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junio 2002
Nº 90

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estantería

NARRATIVA HISPÁNICA


LA TERCERA GUERRA MUNDIAL
Ismael Grasa
Anagrama, Barcelona, 2002
144 págs., 10 €

El nada nostálgico mundo de la tardía infancia y primera adolescencia es por donde transitamos de la mano de Ismael Grasa (1968) en su última novela, La Tercera Guerra Mundial. Grasa es autor otras dos novelas, La esforzada disciplina del aristócrata y De Madrid al cielo, así como de dos libros de viajes y de la narración Días en China. En el caso que nos ocupa, ha recreado, con numerosos elementos autobiográficos, los últimos años 70 y primeros 80 en el contexto de su ciudad natal, Huesca.

La existencia del protagonista y de su entorno se sucede mediante instantáneas, pequeños fragmentos costumbristas; la lenta cotidianeidad de la vida en la que apenas ocurre nada. Dos veraneos familiares en Salou enmarcan todas estas viñetas, a modo de descripción de un período vital que va de la inocencia infantil a la descarnada pérdida de ésta con la entrada en la adolescencia. El niño que se convierte en adolescente se forma durante los primeros años de la transición, y sus vivencias y recuerdos en cierta medida son los lugares comunes de toda una generación ­los treintañeros de ahora­: el festival de Eurovisión, el Mundial 82, el grupo Viva la gente, los refugios nucleares, el atentado a Reagan. Se trata en todo caso de una vida monótona y triste en ocasiones, en una ciudad de provincias y en un país que se está desperezando después de los estertores del franquismo. El hermano menor, los padres, el tío que ha logrado huir a la gran capital ­y que visita a la familia con aires de nuevo rico­, los compañeros y maestros de escuela, sirven para describir una infancia alejada de sentimentalismos e idealizaciones. El narrador se limita a relatar pequeños momentos de una vida. "Íbamos a ver estrellas fugaces. Allá la oscuridad era completa. Tumbados de cara al cielo sentíamos el mareo de mirar al firmamento. El silencio, a ratos, parecía también algo profundo, entre el cansancio y el mirar la hora de regreso en el reloj de pantalla luminosa. Pero todavía nadie era capaz de ver una estrella fugaz sin decirlo en voz alta al momento, ni de renunciar a llevar la cuenta". Costumbrismo, ya se ha dicho, pero narrado de manera sobria, con un estilo distante a veces, lírico y tierno en otras, pero siempre con un punto de leve surrealismo y de extraña cotidianeidad que hace atractiva la lectura. Grasa construye una nueva recreación del final de la infancia vivida a lo largo de los primeros años de la transición, con una propuesta poco original en la temática y en el contexto temporal ­la vuelta a los años 70 y 80 se encuentra actualmente en auge­, pero sí en la puesta en escena.
Esdres Jaruchik Naveiras

 

KALEIDOSCOPIO
José Luis de Juan
Destino, Barcelona, 2002
308 págs., 15,90 €

Agustín Claver es un joven capitán del ejército que, después de ser testigo en primera línea de fuego del desastre de Annual, es destinado a su Palma de Mallorca natal. Claver lleva el germen de la insatisfacción en su interior y es captado con facilidad por Kaleidoscopio, una célula anarquista recién creada. Estamos en la dictadura de Primo de Rivera y este comando de conspiradores, de diversa procedencia y con distintos intereses, planea sembrar Palma de bombas como prólogo a un mundo libre de injusticias. José Luis de Juan (Mallorca, 1956) ha quedado finalista del Premio Nadal 2002 con esta mezcla de trama de espionaje y de complot. Los personajes ocultan intereses demasiado privados, incluso secretos, que no son nada coherentes con un proyecto que busca el bien común, como es la causa ácrata. La sospecha de la presencia de un titiritero en la sombra que mueve a su favor los hilos del resto del reparto es uno de los enigmas del relato y lo que le otorga el carácter de novela-calidoscopio que su mismo título anuncia.

