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julio - agosto 2004
Nº 115/116

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Estantería

Narrativa Hispánica

EL ÁNGEL LITERARIO
Eduardo Halfon
Anagrama, Barcelona, 2004
135 págs, 11 €

Uno de los relatos del poco recordado narrador cubano Calvert Casey tiene por protagonista un hombre obsesionado por captar el momento de la muerte. Dedica sus días y patrimonio a buscar moribundos, y cuando logra su objetivo, espera, paciente, para ver y comprender el misterio mayor. Con parecida obsesión, el protagonista del último libro del guatemalteco Eduardo Halfon (1971), que no es otro que el narrador guatemalteco Eduardo Halfon, se empeña en descifrar un misterio de signo contrario: el nacimiento de un escritor, o sea, el momento y las circunstancias que decidieron que una persona corriente y normal reconociera (o recibiera) la extraña misión de dedicarse a la escritura.
Cinco son los escritores (Hermann Hesse, Raymond Carver, Ernest Hemingway, Ricardo Piglia y Nabokov) cuyo mito de origen se explora en este curioso libro híbrido y mitómano, por cuyas páginas transita un sinfín de autores más, de los cuales es preciso destacar a dos como protagonistas paralelos: a Enrique Vila-Matas, como personaje y también como principal modelo literario de esta obra de Halfon, y a Roberto Bolaño, cuya vida y muerte llegará a formar parte de la acción.
Si bien la historia del misterioso nacimiento de la vocación de los cinco escritores mencionados constituye apartados narrativos autosuficientes, el todo es como el diario de la investigación de Halfon en pos de ese momento angélico, en el que caben el relato más o menos clásico, los fragmentos de una novela familiar, pinceladas ensayísticas, episodios biográficos, homenajes, citas y el género epistolar, inclusive en su vertiente electrónica.
Es obvio que la arriesgada operación de Halfon no corresponde a los clichés a los que la literatura latinoamericana (especialmente si es guatemalteca) tiene que someterse para triunfar. De un escritor guatemalteco que se precia como tal, como mínimo, se espera ser el equivalente literario de la folclórica compatriota Rigoberta Menchú. Sin embargo, Halfon sale airoso del aprieto en que, como todo escritor ambicioso, él mismo se ha metido. Y en parte sale gracias a la originalidad de su planteamiento, que ya estaba presente en su obra anterior, De cabo roto (Littera, 2003), de tejido menos complejo y de escritura menos madura, pero interesante, donde también el relato se construye alrededor de una búsqueda, una investigación de orden literario-histórico. La otra razón del éxito de la apuesta Halfon es la brillantez con la que compagina géneros y tonos muy diversos. Con todo, su mayor acierto ha sido conseguir que el libro se lea como la historia de una investigación de verdad. Este sutil hilo conductor es lo que asegura la necesaria pulsación narrativa para convertir una obsesiva curiosidad privada en un relato de interés público.
MIHÁLY DÉS


MIMODRAMA DE UNA CIUDAD MUERTA
Álvaro Colomer
Siruela, Madrid, 2004
185 págs.,16,50 €

Mimodrama de una ciudad muerta no es la primera aventura literaria que emprende Álvaro Colomer (Barcelona, 1973), de quien ya pudimos degustar el libro de relatos basado en entrevistas reales con putas, Se alquila una mujer (Martínez Roca, 2001), y la novela corta La calle de los suicidios. Y digo aventura porque la disección que lleva a cabo Álvaro Colomer sobre el mundo de los muertos es integral y conjuga intrigas escabrosas con brochazos satíricos.
La nueva novela del joven escritor barcelonés tiene un personaje principal: Eduardo Arrollo, tanatopractor de profesión, es decir, guardián de los muertos, que habita una ciudad sin nombre y difusa, a sus ojos llena de cadáveres. Alrededor de él se despliega una trama tentadora, dividida en cuatro capítulos, cuyo interés aumenta progresivamente. Él es el encargado de acicalar y embellecer (si es que eso es posible) a los difuntos antes de que ingresen en la caja de pino y emprendan el viaje hacia la nada. Y su trabajo lo hace con rigor. Confían en su labor y para la empresa es una garantía.
Sin embargo, aunque en el oficio goce de buena salud, Arrollo tiene otros problemas: no sabe escapar de su pasado. Se siente perseguido por unos recuerdos que, como suele suceder, no cambian de lugar. Eso le hizo huir de la isla en la que vivía junto con su última novia, y eso le hace autoflagelarse con sus remordimientos entre tantos muertos al tiempo que narra, en primera persona y desde la cordura recién recuperada, su demencia. Y justo en medio aparece el féretro de Silvia Viladevall, a pesar de la tenebrosidad, agraciada, y con él la intriga de la novela. La imagen de la fallecida trastocará los quehaceres habituales de Arrollo, estimulará en él su propensión a recordar y acabará situándolo en una bifurcación comprometida.
Poco que objetar pues a Colomer, a no ser la vacilación del título (¿qué es un mimodrama?) y las citas que preceden los cuatro capítulos, quizás demasiado sobradas. Por lo demás, la sorpresa, un tanto cinematográfica, que acaece al final, se ve superada por una prosa ágil, por momentos solemne, y por un buen trabajo de investigación, que confirman a Colomer como un sólido referente narrativo al que seguir la pista.
JULIO PÁRBOLE


