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febrero
2001
Nº 74

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estantería
EL ÚLTIMO CUERPO DE ÚRSULA
Patricia de Souza
Seix Barral, Barcelona, 2000
125 págs., 1.300 ptas.
Úrsula Res, narradora de la última novela
de Patricia de Souza, quien ya ha publicado anteriormente Cuando llegue
la noche (1994) y La mentira de un fauno (1998), nos llega agobiada por
el peso de un cuerpo de treinta años que ha sufrido demasiado.
A través de un monólogo tremendo revela que, tras sufrir
un accidente, padece una parálisis física que limita sus
opciones vitales. Su carácter jovial y despreocupado varía
desde entonces y, a cambio, se impone un nuevo modelo de conducta. Desde
el accidente, escribe, "conocí el displacer, la rigidez y
el frío del miedo; y lo que dije antes: la rabia, la felonía,
el egoísmo". Se dedica entonces a reflexionar y cuestionarse
la vida en términos desconocidos para ella hasta el momento, pero
que le facilitan los suplicios físicos por los que se ve obligada
a pasar a causa de la enfermedad.
Con la lucidez que le da el desengaño de un cuerpo
roto, analiza su niñez y sus frustrantes fracasos sentimentales
el que más la afecta es el abandono de su marido, Nicolás,
por otra mujer, tal como su padre hizo con su madre en dos ocasiones:
cuando ella era una niña y en el momento de la escritura.
La figura de la madre derrotada, siempre presente desde la complicidad
o el reproche, aparece en esta meditación de la vida íntima
como una especie de espejo en el que no quiere mirarse pero que inevitablemente
la refleja. Se dedica también al ejercicio de un autonálisis
masoquista que le da pistas sobre sus emociones más recónditas
temores, amores, odios, rencores, supeditadas siempre al temor
a la muerte.
En esta confesión descubrimos una nueva Frida Kahlo
de fin de siglo, que se autorretrata con la descripción de un cuerpo
condenado a la enfermedad, la vejez y la muerte, pero que es también
una fuente de placer y de confirmación vital que la mantiene viva
con una cierta esperanza a pesar del dolor y la soledad.
Blanca Bravo Cela
LOS AMIGOS QUE PERDÍ
Jaime Bayly
Anagrama, Barcelona, 2000
353 págs., 2.500 ptas.
Una vez más, el escritor peruano no consigue sorprender
con su última creación, Los amigos que perdí. Una
vez más, el resultado es una obra teñida de pretendido autobiografismo
pretendido por cuanto constituye la autobiografía del narrador,
que sólo marginalmente, o casualmente, o esporádicamente,
siempre espuriamente, coincide con la del autor. El narrador o mejor,
el escritor de las cinco epístolas que conforman la novela
es el prototipo del adulto joven que repasa los años pretéritos
sin nostalgia, con un punto de cinismo y altanería, reivindicando
la legitimidad de las equivocaciones pasadas aun a costa de reconocer
que son eso, errores que le han llevado a la pérdida de los vínculos
con los cinco destinatarios a quienes las cartas van dirigidas.
Las imposturas descritas a lo largo del relato constituyen
ya lugares comunes en las novelas de juventud tanto como en las novelas
del propio Bayly: la arrogancia de la inexperiencia, el desboque de los
sentidos en el despuntar de la sexualidad, la traición de la amistad,
la subyugación a la belleza material, el excesivo apego a lo crematístico,
la facilidad del olvido. Bayly ha hablado de ellas en más de una
ocasión y vuelve a repetirse ahora con un libro entretenido pero
caracterizado por insidiosos epítetos sexuales que hacen de él,
quizá deliberadamente, un producto característico de un
autor joven, como joven es también el alter ego que dicta las susodichas
cartas. En definitiva, autor y narrador casi se confunden, no sin exigir
cierta complicidad por parte del lector, para relatar con tino la tragicomedia
que supone el ingreso en la inevitable, pero siempre demasiado pronta,
madurez.
Ester Astudillo
Hiperrealismos
DOS NUEVOS LIBROS DE JOHN BERGER
John Berger, Fotocopias, trad. de Pilar Vázquez,
Alfaguara, Madrid, 2000; King. Una historia de la calle, trad. de Pilar
Vázquez, Alfaguara, Madrid, 2000.
La noción de fotocopia que da título a uno
de los dos libros de John Berger que acaban de publicarse en nuestro idioma
reaviva un viejo y cansino debate: el del realismo. Fotocopiar la realidad.
