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octubre 2003
Nº 106

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estantería


Narrativa Hispánica

GÉNERO DE PUNTO
Flavia Company
El Aleph, Barcelona, 2002
220 págs., 16,50 euros


Flavià Company Navau (Buenos Aires, 1963) ha publicado hasta el momento ocho novelas entre las que destacan Dame placer (1999) y la más reciente, Melalcor (2000). Esta autora de múltiples registros publica ahora Género de punto, una recopilación de cuentos similar a la que realizó en 1993 con la obra Viajes subterráneos, pero ahora con una diferencia fundamental: cada uno de los diecinueve relatos de Género de punto va seguido de una carta en la que alguien comenta, completa o contradice el contenido del relato.
Algunos personajes escriben sus cartas para dar su versión de los hechos (“a mí no me huelen los pies, no importa lo que les haya dicho mi ex mujer”); otros escriben para vengarse (una mujer despechada revela a la desconsolada viuda del relato anterior que su difunto marido no fue, como ella afirma, un dechado de virtudes, sino un cínico, un egoísta y un adúltero); otros hacen una petición a los lectores (un profesor de gimnasia pide colaboración a los lectores para ponerse en contacto con la protagonista del relato anterior, una antigua alumna suya con quien desearía mantener relaciones sexuales); y algunos otros, muy amablemente, escriben su carta para darnos la clave que nos aclara un punto oscuro del relato anterior. A veces, es tan grande el impacto de los relatos sobre los personajes que escriben las cartas que mueren poco después de leerlos, o intentan que desaparezca Género de punto en un arrebato desesperado y –afortunadamente para nosotros– completamente inútil.
Que a veces la perspectiva del relato y la carta sea diametralmente opuesta nos revela que en la literatura, como en la vida, la verdad absoluta no existe. La resistencia a aceptar un único punto de vista es, precisamente, una de las características de la obra de Flavia Company, que se complace en sembrar a su paso las semillas de la duda. En este sentido, la estructura relato-carta es el tablero en el cual la autora, los lectores y los personajes jugarán a moverse entre la realidad y la ficción... Ya desde el inicio del libro, se nos advierte que tanto los relatos y como las cartas no son ni más ni menos ficcionales que la realidad misma, la cual, sépanlo ustedes, no existe. Los personajes de las cartas se sitúan frente al lector como seres externos al libro, e incluso llegan a cruzar sus fronteras: al final del relato “Son las normas”, el lector se convertirá en personaje en un vertiginoso salto al otro lado del espejo.
Además de esta lucha entre lo real y lo ficcional, en las páginas de este textus-tejido que es Género de punto encontramos una gran variedad de personajes y de temas: hombres y mujeres de distinta clase social, educación, opción sexual y estado de ánimo desfilan ante nosotros con su pequeña historia a cuestas para hablarnos del amor y el desamor, la identidad, el salvaje mundo editorial, el paso del tiempo, la incomunicación, el destino, la grandeza de la amistad, la miseria de los amores adúlteros... La lista es casi infinita, porque cada lector descubrirá nuevos temas.

Eva Gutiérrez Pardina

TU PARTE DEL TRATO
Josan Hatero
Debate, Madrid, 2003
155 págs., 15 euros


Con Tu parte del trato, ganador del premio Villa de Algete 2002, Josan Hatero nos ofrece una colección de quince relatos breves y precisos. Quince relatos que forman un mosaico de historias dominadas por la desorientación, la miseria de lo cotidiano, por la búsqueda desnortada de algo que no se alcanza a definir.
Los quince relatos comparten motivos de tal modo que el autor consigue un libro sólido y coherente, sin relatos disonantes, como si cada una de las historias formara parte de una búsqueda simultánea en distintas geografías. A esta solidez narrativa contribuye el estilo de Hatero, contenido pero elegante, sobrio pero lírico (“A veces te creo empeñada en el sueño para evitar rendirme obligadas cuentas; para proteger mi curiosidad y mi futuro permaneces obstinadamente dormida”). Estilo cuyos rasgos característicos se mantienen constantes en cada una de las historias, como si fueran modulaciones de la misma voz. Tu parte del trato está plagado de desencuentros, despedidas, evanescencias, desorientación, cotidianidad y dureza. Un libro poco optimista y descarnado, donde encontramos personajes que mueren en lo cotidiano (“Los amantes”), hombres y mujeres grises que encuentran, –ya sea en los cruces de vidas (“Cuadro clínico de esta habitación”), en el sexo (“Destrucción Mutua Asegurada”), o en la ternura (“Aplicar tarifas habituales”)– un instante en el que la decadencia y la opresión que los envuelve parecen remitir.
El universo que crea Hatero es axfisiante y desesperanzado. Sus personajes, de igual modo, son espectros que parecen susurrar su historia y morir allí mismo donde ésta acaba. Es por esta atomósfera espectral por lo que la narración no es directa, sino que rodea a los personajes, los cuales se muestran tan sólo un instante entre las líneas de una historia que no acaba de ser la suya. Un taxista que despide a su cliente en la estación, un matrimonio abocado al cambio de parejas, un marino que encuentra en una inglesa lo que creía buscar en el mar, dos amantes destruidos por la cotidianidad... Una galería de fantasmas que se despiden, se cruzan o se enfrentan sin encontrarse, como voces de muertos que no dejan de contar historias en un páramo devastado. Y no es que Hatero nos haya desvelado regiones y modos de narrar nunca transitados, sino que con quince historias bien apuntaladas nos muestra de qué modo la realidad descansa en un suelo inexistente, a cuya búsqueda sus personajes –quizás como nosotros mismos– no pueden renunciar. En definitiva, se trata de un libro bien trabado, con numerosas cargas de profundidad, un libro que hace de lo ya dicho el material para decir de nuevo.

Joaquín Fortanet

CUANDO LA NOCHE OBLIGA
Montero Glez
El Cobre, Barcelona, 2003
250 págs., 17 euros