LAS PELÍCULAS DE MI VIDA
Alberto Fuguet
Alfaguara, Madrid, 2004
338 págs., 19 €

Cabeza visible de la "generación" McOndo, esa camada de escritores aparentemente forzados a redescubrir que en Latinoamérica lo real no era tan maravilloso, Alberto Fuguet (Santiago de Chile, 1964) ha desembarcado en España con Las películas de mi vida, una novela que describe la singular dialéctica de desastres naturales y artificiales en la que se mueve Beltrán Soler, joven sismólogo chileno y perfecto ejemplar del treintón de la posmodernidad.
Inicialmente indiferente ante su propio pasado y sumido en sus estudios de terremotos y otros cataclismos, una conversación hace a Beltán recordar los filmes que marcaron su vida. Esas "fallas" cinematográficas (algunas de ellas inmediatas a la serie B) que se presentan como espejos de una infancia transcurrida entre dos ciudades que tiemblan, el Los Ángeles de fines de los sesenta y el Santiago de Chile de principios de los setenta. Así, el protagonista esboza una suerte de canon comentado en el que abundan los filmes más inverosímiles -desde los televisivos, tipo Los doberman al ataque, hasta verdaderos clásicos del mainstream como La novicia rebelde- que se relacionan con los momentos decisivos de su regreso a Chile. En ese sentido, uno de los aciertos del libro está en la perspectiva desde la que el autor aborda temas como el exilio o la dictadura de Pinochet. Con una mirada antes emotiva que de crítica social o política, Fuguet traza una peculiar estética del desarraigo: "Más que un país tercermundista, la escena parecía el comienzo de una vieja película B", dice Beltrán cuando llega por primera vez al aeropuerto de Santiago, "... todo aquí era en blanco y negro…".
Mucho más discutible es la estructura de la novela: como un edificio a punto de caerse casi podría decirse que el libro no se sostiene gracias a ella sino a pesar de ella. Grosso modo: el corpus, la lista de las películas que recuerda Beltrán (en primera persona), está contenido por una conversación telefónica (diálogos transcritos de manera impersonal) que sostiene el protagonista. Pero además el autor usa otras formas discursivas: currículum vítae, diarios, mails, que producen un efecto de "contemporaneidad" un tanto grosero. Es, sin embargo, el citado modelo de narración "sándwich" el que finalmente da cohesión a la obra y posibilita un juego de doble sensibilidad entre el Beltrán adulto y el niño que recuerda haber sido. Todo ello redondea una novela en la que quizás el mayor demérito sea el hecho de que ésta se acaba cuando el protagonista empezaba a hacerse entrañable. Como sucede en algunas películas, se encienden las luces demasiado pronto y uno se queda con la incómoda sensación de un final abrupto.
JAIME RODRÍGUEZ

CASTILLOS DE CARTÓN
Almudena Grandes
Tusquets, Barcelona, 2004
199 págs., 14 €

De un tiempo a esta parte, sufrimos una especie de revival de los años setenta y ochenta, penúltima moda cultural a la que se ha sumado Almudena Grandes (Madrid, 1960) con esta su última. Grandes es autora de otras famosas obras de la literatura española reciente, como Las edades de Lulú (Tusquets, 1989) o Malena es un nombre de tango (Tusquets, 1994).
Castillos de cartón, aunque esté situada temporalmente en la llamada movida madrileña, apenas contribuye al conocimiento del pasado reciente. Y una vez descartada la vertiente documental, descartemos también el aspecto estrictamente literario. Seguimos las andanzas de los tres protagonistas, María José -la voz narradora-, Jaime y Marcos, estudiantes de Bellas Artes, aspirantes a la gloria artística y responsables de la supuesta trasgresión que supone formar un trío de lo más avenido. Enésima mitificación de la movida (fenómeno de trascendencia bastante relativa) y de los años de la transición. Presenciamos, de esta manera, el estereotipo de la juventud como tiempo de la libertad y de la inocencia, y de la edad madura (desde la cual narra María José) como el espacio del fracaso y de la traición a las supuestas bondades de las ideas libertarias de los años mozos. Pero el lector se queda frío e impasible con tanta trasgresión y tanta adolescencia.
Por otro lado, la topiquez representa el rasgo estilístico más sobresaliente. Por ejemplo, en los tres personajes: el feo pero simpático, la chica guapa pero inteligente y con las ideas claras, el guaperas con un secreto que esconder; así como en los ambientes, tipo bohemia pija, en los que el sexo, los porros y el alcohol actúan como meros signos vacíos de significado; y, finalmente, en la descripción de la creación artística de manera un tanto infantil e idealista. En cuanto al estilo, como muestra un botón, recogido casi al azar: "Puedo recuperar el calor, y el dolor de querer tanto a alguien sin que sirva de nada. Puedo recuperar el calor, y el dolor de recibir tanto amor inservible". La narradora no tiene ningún reparo en hablarnos de esta guisa durante toda la novela, sin tener compasión alguna por el lector. De un Gala, por ejemplo, nos podemos esperar algo así; de una Grandes exigimos algo más consistente. En fin, todo un castillo de cartón piedra.
ESDRES JARUCHIK NAVEIRAS