Hace pensar en el hiperrealismo plástico, en lienzos con voluntad
de fotografía, en estatuas que suplantan a seres humanos, de modo
que se convierten en unas espectadoras más de la exposición,
en vez de reivindicar su naturaleza de objetos expuestos. Sin embargo,
Berger no utiliza las técnicas que, en su momento, defendieron
Robbe-Grillet y compañía, es decir, no busca el objetivismo,
sino más bien apuesta por una prosa lírica y extremadamente
subjetiva que, aunque pueda semejar paradójico, constituye una
de las miradas artísticas más realistas de la actualidad.
Sí: realismo entendido como retrato de una sociedad que no puede
ser descrita mediante fórmulas mal denominadas "realistas".
(No creo que hoy día nadie sea capaz de defender productos, claramente
inválidos, que en su momento se vendieron como de rabioso realismo,
al estilo de Historias del Kronen, de Mañas.) Realismo entendido
como cámara tan fotográfica como poética, situada
en ángulos arriesgados y que revela imágenes en blanco y
negro o en color o en negativo, según lo que se esté fotografiando.
Consagrados y anónimos personajes
Lo que se mira en estos volúmenes es el mundo con
el que nos cruzamos a diario. En los artículos que conforman Fotocopias,
los protagonistas son artistas poco conocidos y personas de a pie, Cartier-Bresson,
el sub-comandante Marcos que publicitan los diarios, un mendigo en el
metro, un actor callejero de las Ramblas, personas anónimas en
una piscina pública francesa.
En la novela titulada King también econtramos un
protagonista coral: un grupo de homeless que se enfrenta a la cotidianidad
sin sospechar que el lugar donde viven está siendo objeto de la
especulación inmobiliaria. La historia es narrada por un perro
vagabundo que habita con ellos. Una mirada inocente, desnuda, para transmitir
imágenes corruptas; un perro que habla, porque hay que dar voz
a los que no la tienen, porque sólo mirándonos desde fuera
es posible que lleguemos a entender los mecanismos y engranajes que articulan
el lado oscuro de nuestra sociedad.
El estilo de Berger
En ambos tipos de textos, que a priori pudieran parecer
tan diferentes, el estilo es el mismo. El estilo que ha forjado Berger
en críticas de arte y en relatos, en novelas y en artículos
de opinión. Un estilo bellísimo, que podría denominarse
realismo mágico si la etiqueta no estuviera tan gastada, porque
realmente es el vehículo ideal para hablar de la magia que posee
la realidad. Un estilo que sabe combinar la elegancia y la belleza con
las ideas. No hay ni una sola página de King sin una idea, porque
la estética está vacía sin ética y las palabras
son envoltorios huecos sin ideas.
Precedentes y coetáneos
Como toda obra artística que se precie, la de Berger
permite reflexionar sobre sus precedentes y sobre sus coetáneas.
Opino que el compromiso en el arte tiene en este viejo crítico
y escritor uno de sus máximos exponentes actuales, digno heredero
de Brecht o de Machado (King no es el perro de Cervantes, ni el de Auster;
King, como recuerda su creador en el epígrafe que abre la novela,
es uno de los perros de Lorca). King y Fotocopias, no obstante, están
a años luz de lo que están cultivando Juan Goytisolo o Günter
Grass por citar a dos autores que hacen ostentación de su
compromiso. Me parecen mucho más cercanos a propuestas cinematográficas
como El Bola, de Acero Mañas, esto es, a obras de exultante juventud
que dan un micrófono a los desheredados del mundo actual para que
su voz, ampliada, alcance nuestras conciencias.
Hace años, John Berger escribió, en uno
de los artículos que conforman El sentido de la vista, que "un
juicio sobre una obra depende de que ésta ayude o no a los hombres
a reivindicar sus derechos sociales en el mundo moderno". En la fotocopia
dedicada a Cartier-Bresson, el autor recuerda que éste le leyó
unas líneas de Einstein que decían lo siguiente: "Tengo
tal sensación de solidaridad con todo lo que está vivo que
no me parece importante saber dónde empieza o acaba cada individuo".
Cada vez estoy más convencido de que con cada nuevo libro de sus
fotografías escritas, John Berger nos hace más solidarios.
Más libres.
jorge carrión
AYUNO, FESTÍN
Anita Desai
Trad. de Gian Castelli Gair
Alianza, Madrid, 2000
281 págs., 2.600 ptas.
