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abril
2003
Nº 100

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Estantería Antológica
Los mejores libros de los
últimos años
En esta ocasión, no nos ocupamos de las novedades
editoriales.
En su lugar, hemos realizado una cuidadosa relectura de los libros más
importantes publicados durante el período Lateral.
Un listado que combina a los grandes nombres con nuevas propuestas.
Una deliciosa cronología literaria.
Narrativa Hispánica
La Virgen de los Sicarios
Fernando Vallejo
Alfaguara, Madrid, 1994
121 págs., 10,50 euros
Manual de estética para asesinos a sueldo,
breviario de asesinato para sacerdotes, enquiridión gramatical
para políticos colombianos
El Río del tiempo, la recopilación
de las novelas anteriores de Fernando Vallejo, desembocó en 1994
en esta Virgen pagana, subversiva y sarcástica que adorna, icono
mortal, el coro de su obra. Si bien los temas de la muerte violenta, la
religión, Medellín y Colombia siempre habían estado
presentes en su narrativa, es seguramente en esta novela donde cuajan
con más profundidad, unidad y fuerza.
Ojalá todos los escritores tuviesen, en un momento u otro, a un
sicario por amante, por aliado en su tarea de reconstrucción del
mundo. El asesino vallejano es un santo, o mejor dicho un ángel
apocalíptico, puro, virgen de toda lectura: Esta pureza incontaminada
de letra impresa, además, era lo que más me gustaba de mi
niño. ¡Para libros los que yo he leído! y mírenme,
véanme. Perdido en la edad, la memoria y el lenguaje, el
narrador-escritor se aferra a su amante y a su violencia para intentar
borrar la Medellín actual y volver a la calma y al incienso de
las iglesias de su infancia, que visita, una a una, constatando cada vez
su incongruidad y su falta de sentido. Nada funciona aquí.
Ni la ley del talión, ni la ley de Cristo. Ni los libros.
Ni el lenguaje. Ni las actividades humanas más comunes. Medellín
se ha vuelto un lugar fuera del mundo real, o demasiado real, quizás,
poblado por muertos vivos que desaparecen cuando se cruzan con una bala
y vuelven a aparecer, disfrazados de asesinos. Alexis muere. Lo mata Wílmar.
Wílmar muere. Sólo la estación de autobuses permite
escapar a este círculo absurdo. Uno puede intentar envenenar a
todas la mujeres embarazadas, no lo conseguirá, seguirán
dando a luz a lo absurdo de la vida. La salvación no está
en la escritura, sino en el humor, el sarcasmo, la irrisión, la
trasgresión.
Este lado subversivo que con El Desbarrancadero y la reciente Rambla Paralela
se volverá el sello Vallejo significa trasgresión, también,
de las convenciones de la novela tradicional colombiana y latinoamericana.
Cada vez más, el yo de Vallejo va dejando las características
de un narrador clásico: El viejo escribía en español
pero se hablaba en antioqueño. A mí, con lo experto que
soy en leer pensamientos, les confieso que a veces me costaba trabajo
entenderlo. Pensá en cristiano, güevón
le decía remedándolo. Estos numerosos juegos con el
pacto narrativo (el narrador que sale de la ficción para dirigirse
al lector, la burla de su supuesta omnisciencia, las ordenes cómicas
que da a sus propios personajes, la cuestión del realismo lingüístico)
son ejemplos de la maestría con la cual Vallejo va destruyendo,
uno a uno, los tópicos y clichés de la ficción, en
una explosión apocalíptica de fuegos artificiales: nadie
resultará ileso.
Mathías Enard
Materia dispuesta
Juan Villoro
Alfaguara, Madrid, 1996
311 págs., 15,50 euros
La circunstancia e inteligencia de Juan Villoro son
peculiares. Como figura de ceño en una generación ha mantenido
una postura alerta de alta visibilidad: es el escritor que está,
que tiene la información, y puede meditar al vuelo sobre ella.
Su voz literaria, más acá del denso santoral de escritores
que han permeado su estilo y elecciones formales, finca en la actualidad,
en la habilidad para alzar significados con lo que a los demás
se nos está escurriendo entre los dedos.
En este sentido, pertenece probablemente sin ganas ni consciencia
a una clase bien definida de escritores mexicanos: Manuel Gutiérrez
Nájera, Salvador Novo, José Emilio Pacheco; autores intensamente
modernos en caso de que a la palabra modernidad le reste algún
sentido que han batallado una obra de imaginación contra
el demonio de la ubicuidad periodística desde la discreta neutralidad
de una clase media criolla fervorosa en su cosmpolitismo y, por tanto,
asombrosamente al día.
Vistas desde ahí, las novelas de Villoro, El disparo de argón
(Alfaguara, 1991) y Materia dispuesta (Alfaguara, 1996) más
que los tres volúmenes de cuentos que ha publicado a la fecha con
raigambre en asuntos más abstractos representan, como lo
hizo en su hora la obra imaginativa de Novo, Gutiérrez Nájera
o Pacheco, un reporte clínico hondo y agudo sobre todo lo que hace
del proyecto mexicano de Nación una suma de realidades de
por sí pobres en franca descomposición. Crítico
a la manera fundacional para América de los jesuitas,
Villoro es el moralista que ejercita el espíritu en la observación
detenida de la experiencia para encontrar en la ejemplaridad de un caso
lo que sigue sin servir.
La epistemología de la disfuncionalidad que representa Materia
dispuesta ha encontrado solvencia en una forma de contar característica
y eficiente: una serie de frases que dibujan un contexto y una última,
lapidaria, que centra con precisión el sentido de las anteriores
en una alegoría para realidades más amplias. La de Villoro
es una prosa de rara fidelidad a sí misma, que se mueve a mil por
hora. Hay que leerla cuidadosamente: la urbanidad con que relata, la gracia
con que fluye, la tensión que levanta, pueden distraer al lector
del cuidadoso bordado formal e intelectual que la sostiene.
Álvaro Enrigue
La conquista del aire
Belén Gopegui
Anagrama, Barcelona, 1998
341 págs., 15,03 euros
En la tercera novela de Belén Gopegui (Madrid,
1963) espacio y tiempo están perfilados con precisión quirúrgica.
La conquista del aire se ambienta en el Madrid de mediados de los noventa
en el cual da sus últimas boqueadas el gobierno socialista. Sobre
este telón histórico la novela propone una investigación
sin red y con voluntad de profundidad. Esta inquietud consiste en examinar
el cordón umbilical que une al dinero con el ser humano en este
aquí y este ahora tan próximos. El detonante son los ocho
millones de pesetas que Marta y Santiago le prestan a partes iguales a
su amigo Carlos para reflotar su empresa de electrónica e informática.
A partir de aquí el dinero aparece como un actor robaplanos o como
esa bola blanca que en el billar es necesario golpear para modificar la
posición de todas las restantes.
Nos encontramos ante una indagación más a ras de suelo que
sus anteriores libros, mejor entintada y más concreta que en Tocarnos
la cara y donde el radicalismo lírico de La escala de los mapas
se remansa y se pone als servicio de un ambicioso proyecto. A través
de breves capítulos se desdoblan todos los plieges de la cuestión
hasta que la cartografía resultante no es otra que la condición
moral de nuestro presente. No existen respuestas a problemas complejos,
sólo planos que se pretendan a la altura de los mismos.