Claver recibe correo desde la costa africana de un compañero de armas. Estas cartas sirven para insistir al lector sobre la derrota colonial de una manera muy didáctica, al tiempo que comentan los progresos saboteadores de su colega de un modo muy forzado. Este telón de fondo histórico me parece un ropaje artificial y poco conjuntado con el resto del argumento. La novela también muestra su peor faz cuando abraza recursos del cine más arquetípico y previsible: la maravillosa historia de amor de Claver, el homosexual deshonesto, el rico perverso hasta la médula, las víctimas inocentes pero necesarias o el detective incisivo. Creo que si esta obra no convence es por la falta de un protagonista de empaque que la empuje. Claver es un pobre diablo destinado al fracaso que no concita el interés del lector ni para odiarlo ni para simpatizar con su endeble conflicto interior. Echo de menos un carácter más dubitativo y torturado, al estilo de esos espías atrapados en el filo de la existencia de Graham Greene. Un temperamento que también le pediría al resto de los conspiradores, que parecen anarquistas de domingo, ya que en ningún momento se juegan de verdad el pellejo en sus afanes revolucionarios.

Kaleidoscopio es una novela escrita con oficio pero muy normalita, entendiendo esta normalidad como un sinónimo de insuficiencia y tibieza.
Quim Pérez

 

LA PROPIEDAD DEL PARAÍSO
Felipe Benítez Reyes
Tusquets, Barcelona, 2001
130 págs., 10 €

Hablar a estas alturas de Felipe Benítez Reyes (Rota, Cádiz, 1960) significa, sin lugar a dudas, hablar del mejor poeta español en activo, capaz de combinar su producción poética (inconmensurable, y para nada escasa) con artículos de opinión, ensayos literarios y con novelas más que aceptables, merecedoras de ovaciones generosas por parte de la crítica (El novio del mundo, por ejemplo) y otras, como Humo, galardonada en 1995 con el premio Ateneo de Sevilla.

Con la intención de recuperar para su catálogo la obra completa de Benítez Reyes, Tusquets reedita ahora La propiedad del paraíso, una de las primeras obras del escritor de Rota. Conviene recordar que la novela se escribe en los mismos años en que se gesta El equipaje abierto, el descomunal poemario que encandiló a todos y que guarda alguna de las pautas que gobernarán La propiedad del paraíso: el paso, cada vez más veloz, del tiempo, la resignación ante la pérdida de cualquier rastro de ingenuidad, tiernos guiños a la infancia.

La novela, corta, pero intensa (como todo buen poema), viene a ser un muestrario de escenas de la infancia del narrador, las que la memoria todavía le permite vislumbrar, descritas desde su mirada adulta y corrupta, con un lenguaje ágil y sencillo combinado con poderosas metáforas, el terreno en el que mejor se desenvuelve Benítez Reyes.

Al narrador le acompañan personajes entrañables: algunos producto de la imaginación del niño, como el duende ­ese espectro flotante que aparece en los desvelos­ y otros que llegan desde pantallas o desde álbumes de cromos; héroes que ganan batallas y besan al final a rubias genuinas, además de los reales, como Fernandi y Carmelo; los amigos de la infancia, los que todos hemos tenido y todos hemos dejado escapar, aunque pareciesen entonces eternos. Y sobre todo, Lali, la profesora particular, hija de un marionetista pobre (y avispado contador de viajes falsos), cuyo pie distrae la atención del narrador por las raíces cuadradas y lo induce al deseo. En el presente, ese mismo narrador abandona cabizbajo una pensión sórdida después de una noche de amor barato y algo más que pies. Nuevas imágenes manipulan, a su vez, la mirada del protagonista: la ciudad que se llena de cines, como el Palatium que tenía algo de "cloaca embrujada", de pósters que anuncian próximas visitas de circos y, por encima de todo, el descubrimiento del demoledor golpe que supone sentir de cerca la visita de la muerte, "cuyo perfume parece hecho con alas de paloma muerta". En definitiva, una novela intensa que complementa la sólida carrera de Benítez Reyes.
Eusebio Lahoz Rozas

 

EL BESO DE LA FLAMA
Javier Arévalo
Opera Prima, Madrid, 2001
284 págs., 16 €

Hay personas que odian los rompecabezas. Les aburre la tarea de armado. Pero nadie puede evitar el arrobo ante la imagen acabada, ni el deleite al contemplar el encastre preciso entre las piezas o el caprichoso contorno de cada una. El beso de la flama, la primera novela publicada en España por Javier Arévalo (Lima, 1965) es un rompecabezas. Las piezas de este puzzle son elegantes y de cuidado diseño. Los capítulos "Mujer catedral", "Una rockola suministra nostalgia", "Furia de los cuerpos", y la serie "Bitácora de encierros", son algunas de ellas, piezas de un lado plano que marcan el perímetro y encajan a la perfección. ¿Qué más se le puede pedir a un narrador?

