Narrativa Hispánica
SESENTA SEMANAS EN EL TRÓPICO
Antonio Escohotado
Anagrama, Barcelona, 2003
377 págs., 17,50 €
Una huida personal y un proyecto de investigación sirven de
excusa para que Antonio Escohotado escriba un tratado largo sobre política,
entendiendo por ésta la condición de ciudadanía
que conforma a las personas. Escohotado dedica parte del libro a reflexionar
las causas por las que el impulso cívico no se da en algunas
sociedades, por qué predomina de un modo u otro el estamento
militar-clerical, o por qué tantas personas tienden hacia modelos
de sociedades donde la libertad, con todos sus riesgos, beneficios y
equivocaciones, está restringida o no se da. Para ello habla
de dos tipos de planeta, el interior y el exterior. En el primero la
subjetividad individual es la característica dominante, mientras
que el exterior rechaza categorías derivadas del individualismo
y, curiosamente, se niega a su naturaleza social.
El libro es un ensayo donde la reflexión filosófica se
mezcla con las vivencias del autor. Es, por lo tanto, un libro subjetivo.
Que gran parte del desarrollo se centre en el propio autor permite un
enfoque interesante, ya que, al hablar de las drogas, de su vida sentimental
y matrimonial, de las relaciones con sus hijos, de sus amigos, de los
nuevos conocidos, de las relaciones con los tailandeses, birmanos, vietnamitas,
está refiriéndose a las relaciones que el individuo establece
con la sociedad, en definitiva, de lo que es el ser humano. Pero al
mismo tiempo, al hablar de la comida, de los hoteles, de la naturaleza
que lo rodea, de su gusto por vivir en el campo y no en la ciudad, está
trazando un mapa del epicureísmo contemporáneo, algo parecido
al retrato del libertino que publicó años atrás.
El libro es también una especie de educación sentimental
que se centra en su paso desde posiciones de extrema izquierda hacia
otras liberales -anarcocapitalistas, las llama él-. Quizás
la parte más floja es la explicación que se hace de cómo
el liberalismo económico puede permitir un tipo de sociedad más
libre. Es bien cierto que sus posiciones anteriores se han demostrado
erróneas, y que todo el socialismo real fue incapaz de crear
una sociedad más libre, próspera y justa; al igual que
las sociedades que se hallan bajo dominio religioso o nacionalista tampoco
lo consiguen. En esto, Escohotado sabe ver bien cuáles son los
enemigos de la libertad. El libro, sin embargo, peca de un optimismo
excesivo, a la luz de lo que hasta ahora sabemos por la práctica
histórica, cuando propone dicho anarcocapitalismo como modelo
político y no entra en una discusión de las dificultades
para su implantación ni en la manera en que se puedan corregir
sus excesos.
Con todo es una muy interesante reflexión sobre la libertad,
individual y social. Me queda la duda y la extrañeza de que algo
que se supone que es verídico se publica en una colección
que publica ficción y no en otra colección de la misma
editorial dedicada al ensayo o al reportaje.
SANTIAGO RODRÍGUEZ GUERRERO-STRACHAN
UN MILLÓN DE LUCES
Clara Sánchez
Alfaguara, Madrid, 2004
296 págs., 19,50 €
En su séptima novela, Clara Sánchez (Guadalajara, 1955)
se ocupa de recrear las impresiones que una narradora-personaje, ajena
por talante y voluntad al mundo empresarial pero obligada a trabajar
en él, extrae desde el interior del tinglado. La vida dentro
de una importante empresa madrileña de hoy -simbolizada por su
sede, la gran "Torre de Cristal"- con sus suicidios, amoríos,
traiciones y quiebras es contemplada de forma peculiar por Sánchez,
parapetada tras la distancia que le proporciona su narradora. Éste
es un personaje interesante en sí mismo (tal vez lo mejor del
libro), alguien cuya vida privada ignoramos casi completamente y que
posee una voz propia, una mirada aguda y un tanto descomprometida y
muy poco convencional. Quizá por ello la autora se encarga de
dotarla del deseo de llegar a ser escritora, algo muy en consonancia
con esos miles de ventanales de la Torre desde los que puede observar
o ser observada y que son un motivo frecuente en las novelas de esta
autora.
El lenguaje empleado por Clara Sánchez es muy sencillo, y el
desarrollo de la novela, lineal, con algunas conversaciones que actúan
a modo de flash-back informativo para ponernos al corriente del pasado
de los personajes y pro-veerlos de cierta densidad de la que, de otro
modo, carecerían. Es en el empleo de este recurso, de gran peso
en la estructura de la novela, donde se puede tener la sensación
de que flaquean un par de cosas: la primera, que se echa en falta alguna
incursión en la historia personal de Vicky, la amiga en la empresa
de la narradora, una joven madre politoxicómana cuya existencia
en sombra resulta intrigante para el lector. La otra, que esas conversaciones
en las que cinco o seis personajes desvelan su intimidad más
profunda a la narradora se presenten en más de un caso como situaciones
forzadas. Parece poco verosímil tal exhibición ante quien,
salvo contadas excepciones, guarda una relación puramente circunstancial
con el confidente.
El libro se lee con interés y sin tropiezos. Clara Sánchez
desarrolla la trama con eficacia y más que suficiente capacidad
de captación inmediata, dosificando la intriga con acierto. En
resumen, se trata de una novela sobre el panorama empresarial contemporáneo,
un lugar inhóspito donde todo está siempre a punto de
desmoronarse, donde lo virtual y lo real se confunden fatalmente y causan
multitud de víctimas que se cuentan por fuerza entre el frágil
microcosmos humano que lo sirve y alimenta.