Gopegui retrata a sus personajes con un desajuste entre realidad y deseo.
Por una parte, son treintañeros con unas vidas más que satisfechas
materialmente y, por la otra, desean continuar fieles a la conciencia
de izquierdas que tienen alquilada entre sus ideales. Sobreviven en la
zona de colisión entre estas dos placas tectónicas, tratando
de resolver, aplazar o liquidar esta fricción de la única
manera que saben y pueden: a trancas y barrancas. Esta asumida complejidad
que impregna el relato evita que se escurra hacia el panfletismo o el
trincherismo. También actúan de antídotos: un pulso
narrativo firme, una estructura elaborada y unas dotes de observación
espléndidas.
Una novela memorable y arriesgada porque nos interpela de manera directa,
pero sin colocarnos en el bando de los buenos y victoriosos, sino por
dejarnos inquietos, desconcertados y con mal sabor de boca. Gopegui convierte
la novela en una lente, que vuelve visible lo que permanecía inadvertido
o minúsculo, para analizar esa misma realidad a la que lectores
y literatos hemos sido lanzados. Como declara la propia autora en un inhabitual
prólogo El narrador quiere saber y por eso narra. Contraria
a concebir la literatura como simple entretenimiento, Gopegui ocupa un
espacio principal, casi solitario y voluntariamente arriesgado entre los
narradores de su generación. Con esta obra logra conmovernos y
zarandearnos sin contemplaciones pero con rigor. Una novela en combate
contra la indiferencia.
Quim Pérez
Los detectives salvajes
Roberto Bolaño
Anagrama, Barcelona, 1998
609, págs., 10,5 euros
Después de Respiración artificial (1980)
de Ricardo Piglia hubieron de pasar dieciocho años hasta la aparición
de Los detectives salvajes. Si la novela del argentino daba una vuelta
de tuerca a la epistolaridad, la del chileno hacía lo propio con
el diario íntimo y con el monólogo. Ambos demostraban, de
formas diversas, que las posibilidades de la arquitectura novelesca no
han sido agotadas; que la fragmentariedad y el estilo oral cultivados
por Cortázar en Rayuela eran caminos formales aún por agotar;
que las relaciones intergeneracionales y sobre todo las múltiples
formas del exilio son quizá los temas por excelencia de este cambio
de milenio.
La obra maestra de Bolaño es una caja de pandora que al abrirse
en la conciencia del lector despliega vientos en múltiples direcciones.
La errancia y la extraterritoriedad (no en vano Ulises es el nombre de
uno de los protagonistas), la adolescencia tematizada por la novela de
formación, la afirmación de la complejidad y de los límites
del relato, pese a que lo torrencial de la novela-río pueda sugerir
lo contrario, la narración como enciclopedia (la edición
crítica, algún día, revelará los centenares
de citas y biografías literarias que hay en sus páginas),
el desencanto político y existencial y un largo etcétera
que no viene a cuento enumerar. Dice el personaje Norman Bolzman: Soy
judío, judío mexicano, y conozco la historia de mis dos
pueblos. (...) Sólo intento contar una historia y tal vez comprender
los resortes ocultos de ésta, aquellos que en su momento no vi
y a hora me pesan. Mi historia, sin embargo, no será todo lo coherente
que yo quisiera. La re-actualización del Judío Errante
como ser bicéfalo, como híbrido cultural cuya esencia razón
última de su huida hacia adelante sólo se comenzará
a conocer cuando la novela regrese a sus orígenes, con un flash
back brutal, antológico, que le revelará al lector un asesinato
metafórico, la maldita Culpa inexplicable que lleva al Exilio.
Los textos más logrados de Bolaño (La literatura nazi en
América 1996, Llamadas telefónicas 1997)
conducen secretamente hacia Los detectives salvajes. Buena parte de lo
que publicó después, en cambio, parece los residuos de esa
obra epicéntrica. Por las páginas de algunos de esos libros
se desparraman no obstante claves de lectura sin duda iluminadoras. En
Tres (El Acantilado, 2000), un poemario poco logrado, leemos: habíamos
perdido la revolución antes de hacerla y decidía volver
a casa. Podrían haber suscrito esa afirmación Ulises
Lima y Arturo Bolaño, perdón: Belano. Pero ya no tenían
hogar adonde regresar.
Jorge Carrión
Negra espalda del tiempo
Javier Marías
Alfaguara, Madrid, 1998
403 págs., 18,40 euros
Negra espalda del tiempo cumple el papel de excepción,
de tour de force en el conjunto de una obra literaria donde los brillos
continuos podrían atenuar la aparición de un tipo distinto
de luz. Su narrador nos relata las consecuencias reales que
acarreó la publicación de otra novela del mismo autor, Todas
las almas; es decir, se trata en una ficción el calado de lo ficticio
en la realidad. La trampa la invención, debería decir
está servida. Tales consecuencias reales, tan reales que no forman
parte del mundo ficcional de Todas las almas, al verterse en Negra espalda
del tiempo diluyen la autoridad de la realidad porque ésta no tiene
tal entidad sólida al ser susceptible de modificación. Se
entra, por lo tanto, en el juego de espejos donde la (gran) novela difumina
el estatuto de lo real. Si como ha dicho Marías el escritor nunca
miente, nunca intenta pasar la huella del animal por el animal mismo,
con esta novela hablamos de la huella de una huella, y de un avance: son
los rastros más leves los que incitan a agudizar la mirada. Negra
espalda del tiempo también abre una crítica a tres mediadores
contemporáneos de la novela (un profesor universitario, un editor
y un cineasta) y no debería leerse sólo por lo anecdótico
de los casos ni por los protagonistas reales, sino por el papel que el
novelista les asigna.
Con estas piezas, Marías pone en jaque la respetable tranquilidad
que instaura el realismo literario, así como los recursos que facilitan
su gancho mediático en el mercado editorial. También desata
consecuencias inesperadas, en el doble sentido del adjetivo: el insólito
primer tomo de Tu rostro mañana muestra una curva de la nueva figura;
y la expectativa queda latente hasta que se complete con el segundo tomo,
inédito hasta este momento. Es lo inesperado lo que hace convincente
el trabajo de Marías, además de su escritura de excepción
en un circuito literario entregado a formatos predecibles, desde novelas
con escándalos temáticos, subversiones previsibles y formas
pobres que satisfacen la voracidad del consumo, a novelas con formas escandalosas
y pretendidamente vanguardistas pero sin tema, sin capacidad de percepción,
sin asumir tradiciones y sin ningún dominio del estilo. Precisamente
todo lo contrario a lo que sí hace Javier Marías, y con
suave gracia.
Leonardo Valencia
El mundo en la era de Varick
Andrés Ibáñez
Siruela, Madrid, 1999
600 págs., 18,50 euros
Habida cuenta del escaso eco que produjo la aparición
de esta novela, tanto entre el público como entre la crítica,
a pesar de las expectativas generadas con La música del mundo,
tal vez resulte chocante haber obviado otros nombres para incluir entre
nuestros elegidos a este escritor y reconocido crítico literario
(premio Bartolomé March a la Crítica 2001). El mundo en
la era de Varick no es una novela redonda ni, seguramente, pretende
serlo, adolece de ciertos excesos y de algún pasaje algo
melifluo, pero en su caso, dichos handicaps no hacen sino resaltar lo
más destacable que hay en ella: la valentía de una obra
que pretende romper con la rigidez de los parámetros formales con
los que, en este país, tiende a entenderse la literatura; la ambición
de una escritura exuberante y rica que apuesta por la imaginación
como camino de conocimiento; las buenas maneras y la convicción
de un escritor con una producción de largo recorrido (¿para
cuándo su tercera novela, señor Ibáñez?).