Casi todo empieza con alguien –un hombre, el viajero– vestido de esta guisa: trinchera y gorra de plato en agosto. Y en Tarifa, a donde le ha llevado el encontronazo con una cubana “con más curvas que una botella de Cocacola”. Pocas páginas después comprenderemos, gracias al fatalismo que imprime a la narración Montero Glez (o Roberto Montero González, Madrid, 1965), que el viajero está sentenciado. Y muerto, y por ello el autor juega contra sí mismo a embarcar al lector en un camino trepidante y a tumba abierta –en efecto– que le conduzca ansioso hasta un desenlace conocido (al modo de Crónica de una muerte anunciada). A esas alturas, los distintos y bien caracterizados personajes de la novela ya se habrán ido encontrando y desencontrando en sus picarescas historias particulares.
Montero Glez apuesta de nuevo a la baza del lenguaje. De su dominio más que notable del español dejó cumplida muestra en la brillante Sed de champán (Edhasa, 1999), donde los fuegos artificiales en que convertía sus frases de jugador de ventaja sacaban adelante con éxito la trama del submundo canallesco y madrileño en que se ambientaba. Cuando la noche obliga se desarrolla en un ambiente paralelo, el de la droga, la prostitución y la inmigración ilegal en el estrecho de Gibraltar, aunque su protagonista, más desdibujado y por ello más afilado que el Charolito (protagonista de Sed...), posee unos rasgos de ingenuo visionario indocumentado y cultivado que enriquecen la obra por la parte de la mitología, el mundo del cómic y la historiografía popular. “El viajero”, cargado con una “inocencia que no caduca jamás” y que le sirve para seguir caminando, se inmola inerme a la aventura de encontrar un tesoro enterrado y maldito, empresa para la que, en estos tiempos, hay pocos personajes cualificados aparte de los de Arturo Pérez Reverte. Precisamente el autor comparte con este escritor el gusto por la frase retadora y redonda, audaz –hay mucha elaboración detrás de cada una de ellas, en este libro–, que en Montero Glez no abandona ni por un instante el texto, un punto menos barroco que su obra anterior.
Ahora bien, aunque esta maestría suya es elogiable, la historia avanza con cierta morosidad hacia la tercera parte de un libro que ganaría con la supresión de algunas páginas de buena factura pero que, sin embargo, ralentizan esa ansiedad de huida que se le pretende imprimir. Pese a este cierto desequilibrio estructural, en esta novela de Montero Glez se aprecia el trabajo de un escritor seriamente empeñado en su tarea de forjador de la lengua.
Ana Sousa

LA REINA DE AMÉRICA
Jorge Majfud
Baile del Sol, Tenerife, 2002
250 págs., 14 euros


El viaje migratorio desde el lado de allá hasta el lado de acá, y viceversa, además de ser utilizado para proponer una de las infinitas posibilidades estructurales de la rayuela cortazariana, ha sido tema recurrente de la literatura latinoamericana. Tiempos en que europeos que huidos de hambrunas, guerras y desolación o simplemente deseosos de riqueza llegaban a esa América en la que esperaban encontrar, como antiguos conquistadores, El Dorado áureo de la riqueza infinita, suceden a otros en que como afirmaba Onetti “los nietos de aquel conquistador accidental genovés desean devolver la visita a sus abuelos”; trasiego humano continuo con el Atlántico de por medio. En el primero de estos trayectos, y en el flujo migratorio de Europa –España en concreto– a América, encontramos la génesis primera y esencial de La reina de América, última novela del novelista uruguayo Jorge Majfud. La obra narra la historia de Mabel Moreno, española de origen aristocrático y riqueza extinguida, que huye con su padre hacia América en busca de la recuperación pecuniaria. El flirteo con el aventurero danés Jacobsen durante la travesía de ida, y la decepción dolorosa de su padre que concluirá con su muerte a la llegada americana, abocarán a Mabel a su suerte. Ésta, para hacerse cargo de Consuelo, hija de padre desconocido, acabará por caer en el mundo de la prostitución. La historia se presenta a través del testimonio que Consuelo dirige a un receptor cuya identidad no nos será revelada hasta el final de la novela. Hasta entonces: el descenso a los infiernos de Mabel –la paradójica reina de América–, el ejercicio represivo de las dictaduras uruguaya y argentina en la década de los setenta y las peripecias vitales de una Consuelo que a medida que relata los sucesos se reserva un protagonismo cada vez mayor.
Si de algo peca esta Reina de América es de un inicio ramplón, que parece conducir la novela por los derroteros folletinescos de amores imposibles en un contexto de hostil desgracia, poblado por personajes estereotipados. Pero Majfud reconduce el peso de la historia hacia Consuelo, profundizando en sus vivencias, en sus desengaños y en su búsqueda, y convirtiendo la obra en una especie de bildungsroman porteña que nos muestra a un novelista hábil en la construcción discursiva del relato, con facilidad para el desarrollo simultáneo de escenas en el espacio y en el tiempo y para la diversificación de registros lingüísticos. Si bien subyace cierta irregularidad propia de un novelista en fase primeriza, también emergen destellos que nos convencen de la necesidad de seguir la obra próxima de un autor al que, parafraseando la jerga inmobiliaria, podrían reconocérsele muchas posibilidades futuras.

Óscar Carreño

EL SILENCIO
José María Latorre
Huerga & Fierro, Madrid, 2002
222 págs., 11,50 euros


José María Latorre es dueño de un mundo literario muy personal, autor de novelas como La noche transfigurada (Versal, 1990) o Las trece campanadas (Montesinos, 1989), es también el incansable animador de la revista de cine Dirigido por. Su última novela, El silencio, por su densidad temática y su unidad estructural y la desbordada pasión de su escritura, es una de las más considerables.
Todo su sentido gira en torno a la idea de supervivencia después de la muerte. Marta, personaje que muere en la primera línea pero nunca desaparece del texto, creía en esta supervivencia. El narrador, el hombre que la amaba, emprende la tarea desmedida de buscarla con el mismo tesón con que Orfeo bajó a los infiernos en busca de Eurídice, y le suplica a Marta que le ofrezca “una señal de que no estoy solo”, de la misma manera con que Unamuno pedía a Dios una señal que acabara con todos los ateos de la tierra. Busca los impalpables y elusivos signos de su presencia visitando a un intelectual romano que cree que los espíritus de los muertos siguen rondando por los lugares donde antes estuvieron vivos, atendiendo a un sacerdote católico de maneras bruscas y autoritarias, escuchando a unos individuos que creen en la salvación por la venganza e incluso asistiendo a una sesión de espiritismo. Pero sólo el silencio, como dice el título, responde a todos sus intentos. La novela ilustra la idea contraria del lema quevedesco: es la ilustración del triunfo de la muerte sobre el amor. Igual que en el cuento sobre Lázaro, el resucitado, en un cuento anterior de Latorre muy apropiadamente reproducido por entero en esta novela el personaje lleva adheridos a su misma naturaleza el olor y el frío de la tumba.
Sin duda, la literatura romántica y la enorme tradición de la literatura fantástica son las fuentes importantes de la obra y de éstas surgen temas, imágenes y motivos. Desde luego, vivimos en un mundo escéptico y tanto el narrador de la novela como el autor y también la gran mayoría de los lectores lo son en alto grado. Sin embargo, aquí surge precisamente una contradicción, pues las narraciones fantásticas que han alimentado nuestros afanes literarios se basan precisamente en la idea de que el espíritu sobrevive a la muerte física. Una novela actual y, entre ellas, la que nos ocupa entra en contradicción con estos supuestos. El silencio plantea precisamente con rigor, erudición y belleza este tema de historia literaria. De esta discordancia brotan las bellas páginas de la obra y el interés creciente de la historia que leemos.
Lluís Satorras

Narrativa Extranjera

EL AMOR DURA TRES AÑOS
Frédéric Beigbeder
Trad. de Sergi Pàmies
Anagrama, Barcelona, 2003
161 págs., 12 euros