ANA SOUSA
EL PERRO FALDERO
Herme Cerezo
Brosquil, Valencia, 2003
262 págs., 13 €
El perro faldero está compuesto por 21 relatos bastante breves
y un epílogo: irregular volumen de narraciones surgido, por lo
visto, de la pluma de un cuentista habitual y participante asiduo (no
sin cierto éxito) en concursos literarios locales.
Su perspectiva literaria parece sustentarse sobre versiones vulgares
del cine detectivesco y judicial estadounidense y de la "cultura"
de las crónicas de sucesos, en el marco de ciudades provincianas
o remedos nada creíbles de la vida americana ("La última
crónica de Bob Branningham"). Todo ello integrado con la
misma jovialidad expresada en un sentido del humor que pretende convertirse
en guiño al lector, en gesto de inteligencia que apuntaría
a una introducción de lo absurdo a lo Quim Monzó ("La
cita"), pero que en general no consigue resultar del todo (y en
esto destaca "El Garlito"); todo asimilado desde una perspectiva
poco compleja que conduce a la proliferación de personajes de
humo, con escasa solidez y una caracterización psicológica
aceptable.
Entreverados en esa masa textual algo átona, puntuales vislumbres
de una idea atractiva en potencia resultan ineluctablemente fugaces:
"¿Te acuerdas de Samsa?" y "KV 622" saben
ofrecer momentos de atracción para el lector. Piezas como "A…"
o "De la carnicería...", en que amagos mínimos
de cierto juego formal parecen convertir en frivolidad el verdadero
quebranto vanguardista. Resulta gracioso que precisamente esos dos textos
nazcan y se desarrollen al amparo de genios como Mozart y Kafka; quizá
sea ésa la mejor manera de demostrar la lástima de que
Cerezo se haya dejado llevar poco reflexivamente por un afán
de contar anécdotas o hechos sin más, en los cuales no
hay más que tema (y nada de "rema", que es donde se
halla, según algunos, el verdadero nido de lo literario), y haya
olvidado demasiado a menudo una indispensable vocación de ser
algo más, sin necesidad de caer en lo pretencioso.
SERGIO COLINA
EL PASADO
Alan Pauls
Anagrama, Barcelona, 2003
551 págs., 24,50 €
Desde siempre se ha escrito sobre los problemas del amor, sobre sus
efectos en la persona y los diferentes procesos del enamoramiento. De
hecho, la temática amorosa, junto con los aspectos que la rodean,
como son el sexo, el odio, la amistad, los celos, etc., es la preferida
en la historia de la literatura. Y parece ser que las maneras de acercarse
al problema amoroso son casi infinitas, ya que cada persona experimenta
el amor de una manera central, única y personal.
Pues bien. Alan Pauls (Buenos Aires, 1959; autor de otras tres obras
de ficción: El pudor del pornógrafo, El coloquio y Wasabi),
se atreve a dar otra vuelta de tuerca al universo de las relaciones
de pareja, sus sinsabores y sus alegrías. El pasado es un largo
y delirante periplo por la parte más oscura y grotesca de las
relaciones amorosas.
Rímini, sobre el cual recae gran parte de la acción, lleva
doce maravillosos años al lado de Sofía, pero un buen
día -y el lector no conocerá la razón- éste
decide romper la relación. A partir de entonces, Rímini
huye hacia delante en una carrera enloquecida que lo lleva de una relación
a otra y en la cual los embrollos en que se mete se suceden en progresión
geométrica. Su deseo es escapar de Sofía, pero ella siempre
estará allí para recordarle su pasado. Sofía es
el ancla que Rímini no puede izar, por mucho empeño que
le ponga al asunto. Sofía es la mujer que vive del pasado, Rímini
es el hombre que huye hacia el futuro, casi sin contemplar siquiera
el presente. Pero, evidentemente, este trepidante viaje al final llegará
a su término.
Pero lo más interesante de la novela no es ver si los dos consiguen
otra vez juntar sus vidas o si por fin Rímini decide deshacerse
de Sofía, o mejor dicho de sus fantasmas, sino que consiste en
una visión del amor bastante novedosa. Se trata de lo amoroso
como ente fatal (que no fatalista). No estamos hablando del típico
ciclo del enamoramiento, pasión, monotonía, desamor, sino
del amor como veneno constante contra el cual no existe ningún
tipo de antídoto.
Mediante una narración absorbente, densa pero fluida, un delirio
lleno de páginas cómicas y en el cual el lector penetra
desde las primeras páginas, Pauls consigue una obra notable.
Un leve defecto podría ser el exceso de páginas. En cualquier
caso, con El pasado Pauls añade su nombre al puñado de
escritores argentinos (Fresán, Neuman) que desde hace unos pocos
años se están valorando al alza a este lado del atlántico.
ESDRES JARUCHIK NAVEIRAS
Narrativa Extranjera
LOS PÁJAROS TRAEN EL SOL
Alistair MacLeod
Trad. de Miguel Martínez Lage
RBA, Barcelona, 2004
222 págs., 15 €
Bien puede considerarse Los pájaros traen el sol, último
libro del canadiense Alistair MacLeod publicado en nuestro país,
como una prolongación de su anterior conjunto de relatos El regreso
(2002). Un continuum narrativo, del que tampoco escapa su novela Sangre
de mi sangre (2001), que se fundamenta en la cohesión conseguida
por MacLeod al integrar sus narraciones en el agreste espacio de una
Nueva Escocia por la que pululan sus personajes en el arduo esfuerzo
de sobrevivir.