Por todo lo dicho, El mundo en la era de Varick sigue siendo una rara
avis en el panorama literario español. Tal vez a todos nos resulte
más fácil aventurarnos en la lectura en demasiadas
ocasiones decepcionante de cualquier avalado escritor posmoderno
de allende los mares, pero aunque sólo fuese por lo que podríamos
denominar la magnitud del empeño, merece la pena rescatar esta
novela y, tras leerla, echarle un vistazo al aburrido paisaje que nos
rodea. Después de todo, y como decía Italo Calvino, lo que
importa de las obras con ansia de totalidad (como la que nos ocupa) no
es tanto que el diseño se cierre formando una figura armoniosa
cuanto la fuerza centrífuga que generan, y esta novela está
presidida por la fuerza centrífuga.
Juan Trejo Álvarez
Fragmenta
Javier Pastor
Lumen, Barcelona, 1999
177 págs., 13,22 euros
Parece asumido que los hallazgos de la literatura
experimental tienen una fecha de caducidad muy corta, que sólo
les legitima el hecho de ser nuevos y que una vez hallados, volver a utilizarlos
es pecado, plagio o gimnasia. Frente a la ilusión de realismo de
otras narrativas menos problemáticas, esta literatura opta por
un realismo formal que no mira el mundo como algo orgánico y se
fija, para reproducirlo, en sus distorsiones, es decir, en su parte más
real. Escribir así implica una relación con el lector en
términos menos reglados, más variables, unilaterales y completamente
subjetivos, y representa, en cualquier caso, una manera paralela de acercarse
a lo real.
Según esto, Javier Pastor (Madrid, 1962) sería de los problemáticos.
Los cinco capítulos que forman Fragmenta, su primera y única
novela, son la instantánea de cinco momentos de la vida de Oskar,
un personaje construido a través de cinco ritos de paso (el mejor
de los fragmentos lleva este título, Rito de paso)
narrados en formas autónomas y vertebrados por la recurrencia de
obsesiones como el amor y el rechazo. Citando del texto: Con esas
simplezas y esos episodios no tan arbitrariamente escogidos, no tan casuales
como sugiere el rumbo errático de la conversación, se va
dibujando un mapa confuso, con extensas manchas blancas de territorio
desconocido. Fragmenta resulta interesante en su doble vertiente
de trasgresión tanto ética como gramática
y de tradición a través de una retórica barroca,
excesiva y muy contundente. Así, a golpe de metáfora
sincopada y escarnio moral, el narrador visita una decena de registros
narrativos para explorar el alma de Oskar, objeto o causa, según
el caso, de estupro, homicidio, locura, presidio y tortura.
Barriobajero unas veces y otras casi místico, Pastor acierta al
conjugar el formato fragmentario de su propuesta con el relato de una
insatisfacción crónica y una conciencia desgarrada para
la que, como sucede a muchos narradores de Juan Goytisolo (con quien también
comparte algunos recursos formales y una fijación por la belleza
de lo grotesco), el primer inconveniente es haber nacido. Sólo
añadir que Pastor está escribiendo una nueva novela, que
Fragmenta ha sido traducida al italiano (Odradek), y que releerla cuatro
años más tarde ha supuesto reencontrar lo que recordaba,
una novela escrita con mala hostia y buen hacer.
Robert Juan-Cantavella
Bartleby y compañía
Enrique Vila-Matas
Anagrama, Barcelona, 2000
179 págs., 12 euros
Estoy aca... acabando un libro de cuentos y
cuando lo termine, me iré a Ve... Venecia y no escribiré
más. Esta frase del personaje de cómic Enrique Vilaplanas,
caracterizado como joven escritor en la novela gráfica La noche
de siempre (Montesol & Ramón de España, Star Books,
1982, pág. 19), puede muy bien ser el primer retrato de su autor
como perito en la Materia del No. Y es precisamente en aquel volumen de
cuentos, Nunca voy a cine, donde aparece ya una figura literaria propia,
la del supuesto niño prodigio llamado Leonardo, que encarna la
escisión entre la Obra como fenómeno y la carrera
artística como secuencia insostenible. De ahí el triple
No sobre el que se asienta esta ficción, radiante de negative capability:
en vez del Viaje a Italia, el autor elaboró en Barcelona su particular
versión narrativa del venecianismo; en vez de la nueva obra, su
omisión; en vez de la mitificación biográfica del
silencio tan al uso en la crítica sobre Rimbaud, la
manera más pragmática de tratar el problema: el catálogo.
En el desarrollo más extenso de esta Materia, en las 86 notas al
pie de un texto fantasma, redactadas por el mísero CasiWatt, se
plantean varios asuntos de no poca importancia para nuestra idea de la
literariedad asuntos que se complicaron más aún a
raíz del insólito Sí del mercado y los jurados a
este Titanic de los destinos de letras.
El primer motivo, ya tradicional para su autor, es de signo vanguardista:
la construcción, ensayística y metanarrativa, de una comunidad
secreta, revolucionaria, y con ella el intento de definición de
una colectividad resistente de lectores. El segundo es un motivo propio
de la vertiente más textualista de la posmodernidad: la reescritura
de la tradición literaria bajo el doble signo de la profusión
analógica las relaciones imprevistas entre estéticas
y obras y la amenaza del límite de su desaparición.
El tercero es un tema implícito, que apenas si ha sido abordado
en la recepción crítica de esta novela penúltima
de Vila-Matas, y que acaso explique, en parte, su notoriedad. CasiWatt,
el oficinista dimisionario, no es sólo la contrafigura del escritor
como ejemplo de vigor creativo: es también una representación
ideal, idealista en su escasez, de lo que sería un Escritor de
lo que algunos de los nuevos lectores de Vila-Matas creen que debe ser
un escritor en un mundo en que el mercado, la promoción y
la carrera literaria no existieran, y el autor estuviera a solas con los
problemas de la conciencia creativa y la Historia del Arte. Se trata,
pues, de una concepción del mutismo artístico o del
mutis del artista no ya como insuficiencia de la escritura o superación
de la misma, sino como única posibilidad de preservar la autonomía
irreductible del libro ante la tergiversación impuesta por los
vaivenes de una carrera.
Eloy Fernández Porta
Momentos decisivos
Félix de Azúa
Anagrama, Barcelona, 2000
361 págs., 15,03 euros
Hace algún tiempo, Félix de Azúa
propuso esta desmesura: En cada instante social, el núcleo
más denso de significado es una novela. Eso, entre otras
cosas, es Momentos decisivos. Lo interesante es que, tan pronto iniciada
la crónica de los momentos, nos damos cuenta de que sus decisiones
nunca se tomaron; de que su protagonista, esa mezcla de Stephen Dedalus
y James Dean, es un indeciso. Y así el significado del instante
queda subvertido. La novela entera está fabricada con subversiones
de este tipo: en ella, la heroicidad no es heroica, sino ridícula;
la técnica no es un elemento técnico, sino moral; la ironía
no es una actitud irónica, sino técnica. A ver si me explico.