El protagonista y narrador de El amor dura tres años es uno de esos tontainas falsamente inofensivos que se crían y proliferan en los barrios altos de las ciudades modernas. En este caso, en Neuilly, el barrio pijo de París. De profesión organizador de fiestas y/o publicista, el hombre descubre, transcurridos tres años de su matrimonio, que ya no ama a su mujer, que el tiempo ha apagado la chispa y el adulterio es esa salida de incendios ahora inevitable que antes nunca pensó en utilizar. Su amante –veintisiete años, “un rostro angelical y un cuerpo de zorra” y, como él, casada–, se resiste a irse a vivir con él. Marc Marronnier, en el tono lastimero del que espera unas palmaditas en el lomo, nos cuenta su tonta vida y opiniones acerca del amor y esta ley sancionada por sesudos estudios científicos: dura tres años y ni uno más. Lo hace a través de frases breves como cuñas publicitarias traducidas con lo que parece desgana por Sergi Pàmies, tanta desgana que no es tontería preguntarse si una traducción más inspirada habría rescatado indicios de un estilo capaz de justificar el éxito que el desgarbado y bastante simpático Beigbeder cosecha en Francia.
El narrador de Beigbeder declara hacia el final sus intenciones: “Por más que intentes innovar en la forma (palabras extrañas, anglicismos, giros extravagantes, eslóganes publicitarios), y en el fondo (night-clubbing, sexo, droga, rock and roll...), te das cuenta enseguida de que lo único que querías era escribir una novela de amor con frases muy simples.” Pero la innovación está exclusivamente en su imaginación: Beigbeder es aquí heredero argumental de Françoise Sagan. Aunque probablemente él mismo no lo sepa, pues hoy día nadie lee a Sagan y las generaciones de lectores de quince a treinta años ignoran todo lo que fue y representó. E incluso Sagan, con ser tan poco, le viene grande a Beigbeder.
Beigbeder recurre al mismo tipo de personajes que Sagan: tienen profesiones in con buenos sueldos (publicistas, actores, etc.); a escenarios equivalentes (Neuilly, Formentera) y comparte con Sagan la propensión ultrafrancesa de citar a novelistas o filósofos para vestir su texto señalando con ello una educación sentimental-literaria: Musset, Buzzati, Radiguet, Fitzgerald, Dan Franck... Pero mientras las novelitas de Sagan destilaban la romántica melancolía de un París cerca aún de los sinsabores de la guerra y en el albor de la opulencia, El amor dura tres años no es, como quisiera, un flash sobre el desencanto de una generación que quiere prolongar al infinito una infancia mimada sino el autorretrato de un bobo que no sabe dotar a sus personajes, y al reflejo de la vida que es una novela, de más consistencia que la que tiene un anuncio de colonia para chicos.
María José Furió

EL CLUB GABRIEL
Joydeep Roy-Bhattacharya
Trad. de Gemma Rovira
Edhasa, Barcelona, 2003
496 págs., 25 euros


El club Gabriel es una novela curiosa y llena de alicientes. Contra toda expectativa –dadas las reminiscencias bengalíes del apellido Roy-Bhattacharya–, nada tiene que ver con la India en cuanto al tema, y poco en cuanto a su estilo. Éste describe antes una trayectoria que discurre desde las inmediaciones de Kundera a las de Graham Greene. Lo que empieza siendo una evocación intensa y sugerente de la cultura centroeuropea en los años oscuros del dominio soviético, de la resistencia intelectual –más que política en sentido estricto– al totalitarismo deshumanizador estalinista, deriva página a página hacia el más puro estilo del cine nortamericano de suspense de los cuarenta, con todo su maniqueísmo y rebuscamiento, sus clímax dramáticos entre las brumas del Danubio a medianoche, confesiones y sollozos en habitaciones mohosas y semiderruidas, decepciones, remordimientos y culpas.
La novela transcurre en dos períodos. El primero, la década de los setenta, en Budapest, durante la resaca forzada del 68, cuando un grupo de jóvenes, una mujer y tres hombres, forman un grupo destinado a paliar la podredumbre intelectual del régimen con la creatividad artística. Entre ellos se establecen relaciones difíciles, viciadas por la constante vigilancia de la policía política, de la que forma parte el hermano de uno de ellos. El segundo período, dos décadas posterior, viene marcado por las sombras del pasado: un suicidio, y una desaparición sin resolver, la de Immanuelle, antiguo núcleo vertebrador del club Gabriel. Caído el muro, András, quien fue su amante, regresa a la ciudad. Allí se reencuentra con Stefan –el otro superviviente del grupo–, y con Szegedy, el policía reconvertido malamente al nuevo estado de cosas, y empeñado aún en mantener las heridas abiertas. La aparición de una figura de cera con los rasgos de Immanuel desata una investigación que los envuelve a todos en un remolino temporal.
Roy-Bhattacharya consigue con su primera novela, si no construir un edificio cohesionado al cien por cien, sí al menos crear atmósferas envolventes y mantener de forma efectiva una intriga que sólo declina en las últimas páginas por un final precipitado, un tanto manido, cogido con pinzas.
Magda Costa

CÓMO ME CONVERTÍ EN UN ESTÚPIDO
Martin Page
Trad. de Javier Albiñana
Tusquets, Barcelona, 2002
157 págs., 11 euros


De cómo encajar en nuestra moderna sociedad occidental, capitalista y opulenta sin perder los propios valores. De cómo integrarse en el sistema actual sin ser asimilado o anulado por éste. De la búsqueda de la felicidad, en definitiva, en este mundo postindustrial y posthumano. De todas estas cuestiones nos habla Martin Page (París, 1975) en la novela Cómo me convertí en un estúpido. Se trata de un autor prolífico dada su juventud, y diverso en cuanto a géneros, ya que ha escrito varias obras de teatro, guiones, y hasta ocho novelas.
Antoine, protagonista y narrador de la obra, es un extraño aunque entrañable personaje que decide, a los veinticinco años de edad, dejar de pensar para así conseguir llegar a la felicidad. Su inteligencia desmesurada, casi enfermiza, es el principal obstáculo para su paz y felicidad. Antoine piensa demasiado y posee una gran lucidez; lo analiza todo con una mente que no descansa nunca. Y de esta manera es imposible vivir en paz. Además, sus sólidos principios éticos y morales hacen que todo el conjunto se mezcle en un cóctel explosivo que le impide disfrutar de la vida, porque la maldad y la estupidez de su alrededor le afectan como cosa propia. No puede dormir tranquilo sabiendo, por ejemplo, que su bienestar material es en parte causa y consecuencia directa de la explotación infantil o de los desastres ecológicos.
Harto de sus inquietudes y desasosiegos, se embarca en un esperpéntico viaje a la búsqueda de la felicidad. Los métodos para llegar a su destino serán tan rocambolescos como darse a la bebida, suicidarse y, finalmente, convertirse en un cretino; es decir, asimilarse a la corriente de la sociedad. Como era de esperar, todos estos intentos acaban en el más absoluto de los fracasos. Pero en ningún caso las peripecias de Antoine –y de sus estrambóticos amigos– transmiten desesperación o amargura, sino todo lo contrario: son episodios frescos y divertidos, con abundante humor, en ocasiones irónico y en ocasiones más inocente, finalizando con un leve optimismo. La crítica a la sociedad en que vivimos no es hiriente, pero sí certera, aunque se queda en la superficie, en lo más visible, que frecuentemente no es más que la fachada que esconde los aspectos realmente criticables.
Así y todo, en conjunto no se trata de una lectura ligera en el contenido –sí en la forma: narración fluida, sencilla y entretenida– sino que deja al lector con una buena sensación, pidiendo más y quedándose con un agradable sabor de boca.

