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diciembre
2002
Nº 96

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estantería
NARRATIVA HISPÁNICA
AMBERES
Roberto Bolaño
Anagrama, Barcelona, 2002
119 págs., 9,50 €
La narrativa de Roberto Bolaño se
ha impuesto con fuerza en los últimos seis años. El territorio
Bolaño está habitado por artistas latinoamericanos alcanzados
por el torbellino de fuego. Jóvenes que evocan un pasado caudaloso
y aciago sobrellevado con el sostén de sus creaciones artísticas
y sus lecturas. Exilio y pobreza, golpes militares y persecuciones, errancias
agridulces que no conocen límites fronterizos ni emocionales. La
biografía del propio Bolaño no ha rondado lejos de dicha
región: "De la verdadera violencia, no se puede escapar, al
menos no nosotros, los nacidos en Latinoamérica en la década
de los cincuenta, los que rondábamos los veinte años cuando
murió Salvador Allende", leemos en un cuento de Llamadas telefónicas.
Amberes es un texto previo al establecimiento
del territorio Bolaño, escrito en 1980 y que se publica ahora tras
una revisión y poda. Tenemos pocas certezas sobre el argumento:
un muerto, un pueblo costero catalán, un jorobadito, un bosque,
sexo descarnado, rastros de una trama detectivesca, el otoño y
para de contar. Se trata de un puzzle de cincuenta y seis breves piezas,
que exige del lector un esfuerzo homérico para casar los fragmentos.
No existe plano ni indicaciones sensatas y ofrece la sensación
de estar incompleto. El texto transforma al lector en un detective salvaje,
que debe convertir en un relato bien armado una colección de fragmentos.
Se trata de un libro que en muchas ocasiones cobra forma de guión
cinematográfico, cuya lectura proporciona tanto como el lector
ponga en ella.
A priori, el juego planteado por Bolaño
debería resultar atractivo. La facilidad ya demostrada para sumergir
de golpe al lector en la torrencial y vibrante corriente narrativa del
texto es aquí completamente sacrificada. Ahora es el lector quien
debe generar ese flujo narrativo uniendo con un pespunte firme las peregrinas
pistas. Este experimento está alentado por una reflexión
de raíz cortazariana sobre qué narrar frente a la inmensidad
de todo lo narrable ¿Qué arbitrariedades nos obliga a cortar
de una determinada manera la masa narrativa? Reflexión que Bolaño
ilustra con un ejemplo extremo. Esto es, anulando toda convención
de espacio, tiempo, causalidad y punto de vista que convierten Amberes
en una tentativa demasiado montaraz y arisca con el lector.
Desde Los detectives salvajes, Bolaño
está lanzado a una carrera editorial prolífica y que, en
ocasiones, como ahora, o antes con Monsieur Pain, poco aportan a su obra
literaria más allá de un valor arqueológico. Un experimento
que situado hace dos décadas hubiera gozado de pertinencia, pero
que leído hoy por vez primera queda descontextualizado. Amberes
ofrece al lector bolañiano ya fiel la posibilidad de escarbar en
aquel escritor bisoño, experimental e inédito, que luego
ha transitado por caminos narrativos menos agrestes y radicales hasta
hacerse con una demarcación propia.
Quim Pérez
LOS PALACIOS DISTANTES
Abilio Estévez
Tusquets, Barcelona, 2002
272 págs., 15 €
Se advierte un cambio brusco en el itinerario
artístico de Abilio Estévez (Cuba, 1954). Con Los palacios
distantes, su segunda novela, el autor se ha alejado de terrenos neutros
y ha optado por la denuncia de la situación cubana de hoy en día.
No es ésta una novela comprometida o de tesis, pero presenta un
fondo escénico elocuentemente siniestro: el autor describe La Habana
y su decorado como un tesoro que se derrumba, como una ciudad en ruinas,
fantasmal, donde sus tres protagonistas Victorio, Salma y Don Fuco,
dos jóvenes y una especie de anciano sabio, o loco se entretienen
con lo poco que les ha quedado del naufragio. Es imprescindible señalar
que Abilio Estévez no acusa a nadie y que no sugiere culpables
del desastre cubano. Es más, la novela supone a su término
un canto a la esperanza con la brillante escena de un nuevo amanecer sobre
La Habana. Con todo, y pese a que cultivan un relativo optimismo, los
tres protagonistas duermen en un cementerio.