Narrativa Extranjera

EL NADADOR
Zsuzsa Bánk
Trad. de Berta Vias Mahou
El Acantilado, Barcelona, 2004
307 págs., 16 €

El punto de partida de El nadador, la primera novela de Zsuzsa Bánk, se remonta a la breve insurrección contra el estalinismo que zarandeó Hungría en 1956. Aprovechando la confusión y la casi total abertura de fronteras, miles de ciudadanos huyeron hacia el Oeste, el destino que alimentaba un sueño de libertad e infinitas oportunidades. Katalin, esposa de Kálmán y madre de Kata e Isti, renunciará a todo y, sin previo aviso ni explicación alguna, se lanzará a la aventura del exilio. Así, se convertirá en la gran ausencia de una novela en la que las ausencias son también grandes protagonistas. Su marido y sus hijos intentarán emprender una nueva vida sin ella, recorrerán el país alojándose en casa de distintos familiares y vivirán un largo periplo, un "continuo acabarse y empezar de nuevo" que a Kata le inflamará el deseo de asentarse definitivamente, de ver a su padre plantándose y anunciando: "Aquí viviremos".
Kata es la voz que todo lo empapa de un deje evocador, la voz bellísima y sensible que envuelve en un sinfín de correlatos cada escena y cada gesto. Con ella, algunos objetos se elevan a la categoría de reliquias y ciertos elementos recurrentes, como la lluvia o las vistas a través de las ventanas, se hinchan hasta casi reventar por la ingente dosis de carga simbólica que acaban albergando. El modo de representación de Kata, su singular forma de interpretación de los hechos, actualiza constantemente el sentido de lo percibido. Y es que donde Kata percibe silencio, interpreta sonido, donde Kata percibe marcas, restos, rastros, interpreta ausencias. Donde Kata percibe realidad, interpreta poesía. Aunque, cabe decirlo, con tanta lírica aumentan considerablemente las posibilidades de caer en personajes que encogen ante la adversidad, o trenes sin destino, o tiempos que se detienen u otros tópicos malsonantes que, de vez en cuando, dañan su cándida voz.
Uno debería tener bien presente que, en su labor de recomposición del pasado, Kata reconoce la imposibilidad de abarcarlo en su totalidad, la sensación de que "en algún lugar faltaba una pieza. Siempre". Debido a ello, nos ofrece fragmentos repletos de blancos narrativos en los que, inocentemente, abre pequeñas grietas que permiten ojear a un país comunista sumido en la pobreza y a una familia errante que, tan sólo en los momentos de distensión junto a ríos o lagos, consigue sosegarse y disfrutar de un lugar en el mundo.
ALBERT GRABULOSA

LA LUZ DEL DÍA
Graham Swift
Trad. de Daniel
Najmías Bentolila
Anagrama, Barcelona, 2004
313 págs., 16 €

Resulta verosímil pensar, tras leer las últimas novelas de Graham Swift, que nos encontramos frente a uno de los mejores escritores del mundo en activo, aunque sólo sea debido a que pocos se atreven a asumir tantos riesgos como él, y casi ninguno logra salir tan bien parado.
Pocos son capaces de cambiar de fórmulas y registros novelísticos sin modificar un mundo personal que refleja uno de los planteamientos más puros de un narrador: la inquietud que provocan las relaciones humanas, los afectos, la falta de armonía, la obsesión por mantenerse como un ser autónomo, dotado de personalidad, pese a las mellas y hachazos a que nos somete la convivencia. El autor de esta extraordinaria y exigente novela nos obliga a levantar las defensas de nuestra inteligencia arriesgando en la voz, construida con frases entrecortadas, directas, dubitativas y en ocasiones irritantes por su montaje incompleto, para representar al narrador que observa, a un detective presa de su ofuscación, hasta tal punto que le será vedado fabricar con palabras el relato de su relación con la persona que tanto le gusta, precisamente por estar inmerso en esa relación y no ver sus límites y aristas. Y arriesga al edificar narrativamente el resto de las historias secundarias, de modo que el lector no puede dejar de verlas y así conocerlas, hasta el punto de que llega a comprender la necesidad que tiene George Webb, el detective, de contar su historia: si no se explica frente a las personas que todavía le respetan, como su hija, su secretaria o un antiguo compañero del cuerpo de policía, revienta. Swift también arriesga en una estructura fragmentaria, al desplegar con meticulosidad, por aquí y por allá, las esquinas de los trapos de la historia, saltando de una a otra secuencia temporal con idéntico capricho al que rige la memoria, creando imágenes e ideas que se van sosteniendo en nuestra mente a medida que avanzamos en la lectura, como si pretendiera ocultar lo global, algo así como si un cámara de televisión nos fuera enseñando las piernas de los futbolistas por un lado y otro del campo, consiguiendo, al mismo tiempo, que nos enteráramos del partido.
Y no deja de correr riesgos en la forma como va decelerando la acción, hasta acabar en un apogeo del conflicto descrito a una velocidad tan perturbadora para el narrador como desesperante para el lector: otra sorpresa que sirve para generar inquietudes, para preguntarnos en qué medida nos debe intimidar el porqué de las relaciones. Porque, al fin y al cabo, recordar las relaciones humanas, al igual que leer verdadera literatura, es un riesgo que merece la pena correr.
RICARDO MARTÍNEZ LLORCA