Esdres Jaruchik Naveiras

Literatura Catalana

EL SUEÑO
Carles Duarte,
Trad. de Manuel Ballesteros
DVD, Barcelona, 2002
108 págs., 7,93 euros


Carles Duarte (Barcelona, 1959) es poeta y lingüista. Su poesía ha sido traducida a varios idiomas. En esta ocasión es Manuel Ballesteros quien intenta traducir al castellano la obra de este poeta, luchador contra el paso inexorable del tiempo –auténtico perturbador de la conciencia– y promotor de la fusión entre la naturaleza y el ser amado. ¿Qué sucede cuando la adversidad colisiona sobre la cabeza del poeta que reivindica la ternura en el ser humano? Surge del fondo del abismo la herida de los orígenes, el afán de interpretarlos, y la colisión con el mito: “Soy un sueño de Dios.”
El sueño del poeta actúa como leit motiv del poemario y además constituye el punto de vista de la estructura. En cuanto a la primera función, el sueño permite al poeta pasar por diversos niveles de conocimiento, y se encuentra, con frecuencia, en cierta poesía de la experiencia (los ojos del ser amado encubren enigmas, y son portadores de la ternura anhelada y traductores del tacto y el aliento). También desarrolla aspectos de la poesía experimental, tanto en el tejido de las palabras como en el propio lenguaje. En los poemas encontramos el sueño oculto detrás de cada figura, viva o no, y es en ese espacio donde se desarrolla el aspecto temporal del libro, en la percepción del poeta ante lo que le rodea. Para Duarte, el sueño también es la imagen de la piel del ser amado, su voz, y el deseo que debe trascenderse. El sueño también anuncia la ausencia y el desaliento. A través de los poemas entendemos que, para el poeta, los orígenes del amor, están en la corteza del mar y en su propia piel, el lector construye así la imagen de la vivencia del propio escritor. A través de todas estas emociones compartidas acabaremos encontrándonos con un poeta ávido de vida y recuperador de palabras olvidadas: “A las cosas les doy nuevamente su nombre, / restablezco el misterio.”
El poemario es un ingenio arquitectónico impecable. Si el libro se inicia con la imagen del abrazo de la noche y del sueño que cae por la ventana, finaliza con el despertar del poeta a la realidad, a la certidumbre del ciclo biológico concluido con la muerte. A tal convicción ha llegado el poeta por tres vías complementarias: el paso del tiempo desde los ojos del amor, el tacto de la piel y el ciclo de la luz. En el viaje onírico por la existencia, y en el trayecto físico por París, Cerdeña, Mallorca, África o Buenos Aires, el yo poeta de Duarte ha peregrinado por los labios del tiempo, por el universo que se ensancha gracias al conocimiento y por el latido de las olas. Si el mar es una piel y la piel es caricia, el cuerpo del ser amado se convierte en estancia donde huye el horizonte, y en origen donde germina el cosmos, que no se crea sino que es: “Me elevo con el pájaro, / buceo con el pez, / recorro las montañas [...] El mundo me posee / y yo poseo al mundo.” Naturaleza y hombre unidos en un abrazo para dar como resultado este singular libro de Carles Duarte que no desmerece su lectura.
Anna Carreras Aubets

Poesía


LO MÁS IMPORTANTE ES SABER ATRAVESAR EL FUEGO
Charles Bukowski
Trad. de Eduardo Iriarte Goñi
La Poesía, señor hidalgo,
Barcelona, 2002
833 págs., 24 euros


En el diario que escribió en sus últimos años de vida (El capitán salió a comer y los marineros tomaron el barco), Charles Bukowski explica: “Montones de páginas descansan en las estanterías, a mis espaldas. […] Es como si un loco anduviera suelto. Ningún hombre que estuviera bien de la cabeza escribiría tantas páginas.” No todas esas páginas se publicaron; muchos poemas permanecieron inéditos. Su autor los preparó y les puso título, y Linda Lee, su mujer, los dio a la imprenta en 1999.
Es cierto; un loco anda suelto por este poemario, escrito entre 1970 y 1990, y que puede considerarse un compendio de la vida y la obra de este escritor nacido en Alemania y residente en Estados Unidos desde los tres años de edad. Un padre maltratador y un acné atroz que lo afeaba fueron quizá la causa de que se volviera rebelde, antisocial y solitario. Lo único que se coló por los muros que levantó a su alrededor fueron sus lecturas y, sobre todo, una necesidad imperante de transformar sus vivencias, sentimientos y sensaciones en materia literaria.
Todo ello es aquí consignado: lo más importante… trata fundamentalmente del intento de supervivencia de un hombre a la soledad, el dolor y la muerte. Por encima de ello, el nihilismo: “me gustaría llorar / pero la pena es una / estupidez. / me gustaría creer / pero la fe es un / cementerio.” Bukowski toma como punto de partida situaciones de la vida diaria y labra sus poemas, muchas veces desgarradores pero también irónicos hasta la carcajada (como “mi mosca literaria”, que dedica al calor sofocante), y unas pocas veces, iluminados por ráfagas de optimismo (como el titulado “a veces hasta meter una moneda en un parquímetro es un placer”). Hace elegías a perros, a su coche, recuerda al vendedor de comida mexicana, se apiada de un loco que pasa por la calle, retrata a “la pobre Mimi Trochi”, habla de su soledad nocturna. Con ello, se da pie para encararse con la existencia
y con una sociedad a la que no soporta y vapulea
constantemente.
El libro resulta muy recomendable para los entusiastas de Bukowski, pero inténtenlo también los que aborrecen la poesía. Quizá les guste saber que el autor coincide con ustedes: “a mí, por ejemplo, no me gusta la mayor parte de la poesía, / de modo que escribo la mía tal como me gusta leerla.”