Los textos de Abilio Estévez acostumbran
ofrecer un poblado marco simbólico y por tanto, los hombres asaeteados
o, por ejemplo, los teatros enterrados bajo tumbas, no se incluyen o
no sólo como anécdotas. Estévez prodiga las
inverosimilitudes para parecer verdadero y obtiene con ellas un universo
barroco muy personal, con varios estratos de significación. El
ritmo de la obra, voluntariamente lento, guarda parentesco, que no hermandad,
con el de su marvilloso trabajo anterior, Tuyo es el reino. Quizá
menos poético aunque igual de fértil en imágenes,
Los palacios distantes reduce el artificio pero sigue abundando en descripciones,
registro para el que Estévez exhibe una puntería poco frecuente.
Deméritos serían algunas pocas morosidades superfluas, que
tensan demasiado el arco y pecan en el subrayado; en la redundancia.
Al margen de que Abilio Estévez muestre
los andamios derruidos en que se sostiene actualmente la idea de la Revolución
Cubana, Los palacios distantes, insisto, no es una novela política.
Es una novela que habla del olvido y del poder, de los tiranos y la tristeza,
y claro está, de La Habana. Ella es la gran metáfora, sombra,
reliquia, cárcel; es el sueño que la revolución les
ha robado a los cubanos.
En su conjunto no antepondría Los
palacios distantes a Tuyo es el reino, pero reconozco que ciertos pasajes
están sobradamente a la altura.
Alejandro Fernández Diego
LA ÚLTIMA ESTACIÓN
Gonzalo Navajas
Verbum, Madrid, 2001
244 págs., 11 €
Gonzalo Navajas, profesor en la Universidad
de California, acaba de publicar su tercera novela. Si la primera, De
la destrucción de la urbe, publicada en 1987, era una novela calidoscópica
que exhibía orgullosamente las fórmulas narrativas del momento,
y la segunda, Una pregunta más para el amor, obedecía a
un replanteamiento estético y se centraba en el tema del amor y
la sexualidad, la tercera es recapitulación y compendio de experiencia
vital y saber narrativo. Su narrativa esta ligada al trabajo teórico.
Navajas ha publicado numerosos ensayos que exploran los trayectos que
ha seguido la investigación literaria en el último cuarto
de siglo; brillantes análisis de autores españoles como
Juan Goytisolo, Carmen Martín Gaite, Muñoz Molina, Javier
Marías o Vázquez Montalbán; además de algunas
incursiones en el terreno cinematográfico.
La última estación es una novela
polifónica, en la que el lenguaje coloquial convive con el intelectual,
la voz narrativa principal con otras voces secundarias y la imprecación
subjetiva con el examen imparcial de los acontecimientos. Ello no obsta
para que la narración se centre en el camino vital de un personaje
que sigue una serie de estaciones hasta llegar a la última a la
que se refiere el título. Su recorrido, como en el título
de Baroja, sigue un camino de perfección, y esta vez con menos
reticencias. Asiste el lector a ciertos pormenores de la vida militar
de carácter traumático, a la frustración del protagonista
por no haber conseguido ser un nuevo Mozart, símbolo del triunfo
personal y del reconocimiento universal (la frase "tú que
ya nunca serás Mozart" es un leitmotiv de la novela), a la
importancia capital que adquiere Las Vegas, a la incontenible presencia
de elementos cinematográficos, a un constante viajar que nos permite
pasar de un continente a otro, o a un episodio sexual y amoroso vivido
en Venecia.
Los escenarios europeos y americanos por
los que transitan los personajes son casi fantásticos, pues realidad
e irrealidad poseen en la novela un estatuto similar. Se nos presentan
la toma del Palacio de Invierno, la dictadura franquista, el Che, las
guerrillas sudamericanas, las revoluciones juveniles de los sesenta y
también el mundo narrativo de Hemingway, variados personajes de
ficción como Mersault, Roquentin, Tristana y, desde luego, evocaciones
de escenas cinematográficas. Es decir, el siglo xx con sus miserias
y grandezas. El final abierto, casi feliz, aporta la imagen del laberinto,
encuentro y desencuentro, decisión y duda, nuestra auténtica
condición. Una buena conclusión.