Literatura Catalana

TRENTA-DOS MORTS I UN HOME CANSAT
Lluís Llort
Rosa dels Vents,
Barcelona, 2004
227 págs., 17,50 €

Lluís Llort nunca deja de sorprendernos. La obra de este periodista y guionista televisivo (aún recordamos la inteligente y divertida Moncloa, ¿dígame?) es un experimento continuo, una búsqueda de nuevos mecanismos de expresión y un constante compromiso con su tiempo. La anterior novela, Camaleó, era un homenaje al cine y una reflexión sobre las relaciones entre realidad y ficción, entre el mundo tangible y el de las imágenes. Y abordaba el tema del amor, la seducción y la muerte. Como en La invención de Morel. Aunque con matices distintos: mientras que Bioy intenta demostrar la influencia perversa de la tecnología y los mass media sobre el individuo, algo que convierte la vida en un simulacro, Llort se limita a hacer la transcripción literaria de un film imaginado en la mente, con cortes en la acción, superposición de planos y diferentes puntos de vista, según el emplazamiento de una cámara oculta y movida por una mano misteriosa. Y busca la complicidad del lector, familiarizado, gracias al cine, con las diversas historias que conforman una novela aparentemente deslabazada, elíptica, llena de interrogantes y con sorpresa final, que hace pensar.
La última entrega del escritor sigue en la misma línea. Pero, esta vez, adopta el lenguaje del cómic, donde -dicen- reside el germen de una revolución de lo real. Trenta-dos morts i un home cansat construye un microuniverso con la materia prima de una cotidianidad inestable y un entorno privado disfuncional, con figuras dibujadas sobre un fondo oscuro, un ámbito siniestro y enrarecido donde, para sobrevivir, hay que destruir. Los personajes de la novela tienen un alma negra y una gestualidad provocadora. La novela se rige por el concepto acrobático de la violencia de los thrillers orientales, recrea una coreografía que sirve de hilo conductor narrativo a un espectáculo sobre la soledad, el sexo y la agresión. Míriam, la adolescente protagonista que se desplaza con sus patines por los bajos fondos de la ciudad, sus perversos familiares, amigos y conocidos, y la corte de policías y maleantes que la persiguen desde el inicio hasta su trágico final; todos los personajes de la novela son víctimas de una forma particular de violencia: aquella violencia simulada, reactiva, de la que hablaba Baudrillard y que caracteriza nuestra modernidad. Se trata -dice el filósofo- de un odio sin objeto ni fin, que nada tiene que ver con la pulsión arcaica. Es un odio sin convicción ni calor, contemporáneo de la hiperrealidad de las grandes metrópolis, inmersas en una nueva forma de violencia más sutil que la agresión. Una violencia de disuasión, de pacificación, de neutralización, de control. Una violencia de exterminio con dulzura, de consenso y de buena convivencia, que, a fuerza de regulación psíquica y mediática, intenta abolir cualquier radicalismo o singularidad, intenta obviar la negatividad, los conflictos y la muerte.
ANNA M. GIL