Irene Renau Araque

FOTOPOEMARIO
Joan Brossa y Chema Madoz
Trads. de Carlos Vitale
y John London
La Fábrica, Madrid, 2003
96 págs., 20 euros


Fotopoemario es un libro extraño, fruto del trabajo conjunto del poeta catalán Joan Brossa (1919-1998) y del fotógrafo madrileño Chema Madoz (1958), y publicado en edición trilingüe catalán-castellano-inglés. La editorial La Fábrica, dedicada hasta el momento a libros relacionados con la fotografía, abre así su nueva colección transgenérica “BlowUp” (que toma su nombre de la película de Antonioni) destinada a publicar poesía, novela, ensayo y memorias.
Doce fotografías de Madoz acompañadas de doce poemas de Brossa conforman un libro que habla del objeto cotidiano desde el territorio limítrofe entre la poesía y el arte objetual. He dicho que se trata de un libro extraño y explicaré por qué. El libro de artista, en el que colaboran dos creadores procedentes de campos artísticos diferentes, no tiene nada de extraño. En el caso de Brossa, además, tiene una larga tradición, iniciada en su etapa formativa con artistas como Miró y Tàpies, y desarrollada a lo largo de toda su vida con un gran número de artistas plásticos. Lo que pasa es que en este caso no está muy claro quién es el poeta y quien el artista. Las fotografías de Chema Madoz consisten en una suerte de naturalezas muertas que desvinculan el objeto más común de su uso habitual, para darle un nuevo significado. Aunque Madoz ha conseguido crear un universo reconocible como propio, esta forma de trabajar con el objeto tiene su origen en el objet trouvé surrealista y el ready-made dadaísta, y está estrechamente relacionada con algunas propuestas de poesía experimental contemporánea como el antipoema de Nicanor Parra y el poema objeto de Brossa. Por este motivo, Madoz ha sido incluido en algunas antologías de poesía visual, como la de Felipe Muriel Durán (La poesía visual en España, Alamar, Salamanca, 2000). Por otro lado, es de sobra conocido que la poesía de Brossa funciona de forma simultánea en diferentes registros lingüísticos: desde la poesía textual, a la poesía visual y la objetual. Sus poemas objeto están tan estrechamente vinculados a las fotografías de Madoz, que de haber optado por este género para su colaboración en Fotopoemario, el lector se habría encontrado con importantes problemas a la hora de saber quién es quién (si se exceptúa el hecho, claro está, de que en el caso de Brossa la fotografía es sólo un medio para mostrar algo que no cabe en un libro, y por tanto tiene sólo un valor testimonial y una calidad técnica relativa). Pero no. Aunque la afinidad entre uno y otro nace de su trabajo con el objeto, Brossa opta por una poesía textual, extremadamente sintética, llena de giros coloquiales y con marcas de fábrica como el collage literario.
La poesía de este libro emana precisamente de esta ceremonia de confusiones, de un baile de máscaras en que la fotografía es poética, la poesía es gráfica, y sus autores juegan a dos manos en ese territorio incierto que hay entre la palabra y la cosa.
Robert Juan-Cantavella

LA POESÍA Y TÚ
Kepa Murua
Brosquil, Valencia, 2003
131 págs., 8,15 euros


Dios es un mal poeta. La poesía se está muriendo. El poeta es un luchador de sueños, siempre derrotado. La derrota es el pan de cada día de la poesía. La poesía es la única salida. No hay salida en la poesía. Así va el mundo. Este resumen rápido y muy caricatural del último libro del atrevido poeta vasco Kepa Murua, si bien deja de lado todos sus matices, da una buena imagen de su temática, así como de su forma: una compilación de sentencias, de frases que giran en torno a su inconfortable título, La poesía y tú.
Estos setecientos párrafos agrupados en seis capítulos, a los cuales se añade (a modo de conclusión) un largo poema final, “Susurros menores”, vuelven, a la sombra de Cioran y el Yi-King, a un género en desuso (sobre todo entre los poetas): el del aforismo. Pero la dificultad de este género reside justamente en mantener, a lo largo de toda una obra, la tensión y la fuerza de los aforismos y sentencias sin que éstos se vuelvan, precisamente, sentenciosos y retóricos. Así, La poesía y tú está siempre al hilo de la navaja. A pesar de que consigue construir, párrafo por párrafo, un recorrido complejo pero real, se pierde numerosas veces en los meandros de la palabrería. El tono del aforismo (su a menudo presente gramatical, su aspecto general) es frágil, y cuando la materia, el fondo, la realidad le falla, se trasforma en un Golem mal armado, un monstruo horripilante y pretencioso. Así, el hermoso proyecto inicial (una especie de arte poético en forma de Tao Te King, un tratado del cómo vivir en poesía, un oráculo postmoderno) se ve ahogado en una multitud de frases rimbombantes, de lugares comunes asestados a golpes de martillo, que dan la sensación que se está utilizando una taladradora para abrir una nuez: “Los aplausos en la literatura y en las artes son luces artificiales.” O bien, otro aforismo: “La libertad reconoce que la literatura no tiene límites.” Más tarde: “El arte por el arte puede ser una respuesta y una opinión.”
Esta frecuente distancia entre la forma aforística y la banalidad del contenido se contrapone, en La poesía y tú, a algunas joyas, algunas frases que sobresalen como diamantes: “Los hombres bautizan a la derrota: un saludo repetido es el primer síntoma; hablar por hablar, el primer tumor; el atrevimiento será llegar al asco de uno mismo.” En fin, la poesía y yo –no. Lástima.
Virgilio Matamoros

Ensayo

CONFIANZA O SOSPECHA
Gabriel Josipovici
Trad. de José Adrián Vitier
Turner, Madrid, 2002
274 págs., 17,90 euros


La pregunta, que inspira este ensayo sobre literatura, podría resumirse de este modo: cómo se puede escribir después de la pérdida del oficio, es decir, de la tradición; cómo se ha sustituido la confianza por la sospecha en la escritura. Para empezar se delimita la cuestión partiendo de las categorías filosóficas de Platón –el introductor de la sospecha–, Nietzsche –generador del nihilismo redentor–, Kierkegaard –el pensador de la sospecha que desea un cambio por la fe– y Wittgenstein –conversor de la sospecha en confianza–, hasta llegar a los pensadores posmodernos y sus alargadas sombras sobre el presente.
Para Josipovici, el modo de narrar homérico y bíblico son facetas de confianza absoluta. El escritor no es un creador, más bien pertenece a la categoría del hacedor. Los hechos que se narran no buscan provocar la conmoción en el lector, quieren ser testimonios de lo ocurrido, su crueldad manifiesta no se subjetiviza: tan sólo ocurre. Esta manera que tienen los escritores de enfrentarse al mundo se desmorona con el Romanticismo. Surge un nuevo modo de mirar el mundo que se caracteriza por un doble movimiento: en el primero aparece la confianza –exaltación– absoluta ante las posibilidades aún no explotadas y en el segundo la sospecha –frustración– que se manifiesta en las contradicciones dadas entre ideas y realidad. Se ha abierto una brecha respecto a la tradición: el genio subjetivo ha sido liberado. ¿Qué se puede hacer? Una vez la sospecha se instala entre nosotros sino utilizarla para regresar de nuevo hacia la confianza perdida, la ingenuidad del creador y el saber de la tradición. Marcel Proust se da cuenta de que la sospecha, lejos de ser paralizante, se transforma en compañera de viaje. Asumido el carácter inconcluso de la sospecha, ésta deviene ya no el fin concluso de la obra, sino parte fundacional de ésta, como ocurre en la escritura de Franz Kafka y más tarde en la de Samuel Bekett.
Una vez llegados a este punto, la perplejidad azota: el ensayo no logra todas las respuestas que se propone. ¿Por qué? En términos generales reproduce la vieja querella entre filosofía y literatura: conceptualizar el mundo es trabajo de filósofos, el trabajo del escritor es la representación. Si el objetivo fuera trazar un sendero de cómo la desconfianza se ha introducido en la literatura, no habría nada que objetar. La operación de engaño reside en utilizar con sutil perspicacia autores y obras a los que se intenta hacer encajar en un todo cohesionado. Un camino argumental errado que intenta dar respuesta a una cuestión psicológica, que no literaria.
Marc Franco