La novela es la historia de un grupo de estudiantes barceloneses enclavados,
de muy mala gana, en sus coordenadas generales. Ninguno quiere estar donde
está: ni en su clase social, ni en 1963, ni en esa España
franquista. Hasta aquí, un escenario que podría ser el de
la novela de formación, pero es también me informan
el de la novela en clave, con sus guiños y codazos y bromas privadas.
Pero la mera inclusión de un prólogo y un epílogo
transforma a Momentos decisivos en una novela de la más pura estirpe
moral; pues al encuadrar la narración entre dos intervenciones
de una voz en primera persona una voz que cuenta por qué
y para qué escribió lo que escribe, lo que hay en
medio deja de ser presentación desinteresada para transformarse
en indagación. Qué consecuencias traen nuestros actos, o
la ausencia de ellos; por qué puede caerse un país entero
si decidimos mal. Así de osado es el asunto así de
osada es la sinécdoque de la novela.
Ahora se entenderá por qué el ejercicio de la ironía
era la clave técnica: sin cierto grado de artificialidad y de artificio,
Momentos decisivos habría caído en la prédica o en
el cinismo. La novela no es más ambiciosa, como se dijo al momento
de su publicación, que Diario de un hombre humillado; es, simplemente,
más difícil, y lo es en gran parte por la ausencia de ese
cómodo recurso que es un diario. Si en esa novela el truco estaba
en la retórica del narrador, en sus mayúsculas enfáticas
y su entrañable grandilocuencia, en Momentos decisivos está
en cinco palabras del Epílogo, cuando el escritor o moralista termina
de contar su historia y dice: Sí, así debió
de ser. Su especulación (de trescientos cincuenta páginas)
acerca de un fracaso individual, y el de una generación entera,
es de una rara honestidad; pero al contrario del Diario de un hombre humillado,
y sobre todo al contrario de Historia de un idiota contada por él
mismo, la última novela de Azúa puede ser leída como
una de las formas más elegantes de la nostalgia.
Juan Gabriel Vásquez
El estreno
Pablo J. dOrs
Anagrama, Barcelona, 2000
230 págs., 11,72 euros
El ingreso de Pablo dOrs (Madrid, 1963) a la
narrativa española se puede definir como un acontecimiento poco
menos que memorable. A principios de 2000 publicaba una ópera prima,
El estreno, que cosechó una insólita descarga de palmas,
y para finales del mismo año aparecía su novela Las ideas
puras, que se alzaba finalista del Premio Herralde. El suyo, no obstante,
tampoco resultaba el comienzo propio de un artista, sino más bien
la presentación en sociedad de un intelectual maduro. Antes de
esto, el autor ya había adaptado una obra teatral de Dickens y
poseía una amplia experiencia en la investigación universitaria.
Más o menos como Luis Landero o Luciano Egido, dOrs ya salía
ante público sin obras de tanteo, dando lo mejor de sí.
Lo que la crítica advirtió en El estreno, y de ahí
el asombro, no eran sólo unas aptitudes merecedoras de atención;
dOrs había escrito una obra cerrada y profunda, madurada
y consciente. El estreno constaba de siete atípicos relatos en
los que, de forma explícita y consecutiva, el autor hablaba de
Thomas Bernhard, de Kundera, de Grass, de Boccaccio, de Pessoa, de Goethe,
de Calvino y de Dickens sus padres y maestros literarios,
confiesa, para incluirse a él mismo junto a ellos en último
término. DOrs practicaba entonces, y siguió practicando,
la poética de que la literatura se nutre de literatura, tan frecuente
en nuestra última narrativa. No por otro motivo admite él
mismo: Yo me alimento de la lectura y escribo como quien defeca
o vomita los libros que ha leído. Incontestable.
El estreno suponía por tanto un ejemplo estupendo de lo que se
puede llamar ficción cómplice, ésa en la que el autor
elabora un texto bajo una serie de claves literarias (tan frecuente en
nuestra última narrativa) en alianza con el lector. En su caso,
muy importante, las llamadas a otros autores, los guiños, las referencias,
las citas invisibles, presentan una honda coherencia con la propia naturaleza
del autor y con la propia autonomía de su obra; son sinceras, necesarias
y no son un pretexto de exhibición cultista. Por otra parte, su
prosa (bastante en El estreno pero mucho más en Las ideas puras)
resulta cuidada y brillante, de constante ligazón y sensible a
los detalles, a los importantes detalles.
Sin tiempo para haber producido una obra maestra aún,
su nombre se ha hecho merecedor de la máxima atención, además
de por ser clérigo y nieto de Eugenio dOrs, por su voz inteligente,
culta y poblada de intuiciones refinadas.
Alejandro Fernández Diego
Historias de hombres casados
Marcelo Birmajer
Alfaguara, Madrid, 2001
336 págs., 13,52 euros
Nuevas Historias de hombres
casados
Marcelo Birmajer
Alfaguara, Buenos Aires, 2002
477 págs., 16,85 euros
Después del boom hispanoamericano los senderos
de la gloria vuelven a bifurcarse en nuestras letras. Los que buscan el
favor del público, tienen que recurrir a los géneros menores,
la cursilería o los realismos mágicos. Los que aspiran el
honor literario, escriben por desdén o resignación
ante todo para sus colegas y la crítica, que, agradecida, muestra
predilección por obras innovadoras, metaliterarias y de interés
restringido para el lector no iniciado, tal como pueden comprobarlo en
la selección lateral de los mejores libros de los cien números.
El argentino Marcelo Birmajer (1966) no pertenece a ninguna de estas categorías.
Por su capacidad de seducción podría ser un best seller
(y tal vez lo sea), pero jamás un metalita y mucho menos un cursi.
Por las múltiples cualidades de su prosa merecería casi
todos los elogios de la crítica (y tal vez los tenga), pero no
es un autor que se desvive por complacer a su gremio.
Birmajer debutó en España con Los tres mosqueteros (Debate,
2000?), una novela mitad genialoide, mitad discreta (ver lateral, nº
82). Lo mejor de ese libro corresponde a la cuitas sentimentales de su
protagonista, que la es también de la mayoría de los relatos
aquí comentados. Se trata de un joven periodista y escritor judío,
que es el narrador de sus propias historias. Pero más que la construcción
de ese personaje original y divertido, el mayor logro de Birjamejer consiste
en la invención de una voz que corresponde a tal personaje. Es
una fórmula mágica para convertir en comentario delirante
hasta la anécdota más anodina, que tampoco hay muchas, y
le permite al autor despachar sin pudor y con gracia sobre cualquier tema,
entre los cuales se destaca es asunto de las mujeres.
En el peor de los casos esta fórmula da para un relato ágil
y entretenido; en el mejor curiosamente en el segundo volumen abundan
los ejemplos el texto se eleva por encima de la anécdota
y llega a conformar una historia compleja y perfectamente resuelta. Por
razones biográficas, su humor neurótico y su don de transformar
en relato toda vivencia, fantasía o idea, el símil más
obvio es Woody Allen. Pero Birmajer es más salvaje, vital y erotómano.