Y aun sin que ninguno de sus cuentos alcance la sublime maestría
de alguno de los que conformaban El regreso, y muy especialmente del
titulado "El pesquero", uno de los cuentos más hermosamente
escritos que uno haya leído en los últimos años,
el nivel del conjunto hay que volver a considerarlo como excelente.
Una épica de la cotidianeidad que hermana sus páginas
con algunas de las escritas por ese otro baluarte de las letras anglosajonas
que es John Berger, y que nos sitúa ante la aventura de un joven
atrapado en la brecha que deja el desplazamiento inesperado de las placas
del hielo que congela el océano durante el invierno; en la evocación
de un veterano minero que agota sus últimos días de vacaciones
en su tierra antes de volver a los subsuelos de Sudáfrica, o
frente a la epopeya en que se convierte el viaje de un joven y su más
preciada vaca a través del caprichoso trazado de un camino que
se abre entre un vacío de desfiladeros y que, como un Hipólito
gaélico, será sorprendido por la presencia casi divina
de un toro. El autor nos sitúa ante personajes atrapados por
maldiciones de muerte que presagian la misteriosa aparición de
una gran perra blanca. Relatos que nacen de relatos, en una sucesión
de cajas chinas, y que evocan épocas fantásticas donde
el futuro se vislumbra a través del hueco circular de una piedra
mágica. Personajes entrañables que se perfilan con el
cariño de un escritor que acaso haya compartido con ellos vivencias
comunes, y que conservan en una profundidad de formol sus tradiciones
y su lengua gaélica bajo la presión de una modernidad
que los desplaza a parajes de soledad y desarraigo.
"La experiencia privada, si se expresa con destreza, puede comunicarse
de forma atractiva y universal, más allá de las limitaciones
que imponen el tiempo y el paisaje", lee en un manual de literatura
de su hija el narrador del primer cuento. Y es justamente esto lo que
consigue MacLeod, superar lo particular de la anécdota determinada
por una geografía, para instaurar lo universal del hombre en
lucha con el medio que lo circunscribe y con una modernidad que diluye
las esencias ancestrales de su ser. Una lectura de gran hermosura.
ÓSCAR CARREÑO
CANCIONES DE LOS NIÑOS MUERTOS
Toby Litt
Trad. de Javier Calvo Perales
Tusquets, Barcelona, 2003
370 págs., 19 €
Andrew, Paul, Matthew y Peter son "Pandilla", un grupo de
cuatro jóvenes en los albores de la adolescencia a quienes les
gusta jugar a la guerra y hablar en tono bélico, les gusta hablar
de venganzas, rendiciones, planes de acción, misiones de combate,
estrategias y prisioneros. "Pandilla" es un escuadrón
de jóvenes que se preparan para defender a su país ante
una hipotética invasión rusa. "La vida es la guerra",
y su vida y su guerra se desarrollan en los dominios de la fantasía
hasta que, debido a una muerte inesperada, se deberán enfrentar
a una amenaza sin tanques, a un enemigo que habita plácidamente
en sus casas y sus escuelas. A partir de ese momento, el tejido social
y familiar en el que están implicados como individuos se convertirá
en el punto de mira de sus actividades secretas como pandilla y, mediante
la "Operación Extinción", una perversa táctica
de desgaste y aniquilación de inspiración darwiniana,
pretenderán acabar con su nuevo enemigo: los adultos. Sin embargo,
no se debe confundir Canciones de los niños muertos con una novela
más sobre la inocencia, la crueldad y las relaciones paterno-filiales,
pues su alcance supera tales expectativas. Toby Litt -considerado una
de las jóvenes promesas de la literatura inglesa- opta por el
recurso del documento hallado para informar al lector de las peripecias
de unos adolescentes cuya inclinación natural les predispone
al mal y les obliga a sufrir la polaridad entre violencia y paz, entre
instinto y razón, entre civilización y barbarie. En definitiva,
entre el bien y el mal. Dos polos encarnados en las figuras del padre
de Andrew, considerado el "mejor padre" por su propensión
a la violencia y la lucha, y el padre de Paul, considerado el "peor
padre" por su actitud pacifista y dialogante.
Por razones obvias, la novela ha sido comparada con El señor
de las moscas. Pero en Canciones de los niños muertos, en lugar
de una isla desierta y un narrador externo, la acción se desarrolla
en la Inglaterra de mediados de los setenta, una isla aún dolida
por los efectos de la Segunda Guerra Mundial, y la labor narrativa se
cede íntegramente a los protagonistas. Así, además
de ganar en realismo y veracidad, el punto de vista de los jóvenes
ofrece una versión deformada y muy original de los acontecimientos.
"Pandilla" observa el mundo con ojos adolescentes y su visión
contamina la reproducción textual. "Pandilla" oculta
la verdad, no es fiable, miente constantemente. Y en las mentiras buscan
no tan sólo proteger su orgullo, sino también realizar
su único lema: "Vivir para matar, matar para vivir".
ALBERT GRABULOSA
LEFEU O LA DEMOLICIÓN
Jean Améry
Trad. de Enrique Ocaña
Pre-textos, Valencia, 2003
220 págs., 20 €
Novela-ensayo. Ése es el subtítulo que Jean Améry
(1912-1978) decidió para su Lefeu o la demolición, un
libro que quiere ser "la summa, como un balance de mi propia existencia,
de mi propio pensamiento" (tal y como él mismo afirma en
el epílogo).