CORRESPONDENCIAS. LOS ORÍGENES DEL ARTE EPISTOLAR EN ESPAÑA
Gonzalo Pontón
Madrid, Biblioteca Nueva, 2002
254 págs., 12 euros


“Mucho aprovecha la conversación sencilla, porque se insinúa en el alma poco a poco.” De este modo definía Séneca el estilo de sus Cartas a Lucilio. La familiaridad en la expresión y la libertad para tratar cualquier tema, desde la más grave reflexión moral al chisme más frívolo, han estado siempre asociadas al género epistolar y explican su presencia constante en la literatura occidental desde sus orígenes, a pesar de la posición periférica que siempre han ocupado las cartas literarias en los sistemas tradicionales de géneros y en las preceptivas literarias.
Existe entonces un hilo rojo que une las “correspondencias” de Cicerón y Séneca con las de Montesquieu o Cadalso, pasando por Petrarca. Todos ellos sucumben a ese “poderoso atractivo de la epístola”, que consiste en travestir de literatura la conversación directa, o viceversa. Éste es el punto de partida del estudio de Gonzalo Pontón, profesor de Teoría de la Literatura y Literatura Comparada de la Universidad Autónoma de Barcelona, que arranca de la consideración de las claves teóricas y de contexto en que se desarrolla el nacimiento del género en la literatura española. Se trata de una investigación inédita, pues se centra en la producción epistolográfica de los autores castellanos del siglo xv, protagonistas de ese polémico “prehumanismo” o “humanismo romance”, que es peculiar modo hispánico de entender la revolución cultural que llega desde la Italia humanista y que va a culminar con obras maestras de nuestra literatura como las Coplas a la muerte de su padre de Jorge Manrique o La Celestina de Fernando de Rojas. Entre estos autores, descuella la figura de Fernando de Pulgar, autor de la colección epistolar española más importante en estos decenios. Pero el profesor Pontón tiene en cuenta, además, una imponente cantidad de cartas y colecciones del Cuatrocientos, a partir de cuyo análisis extrae conclusiones acerca de las circunstancias y el sostén literario que las animan, sobre las estructuras retóricas con las que se construyen, así como acerca de los géneros, los temas y los tonos que pueden distinguirse con mayor claridad.
Una indagación, pues, que arroja luz sobre un género literario a menudo considerado marginal, en un periodo de nuestra historia literaria aún enigmático en muchos aspectos. Pero quizá la mayor bondad del libro sea la de ofrecernos, entretejidas en el discurso crítico, interesantes reflexiones sobre la naturaleza de esta forma de comunicación literaria desde una perspectiva contemporánea y muy cercana al lector.
Laura Calvo Valdivielso

METAMORFOSIS DE LA MIRADA. MUSEO Y SEMIÓTICA
Santos Zunzunegui
Cátedra, Madrid, 2003
174 págs., 11,25 euros


El presente volumen es una edición corregida de una obra publicada anteriormente con el mismo título aunque con diferente subtítulo. Zunzunegui no altera el método ni las conclusiones, más bien clarifica y pone al día su estudio, tanto en relación a la bibliografía como a los nuevos museos abiertos en estos doce últimos años.
La pervivencia y multiplicación de los museos en estas últimas décadas es aquí estudiada desde la perspectiva semiótica, es decir, se entiende la configuración museo como significante y portadora de sentido. La interrelación del diseño arquitectónico y las distintas modalidades de recorrido que se vertebran no obedecen sino a un diseño y esquema preconcebido, desde el que operan distintas instancias de manipulación. Éstas se llevan a cabo básicamente en dos direcciones y con una misma meta: persuadir al sujeto actor de la visita programada a priori por la institución. El mecanismo que se utiliza desarrolla tanto el recorrido espacial (la visita guiada), el temporal (ordenación de las obras en el tiempo), como la puesta en escena de la sintaxis inducida a ser descifrada en un juego de interacciones prediseñada para condicionar la satisfacción de las expectativas creadas. Huyendo de las interpretaciones sociológicas sobre el aspecto del museo y las tipologías de visitantes, se centra exclusivamente en señalar cómo el museo y sus tipologías de recorrido dotan de un significado concreto aquello que albergan en su interior y articulan los sentidos perceptivos del contenido en relación directa al continente. En concreto se pretende exponer a la luz las operaciones de manipulación que se ponen en acción y como se articulan para ofrecer un resultado previsto de antemano. Partiendo de que la configuración/manipulación del espacio permite modelar las conductas, lo que queda es determinar qué tipo de relaciones entre exterior e interior se fundan a partir de las operaciones de subordinación, igualación o superación de los significantes movilizados en cada caso. Para ello se propone una caracterización de la principales tipologías de museo y sus variaciones a lo largo de la historia. Como se tejen sus relaciones recíprocas con la sociedad que los construye y el pensamiento que los sustenta, qué objetivos se traza y cómo se cumplen en su realización. No se trata de cuestionar el aparato ideológico sobre el que descansa, tan sólo hacer visible la manera que tiene de hacerse presente, de descubrir las leyes del juego. Desde la formación del significante a la constitución de sus efectos significativos y, finalmente, su culminación con la transmisión de un sentido estético mediado.
Juan Anderson


Extranjería

LE CHATEAU PÉRILLEUX
Jean-Yves Bériou
L’Escampette, Bordeaux, 2003
85 págs., 15 euros


Poeta francés afincado en Barcelona, Jean-Yves Bérioux recoge en este hermoso volumen una parte de su producción anterior alrededor de una joya inédita, El Castillo peligroso. También traductor de Gamoneda, Cernuda, Ildefonso Rodríguez y Miguel Suárez al francés, este gran defensor de una poesía ajena a las escrituras de moda cree en una expresión a la vez sensible y crítica. Sin llegar a hacer de la poesía una filosofía, esta postura, esta actividad de la conciencia frente al simple estado de conciencia le permite la construcción de su peligrosa mansión poética, de este frágil castillo del pensamiento y de los sentidos. El castillo supone un doble peligro: primero, porque siempre puede derrumbarse, como toda obra de lenguaje, y segundo, por lo que supone de peligro para los demás –el lector, el poeta, sus habitantes, pueden volverse fantasmas en su interior: “Pas d’être: nous sommes là, et ailleurs. / Ici est ailleurs.” Aquí, fuera, por todas partes: el hilo surrealista recorre estos versos…
Los alrededores de este castillo no son menos interesantes. Las catorce Coplas de la distance, por ejemplo, son catorce impecables nocturnos, catorce canciones de amor para abattre la mort en plein vol. Asimismo, los inolvidables y langorosos Blasons, con sus melodías célticas y sus ambientes atemporales hacen de Bérioux un poeta de lugares, de pensamiento, de magnífica inquietud.
Mathías Enard

SABANALAMAR
José Abreu Felippe,
Ediciones Universal, Miami, 2002
210 págs.