Su inefable protagonista es el simpático más vulgar, egoísta
y cochino que han dado las letras hispánicas, un personaje arrebatador,
que así justifica, por ejemplo, su insaciable afán de adulterio:
No tenés hijos, no tenés que acostarte todos los días
con la mujer que más te importa en tu vida, todavía contás
con mujeres que no te importan.
No se trata de un literatura de altísimo vuelo ni de una prosa
sofisticada, pero en una era literaria en que los escritores pecan de
la falta de ambición o padecen sobredosis de ella un problema
de balística lo llamaba Carpentier, la ocurrente, eficaz
y divertida prosa de Birmajer representa toda una lección de puntería.
Mihali Des
El jardín de la señora Murakami
Mario Bellatín
Tusquets, Barcelona, 2001
109 págs., 8 euros
Mario Bellatín pertenece a una promoción
de autores latinoamericanos a los que el Boom no les hizo sombra, quizá
porque siempre se movieron en la periferia de los grandes temas y las
ambiciones totalizadoras. Esa actitud de desmarque se hace explícita
cuando el autor asegura que no está interesado en que el lector
le crea. Así, le da la espalda definitivamente a aquella difícil
relación entre la realidad y la ficción, según la
cual esta última denuncia o expone a la primera. No sólo
en novelas realistas como las de Mario Vargas Llosa, sino también
en las real-maravillosas de Carpentier, Rulfo o García
Márquez, la necesidad de convencer al lector es fundamental. La
obra de Mario Bellatín, en cambio, es una urdimbre hecha para despercudir
al lector preparándole celadas, no para convencerlo. Aunque de
alguna manera, hay que decirlo, apela a la credulidad del lector educado
en los años del Boom.
Cuando en El jardín de la señora Murakami leemos las singulares
notas a pie de página en las que el autor explica al detalle las
palabras que podrían resultar incomprensibles por pertenecer a
otra cultura, se descubrirá que ahí no hay explicación
ni glosario, sino la reconstrucción de un mundo imposible cuyas
reglas se parecen dramáticamente a las nuestras. No leer las notas,
o no entender el juego, hace imposible la lectura. Lo mismo sucede con
el apoyo fotográfico y bibliográfico en Shiki Nagaoka: una
nariz de ficción o en Jacobo, el mutante.
Algunos lectores son incapaces de seguir el juego y concluyen, por ejemplo,
que Salón de belleza está protagonizada por un enfermo de
sida o que El jardín de la señora Murakami es un ejercicio
de estilo con aire japonés, por el simple hecho de que en las novelas
se mencionan pestes y homosexuales, kimonos y apellidos orientales. Apelan
así a sus diccionarios de ideas recurrentes, sin saber que éstos
son inútiles en el universo insular de Bellatín. Puede decirse
incluso que ese desdén previsto por el autor, por cierto
carga de significado las novelas que, por lo demás, no se alargan
en más de cincuenta páginas para que el lector tenga la
sensación de estar asistiendo a una escenificación (el tiempo
estimado de lectura no dura más que una performance, una obra de
teatro o una película) y no a la imposición de una vida
sobre la propia.
Mario Bellatín no sólo representa un modo contemporáneo
de entender la literatura en un mundo en que las respuestas valen muchísimo
menos que las preguntas, sino también una provocadora manera de
despejar la mente de los lectores a través de una suerte de terapias
de desintoxicación a través de la ficción. Y es que,
como en todo escritor de auténtico genio, en sus obras no sólo
se inventa un mundo sino que se inventa también a sus lectores.
Iván Thays
Cien botellas
en una pared
Ena Lucía Portela
Debate, Madrid, 2002
268 págs., 16 euros
Aquello que hace singular esta novela de la cubana
Ena Lucía Portela (La Habana, 1972) es lo mismo que la hace destacar
en el actual panorama narrativo hispánico, y que se puede resumir
en la conjunción de inteligencia en la planificación y desarrollo
de la trama, agudo manejo del lenguaje, notable sentido del humor y poderosa
capacidad fabuladora. Con estos mimbres la joven autora viene tejiendo
desde 1997 una obra compuesta por tres novelas y dos volúmenes
de cuentos, galardonada con prestigiosos premios internacionales Premio
U.N.E.A.C. 1997, Juan Rulfo de cuentos de Radio Francia Internacional
2000, y Premio Jaén 2002 con esta última novela, y
digna de captar la atención de lectores en busca de obras recreadoras
de hablas peculiares, personajes en trance de adorable naufragio y universos
de luz y sombra. Cien botellas en una pared es la historia de un amor
al límite entre una enternecedora mujer y un hombre loco que se
ve atravesada por las turbulentas peripecias de varios personajes todos
ellos supervivientes, a su manera, que finalmente convergen en un
dramático aunque esperanzado final. La novela, narrada por su protagonista,
Zeta, roza la categoría de obra coral, pues el peso de los personajes
secundarios y sus historias es tan notable que se convierte en el relato
descriptivo del microcosmos del barrio habanero de El Vedado. Portela
suele localizar allí sus textos, y a través de éstos,
sin ánimo particularmente reivindicativo pero sin vendas, presenta
la cotidiana lucha por la supervivencia en la isla. En este sentido, la
autora escribe como miembro de aquel grupo al que Abilio Estévez
se refiere como una generación literaria naciente para quien
la literatura no es exaltación ni queja, ni reivindicaciones sociales,
ni posiciones de principios que no sean puramente literarias y que
parte de la libertad como presupuesto. El cosmopolitismo de
las últimas promociones de escritores cubanos queda reflejado en
la diversidad de referencias culturales que los asisten, y a las que esta
autora se muestra especialmente receptiva (Cien botellas... está
plagada de guiños a la literatura universal). Pero Portela escribe
al margen de grupos, revelando una voz definida y muy personal, capaz
tanto de subyugar con la riqueza de su material vivo y colorista como
de plasmar de forma verosímil unos hechos terribles de modo humorístico
y desenvuelto.
No deberían perderse el retrato facetado de esta Zeta que va creciendo
en cada página, mostrándose como mujer minusvalorada por
los demás pero positiva y cálida, compasiva, vaga, cobarde,
juerguista, muy sexual, algo masoquista, católica pendiente de
su confesor pero capaz de gozar de la forma menos ortodoxa... y cargada
de un sentido del humor y un desparpajo capaz de redimir debilidades.
Y hasta tragedias.
Ana Sousa
Narrativa Catalana
Vuitanta-sis contes
Quim Monzó
Quaderns Crema / Anagrama, Barcelona, 2001
635 págs., 18 euros
Comparado a menudo con autores tan variopintos como
Kafka, Borges, Cortázar, Bontempelli, Handke, Coover o Cabrera
Infante, Quim Monzó es para el lector del ámbito hispánico
un cuentista imprescindible, sobre todo a partir de la publicación
de Vuitanta-sis contes (2001). Hasta entonces, el interesado en su obra
tenía que vérselas por separado con los volúmenes
de sus relatos, aparecidos desde finales de los setenta y algunos casi
inencontrables, o bien en las traducciones de Marcelo Cohen, o bien directamente
en catalán. Por ello, la publicación en ambas lenguas de
un volumen con lo que hasta esa fecha podía considerarse como sus
relatos completos constituía, sin duda, un acontecimiento literario
digno de destacarse.