Realmente se logra ese objetivo en esta narración de la resistencia
de un pintor en su casa de París, acosado por inmobiliarias y
mercaderes del arte. Éstos pretenden etiquetarlo comercialmente
con el reclamo "realista metafísico" y promocionarlo
en ferias y bienales. Lefeu se resiste. La suya es una filosofía
de la decadencia, defendida desde el reducto de la minoría, bajo
un lema que podría ser, si se toman prestadas sus palabras: "El
asco ante lo que entusiasma a la mayoría es una reacción
muy sana". Ese reducto, esa isla, es el apartamento alquilado de
la calle Roquentin. La arquitectura deviene el otro cuerpo de la persona,
su correlato si se quiere, de modo que defender el espacio propio es
defender la propia libertad.
Ese vínculo entre el topos y el protagonista (cuya voz se confunde
muy a menudo con la del autor) es sólo uno de los que van entretejiendo
la novela-ensayo. Otro también relevante es el que se establece
entre esos dos géneros y otros como la prosa poética o,
indirectamente, el texto periodístico. Por sabia decisión
de Enrique Ocaña, responsable de la edición, se incluye
al final de ésta una semblanza del pintor Erich Schmid, firmada
por Améry, ejercicio de periodismo que desembocaría en
la ficción, porque en la figura de Schmid se inspira la de Lefeu.
Pero la intertextualidad que fundamenta la empresa de Améry la
establece con toda su proyección ensayística anterior,
con Más allá de la culpa y la expiación en el centro.
El derribo de la casa es el del ser humano, sometido a la prisión
y a la tortura en Gurs y Auschwitz, que desconfía del lenguaje
por haber sido instrumento de la barbarie. Esa desconfianza lleva a
Améry a una experimentación idiomática sin demasiados
parangones en la lengua alemana, que se pone al servicio de los temas
que en él son obsesiones: la violencia y la venganza, el envejecimiento
personal y de la cultura occidental, la historia.
Imprescindible es la línea de excelencia que persiste en cultivar
la Editorial Pre-textos. La de Jean Améry es una de esas obras
necesarias en un país como España que lentamente empieza
a hablar de sus propios campos de concentración. Hasta el momento
se habían publicado, en la colección "Narrativa Contemporánea",
tres volúmenes de ensayos: Levantar la mano sobre uno mismo,
Más allá de la culpa... y Revuelta y resignación,
acerca del envejecer. El conjunto de lo publicado permite vislumbrar
a un autor cuyas ideas acerca de la reconciliación o del papel
de la cultura en un contexto violento polemizan con otros escritores
supervivientes del sistema concentracionario nazi, como Primo Levi o
Imre Kertész, que han sido más difundidos en nuestro idioma.
Para comprender y someter a un examen riguroso los polémicos
argumentos defendidos en ensayos como Un instante de silencio en el
paredón, por ejemplo, hay que haber leído a Jean Améry.
JORGE CARRIÓN
PAÍS DE NIEVE
Yasunari Kawabata
Emecé editores,
Barcelona, 2003
177 págs., 14 €
País de nieve, novela del primer Nobel japonés de literatura,
es considerada ya un clásico moderno. Con una mínima anécdota
argumental (un triángulo amoroso protagonizado por dos geishas,
Komako y Yoko, y un hombre llamado Shimamura que, dando la espalda a
lo real, acude a las estaciones termales del País de nieve),
Kawabata convierte el blanco de la nieve en signo de un paisaje puro
(el blanco es la mezcla de todos los colores): el País de nieve,
un lugar mítico, también por su condición fugitiva,
se presta a contener toda experiencia humana. Por ello, sobre el blanco
de la nieve es donde puede apreciarse el rojo del interior de un quimono
femenino o el de un fatídico incendio.
Así, nos encontramos ante una novela lírica en la que
Kawabata evoca un mundo sin tiempo, pero apegado a la tradición
japonesa que sólo se rige por el círculo de las estaciones
y sus costumbres. La tela de la que se teje el universo es como la tela
de Chijimi, que desde tiempos inmemoriales se blanqueaba sobre la nieve.
La música tradicional del samisén que pulsan las geishas
es lo que se esparce con todos los vientos hacia el infinito. Kawabata
dirige nuestra mirada hacia una infinitud de detalles que contienen
un hálito de eternidad: nos habla delicadamente de la belleza,
que se encuentra en lo más ínfimo. "Todo se rompe
en pequeños fragmentos", dice Shimamura aludiendo a la imposible
aprehensión del sentimiento.
En un marco místico que anuda la belleza femenina al Universo
(reiteradamente dado a través de simbólicos reflejos superpuestos
en un mismo espejo) y metiéndose a menudo bajo la piel de este
hombre ocioso, Kawabata muestra cómo no hay motivo para dejar
de escribir como tampoco lo hay para dejar de vivir. Tal como Komako
escribe sin descanso en su diario inútil, Yoko persiste, inútilmente
también, en cuidar de un moribundo que ya está sentenciado.
Las dos muchachas no dejan de hacer lo que hacen conscientes de la nulidad
de sus esfuerzos y, paradójicamente, no lo son de que así
dan sentido a la escritura y a la vida. Y sobre ellas, la mirada contemplativa,
y en cierto modo despreocupada, de Shimamura, un hombre que no sabe
amar, pero que sabe contemplar la Vía Láctea mientras
se inclina "precisamente sobre él, encerrando la tierra
nocturna en su abrazo puro, indescifrable y sin emoción".
La idealidad se alía al esfuerzo gratuito del hombre pequeño,
y el acceso a lo impalpable se da a través de la comunión
absoluta con lo que es exclusivamente sensual. Por ello Shimamura admira
al final el cuerpo vivo pero "perfectamente inerte" de Yoko,
que yace en el suelo tras el incendio. La unión final de las
dos figuras femeninas, no sabemos si debido a un gesto de amor o a la
expiación de una culpa, sume al lector junto con Shimamura en
la feliz incertidumbre que legitima el estado contemplativo ante la
belleza y ante el equilibrio inhumano del Universo.