Narrativa Gallega

XENARACIÓN PERDIDA
Francisco Castro
Galaxia, Vigo, 2004
158 págs., 10 €

Con una azarosa carrera literaria que le llevó a publicar sus -hasta el momento- nueve libros en otras tantas editoriales diferentes, Francisco Castro (Vigo, 1966) desembarca en la histórica Editorial Galaxia con su última novela. Quizá sea arriesgado afirmarlo cuando apenas va mediado el año, pero por una simple cuestión estadística es muy difícil que en 2004 se edite ya un libro gallego cuya calidad supere la de Xeración perdida. Y aunque eso suceda, en el entorno grisáceo que nos inunda de best-sellers anglosajones escritos con estilo de redacción escolar, personajes planos y tramas previsibles, la novela de Castro brilla con especial intensidad gracias a su prosa sencilla pero sabrosa, a las situaciones que describe con la seguridad de un conocedor de primera mano, y sobre todo a la innovación que supone dividir la narración entre la mera descripción de la acción y la reflexión del narrador-autor sobre el propio ejercicio de la literatura.
Leer un buen libro siempre es un placer, trate de lo que trate, pero para no dejar con las ganas a los lectores de esta recensión, diremos que Xeración perdida se ambienta en los años ochenta, los de la movida viguesa y las cazadoras coreanas, el punto álgido de la heroína, la irrupción del SIDA, Siniestro Total y los conciertos de rock al aire libre. Es decir, una crónica de nosotros desde el punto de vista de la modernidad, de una generación sobre la que se proyectaban grandes expectativas y que quedó condenada a las frustraciones y a la precariedad consecuencia de la aplicación del grado máximo del capitalismo salvaje. Pero también es una reflexión sobre la condición del escritor en la Galicia de hoy, con una lengua en desuso y un sistema literario esclerótico, una reflexión que impregna asimismo la acción de su ironía, e incluso sátira. Este peculiar uso de la voz del narrador lo hemos visto anteriormente, si bien con características diferentes, en dos de los mejores narradores gallegos actuales: Cid Cabido y Xurxo Borrazás, y tal vez conforme uno de los trazos definitorios de una corriente emergente en la literatura gallega de esta década.
Francisco Castro ha escrito una novela producto del sentir de nuestro tiempo, consecuencia del mundo en que vivimos y que sirve de voz a las gentes que lo habitan, escogiendo los mecanismos narrativos que eran precisos para sus designios, poniéndose a la altura de los auténticos escritores: aquellos que disponen de recursos suficientes para proveer a su voz literaria de autonomía y un valor propio. Esto, en un panorama dominado por la pretensión de cubrir lagunas en nuestra historia literaria mediante la publicación en pleno siglo xxi de novelas realistas, de género o de costumbres, no tiene precio.
MOISÉS R. BARCIA


Poesía

LO DEMÁS ES SILENCIO
Piedad Bonnett
Hiperión, Madrid, 2003
111 págs., 8 €

La poesía de Piedad Bonnett (Antioquia, 1951) destaca en el amplio panorama colombiano por su transparencia y hondura. Transparencia y hondura podrían ser las características más importantes que el lector resaltaría al leer esta antología, a todas vistas necesaria, y que da a conocer por vez primera en España la obra de una poeta reconocida y en pleno proceso de afianzamiento de su obra. Ser poeta en Colombia siempre ha sido un destino marcado por una serie de circunstancias de las que resulta difícil escapar, y en ese complicado contexto, en el que a menudo la retórica lo invade todo, resaltan voces como Juan Manuel Roca, Giovanni Quessep o la propia Bonnett.
Esta antología distribuida de manera temática lo viene a confirmar así. Si la esencialidad, el sacar el máximo rendimiento a parcos recursos formales y expresivos, es una de las condiciones de la poesía, estamos ante el cumplimientos de esos requisitos, lo que nos lleva a hablar de una poeta de hábil capacidad de indagación en los vericuetos del alma, en los sentimientos más en apariencia inofensivos, brindándonos una poética que es una búsqueda de valores inherentes al ser humano, preocupaciones íntimas y colectivas, lo que hace que el resultado sea de una altura y un vuelo de enorme trascendencia. El humor como distancia, la ironía tan presente, a veces agudísima, casi hiriente, es uno de los motores de despegue de una temática, a menudo cotidiana, pequeña en su nacimiento y que gracias a este recurso alcanza la deseada universalidad. Todo aquello que realizamos y lo que dejamos de hacer adquiere un peso, como una losa que nos adentra por caminos oscuros que desembocan casi siempre en el dolor, un dolor que es la puerta al despertar, a la mirada vigilante: "... y Bogotá verde vibrante / sus parques de pronto alegres tras el cristal del taxi / y allí el sopor el lento andar hacia sitios que son todos ajenos / la canción en la radio como una telaraña de luz que crece y crece". Esa admirable capacidad que nos descubre la poesía de Piedad Bonnett de acercarnos al terror que esconde cualquier acto vano, todo lo que se oculta tras la cómoda apariencia, es el hilo que nos lleva a descubrir el pasmo de la hondura, un pozo donde todos nos miramos, lleno de transparencia omnipresente, de la verdadera poesía. Descubrimiento de uno mismo, atracción por la belleza avistada en sus escondites más recónditos, inquietud y desasosiego vital, amor como fuente de crecimiento, en el sentido amplio y deslumbrante de generosidad como una postura ante la vida, estos elementos, eternos, adquieren un brillo nuevo, como si la poeta con su mención nos los descubriese a la luz de la emoción.
Estamos ante la oportunidad de conocer el trabajo de una escritora fundamental dentro de las más ricas y complejas realidades poéticas de la lengua colombiana.
RODOLFO HASLER