Interesante por su valor testimonial, Sabanalamar nos traslada a la puesta en marcha de lo que Leon Davidovich definiría como la revolución permanente. Impulsado por el joven gobierno de Fidel Castro, en 1961 el pueblo organizado emprende una campaña contra el analfabetismo en los confines de la isla, adonde caravanas de jóvenes escolares de La Habana acuden como los nuevos artífices de la prosperidad. José Abreu Felippe (Cuba, 1947) nos narra esta historia a través de las vivencias de su protagonista, Octavio, un adolescente de catorce años que parte como voluntario de las Brigadas Conrado Benítez. Interesante también la descripción de esa atmósfera bulliciosa de masas entusiasmadas por la ilusión de reconstruir un país codo con codo, vigorizadas por las consignas de un líder carismático cuyos discursos, pese a su interminable entrevero verbal, las persuade a no desfallecer; gentes comunes y corrientes que se identifican en la fe revolucionaria, hermanadas en los himnos de las brigadas y la Internacional. El paso a la adultez, el descubrimiento del amor, del sexo, de la conciencia de comunidad, una amalgama de experiencias confundidas con las grandezas de la solidaridad. Mas a la distancia, es también la descripción de un sueño truncado, de cómo soterradamente un país se va embotellando en un fardel de contraseñas e instituciones que fundamentarán las bases de la satrapía más longeva de América Latina.
Ernesto Escobar Ulloa

QITA’ MIN URUBA
Radwa Ashur
Al-Markaz al-Thaqafi al-Arabi, Casablanca-Beirut 2003
224 págs.


Radwa Ashour, autora de la triología Granada (primer volumen traducido al español en Ediciones del Oriente y del Mediterráneo, Madrid, 2000) vuelve a poner la historia al servicio de la literatura. Esta vez, sin embargo, Ashour logra combinar dos planos narrativos: por un lado, la biografía de un Cairo mestizo, árabe y europeo, multicultural y multirreligioso, y por otro, la vida de un anciano solitario y caprichoso, inválido y medio loco (personificación tal vez de un mundo árabe a la deriva), ambas teñidas de fracasos, derrotas, abandonos. Un relato cuyo motor es la voluntad, la necesidad de un individuo confrontado con su propio desquicio, habitante más del pasado que del presente, de contar algo que no es más que la historia individual, personal, expresión de una generación ya casi extinguida, a través de la búsqueda de una historia colectiva: la de su ciudad natal, un Cairo siempre dividido entre su propia identidad y los intereses extranjeros, refugio a la vez del ayer y del mañana. Y entre ambos se hallan los dos únicos interlocutores del viejo historiador: su nieta Shahrazad y Muhammad, un joven estudiante vecino suyo. Dos personajes que, como sus nombres, cargan en este relato con el peso y el simbolismo de toda una tradición, de una arabidad enterrada bajo las ruinas de la colonización.
Anna Gil Bardají

Una novela sobre la transición
Sobre un mito


Juan Luis Cebrián, Francomoribundia, Alfaguara, Madrid, 2003, 441 págs., 18,50 €

A pesar de los años transcurridos, estamos comprobando que la Guerra Civil sigue generando encendidas polémicas tanto históricas (Pío Moa) como literarias (Cercas). Mucho más cercana en el tiempo y mucho menos dramática, sin embargo, la Transición también provoca interpretaciones y valoraciones muy diversas. Últimamente no han escaseado las posiciones críticas (véanse la obras de Naredo o Navarro) con esa especie de mitología patria que convirtió el fin del franquismo en una mágica comunión del pueblo con su monarca, auspiciada por una clase política responsable y previsora. Las cosas no fueron así, desde luego, como ya muchas memorias nos han referido y como, en buena medida, Cebrián nos recuerda.
Juan Luis Cebrián, redactor de Pueblo, subdirector de Informaciones y director de El País durante esos años , se ha propuesto en su trilogía El miedo y la fuerza, de la que Francomoribundia es su segunda parte, novelar la España del tardofranquismo y de la nueva democracia. La agonía del dragón, la primera entrega, abarcó desde el emblemático año 68 hasta la voladura de Carrero Blanco, y Francomoribundia, cuyo título es un préstamo de la Automoribundia de Ramón Gómez de la Serna, transcurre entre la muerte anunciada y prolongada hasta el esperpento del dictador y el fallido golpe de Estado del 23 de febrero de 1981. Ambos acontecimientos están destacados en la novela por sendas series de monólogos interiores, los del propio Franco agonizante, y los de un acomodado y acomodaticio Alberto Llorés, secuestrado por las huestes de Tejero en el Hemiciclo.
No es la primera vez que se dota al “caudillo” de una voz literaria, ya lo hizo Montalbán, por ejemplo, en su Autobiografía del General Franco, aunque ninguna de ellas tan espectral y fascinante como la que prestó Kadaré al viejo Mao en su magistral El concierto. Cebrián, en este caso, no parece haber encontrado el tono idóneo, pues urde unos discursos a medio camino entre el flujo de conciencia a lo Molly Bloom y las “oraciones” de Bossuet, como tampoco acierta con los monólogos de Llorés, infatuados, pedantescos y pseudofilosóficos hasta llegar, en el que cierra el libro, a la cursilería, y no del todo acordes con el supuesto perfil del personaje. Deudor de Vargas Llosa, Cebrián ha trazado una obra plagada de diálogos cruzados, de situaciones y escenas que se superponen, creando una novela efectiva e interesante, que se lee con gusto, aunque a veces el autor confunda la fluidez con la acumulación de frases separadas exclusivamente por comas, exigiendo así al lector una constante corrección, añadiendo los oportunos puntos. Bien es cierto que el interés lo proporcionan, más que los personajes, un tanto tópicos, de trayectoria previsible, los avatares históricos que jalonaron un proceso político peculiar y complejo en el que se dan cita los intereses económicos, los políticos, la violencia, la ideología, el pragmatismo, el cansancio, la ilusión, la debilidad y la fuerza.
Que al rey Juan Carlos lo impuso Franco con la pretendida legitimidad política heredada del 18 de julio de 1936 es algo innegable, como pocas dudas ofrece el que, con la muerte del dictador, más que cambiar de manos, el poder lo que cambió fue de cara. De hecho así se aprecia en Francomoribundia, una novela, al fin y al cabo, de los triunfadores de “la Transición”, de aquellos que desde muy pronto supieron subirse al carro de los ganadores e integrarse en una dinámica que corría por los mismos raíles que la anterior. En Francomoribundia los comunistas han desaparecido, tan sólo queda un personaje, oscuro y mezquino, a sueldo del KGB –¡qué curioso!– y al que le gusta que una prostituta negra le orine encima. Los nuevos triunfadores, los profesionales que se integran en el PSOE o la UCD, los viejos franquistas reciclados, los opusdeístas, los tecnócratas, son los verdaderos protagonistas de una obra con ingredientes de la novela negra y del periodismo, con torpezas pero también con aciertos, como la forma en que nos hace reconocer dos de los errores fundamentales de la izquierda de la época: el primero de ellos fue pensar que ETA luchaba contra Franco y no contra el Estado español, fuera éste una democracia, una dictadura o una comunidad de vecinos, y no ver que su camuflaje retórico –marxismo-leninismo, movimientos de liberación nacional, etc.– no encubría sino su auténtica encarnadura: el nazismo; el segundo fue confundir a Franco con el capitalismo y confiar, con una ingenuidad delirante, en que su muerte traería consigo una nueva forma de revolución, una Tercera República heredera directa de las idílicas reconstrucciones ideológicas de la Segunda.
Ambos errores le han costado muy caros, aunque el precio pagado tendrá que contarlo Cebrián en su siguiente entrega novelística, la última de una trilogía que reclama otras interpretaciones, otras memorias, otras novelas que completen ese extraño puzzle que ha sido nuestra historia reciente.
Antonio García Vila