ALICIA SATORRAS
Literatura catalana
PA NEGRE
Emili Teixidor
Columna, Barcelona, 2004
396 págs., 22,50 €
Andreu es un personaje de verdad. De los que no abundan en la novela
catalana contemporánea. Y es que Emili Teixidor (Roda de Ter,
1934) ha sabido dotar al protagonisa de Pa negre de una sólida
virtud: la fidelidad. Aquella fidelidad que, según Montaigne,
constituye el fundamento de la identidad personal, tiene un carácter
puramente moral y se encuentra en la lealtad que uno se jura a sí
mismo. A pesar de los cambios. La fidelidad implica asumir el pasado
sin resentimiento (conviene dejar a un lado los odios y la cólera)
ni mezquindad (no hay que aferrarse a las nimiedades). La fidelidad
es positiva y noble; es memoria de un tiempo que reclama piedad y gratitud.
Andreu es un niño de la Guerra Civil que ha sabido colocarse
en el mejor lugar para entender y contarlo. El pequeño, suspendido
en la rama de un ciruelo, mira a su alrededor. Contempla los campos
que rodean la masía de los abuelos, que le acoge provisionalmente
mientras el padre espera el cumplimiento de su condena a muerte y la
madre lucha impotente por liberar al marido. Contempla el bosque de
sus fantasías y juegos infantiles: con el primo, un rudo campesino
aferrado a la tierra; la prima, también hija de proscritos y
en situación de tránsito; y la vecina, condenada a una
madurez precoz. También contempla a los enfermos acogidos en
el convento de los camilos y tendidos al sol: el descubrimiento del
deseo. Y así comienza la narración, con esta imagen que
da la sensación de refugio, de estar a duras penas a cobijo de
todo; una imagen que representa la relación entre el yo y el
mundo de las cosas que pasan. Una imagen que nos sitúa frente
a lo improvisado de la naturaleza y la fragilidad del cuerpo. Las estaciones,
dijo el filósofo, se repiten porque se olvidan, y la naturaleza
es siempre nueva porque no innova. Por eso, toda verdadera invención,
toda verdadera creación, supone memoria. Y, para sentirse inmortal,
nada mejor que adoptar la posición de testigo: "Si nos quedamos
absolutamente quietos -escribía Updike en un relato autobiográfico-
no sufriremos desgaste alguno, y nunca moriremos".
Andreu, ese álter ego del autor, desde su observatorio, sin moverse,
conteniendo el aliento, consigue captar esos momentos intemporales,
encantados, de agudización de la conciencia. Evoca un tiempo
que parecía moverse de manera más lenta, donde creía
disfrutar de una vida sin la carga de la historia; tiempo de espera
y de promesas. Una magnífica novela de un autor que no defrauda.
ANNA M. GIL
Periodismo
HAY ALGO QUE NO ES COMO ME DICEN.
EL CASO DE NEVENKA FERNÁNDEZ CONTRA LA REALIDAD
Juan José Millás
Aguilar, Madrid, 2004
209 págs., 16,90 €
Hay un tipo de personaje muy agradecido en el cine de "denuncia"
norteamericano: el buen ciudadano, respetuoso de las leyes, que cree
en las bondades del sistema y mira con extrañeza a los protestones
y los rebeldes. Cuando de pronto se vuelve víctima de la injusticia
y la crueldad inherente al mundo al que sirve, cambia su visión
de la realidad. Es el personaje que interpreta Jack Lemmon en El síndrome
de China y en Desaparecido, el que borda Russell Crowe en El dilema.
Las películas funcionan cuando el espectador se identifica con
el inocente en el momento en que cae en la cuenta del engaño
en el que vivía.
Juan José Millás, exponente del pequeño y poco
prestigiado colectivo de periodistas literarios españoles (aquí
sí parece que el Nuevo Periodismo patentado por Tom Wolfe y Truman
Capote todavía es nuevo), se distingue desde hace años
por dotar a sus columnas de opinión en El País del elemento
narrativo, el suspense y el don de la descripción justa y reveladora
que le falta a la mayoría de los textos de ese género.
En vez de entonar homilías, Millás cuenta historias.
En Hay algo que no es como me dicen, el autor acierta a desgranar en
un libro humilde y bien enfocado una historia "cierta" de
apertura de ojos con sensibilidad, muy buena dosificación de
datos, ritmo y construcción de personajes. La historia es simple:
Nevenka Fernández, joven concejala del Ayuntamiento de Ponferrada,
es acosada hasta la desesperación por el alcalde, Ismael Álvarez,
del Partido Popular. Contra la opinión de casi todos sus allegados,
Nevenka lleva al alcalde a juicio, y gana. En el proceso, cambia su
visión del mundo, de la política, de la relación
entre hombres y mujeres en esta sociedad, de ella misma y del poder
de la palabra.
Nevenka Fernández no es una militante feminista, ni una activista
de izquierda, ni siquiera una intelectual del grupo de amigos de Millás.
Al comienzo de la historia pertenece al mundo de Ismael Álvarez,
y su camino tiene el patetismo doméstico del que termina siendo
ganado por la necesidad de ver algo de lo que no quería enterarse.
Al contar ese camino, Millás lleva al lector por la pequeña
historia de su propio itinerario: cómo se encontró con
la noticia del "caso Nevenka", cómo decidió
escribir el libro y cómo terminó enfrentándose
a su propia amiga que prefería ver a la víctima como una
vampiresa que acudió al juicio por acoso en minifalda "hasta
aquí" porque así quería verla ella. En realidad
Nevenka había acudido a la sala en pantalones.