Lluís Satorras
LAS INTERIORIDADES
Félix J. Palma
Premio Tiflos de Cuento 2001
Castalia, Madrid, 2002
199 págs., 11,50 €
Ya había demostrado el gaditano Félix
J. Palma (1968) su talento para el relato corto en dos entregas anteriores,
Métodos de supervivencia (Ayuntamiento de Cádiz) y, sobre
todo, El vigilante de la salamandra (Pre-textos). Este nuevo título,
que recopila seis cuentos, le valió el último premio Tiflos,
no hace sino confirmarse como uno de los nombres más interesantes
de los actuales cuentistas en español.
Los relatos de Palma nunca tienen una sola
cara. A sus historias inquietantes, cargadas de personajes descontentos,
cuando no atormentados o rozando lo patológico y muy poco emparentadas
con el realismo lacerante que por tradición impregna la literatura
española, hay que sumar un uso del lenguaje deudor de lo poético,
abundante de imágenes felices y en pequeños regalos al lector
inteligente. La ironía, el humor, la emoción y cierta fidelidad
en los temas (el doble, por ejemplo, es una constante en la obra del narrador)
acaban de redondear unos textos de un muy alto nivel.
Palma sabe que en un relato es tan importante
lo que se dice como lo que se oculta, y que tal vez el verdadero arte
del cuentista consista, precisamente, en callar aquello que no debe decirse.
Lo que Andrés Neuman llama "saber guardar un secreto".
Pues bien, en los relatos que forman esta breve colección, este
aspecto resulta evidente desde la primera página. Ya en la primera
de las historias, divertida y absurda, se parte de la base de una serie
de encuentros fortuitos entre caballeros que acaban haciéndose
amigos y que tienen lugar en el interior de los armarios de las que, se
supone, son sus amantes. No hay sobreexplicación ni impostura,
y el texto apela a un lector activo y aficionado al juego de pensar sobre
lo que lee, de participar del proceso iniciado por el escritor. Lo mismo
sucede, tal vez en menor grado, en el resto de los cuentos, con especial
atención a "En el tejado el violinista", una deliciosa
pieza que casi podría ser un homenaje a los personajes del clásico
cine negro norteamericano. Por último, hay que destacar un tercer
cuento, desternillante, lúcido y cargado de dobles intenciones:
"La fauna afectiva", cuyo planteamiento es de lo mejor del libro:
un muchacho algo casposo enamorado de una chica cañón que
trabaja en una tienda de animales se dedica a llenar su casa de mascotas
con tal de acercarse a ella. En una línea que podríamos
considerar más emparentada con un realismo mágico, otro
texto muy interesante es "Rosas contra el viento".
En suma, se trata de un libro que los amantes
del género no deberían dejar escapar. Ni la pésima
edición ha podido con el encanto y la brillantez de unos relatos
como estos. El lector, atrapado por las palabras de Palma, acaba por no
notar las negligencias del editor. Con todo, una edición revisada
y más cuidadosa no vendría nada mal.
Care Santos
LA MUJER EN LA MURALLA
Alberto Laiseca
Tusquets, Barcelona, 2002
409 págs., 18 €
Doce años después de su publicación
original en Argentina, La mujer en la muralla de Alberto Laiseca (Rosario,
1941) se publica en España con la promesa de ser su obra más
asequible y amable. Y bajo esta premisa arranca la novela como un típico
cuento oriental que mima los oídos del lector con imágenes
preciosistas de jardines palaciegos y ancianos reyes aguardando a la muerte.
Sin embargo, tras esta máscara de orientalismo no tardan en aparecer
los recurrentes juegos eróticos y la perversión sexual que
reina en la obra del escritor argentino.
Una vez más, Laiseca se reafirma en
su particular ontología el sexo es ser y llena la novela
de orgías, prácticas sadomasoquistas, fetichismo y violaciones
colectivas que se convierten en placenteros juegos eróticos en
los que la mujer puede incluso elegir a sus violadores. Pero esto no debe
extrañarnos pues el "realismo delirante", característico
de la obra de Laiseca, "consiste en mostrar la parábola mediante
el exceso, porque el alma de la realidad se encuentra en sus límites,
allí donde se llevan las cosas a sus últimas consecuencias".