Con todo, sólo a primera vista se trataba de una simple compilación
de su obra cuentística publicada en catalán hasta 1999:
Uf, va dir ell (1978), Olivetti, Moulinex, Chaffoteaux et Maury (1980),
Lilla de Maians (1985), El perquè de tot plegat (1993) y
Guadalajara (1996). En realidad, la labor de Monzó había
ido más allá de apilar títulos anteriores: eliminó
cinco textos del primer libro y uno del segundo y, sobre todo, reescribió
de modo contundente la tesitura de buena parte de los textos hasta Lilla
de Maians. De ahí que quepa hablar en plenitud de una verdadera
reescritura, patente no sólo en el carácter obsesivo, circular,
irónico, contradictoriamente desenfadado y pesimista, inquietantemente
anodino o bien metaficcional de los argumentos de sus relatos y
que son la fachada que da origen a las comparaciones variopintas que antes
mencionaba, sino sobre todo en el origen de su escritura, en la
desestabilización paródica de los mismos modelos de lengua
que utiliza y que sólo tenuemente se percibe en la traducción.
Porque, por obra y gracia de su personalísima estirpe literaria
y mediática, lo que Monzó lleva a cabo en Vuitanta-sis contes
es, entre otras cosas, una exploración profunda y sostenida de
las posibilidades vivas de la lengua en que escribe, no para enterrarla
definitivamente, sino para servirse de ella sin ningún miramiento
ni preservativo lingüístico, dando así la muestra más
llana de vitalidad que un escritor puede ofrecer de la lengua en que escribe.
De ahí que los personajes a menudo sin nombre y en proceso de disolución
de toda certeza que habitan sus relatos sean inseparables de la lengua
en que se desintegran, de las palabras en que se diluyen sin darse cuenta.
Como en la literatura sin más, en Vuitanta-sis contes la lengua
no tiene más frontera que la que le impone el gozo de crear. Y
eso, Monzó lo ha conseguido escribiendo sólo en catalán.
Carlos Guzmán
El trànsit de les fades
Julià de Jòdar
Quaderns Crema,
Barcelona, 2001
427 págs., 23,50 euros
Los premios y las críticas lo confirman: el
escritor más innovador y ambicioso de la literatura catalana actual
es Julià de Jòdar. Siempre fue un gran lector. Durante tres
décadas, trabajó en importantes editoriales. Y, en los setenta,
colaboró en revistas de izquierda. Pero, no tuvo la necesidad de
escribir ficción hasta la madurez, cuando a muchos les llega la
hora de hacer inventario.
Decía Carr que un individuo se comprende a sí mismo a través
de la historia. Y parece ser que Julià de Jòdar empezó
a preguntarse quién era, de dónde venía y hacia dónde
iba cuando comenzó a gestar la trilogía Latzar i les
ombres, ambientada en un barrio industrial de Badalona, en el cual, desde
hace más de un siglo, convive la burguesía autóctona
con diversas generaciones de la emigración campesina catalana y
murciana, donde se instalaron sus padres y ha echado sus raíces.
A los cincuenta y cuatro años, publicó el primer volumen
de la trilogía ambientada en el imaginario Guifré y Cervantes
(actual Gorg) y conducida por Gabriel, Làngel de la segona
mort, que recibió el Premi Ciutat de Barcelona y el Blai Bonet
de lAssociació dEscriptors en Llengua Catalana, y quedó
finalista del Premio Nacional de Narrativa del Ministerio de Cultura.
Y tras la magnífica Zapata als encants, la tantas veces reclamada
novela de la Barcelona de las dos últimas décadas, aparece
el segundo volumen de la trilogía, El trànsit de les fades
(Premi de la Crítica 2001), que supera al anterior en cuanto a
técnica (seguramente, inspirada en La casa verde, de Vargas Llosa),
ritmo y uso del lenguaje. Y que sigue tirando del hilo de la historia.
La entrega inicial giraba en torno al asesinato de un inocente en tiempos
de la Guerra Civil, entraba en los ambientes anarquistas, y hablaba del
problema de la integración y la convivencia en bandos ideológicos
separados, contraponía progresismo burgués a nacionalismo
neorromántico, e invitaba a exorcizar los demonios del progreso
con los valores de la tradición humanista. En este relato ambientado
en los años cincuenta, la reflexión y el mensaje coinciden,
pero quedan más claros, porque afectan a la experiencia de los
personajes y se ajustan mejor a las diferentes historias. La muerte, que
en la primera parte tenía una función didáctica (el
crimen del amigo despierta la conciencia de Gabriel ante la represión
sobre los perdedores de la guerra), pasa a ser un motor de cambio en la
evolución del personaje (la desaparición del padre y la
bella dependienta del colmado familiar hacen que Gabriel madure sentimental
y sexualmente). Y los protagonistas de las distintas narraciones que conforman
este particular melodrama son ahora mujeres (la madre, la obrera de fábrica,
la actriz, la modista) y tienen ahora voz propia. Una voz culta y reflexiva,
que no les corresponde, pero les saca de su ámbito y les dignifica.
Julià de Jòdar no ha puesto el punto y final. La última
novela de la trilogía ya está en marcha. En ella, veremos
a Gabriel inmerso en el mundo masculino y dispuesto a iniciar una nueva
vida en la gran ciudad. El título, aún provisional, A la
recerca de lheroi proletari català, promete.
Anna M. Gil
Narrativa Gallega
Círculo
Suso de Toro
Vigo, Xerais, 1998
239 págs., 12,75 euros
Sin duda alguna, Suso de Toro supuso para la literatura
gallega y concretamente para la narrativa, una innovación esencial
en las formas y en los temas; una especie de aire renovador en un espacio
prácticamente mortecino y claustrofóbico. Su aportación
fue fundamental, alejándose de los tópicos para construir
un discurso propio desde la resistencia. Pero a eso ya podemos añadir
que es uno de los escritores gallegos con mayor número de lectores
a través de sus versiones al castellano, consolidándose
como una de las voces más importantes en el panorama actual de
la novela española.
A pesar de su reciente celebridad mediática, tras la traducción
de algunas de sus obras y la adaptación cinematográfica
de su última novela, Trece campanadas, la trayectoria de este santiagués
se remonta a principios de la década de los ochenta. Además
de su polifacético currículum, cabe decir que es un autor
prolífico en todos los géneros por lo que seleccionar una
de sus obras como la novela más representativa durante la vida
de Lateral ha sido una ardua tarea. La elección ha sido Círculo
(1998) por considerarla como una continuación de esa faceta más
rupturista iniciada con dos de sus obras pilares para la literatura gallega:
Polaroid (1986) y Tic-Tac (1993); labor que fue posteriormente quebrantada
por un breve espacio de tiempo con una producción de tipo más
tradicional. Con Círculo reaparece ese Suso experimental y posmoderno
de su primera etapa, a través de la cual late constantemente una
conciencia de renovación técnica y temática en referencia
al canon narrativo gallego.