ROBERTO HERRSCHER
Ensayo
LA TABLA RASA
Steven Pinker
Trad. de Roc Filella Escolà
Paidós, Barcelona, 2004
704 págs., 39 €
En Estados Unidos existe un género ensayístico que goza
de una envidiable salud intelectual y de un importante eco ciudadano:
la popular science. Se trata de libros escritos por científicos
de renombre en donde, a mitad de camino entre la divulgación
y la reflexión, se habla sobre diversas cuestiones como el origen
del universo y la vida, la evolución, la psicobiología,
el futuro de la humanidad, etc. En la mayoría de los casos, dichos
científicos (Steven Pinker, Roger Penrose, Stephen Jay Gould,
Paul Davies, Richard Dawkins o Daniel Dennett) forman parte de la denominada
"tercera cultura", que intenta tender puentes entre ciencia
y filosofía. En este contexto, el lector español puede
ahora saborear -digo bien, saborear: apreciar detenidamente y con deleite
una cosa grata- el último trabajo de Steven Pinker que lleva
el título de La tabla rasa.
La tabla rasa trata sobre uno de los temas estrella de la reflexión
científica y filosófica de todos los tiempos: la naturaleza
humana. Al respecto, existe una tradición que, desde los clásicos
que giran alrededor de la Ilustración (Rousseau, Helvetius, Condillac)
hasta los científicos contemporáneos (Rose, Gould), pasando
por conductistas (Watson, Skinner) o marxistas (Sartre), sostiene que
el elemento fundamental es la nurture, o sea, la crianza, la educación.
Pero, otra tradición, en la que encontramos antropólogos,
como Lévi-Strauss, o científicos y pensadores actuales,
como Dawkins, Dennett y Pinker, afirma que la clave reside en la nature,
es decir, en la naturaleza, la biología. Pues bien, el libro
de Pinker apuesta decididamente por esta segunda tradición. Nuestro
autor -sacando a colación ciencia y experiencia- muestra y demuestra
que la teoría de la tabla rasa -según la cual la mente
humana carece de una estructura inherente y que la sociedad y nosotros
mismos podemos escribir en ella a voluntad- no es sino un mito para
consumo de ignorantes y personas políticamente correctas. Y Pinker,
frente a la religión secular de la tabla rasa, reivindica, sin
reticencia alguna, el papel determinante de la biología. Y no
sólo lo reivindica, sino que lo prueba: hablamos, pensamos, imaginamos,
actuamos, amamos, agredimos, ayudamos, nos diferenciamos mentalmente
los hombres de las mujeres, etc., porque existe un conglomerado de neuronas
que están ahí. ¿Qué es el hombre? Un ser
condicionado por su realidad biológica. O, si se quiere, una
república de cien mil millones de neuronas que en un 99% imprimen
carácter con independencia de la educación, la cultura
y el ambiente. La tabla rasa o el maravilloso mundo de la ciencia. Es
decir, de la vida.
MIQUEL PORTA PERALES
ECOS REVOLUCIONARIOS
Rodrigo Vescovi
Nóos Editorial, Uruguay, 2003
565 págs., 18 €
Entre los grandes movimientos sociales que caracterizaron la segunda
mitad del siglo xx latinoamericano, destaca nítidamente la pugna
ideológica: la utopía comunista fue un fenómeno
pretendidamente unificador que recorrió el continente y que tuvo
uno de sus hitos más importantes en la revolución cubana.
Siguiendo su ejemplo, empezaron a gestarse una serie de grupos más
o menos organizados que intentaron llevar a cabo la revolución
desde distintas plataformas, incluida la lucha armada. El historiador
Rodrigo Vescovi (Montevideo, 1970), quien radica en Barcelona desde
muy niño, se ocupa del caso de la República oriental del
Uruguay, una de las realidades más peculiares del continente.
Como sugiere Oswaldo Bayer en su introducción, Ecos revolucionarios.
Luchadores sociales, Uruguay, 1968-1973 más que un libro de historia
es un documento que podría servir de fundamento para una posterior
interpretación de la historia. Aunque el ensayo de Vescovi no
carece, por supuesto, del sustento ético y hasta ideológico,
es sin embargo su exhaustiva investigación -y en especial sus
mas de cuarenta entrevistas con los que protagonizaron los hechos- lo
que hace de éste un libro imprescindible para comprender los
procesos en los que se enmarcó la lucha por las libertades en
América Latina.
Con un estilo monográfico de estructura clásica (antecedentes,
contextualización, conflicto, conclusiones), riguroso y sumamente
documentado -de hecho, la investigación es una tesis doctoral
de más de 500 páginas- se extiende a lo largo de los casi
seis años en los que diversos grupos, desde comunidades cristianas
o libertarias hasta guerrilleros urbanos, dieron una encarnizada batalla
al régimen que gobernó Uruguay entre finales de la década
de los sesenta y comienzos de los setenta. No faltan por ello las historias
de represión, violencia y tortura. Es, sin embargo, la detallada
contextualización de la sociedad uruguaya previa al conflicto
abierto, el examen de las ideologías en auge de la época
y, sobre todo, la constatación del grado de fragmentación
y dispersión de los grupos opositores lo que echa luces sobre
el eventual fracaso de la lucha social en ese país. Más
importante aún, aunque en realidades distintas -y a veces radicalmente
distintas, como es el caso de Brasil o Perú-, este modelo de
"fracaso" podría trasladarse a toda la región.