Ensayo

OBRA ENSAYÍSTICA COMPLETA I. ARTÍCULOS Y OPINIONES 1955-1971
Gunter Grass
Trad. de Carlos Fortea
Galaxia Gutenberg - Círculo de Lectores, Barcelona, 2004
912 págs., 55 €

A quien no sea socialdemócrata y se atreva, le aconsejo la lectura de los ensayos y alocuciones de Günter Grass (Danzig, Polonia, 1927), convencido de que terminará por hacerse socialdemócrata. Tal y como Grass la presenta, la socialdemocracia parece la única alternativa posible, la única decente.
Su participación activa y militante en las campañas electorales le hizo mantener trato con muchísima gente a la que, con probabilidad, no habría conocido de otra forma y, lo que es más importante, escribir a pie de cañón. A mantener una escritura fresca y directa. (Al parecer, este incansable cronista de la historia alemana contemporánea sigue escribiendo de pie, en una suerte de atril, en la postura del orador. Tal vez por esto sus textos ganen tanto leídos en voz alta).
En lugar de mostrar sus convicciones e ideas claras, como buen intelectual, el ilustrado Grass nos hace partícipes de sus inquietudes y dudas, y resulta paradójicamente convincente con este método, tan honesto como peligroso: una lección de cómo compaginar fe (en la política, en el socialismo) con escepticismo, que en él es casi virtud.
Es cierto que este tinte partidario, por no decir directamente partidista, puede asustar a muchos. A ellos recomendaría trascender la cuestión ideológica (por otra parte perfectamente sólida y coherente con el pensamiento de izquierdas) o circunstancial (a diferencia de otros narradores, que fraguan su aportación ensayística a impulsos de artículos y colaboraciones en la prensa, Grass lo hace con discursos y conferencias) e ir hacia lo literario y profético, pues no sólo ya por el tono, sino por el cumplimiento de sus vaticinios, a veces parece que Grass es un auténtico adivino.
Quien haya leído sus novelas sabe que en el autodidacto Grass habita un ensayista de primera fila. Y no digo esto sólo por los largos fragmentos discursivos que contienen sus narraciones, sino porque en todas ellas hay una tesis, un pensamiento y, si mucho se me apura, hasta una propuesta.
"En cuanto a mí -dice Grass con el propósito de presentarse- nací en Danzig en 1927. A los diez años era miembro de la Juventud Popular; a los catorce me afiliaron a las Juventudes Hitlerianas. Cuando cumplí quince, me nombraron auxiliar de aviación. A los diecisiete era tirador de un tanque. Y a los dieciocho salí de una prisión de guerra estadounidense: sólo entonces fui adulto. Sólo entonces, no, más bien poco a poco, me fue quedando claro lo que, recubierto por el ruido de las fanfarrias y la charlatanería oriental, habían hecho con mi juventud. Sólo entonces, y años después en medida cada vez más terrible, supe de los inconcebibles crímenes que se habían cometido en nombre del futuro de mi generación. Con diecinueve años, empecé a intuir la culpa que nuestro pueblo había acumulado consciente e inconscientemente, la carga y la responsabilidad que tendrían que llevar mi generación y la siguiente".
Es evidente que esta Obra ensayística completa nos acerca cabalmente a la vida y obra de uno de los últimos -y no son muchos- narradores verdaderamente épicos.
PABLO D'ORS


EL TEXTO HISTÓRICO COMO ARTEFACTO LITERARIO
Hayden White
Trad. de Verónica Tozzi
Paidós, Madrid, 2003
252 págs., 14 €

La historia no es ficción. Pero los modos como relatamos la historia son calcados a los de la ficción. Esto último lo demostró Hayden White en su célebre Metahistoria. La imaginación histórica en la Europa del siglo xix (1973). Como dice la profesora argentina Verónica Tozzi en su ilustrativo prólogo a El texto histórico como artefacto literario, "la insostenibilidad de la distinción entre relato histórico y relato de ficción, [está] basada en el criterio de que relatan, respectivamente, acontecimientos reales o imaginarios. Si bien esta afirmación no es nueva, Metahistoria tiene el mérito peculiar de conformar una teoría sistemática y de amplio alcance de los mecanismos poéticos que determinan la producción de relatos históricos". Que son idénticos a los que hallamos en los textos de ficción. El problema llega cuando de eso se desprende la ficcionalidad de la historia, conclusión que se alcanza si se fuerzan las ideas de White hasta sus últimas consecuencias. Es lo que se ha dado en llamar el "relativismo relativo", sintomático del postmodernismo, del cual Hayden White se convirtió en su historiador más emblemático.
Los cincos ensayos que se reúnen en el volumen elaboran o amplían la tesis inicial y muestran cómo su autor hubo de matizarla al abordar temas peliagudos como el genocidio perpetrado por los nazis. El segundo ensayo, El texto histórico como artefacto literario, no en vano fechado en 1974, muestra cómo el tipo de trama seleccionado por el historiador para la narración de unos hechos determinados condiciona el significado que éstos adquirirán a ojos del lector. Esa constatación, según White, "no invalida ningún tipo de conocimiento"; pero aleja la posibilidad de alcanzar algún tipo de verdad con el discurso histórico. El problema se trata en los dos últimos textos ("La trama histórica y el problema de la verdad en la representación histórica" y "El acontecimiento modernista"), fechados en los noventa. En el momento en que confiesa que, en el seno de su propio aparato crítico, hay que hacer salvedades sobre la representación del horror nazi, esto es, que hay narrativas más competentes que otras para hablar de ello, aunque la representación en sí misma sea imposible por la carga retórica que tiene cualquier trama, cualquier forma de discurso, ahí White reconoce sus propias limitaciones y llega a un punto crítico.
Precisamente por su carga polémica, siempre inteligentemente argumentada, hay que leer a Hayden White. El debate continúa abierto.
JORGE CARRIÓN

