismo, del estructuralismo. Ahora bien, no se trata
de superar esos dilemas para incurrir en otro error: el de creer que la
obra se explica averiguando las cosas que le pasan al autor empírico
como si éste fuera la iluminación de aquélla. Creo
que Anna Caballé hace un psicoanálisis de la escritura,
de la voz, no del escritor. Es decir, hace como un buen analista, como
aquel que se atiene a lo que el paciente le dice, a ese repertorio verbal
que se hace explícito en la sesión. A Freud no le interesaba
dar con la verdad histórica, cosa que por otra parte sería
difícil de lograr cuando la única fuente es el propio analizado.
Lo que le interesaba era dar con la verdad psicoanalítica, esas
certezas que están en las palabras emitidas y en los actos fallidos
y que expresan. Para comprobar el acierto de Francisco Umbral..., podríamos
fantasear con la siguiente circunstancia. Imaginemos que hubieran desaparecido
todos los datos externos, empíricos, del autor llamado Francisco
Umbral; imaginemos que sólo nos quedara su copiosísima obra:
¿sería posible reconstruir el sentido de esas palabras caudalosas
sondeando sólo en ella, atendiendo a las imágenes y ecos
que reverberan? Aunque fuera muy incierta la operación de reconstrucción,
sería posible, como Anna Caballé hace. Y al final, lo que
queda es un Umbral imaginativo y patético, alimenticio y literario,
dueño de un significante poderoso y embustero, ese que ha sido
sometido a escrutinio, un Narciso de tinta que se confunde con la persona
real, una figura hecha de palabras cuyos perfiles Anna Caballé
ha recompuesto.
JUSTO SERNA
KANT. UNA BIOGRAFÍA
Manfred Kuehn
Trad. C. García-Trevijano Forte
Acento, Madrid, 2003
703 págs., 30 €
No suelen tener simpatía los filósofos por
el género biográfico, al menos cuando son ellos los objetos
de estudio. Y Kant no es una excepción: "De nobis ipsis silemus",
afirmaba escueto. Sin embargo, por suerte para los aficionados tanto a
la filosofía como a las biografías, en los últimos
años investigadores solventes nos han ofrecido rigurosos estudios
sobre algunos de ellos. Ahora, al cumplirse el bicentenario de la muerte
del pensador de Könisberg, Manfred Kuehn, bibliógrafo de la
Sociedad Norteamericana de Kant y profesor en Marburgo, nos presenta esta
sobria y equilibrada aproximación al autor de la Crítica
de la razón pura.
Cuando ya nos habíamos hecho a la idea de que Kant era un mero
ente de razón, un meteoro que sin pisar tierra iluminó el
siglo xviii con su pensamiento, resulta que no, que la leyenda que nos
pintaba a un Kant prácticamente "inexistente", un tipo
algo excéntrico de una puntualidad enfermiza, no era del todo cierta.
Resulta que Kant tenía, además de una mente prodigiosa,
una vida privada que iba más allá del tópico y de
los interesados relatos de sus contemporáneos. No es que Kant fuera
un aventurero, desde luego, ni que su vida esté adornada por intriga
fascinante alguna. Mas Kant fue, sin embargo, un hombre de su época,
un profesor al que sus clases agobiaban, un ilustrado que se identificó
sin dudarlo con los ideales de la Revolución Francesa, un caballero
elegante -siempre le preocupó su aspecto pulcro y a la moda- que
disfrutaba de la comida y del buen vino, de las sobremesas largas y las
conversaciones inteligentes y ágiles. También fue, claro,
una de las inteligencias más poderosas de la historia de la humanidad,
el constructor de ese impresionante edificio teórico que es la
"filosofía crítica", el sepulturero de la vieja
metafísica, el racionalista que sitúa a la religión
en los "límites de la mera razón", el fundador
de la ética contemporánea y el renovador, en suma, del pensamiento
moderno: después de él la filosofía ya no podía
ser la misma. Quizá por ello resulta más conmovedor asistir
a su implacable declive. Kuehn nos lo muestra con exquisito pudor, evitando
muchos detalles penosos, pero aun así la impresión es terrible.
Pues el "poderoso pensador", como cualquier otro anciano, se
consume hasta el punto de ser incapaz de permanecer sentado; su inteligencia
se apaga, su memoria le abandona y, cuando Kant ya no es Kant, su cuerpo
aún se obceca en sobrevivirle. Al final en él ya nada queda
de esa filosofía que Kuehn nos expone con sencillez y acierto envidiables,
ya nada recuerda al autor de las tres Críticas: sólo quedan
los restos del que fue el mayor filósofo de su época, los
despojos doloridos de un espíritu noble y libre que quiso ayudar
a la humanidad a salir de "su minoría de edad autoculpable".
Y todo ello nos lo muestra el autor con habilidad y elegancia; perfila
con suficiente nitidez la vida de Kant y la de su entorno, descubre la
génesis de sus obras y persigue el discurrir de su pensamiento
con una solvencia y equilibrio que hacen que el libro se lea con indiscutible
deleite.
ANTONIO GARCÍA VILA
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