GABRIELA WIENER
PLURALISMO FILOSÓFICO Y PLURALISMO POLÍTICO
VV. AA.
Coord. José Manuel Bermudo
Universitat de Barcelona
& Horsori Editorial,
Barcelona, 2003
293 págs., 20,80 €
Si bien cada época está marcada por una ideología
que determina no sólo el marco político, sino también
el económico, moral e interpersonal, esa ideología es
hoy, en nuestras sociedades modernas, el pluralismo. Pese a la polisemia
que encierra este concepto, parece haber dos características
esenciales que lo definen a grandes rasgos: el reconocimiento de la
diversidad y la negación de la voluntad de verdad. Hoy, el pluralismo
se ha erigido ya como la forma de conciencia dominante en todos los
ámbitos, y se ha convertido en la fuente legitimadora y en el
criterio de valor por excelencia. En nuestro presente, sólo suele
gozar de autorización y legitimidad aquello que va cogido de
la mano de su correspondiente adjetivo pluralista, acompañado,
por supuesto, de su apostilla: "Si esto es pluralista entonces
es bueno, es correcto, es legítimo".
Ante esta ideología imperante, investigadores y profesores del
Seminario de Filosofía Política de la Universidad de Barcelona
decidieron hacer lo que ellos consideran que se puede hacer desde la
filosofía, a saber: "la comprensión del presente
y la negación de la conciencia dominante". Pluralismo filosófico
y pluralismo político recoge excelentes trabajos con distintas
orientaciones. Algunos de ellos, los menos, se centran en la genealogía
de la corriente pluralista; otros, los más, estudian los aspectos
morales y políticos de este fenómeno. Podemos encontrar
también un abordaje de la cuestión desde la industria
cultural o sociedad de consumo, desde pensadores como Kant, Burke, Hume
y Rorty, entre otros, o incluso desde la epistemología y la hermenéutica.
Pese a la raigambre de ámbitos desde los que es tratado el pluralismo,
existen elementos comunes entre todos ellos: la procedencia, dado que
los textos son fruto de intervenciones que tuvieron lugar en este Seminario
de Filosofía Política; la temática, que no deja
de ser el pluralismo abordado desde diversas facetas, y, por último,
el tono antidogmático, crítico, desacralizado y reflexivo,
que inunda todas las aportaciones recogidas en esta obra.
Pluralismo filosófico y pluralismo político aborda, en
suma, la ideología de la que subrepticiamente se han revestido
nuestras sociedades capitalistas: el pluralismo. Y lo hace desde la
sospecha que toda corriente debería infundir en tanto que se
presente como única verdad posible.
OLALLA BAGÜÉS BEDOYA
Poesía
VIVIR ES UNA OBRA MAESTRA
Jorge Eduardo Eielson
Ave del Paraíso,
Madrid, 2003
448 págs., 25 €
Si introdujéramos Vivir es una obra maestra, del peruano Jorge
Eduardo Eielson (Lima, 1924), en una máquina que analizara la
frecuencia léxica, como la que describe Calvino en Si una noche
de invierno un viajero…, seguramente la palabra con mayor número
de entradas sería "nada". El segundo lugar lo ocuparía
sin duda un color primario, y el tercero, una palabra cualquiera que
remitiera a algún objeto pedestre de la vida cotidiana: silla,
zapato, cuchara…
Tal método de análisis sería una salvajada, máxime
tratándose de la obra poética completa del vate peruano
vivo más importante. Pero el resultado sería por demás
acertado, porque esas tres palabras describirían a la perfección
los rasgos salientes de su discurso poético. En primer lugar,
la de Eielson es una poesía "nihilista", sin por ello
caer en la desesperación. Tanto porque descree en la capacidad
del lenguaje para nombrar otra cosa que su propio silencio, como por
la vacuidad de la materia con la que trabaja: la fragilidad de lo humano
en un mundo transitorio y precario.
En segundo lugar, su poesía es visual. Más allá
de la disposición espacial de versos en la página o de
algunas experiencias caligramáticas -que las tiene-, la dimensión
visual viene dada por omnipresencia de la imagen plástica o directamente
cromática, que en el caso extremo llega a la tautología.
"El cielo azul / El árbol verde / La naranja / Naranja",
reza un pequeño poema de un libro titulado casualmente Naturaleza
muerta (1958). Además de poeta, ensayista y dramaturgo, Eielson
es sobre todo un prestigioso artista plástico que, en sus ya
50 años de exilio italiano, se ha hecho un lugar en la Bienal
de Venecia, la Fundación Rockefeller o el MoMa de Nueva York.
Y en tercer término, la obra de Eielson remite siempre a la contingencia
material de la sencilla vida cotidiana. En las sucesivas reediciones
de su "Poesía escrita" (Lima, 1976; México,
1989; Florencia, 1993…), -pertinente subtítulo que discrimina
en su vasta poiesis esta esfera de otras como la pintura, la performance
o la instalación- su lenguaje se ha ido depurando. Así
como quedan atrás las rimas burlonas, aliteraciones y juegos
fonéticos, el poeta se desentiende de las referencias a la mitología
clásica y de toda grandilocuencia de sus primeros libros. Los
dos últimos, Sin título (1998) y Nudos (2002), exploran
el misterio poético agazapado tras lo más simple: "Nudos
de corbatas / Y nudos de zapatos […] Nudos que no dicen nada /
Y nudos que todo lo dicen". Más de 60 años de viaje
poético que arriban como un premio a la total desnudez de la
imagen mínima.