Para confirmarlo, es precisamente un eunuco quien hace una de las más
bellas reflexiones de la novela sobre el amor y el sexo: "En tal
unión se consigue una suerte de 'calor' imposible de alcanzar de
otra manera."
Fiel a su estilo, Laiseca mantiene también
la socarronería que le caracteriza para contarnos la historia del
emperador que mandó construir la Gran Muralla. Y no lo hace como
un mero narrador-cronista sino a la manera de un "editor-comentarista"
que no se priva de matizar los hechos y de juzgar las conductas de los
personajes con notas a pie de página de un supuesto comentarista
anterior: "La castrada burocracia sabía vengarse**",
y en la nota añade: "** Malditos, malditos. (Comentarista
ignoto)." En otro momento incluso se atreve a dar una cifra aproximada
de lo que valdría en la actualidad una prostituta: "Una chica
hermosa Sing Song, que además cantara y bailase, valía unos
cuatro mil dólares a dinero de hoy: seis mil kilos de arroz."
Con toques cómicos que ponen en duda
la veracidad quizás no pretendida, por otra parte de
esta reproducción de la China del siglo iii a. C., en la obra de
Laiseca suele ser difícil diferenciar dónde empieza la realidad
y termina la ficción.
Con La mujer en la muralla Laiseca supo articular
una estudiada y amplia trama narrativa con el "realismo delirante"
que ha ido desarrollando en su obra posterior. El gusano máximo
de la vida misma (1999) y En sueños he llorado (2001) llevan al
límite esta filosofía aunque posiblemente no alcanzaron
la redondez narrativa que sí tiene esta fábula sobre la
muralla.
Ana Lorén Blasco
El SENTIDO DE LA VIDA
Marcelo Damiani
Adriana Hidalgo, Buenos Aires, 2001
170 págs.
El sentido de la vida es un juego con el
que su autor, Marcelo Damiani (Córdoba, Argentina, 1969), defiende
una literatura de sentido puramente lúdico. Se recoge una vez más
el tópico del manuscrito hallado: tras la muerte del guionista
David Revel, varias personas, entre ellas un tal Marcelo Damiani, editan
los materiales escritos por el difunto (cuentos, poemas, guiones y episodios
biográficos agrupados bajo el título de El sentido de la
vida) y no dejan de marcar con sus comentarios subjetivos la naturaleza
del libro. Así, la vida de Revel se convierte en una especie de
texto comentado y contradictorio, distorsionado continuamente por la mirada
de cada narrador.
El juego de El sentido de la vida es el choque
entre las múltiples versiones de los hechos. Cada capítulo
interpreta y reinventa el anterior, de forma que un narrador puede revelarse
como una fuente desautorizada unas cuantas páginas más tarde.
El resultado de esta confusión intencionada es un mundo irreal
o, mejor dicho, un mundo imposible más allá del propio libro.
Se narran, por ejemplo, distintas muertes de un mismo personaje, dejando
al lector la decisión sobre cuál ha sido la real. Al final
todas las instancias narrativas se yuxtaponen sobre un mismo plano: sueños,
deseos, premoniciones... En ese aspecto, El sentido de la vida es pura
literatura e imaginación, un texto endogámico que gira obsesivamente
alrededor de la vida de su protagonista-autor, David Revel.
Uno de los logros de El sentido de la vida,
por otra parte, es conjugar la unidad del libro como juego literario con
el interés intrínseco de cada capítulo, que conserva
siempre una cierta autonomía en su trama. Algunos capítulos
pueden leerse también como cuentos sueltos y breves.
El sentido de la vida, en definitiva, es
una larga sucesión de guiños literarios. De vez en cuando,
alguno de ellos nos hace creer que estamos leyendo las reflexiones de
Damiani sobre su propia obra. Un capítulo, por ejemplo, se cierra
con la siguiente frase: "De hecho, una persona jugando a conquistar
el sentido de la vida es tal vez la mejor definición que se me
ocurre para este libro."
Jordi Martí
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