El rompecabezas de palabras ­"después de todo, sólo somos palabras"­, se va armando con la paciencia del aficionado a medida que avanza la lectura y sortea con maestría el hastío y el aburrimiento. El recorrido va de la afonía del héroe con la boca llena de astas ("Desde el silencio") a la voz recuperada de la primera persona que narra "La invasión del laberinto", la última pieza. La imagen que resulta no carece de belleza pero es escalofriante. El motivo es sencillo: la triple conexión entre guerrilla, narcotráfico y poder político. Sin embargo, la mirada se pierde en el complejo diseño del entramado, en una suerte de mosaico. Y el mosaico no es otro que la desquiciada sociedad peruana de los noventa. La disipada vida sexual de las clases altas limeñas junto a la marginación y el delito, el proxeneta de "cabros" (travestis) junto al pseudointelectual de exposiciones; una guerrillera profesional, protegida o rehén de un alto ejecutivo; las oscuras cuentas bancarias del dinero sucio y el chantaje como herramienta política, la represión y la guerrilla que se confunden en un ajuste de cuentas entre matones. Muerte y violencia por todos los flancos.

Arévalo no es un principiante, ha publicado dos libros de relatos y tres novelas. Las más recientes son: Instrucciones para atrapar un ángel (Signo Tres, 1995) y Vértigo bajo la luna llena (Alfaguara, 1997). Sabe perfectamente lo que hace y de ello no cabe la menor duda. Quizás este puzzle o mosaico sea una apuesta demasiado ambiciosa: la de refundar una épica de la totalidad lukacseana en las letras latinoamericanas. Si es una empresa suicida, al menos tiene la gracia del "beso de la mariposa a la flama". Y la gratuidad del sacrificio encuentra una justificación estética.
Matías Néspolo

 

MAMBRÚ NO VOLVERÁ
Vicente Soto
Alianza, Madrid, 2001
186 págs., 13,22 €

Un niño se traslada a un pequeño pueblo de la España interior, y su viaje, más iniciático si cabe por transitar de los grandes espacios de la niñez a los laberintos de la edad adulta, resulta fundamental para profundizar en un mundo misterioso que se abre ante unos ojos teñidos de tristeza. Javier, ese niño soñador, descubrirá, como en un juego de dobles fondos o de muñecas rusas, que la realidad esconde entre sus recovecos apasionantes secretos que, al desvelarlos, matan nuestra inocencia y nos adentran para siempre en el mundo de los mayores.

A través de una huérfana cría de pájaro, de un solitario espantapájaros y de una extraña carta de amor, el niño rastreará las verdades que ocultan las puertas y ventanas de las casas de un pueblo de la España de principios de siglo y, lo que es más importante, la honda tristeza revelada por los rostros de los mayores en que inevitablemente nos convertimos.

Mientras tanto, como un hilo musical permanente, sonará la flauta del ciego Blas tocando una y otra vez Mambrú se fue a la guerra para subrayar que "todas las canciones de niños son la canción de Mambrú. El que nunca volverá. Yo canto esta canción y cada cual oye la suya".

Vicente Soto, novelista de amplia trayectoria que ejerce en Londres como traductor desde su exilio durante los años cincuenta, y ganador con esta novela del Premio de las Artes y las Ciencias 2001 de la Comunidad Valenciana, evoca los paisajes de una infancia perdida en un relato impregnado de nostalgia que profundiza en el que quizá sea el mayor misterio de la iniciación humana: el amor. Y lo hace con una hondura que revela el cariño con que su mirada retrata a unos personajes perdidos en la maraña de sus sentimientos, actores perplejos ante los ojos de un Javier que en apenas un mes vivirá los momentos más importantes de su existencia.

Mambrú no volverá certifica la buena mano de este narrador que sabe cautivar al lector con un relato que, como las grandes fábulas, puede leerse en diferentes niveles, para obligarle finalmente a preguntarse por esas cuestiones que quedaron sin respuesta, ocultas entre los pliegues de la memoria. Preguntas evitadas aunque nunca olvidadas, y que Vicente Soto se encarga de sacar nuevamente a la luz para que los lectores las hagamos nuestras.
Carlos Alarcón