MATÍAS NÉSPOLO
TIEMPO DE RENUNCIA
José Luis Parra
Pre-textos, Valencia, 2004
108 págs., 15 €
Poeta de publicación tardía -Más lisonjero me
vi, su primer poemario, data de 1989-, José Luis Parra (Madrid,
1944) parece identificarse con la voz que se despoja de una "vieja
máscara" y espera que "nazcan otras voces acordes con
mi edad".
"Ritual de la persiana", el poema que abre Tiempo de renuncia,
sexta entrega del autor, nos enfrenta rápidamente con una poética
de la experiencia: "Cae / y enciende la enfermiza luz / de la orfandad,
/ la butaca vacía. / Y cae levantando un insidioso / polvo; /
cae, / la estoy oyendo / deslizarse y caer -con qué chirrido-
/ una jornada más, una tarde / más". Aunque ya en
este texto inicial se pueden identificar ciertas claves que lo alejan
de ésa y otras corrientes más o menos generacionales.
Lo primero que resalta del poemario es la perspectiva de hombre maduro
que recorre las nueve secciones del libro, dando coherencia a una escritura
que, aunque diversa, privilegia la observación minuciosa y la
descripción bucólica de una vida animada por la nostalgia
de antiguas vivencias. En segundo lugar está la amargura que
se debate entre la resignación y la rebeldía contra la
vejez, que es presentada de una manera escalofriante y casi escatológica.
A pesar de que en una primera lectura Tiempo de renuncia privilegia
una poética de la derrota, Parra opone a esta tendencia algunos
de sus versos más intensos. El poema "Erótica"
es, en ese sentido, no sólo una alegoría del instinto
que pervive y que es capaz de transformar las cosas, sino la celebración
de ese "viento de lascivia que arrasa el buen sentido". Como
las anotaciones de un Bartleby exiliado ya no en el espacio sino en
el tiempo, los poemas del libro hacen eco de una vida pasada, una otredad
que se resiste a ser borrada de la memoria y se inmiscuye en sus versos.
Y es precisamente ese oscuro mecanismo lo que salva al poeta de la mera
contemplación de la cercana vejez y lo convierte en un libro
más hondo. No es gratuito que este madrileño afincado
en Valencia parezca disfrutar de una cierta marginalidad: su poética,
a menudo provinciana y hasta ingenua, convive con comodidad con las
grandes lecturas de Pessoa, Seamus Heaney, Vallejo, pero sobre todo
con la lírica española del 27. Su retórica de poeta
embozado en el cafetín de la plaza, de veterano de la noche condenado
a las mañanas de domingo, probablemente no sea lo más
original del libro, pero le permite expresarse con comodidad a través
de un verso coloquial, amable y rítmico, no exento de las grandes
exclamaciones, pero tampoco de las más serenas profundidades.
JAIME RODRÍGUEZ ZAVALETA
Cine
LECCIONES DE CINE
Laurent Tirard
Trad. de Gemma Andújar
Paidós Comunicación 149, Barcelona, 2003
223 págs., 14,50 €
Laurent Tirard, director de cine francés y periodista, conversa
con 21 directores de cine de actualidad. Las entrevistas, realizadas
en su mayoría a salto de mata cuando conseguía "detener"
por poco tiempo a los cineastas en medio de la promoción de alguna
película, se atienen a un cuestionario, que luego publicó
la revista Studio. Estas entrevistas tuvieron gran éxito y su
publicación está más que justificada. Los temas
que se tratan tienen que ver con la posibilidad de dar clases de cine
y qué destacarían si lo hicieran, el trabajo con los actores,
la autoría respecto al guión, la colocación de
la cámara y sus ángulos o si el público potencial
determina qué soluciones dar a determinadas escenas. Claro está,
que un director dijera lo contrario de otro igual de encumbrado sobre,
por ejemplo, el uso del zoom o el uso de varias cámaras, o la
trascendencia del montaje, demuestra lo que todo artista sabe: que no
hay formas fijas para transmitir lo que uno quiere comunicar y que es
cómo asume cada uno la gramática del cine lo que acaba
por configurar lo que llamamos autoría. Sidney Pollack, John
Boorman y Claude Sautet exponen la vieja escuela de tipos "auténticos"
que dan importancia a la dirección de autores, al tempo de los
sentimientos y nada escurridizos, al contrario que Woody Allen o Almodóvar,
los representantes del "talento a raudales" y defensores de
romper las normas que quizá no digan nada que no hayan dicho
ya muchas veces.
Como suele ocurrir en lo relativo al cine, el entusiasmo por el oficio
es patrimonio de todos los cineastas -incluido el periodista Tirard-
y se transmite ya en una simple mención de la entrada en el plató
o a la relación con el operador. Pero fuera de estos rasgos comunes,
y de que cada director tiene trucos e ideas que transmitir, los más
interesantes resultan ser Pollack, porque afirma lo que intuimos de
él; Oliver Stone, por la mezcla de apasionada coherencia y de
fe en que la personalidad no necesariamente queda subyugada por trabajar
para grandes estudios; el siempre paradójico Lynch explica cómo
la música le ayuda a crear la atmósfera, eje de su trabajo,
y las ventajas que pudo obtener de la dolly. Godard se muestra adorablemente
"patriarcal". Y con todo, creo que el lector va a disfrutar
especialmente con lo que cuentan los tres asiáticos: el impávido
Takeshi Kitano, el trasterrado John Woo y el enigmático Wong
Kar-Wai nos regalan con una síntesis de su construcción
como verdaderos autores y, lo que es mejor, lo hacen con un rigor natural,
la entusiasta humildad del que disfruta buscando y un apunte de lo que
cabe considerar realmente moderno.
M.ª JOSÉ FURIÓ