Círculo es un libro de relatos, con historias protagonizadas tanto
por personajes relevantes de la cultura gallega (Rosalía de Castro,
Castelao, Ánxel Casal), como anónimos alguno de ellos
incluso reciclados, como es el caso de Nano. La obra está configurada
por ese conjunto de historias que el lector debe intentar encajar cual
piezas de un rompecabezas. Sin embargo, la obra presenta una textualidad
radicalmente abierta, por lo que esa composición nunca le proporcionará
al lector una solución unitaria, sino fragmentada. El texto se
caracteriza, así pues, por la fragmentación y la desintegración
y a su vez funciona como alegoría de la realidad contemporánea.
Las características principales de esta producción más
experimental son la introducción de personajes atípicos
que rompen con la tónica tradicional, la dialéctica entre
mundo rural y mundo urbano, la conjunción entre tradición
y ruptura y el impacto más brutal de las nuevas tecnologías
en la sociedad actual; elementos que no dejan de ser piezas claves de
la realidad, punto de partida de cualquier escritor posmoderno como lo
es Suso de Toro.
A lo largo de su producción podemos diferenciar claramente dos
tipos de obras: unas de temática mítico-épica, que
suelen ser más tradicionales en las formas, y otras de carácter
más rupturista. Sin embargo, ese Suso experimental pierde posiciones
ante un Suso de Toro más conservador en estos últimos años.
Con Círculo, cierra esperemos que provisionalmente
esa posición inicial.
Mónica Folgueiras López
Ensayo
Duchamp. El amor y la muerte, incluso
Juan Antonio Ramírez
Siruela, Madrid, 1993
311 págs., 35 euros
Decía Borges en una de sus Inquisiciones que
lo que no se lleva a cabo no existe, y el eslabonamiento de los
hechos en sucesión temporal no los refiere a un orden absoluto.
Marcel Duchamp (1887-1968) fue un escurridizo artista que no se dejó
atrapar por situación alguna en toda su vida, ni por mujer
en concreto ni por movimiento artístico o literario, aunque
su obra y trayectoria anidaron y anidan en el centro de las polémicas
artísticas contemporáneas de los últimos cincuenta
años. Acaso el chiste final que nos dejara en herencia Duchamp,
fuera el conjunto de una Obra que llevó a cabo, de
forma eslabonada, pautada por los ritmos del orden temporal, encaminada
a un orden absoluto y que, sin embargo, no ha existido hasta
la irrupción de los primeros exégetas. Duchamp es un artista
de artistas, a la par del Borges escritor de escritores.
Duchamp. El amor y la muerte, incluso es el mejor libro en lengua castellana
escrito sobre este artista. Es el resultado de un análisis concienzudo,
un enorme esfuerzo de contextualización cultural y epistemológica
de la obra de Duchamp. No es precisamente menor la envergadura de tal
empeño si tenemos en cuenta que hasta los años setenta el
trabajo de Duchamp quedó sepultado por los estereotipos biográficos
y las visiones iconoclastas. Octavio Paz fue el principal impulsor en
aquella década de la revisión de los tópicos que,
aun situando a Duchamp en el eje de casi todos los ismos que marcaron
las vanguardias, ofrecían una visión formal de sus aportaciones.
Este ensayo apasionante, que se lee casi en clave policiaca, ilustrado
con cerca de trescientas imágenes que reproducen no sólo
las obras más importantes de Duchamp, sino muchas de sus probables
fuentes iconográficas (catálogos comerciales, manuales escolares,
anuncios de la época, teoremas y formulaciones matemáticas
),
es un monografía básica para entender el tan relevante papel
de Duchamp en gran parte de los movimientos artísticos del siglo
xx. Es, además, un instrumento esclarecedor para abismarse en el
nódulo de la complejidad duchampiana. Dos son las tesis básicas
que desgrana Juan Antonio Ramírez. La una apunta a Duchamp como
autor de una única obra, una Obra Total en la que encajan a la
perfección los fragmentos acometidos durante sus diversas etapas
plásticas. La otra descubre entre ese calidoscopio de fragmentos,
un único motor temático: el erotismo entendido como una
fuerza vital, de subsistencia y confrontación con la muerte. Un
erotismo de precisión, dijera el propio artista. Duchamp
fue, como Borges, breve, conciso, desacreditador de positivismos, y un
tanto embaucador en sus propuestas. La mayor de sus mentiras fue la de
hacernos creer que su obra y talante respondían a los designios
de un arte menor. Quizás previó que estudios como el de
Juan Antonio Ramírez desnudarían sus intenciones originales
sin disminuir en lo más mínimo la fuerza subversiva
de sus propuestas, intacta hoy, a los tres lustros de su muerte.
Lluís Alabern
El bucle melancólico
Jon Juaristi
Espasa, Madrid, 1997
389 págs., 6,50 euros
Para bien o para mal es decir, para mal
el nacionalismo está a la orden del día. Y para entender
el fenómeno, nada mejor que recurrir a los trabajos de Jon Juaristi.
En libros como El linaje de Aitor, Vestigios de Babel, El chimbo
expiatorio, Sacra Némesis, La tribu atribulada y, sobre todo, El
bucle melancólico, nuestro autor deja las cosas claras: el nacionalismo
inventa la historia (su historia), la identidad (su identidad) e, incluso,
la lengua (su lengua). Más: contrariamente a lo que se dice y propaga,
no es la nación quien inventa el nacionalismo, sino el nacionalismo
el que inventa la nación. En El bucle melancólico, sin duda
uno de los mejores ensayos de la última década, Jon Juaristi
saca conclusiones de la mítica y mística nacionalistas:
las historias de infortunio, sacrificio, heroísmo, inmolación,
martirio y recuperación de la patria arrebatada que, sin ir más
lejos, se cuentan en el País Vasco, tienen mucho que ver con los
lodos redentoristas y terroristas que hoy nos inundan. Y es que esa retórica
nacionalista que alienta el victimismo ad infinitum puede llegar a matar.
Jon Juaristi reflexiona sobre el nacionalismo vasco, pero sus palabras
son extrapolables a cualquier nacionalismo de vocación autoritaria
y violenta. En este sentido, El bucle melancólico es un aviso para
aquellos navegantes ingenuos y/o faltos de coraje que no se atreven a
enfrentarse a la bestia. Y es también una invitación a contar
una historia la historia verdadera que plante cara a las supercherías
melancólicas destiladas por una ideología nacionalista que
llora y añora la pérdida de una nación y una edad
de oro nacional que nunca existieron. El bucle melancólico, así
como toda la obra de Jon Juaristi, es un buen antídoto para enfrentarse
a algunos de los fantasmas que todavía hoy acechan.
Miquel Porta Perales
El misterio de la voluntad perdida
José Antonio Marina
Barcelona, Anagrama, 1997
325 págs., 15,03 euros
Dicen que los libros de no ficción han
ganado terreno a los de ficción, al menos en número de ventas.
Parece ser que los viejos lectores de novelas se han transformado poco
a poco en lectores de crónicas, ensayo, biografía, etc.
Creemos que a este cambio ha contribuido grandemente la obra de Marina,
de la cual tomamos como modelo El misterio de la voluntad perdida, uno
de sus más logrados trabajos de divulgación y precisamente
en un terreno donde Marina tiene mucho que decir, la psicología.