EL GOBIERNO IMPOSIBLE
Emmanuel Rodríguez
Traficantes de Sueños,
Madrid, 2003
188 págs., 9,51 €

Emmanuel Rodríguez ha escrito un libro de lectura necesaria y oportuna. Miembro del colectivo editorial Traficantes de Sueños, Rodríguez lleva a cabo en El gobierno imposible. Trabajo y fronteras en las metrópolis de la abundancia un trabajo de envergadura que parte de una sólida hipótesis: la crisis del horizonte del régimen salarial del trabajo.
Lo que en los años sesenta fue un rechazo a la moral del trabajo sin llegar a la deseada abolición del trabajo asalariado es hoy una realidad en ciernes, el "trabajo vivo", bien que todavía subsumido en su mayor parte en la formación del capital. En favor de su emancipación de la tutela capitalista está escrito El gobierno imposible, que analiza varias polaridades no resueltas del mundo postfordista: entre trabajo vivo y trabajo asalariado, entre riqueza y renta, y entre excedencia subjetiva -o social- y tecnologías de control o subordinación de la cooperación social. A través de una batería conceptual que va creciendo con referencias históricas a los ludditas y al movimiento cartista inglés de 1842, al Marx del general intellect, al obrerismo italiano y al situacionismo francés contemporáneos, Rodríguez revisa críticamente en un análisis adecuadísimo el legado de Mayo del 68 (hay emancipación si hay producción libre de subjetividad y no sólo "liberación" de identidades previamente establecidas) y desenmascara el que es el verdadero problema político actual: el imperio del neoliberalismo a partir de los años setenta basado en una legislación laboral regresiva.
Empapado en el imaginario colectivo que va surgiendo con el movimiento global parido en Seattle y Génova, Rodríguez también aborda la Europa de Schengen y la ley española de extranjería de 2000, y al final propugna una nueva Carta de Derechos Políticos del Trabajo Vivo que comprenda tanto un estatus de ciudadanía universal como el libre acceso al saber común, a la producción libre de riqueza social y a una renta básica universal garantizada. A este horizonte constituyente de las multitudes políticas emergentes Emmanuel Rodríguez lo llama "commonfare".
XIMO BROTONS

Biografías

FRANCISCO UMBRAL. EL FRÍO DE UNA VIDA
Anna Caballé
Espasa-Calpe, Madrid, 2004
424 págs., 19,50 €