Dos libros sobre Giordano Bruno
Descubriendo al hereje

M. Á. Granada (ed.), Cosmología, teología y religión en la obra y el proceso de Giordano Bruno, Publicacions de la Universitat de Barcelona, Barcelona, 252 págs., 15 euros; Giordano Bruno. Universo infinito, unión con Dios, perfección del hombre. Herder, Barcelona, 2002, 381 págs., 21,60 euros

A Giordano Bruno le costó la vida atreverse a proponer algo –que el universo es uniforme e infinito– que hoy nadie discute (salvo en el detalle de que no se trata de una extensión infinita, sino más bien de un espacio curvo del que no se puede salir). El proceso de Bruno (1592-1600) se desarrolló en un momento en que dos posiciones cosmológicas pugnaban en una lucha a muerte para dirimir si era la Tierra o el Sol el centro de las órbitas de los planetas, esto es, si nuestro mundo era el centro del universo o si era un simple y errático cuerpo. En esa lucha se comprometían algo más que teorías, puesto que la religión andaba por medio. Copérnico no vivió para ver su libro incluido en el índice de la Inquisición, pero Galileo tuvo que abjurar para evitar la hoguera. Bruno, dicen que por tozudez, o por eso que Spinoza llamó perseverancia en el ser, prefirió morir como hereje antes que traicionarse a sí mismo.
En 1999, la Universidad de Barcelona organizó un congreso sobre Bruno para conmemorar el cuarto centenario de su muerte, acaecida en febrero de 1600. Y ese congreso, bajo el tema Cosmología, teología y religión en la obra y el proceso de Giordano Bruno, se dedicó a examinar las razones por las cuales acabó ardiendo una concepción tan original y sugestiva como la bruniana. Bajo la dirección de Miguel Ángel Granada, el congreso recogió participaciones de especialistas internacionales, comenzando por Giovanni Aquilecchia, decano de los interesados en la figura del filósofo nolano. Lo que aquí presentamos son, pues, las actas de aquel congreso, que constituyen un material de primera mano sobre los últimos avances de las investigaciones sobre Bruno y su época. A pesar del talante erudito de algunas de estas contribuciones (publicada cada una en la lengua en que fue leída), hay otras más divulgativas y accesibles. No obstante, el público universitario interesado en Bruno sabrá valorar globalmente la importancia de esta edición.
Miguel Á. Granada es también autor de un ensayo sobre Bruno que, por ser de una sola pluma, está más centrado en el tema y sigue un hilo conductor coherente. Al menos el autor pretende repasar todos los rasgos definitorios de la filosofía bruniana, que va más allá de ser una filosofía natural, amparada en el heliocentrismo, para contener implicaciones religiosas, antropológicas y hasta políticas, de una manera tan esencial que no se repite en otras cosmologías coetáneas.
Bajo las ideas astronómicas de Kepler o Copérnico, hay naturalmente una base metafísica y hasta religiosa, pero en el caso de Bruno, ésta se expresa mucho más intensamente como crítica social, política y antropológica. La idea de un universo uniforme e infinito, nunca aceptada hasta el si- glo xx, es en un plano filosófico la antesala de la modernidad, puesto que contiene tres elementos indispensables en ella: universalidad del hombre, universalidad del espacio y universalidad del poder. Descartes perfeccionó los dos primeros elementos bajo las nociones de res cogitans y res extensa. El tercero se consolidó por sí solo, desde los descubrimientos geográficos hasta el establecimiento de los imperios económicos coloniales, cuya herencia es hoy la economía global, limitada por el hecho de que la Tierra sí es un lugar cerrado del que, por el momento, no podemos salir. Pero todo llegará, recuerden las Crónicas marcianas, las de Bradbury.
Un capítulo muy interesante de la filosófía bruniana es la pretensión de total independencia de la filosofía respecto de la fe. La religión ha sido durante siglos un lastre para la filosofía, del que sólo ha podido zafarse completamente a partir de mediados del xix, y no en todas partes ni en todos los ámbitos. La filosofía, piensa Bruno, ha de ser el lastre de la religión, su vigilante, el pensamiento adecuado y racional frente al mito, el prejuicio y la creencia dogmática. Aunque mito y logos acaban en ocasiones confundidos, la historia demuestra ciertamente qué ocurre si nadie vigila a la religión: que vuelven las hogueras en forma de sharias o de autobuses quemados. La reacción de Bruno ante la intromisión de la religión en el mundo especulativo desemboca en la más dura crítica que el cristianismo ha recibido antes de Nietzsche.
En cuanto a la actitud personal de Bruno ante su proceso y su condena a muerte, en este libro quedan aclaradas las implicaciones filosóficas y biográficas de la cuestión. Hay una gran semejanza con el proceso a Sócrates y su actitud de preferir morir a dejar de ser como es, esto es, renunciar a la filosofía en nombre de los dioses de la ciudad. Cuánto se parecen Bruno y Spinoza, en relación con la vida teorética. El holandés prefirió seguir puliendo lentes en su taller en lugar de arriesgar su independencia intelectual a cambio de una cátedra. Qué grande es la filosofía cuando no quiere comer en el plato de los cortesanos.
Josep Pradas