Una de las categorías favoritas de la posmodernidad es el sujeto
débil. La deconstrucción de la cosa pensante cartesiana,
aquel ser capaz, por sí solo, de fundamentar el conocimiento del
mundo, ya no sirve ontológica ni epistemológicamente para
nada, porque ya desde Hume, la razón y su voz, es decir, el sujeto
pensante, han sido sistemáticamente descuartizados hasta no quedar
nada aprovechable. Si a este saludable ejercicio crítico añadimos
el hedonismo en la vida social e individual que el capitalismo tardío
ha conseguido implantar, entonces se explica la desaparición de
la disciplinada voluntad del hombre moderno.
Aquí comienza el análisis de Marina, pero en clave psicológica
más que epistemológica o metafísica, aunque con fuertes
vínculos con la ética y la política, que son los
ámbitos donde desemboca la acción humana, perdida o no la
voluntad. El mérito de este libro consiste en abordar un tema central
en la crisis cultural y social que nos envuelve, desde una perspectiva
compleja y poco considerada, y con un método que permite a la vez
explicar con rigor y generar interés en lectores que difícilmente
se acercarían a un manual de psicología, aunque sí
quizás a un libro de autoayuda. Quizás Marina no esté
lejos de este estilo, debido a que describe los problemas que trata en
clave narrativa y, para colmo, detectivesca, alrededor de unos personajes
definidos y conocidos para quienes siguen sus obras. Pero no, en Marina
no hay pretensiones chamanistas. Tampoco proclama el consabido sálvese
usted mismo. En Marina hay rigor expositivo, hay definición
en los conceptos y contraposición de ideas, magistralmente compaginadas
con humos, intriga y hasta belleza.
La solución que aporta a los problemas de la voluntad no se ajusta
a los cánones de la autoayuda, ni se queda en los límites
de la posmodernidad. Hay que recuperar la voluntad, por difícil
que parezca, aunque sea para preservar una libertad minimalista, una fuerza
comparable al connatus spinoziano, una resistencia a dejarse absorber
por el magma hedonista y nihilista que nos envuelve.
Josep Pradas
Múltiples moradas
Claudio Guillén
Tusquets, Barcelona, 1998
481 págs., 18,50 euros
Hay intelectuales consecuentes, pocos. Guillén
lo ha sido siempre, y quizás este libro lo revela sin ambages,
porque recoge una serie de ensayos excelentes, que exhiben esa mezcla
de saber y pensamiento, situados en el espacio universal de la literatura
comparada, es decir el estudio de la literatura hecha con rigor teórico
y en un contexto amplio, el de la literatura universal, en los que no
se escatima la complejidad.
Lo difícil para un escritor complejo es que las soluciones fáciles,
las vueltas de palabra con que un buen ensayista cierra un tema con garbo,
le están vedadas. Su cometido, y ése es uno de los mensajes
esenciales de Guillén, desaconseja las soluciones únicas,
las verdades sin vuelta de hoja. Porque la tarea del intelectual, del
comparatista, es encontrar las polaridades, no para hallar un término
medio, sino para comparar los términos mismos. Difícil quedarse
en equilibrio, cuando uno de nuestros yoes, dice apoyado por Carlos Castilla
del Pino, el encargado de las emociones, aconseja afirmar, certificar,
mientras el yo intelectual dice cuidado, considera, aprecia y sopesa.
El título de su libro más conocido condensa lo que vengo
diciendo: Entre lo uno y lo diverso.
Por supuesto que eso no supone escamotear la verdad ni la realidad. Al
contrario, se acepta la realidad en su conjunto, considerada asimismo
desde nuestro presente histórico, lo que permite leer y dar vida
a obras antiguas.
A Guillén tampoco le interesan las unidades, un poema, un poeta,
una obra, encerrada en sí misma, lo que quiere estudiar es la existencia
de esa obra en su tensión dinámica, saber de dónde
vienen y conocer los horizontes que abrirán. No le interesa, dice
con José Ortega y Gasset, poseer intelectualmente el ser de las
cosas, sino considerar los temas, las obras siendo, pero sin haberse cerrado
todavía.
La riqueza de los saberes guillenianos se extiende desde los comienzos
de la cultura occidental hasta el hoy, igual encontramos en sus páginas
a Diógenes, los poetas latinos, Virgilio u Ovidio como a Juan Ramón
Jiménez. Ninguna manifestación cultural le es extraña,
y todo le resulta asimilable, porque no busca la suma, la conclusión,
sino la dinámica que mueve o, dicho con sus palabras, las múltiples
dinámicas que existen en las situaciones o moradas culturales.
Germán Gullón
Raval
Arcadi Espada
Anagrama, Barcelona, 1999
257 págs., 14,42 euros
En el verano de 1997 la prensa destapó
una supuesta red internacional de pederastas con sede en el Raval barcelonés,
un barrio castigado de siempre por la miseria. Dos años después,
el periodista Arcadi Espada analizaba aquella trama mediática que
se había llevado por delante la dignidad de muchas personas. Los
periodistas habían escrito al dictado de la policía, confortablemente
instalados blindados en sus rutinas, y el juez había
sancionado lo que los periódicos decían. Con esta perfección
circular, víctimas e implicados se multiplicaron hasta que fue
imposible la vuelta atrás, hasta que la red fue una realidad y
ya sólo cupo engordar la mentira.
Raval es, desde luego, un libro acerca de una infamia que no había
tenido siquiera un cerebro oculto, que no había sido más
que una conjura de incompetencias, pero es sobre todo un libro acerca
de cómo las rutinas del periodismo acaban construyendo la realidad.
Espada hace una lectura implacable del sumario, lo desmorona a golpe de
sintaxis, y deja al descubierto la ficción.
El periodismo es un género literario tal vez el género
literario de nuestro tiempo que está ampliando territorios.
El formato de libro permite al periodista trabajar fuera del foco del
mercado y sortear las rígidas convenciones de estilo que en la
prensa son a la vez impedimento y coartada para afrontar el compromiso
con la verdad. Pero se trata de un territorio sin explorar, una superficie
resbaladiza donde lo fácil es patinar sobre la frontera de los
géneros, jugar con los recursos de la novela y dar así por
verdadero lo verosímil. Espada rompe con casi todas las convenciones
del estilo periodístico, pero conserva el rigor, el antídoto
el único posible contra el veneno de la novela, un
veneno que está matando de éxito, claro está,
porque le tienta a jugar con ventaja al periodismo, esa literatura
que tiene por definición los hechos reales como materia prima.
Rigor y preocupación por la exigencia ética del periodismo
son las constantes vitales de una obra que tomó carta de naturaleza
antes de Raval, en Contra Catalunya (Flor del Viento, 1997), y que ha
continuado después en Diarios (Espasa, 2003), su última
entrega.
Espada se mueve en un terreno poco cultivado entre nosotros, a caballo
entre la crónica y el ensayo. Raval no es exactamente una crónica,
ni un reportaje. Es un libro escrito sin referencias, sin un patrón
de estilo Kapuscinski es un referente, sí, pero un referente
más ético que estilístico, con una prosa abrasiva,
enérgica hasta el hostigamiento, hecha de quiebros, de ironías,
de remates breves, del manejo eficaz de la metáfora y del silencio.
Y sin renuncia moral. Raval es periodismo del bueno, el único periodismo
del que vale la pena hablar.
Charo González
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