Hija de padre bengalí y madre alemana, Anita Desai
(1937) es una de las grandes retratistas de la India contemporánea,
donde se crió. Con una escritura sutil y minuciosa que se ha comparado
con las de Anton Chéjov, Virginia Woolf y Jane Austen, una de sus
grandes virtudes es saber penetrar en los recovecos más intrincados
de la vida de las respetables familias burguesas en su India natal. Es
lo que hace en la primera parte de esta novela. Por otro lado, el hecho
de vivir parte del año en Estados Unidos (ejerce como profesora
de escritura creativa en el MIT de Massachusetts), le da pie a conocer
la sociedad norteamericana tan a fondo como para poder recrearla en una
parodia tan grotesca como la que ofrece en la segunda parte de Ayuno,
festín. El título en inglés, por cierto, es un ingenioso
juego de palabras: Fasting, feasting. Con esta lúdica presentación
se adelanta la que será una ironía constante en el texto,
que ayuda a digerir dos temas tan escabrosos como la terrible situación
de sujeción de la mujer india aún hoy en día y el
lamentable derroche de bienes materiales paralelo con la inanición
espiritual de Estados Unidos, y, por extensión, del mundo
occidental.
El motivo central de la novela es un esperpéntico
juego de espejos cuyos protagonistas son los hermanos Uma y Arun, la mayor
y el pequeño, respectivamente. Desde que obligan a Uma a abandonar
la escuela para cuidar de su hermano (sin mayor traumatismo social, al
fin y al cabo su madre ya insistía en lo absurdo de que la inscribiesen),
pasando por dos fallidos intentos de boda-venta hasta la negativa de su
padre a dejarla trabajar fuera de casa con treinta y cuatro años,
asistimos a la no-educación de esta pobre muchacha, conformada
e ingenua hasta la saciedad. De paso, entre otras cosas, leemos cómo
su prima Anamika se topa con una suegra tirana y ambiciosa, que sabe que
para hacerse con otra dote no hay más que desembarazarse de su
nuera tras unos años de desgaste en las tareas domésticas
(y no es fábula: en la India, un escalofriante número de
mujeres mueren cada año incineradas por sus familias políticas).
Al otro lado del cristal, el hijo varón, crecido entre algodones
y profesores particulares de todas las asignaturas, es enviado a Estados
Unidos a estudiar una carrera. Aquí, las imágenes distorsionadas
vuelven a multiplicarse, esta vez en los miembros de otra familia modelo
cuyos miembros femeninos son una madre compradora compulsiva de comida...
y una hija anoréxica.
Isabel Alonso Breto
A MAN DOS PAÍÑOS
Manuel Rivas
Vigo, Xerais, 2000
142 págs., 1.850 ptas.
Uno de los vacíos más paradógicos
en la literatura gallega es la falta de una épica del mar. El romanticismo
eligió lo rural como espacio de la identidad nacional y lo convirtió
en custodio de la memoria y las esencias. Sin embargo, Galicia es un país
virado al Atlántico; lleno de historias y experiencias a penas
exploradas por los escritores gallegos salvo importantes excepciones:
Cabanillas, Manuel Antonio o Xohana Torres en poesía, y Freixanes,
Alcalá o Xavier Queipo en narrativa. Galicia es tierra de pescadores,
navegantes y emigrantes que embarcaron en los puertos en busca de "pan
y libertad", como gusta decir Manuel Rivas, así que su empeño
por encaminar su obras hacia el mar sigue siendo novedoso.
Su libro más reciente, A man dos paíños,
es un libro, breve en exceso, formado por tres ejercicios narrativos:
literario (magnífico), fotográfico y periodístico.
El título del primer relato hace referencia a un paíño,
una avecilla marina que, a modo de símbolo existencial, lleva tatuada
en su mano un emigrante gallego. El tatuaje, como un rastro del alma grabado
en la piel, no sólo sirve para tirar del hilo de historias íntimas
y crueles de la posguerra sino también de la emigración
gallega de la segunda mitad del siglo xx, que se dirigió a Europa,
y que a penas cuenta con espejos literarios. El tercero de los relatos,
ya publicado en El País, es una crónica de naufragios que
nos devuelve a la Costa da Morte, un lugar donde la vida está siempre
pendiente de los embates del mar y en el que encuentran escritores y guionistas
no pocos argumentos para desarrollar.
A man dos paíños es un libro próximo
y lleno de emoción. En él no se habla de las aventuras de
viajeros, exploradores o piratas, sino del mar de los naufragios, el de
los pescadores y los emigrantes, poniendo el acento en las penalidades
de la desubicación.
Helena González Fernández.
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