Francisco Umbral. El frío de una vida, de Anna Caballé, es un combinado de biografía y examen literario, una mixtura de análisis freudiano y de estudio de estética, un libro, además, en que se hacen explícitas las condiciones de producción y de escritura: las dificultades, los reparos, los obstáculos que el afamado autor ha puesto a la investigadora así como la laboriosa reconstrucción de unas verdades camufladas. Al leerlo se tiene la sensación de que asistimos a un escrutinio psicoanalítico.
Leyendo este libro, entretenidísimo y muy bien escrito, con el placer que da la prosa bien templada, uno tiene la impresión de que Anna Caballé hace hablar a Umbral. La analista (es decir, Anna Caballé) oye y oye ese río verbal que el paciente segrega o expulsa para aliviarse, pero también para cubrir, como la tinta del calamar. El paciente, derrotado por su gigantesca producción, rechaza, evita, pero uno tras otro aparecen y reaparecen los indicios y la terapeuta le advierte: no soy yo quien ha descubierto lo que usted, mi interlocutor, quería ocultar (ser hijo de madre soltera), sino que es su yo el que por hablar tanto y tan seguido revela manifiesta o latentemente lo que le daña y que se obstina en desmentir.
Cuando nos las vemos con una obra literaria, cuando nos enfrentamos a un volumen de creación, como son los textos de Umbral, ¿hay que analizar sólo el libro o hay que analizar al autor? ¿Hay que sondear en el escritor lo que la obra dice? Creo que el análisis de Anna Caballé resuelve prácticamente y en un caso concreto esos dilemas propios de la vieja crítica (con Saint Beuve o contra Saint Beuve), del formalismo, del estructuralismo. Ahora bien, no se trata de superar esos dilemas para incurrir en otro error: el de creer que la obra se explica averiguando las cosas que le pasan al autor empírico como si éste fuera la iluminación de aquélla. Creo que Anna Caballé hace un psicoanálisis de la escritura, de la voz, no del escritor. Es decir, hace como un buen analista, como aquel que se atiene a lo que el paciente le dice, a ese repertorio verbal que se hace explícito en la sesión. A Freud no le interesaba dar con la verdad histórica, cosa que por otra parte sería difícil de lograr cuando la única fuente es el propio analizado. Lo que le interesaba era dar con la verdad psicoanalítica, esas certezas que están en las palabras emitidas y en los actos fallidos y que expresan. Para comprobar el acierto de Francisco Umbral..., podríamos fantasear con la siguiente circunstancia. Imaginemos que hubieran desaparecido todos los datos externos, empíricos, del autor llamado Francisco Umbral; imaginemos que sólo nos quedara su copiosísima obra: ¿sería posible reconstruir el sentido de esas palabras caudalosas sondeando sólo en ella, atendiendo a las imágenes y ecos que reverberan? Aunque fuera muy incierta la operación de reconstrucción, sería posible, como Anna Caballé hace. Y al final, lo que queda es un Umbral imaginativo y patético, alimenticio y literario, dueño de un significante poderoso y embustero, ese que ha sido sometido a escrutinio, un Narciso de tinta que se confunde con la persona real, una figura hecha de palabras cuyos perfiles Anna Caballé ha recompuesto.
JUSTO SERNA

KANT. UNA BIOGRAFÍA
Manfred Kuehn
Trad. C. García-Trevijano Forte
Acento, Madrid, 2003
703 págs., 30 €

No suelen tener simpatía los filósofos por el género biográfico, al menos cuando son ellos los objetos de estudio. Y Kant no es una excepción: "De nobis ipsis silemus", afirmaba escueto. Sin embargo, por suerte para los aficionados tanto a la filosofía como a las biografías, en los últimos años investigadores solventes nos han ofrecido rigurosos estudios sobre algunos de ellos. Ahora, al cumplirse el bicentenario de la muerte del pensador de Könisberg, Manfred Kuehn, bibliógrafo de la Sociedad Norteamericana de Kant y profesor en Marburgo, nos presenta esta sobria y equilibrada aproximación al autor de la Crítica de la razón pura.
Cuando ya nos habíamos hecho a la idea de que Kant era un mero ente de razón, un meteoro que sin pisar tierra iluminó el siglo xviii con su pensamiento, resulta que no, que la leyenda que nos pintaba a un Kant prácticamente "inexistente", un tipo algo excéntrico de una puntualidad enfermiza, no era del todo cierta. Resulta que Kant tenía, además de una mente prodigiosa, una vida privada que iba más allá del tópico y de los interesados relatos de sus contemporáneos. No es que Kant fuera un aventurero, desde luego, ni que su vida esté adornada por intriga fascinante alguna. Mas Kant fue, sin embargo, un hombre de su época, un profesor al que sus clases agobiaban, un ilustrado que se identificó sin dudarlo con los ideales de la Revolución Francesa, un caballero elegante -siempre le preocupó su aspecto pulcro y a la moda- que disfrutaba de la comida y del buen vino, de las sobremesas largas y las conversaciones inteligentes y ágiles. También fue, claro, una de las inteligencias más poderosas de la historia de la humanidad, el constructor de ese impresionante edificio teórico que es la "filosofía crítica", el sepulturero de la vieja metafísica, el racionalista que sitúa a la religión en los "límites de la mera razón", el fundador de la ética contemporánea y el renovador, en suma, del pensamiento moderno: después de él la filosofía ya no podía ser la misma. Quizá por ello resulta más conmovedor asistir a su implacable declive. Kuehn nos lo muestra con exquisito pudor, evitando muchos detalles penosos, pero aun así la impresión es terrible. Pues el "poderoso pensador", como cualquier otro anciano, se consume hasta el punto de ser incapaz de permanecer sentado; su inteligencia se apaga, su memoria le abandona y, cuando Kant ya no es Kant, su cuerpo aún se obceca en sobrevivirle. Al final en él ya nada queda de esa filosofía que Kuehn nos expone con sencillez y acierto envidiables, ya nada recuerda al autor de las tres Críticas: sólo quedan los restos del que fue el mayor filósofo de su época, los despojos doloridos de un espíritu noble y libre que quiso ayudar a la humanidad a salir de "su minoría de edad autoculpable". Y todo ello nos lo muestra el autor con habilidad y elegancia; perfila con suficiente nitidez la vida de Kant y la de su entorno, descubre la génesis de sus obras y persigue el discurrir de su pensamiento con una solvencia y equilibrio que hacen que el libro se lea con indiscutible deleite.
ANTONIO GARCÍA VILA