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noviembre 2000
Nº 71

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estantería

AMALIA
José Mármol
Cátedra, Madrid, 2000
835 págs., 2.400 ptas.

Tres entre las más significativas obras de la narrativa argentina decimonónica conciernen a la dictadura ejercida por Juan Manuel de Rosas en ese país entre 1829 y 1852. El truculento relato de Esteban Echeverría titulado "El matadero" es de 1840. De 1845 es Facundo: civilización o barbarie, de Domingo F. Sarmiento. Y, menos conocida que las anteriores pero tan importante como ellas, esta novela, única escrita por el poeta José Mármol, Amalia, cuya versión definitiva se publicó en 1855 pero que en forma de folletín había empezado a otorgarse en 1851. Igual que Echeverría y que Sarmiento, Mármol busca por un lado retratar una época de horror, de exilio y utopías, y por otro criticarla, lanzando de paso a la palestra política los criterios con que se habrá de gobernar el país cuando el tirano caiga. Y cayó, en efecto, en 1952, empezando ese año el largo período de instauración del ideario (y de la clase política y económica), por cuya victoria bregaban Echeverría, Mármol, Sarmiento y otros intelectuales. Entre tantos: Juan B. Alberdi, José M. Guitiérrez y Bartolomé Mitre.

En cuanto a las normas de factura, las seguidas por Mármol en esta llamada primera novela argentina no son uniformes. Rige por doquier el romanticismo tardío francés toda vez que se necesitan descripciones (de auroras y ocasos, de mujeres u hombres delicados, especialmente de melancólicos espacios interiores), así como se huele el entonces extendido rechazo de las tradiciones hispánicas. El mismo molde romántico ha usado Mármol para los protagonistas: el casi noble Eduardo Belgrano; la tímida y culta Florencia; Amalia, símbolo de la república, perseguida por el destino aciago de ver morir a sus amantes en la flor de la edad, y el personaje principal, nombre parlante el suyo, Daniel Bello, hábil intrigante iluminado al par que amante perfecto, élégant y fino conversador.

Las lecciones de "El matadero", o de alguna novela de Scott, fulguran felizmente de cuando en cuando en Amalia, sobre todo cuando el narrador se acerca al tirano y sus secuaces. Allí le urge apelar a un grotesco que Mármol conduce con fortuna. Sin embargo, no es en estos dos modos donde destaca Mármol, quien como poeta romántico abusaba de los momentos líricos para colgar cuanto alabastro, perla y rubí soportaran las cosas más diversas casi sin desplomarse, y como narrador realista odiaba demasiado al dictador para no prescindir de maniqueísmos retóricos. Lo mejor suyo se ve en las situaciones humorísticas. Y no son muchos, desgraciadamente, los capítulos donde se emplazan tales situaciones, ni tantos los personajes con que el autor se permite embromar: Viguá (bufón de Rosas), don Cándido (un maestro, opositor convencido, pero ingenuo papamoscas que da vueltas como un trompo en medio de las trifulcas políticas), y por último doña Marcelina, a mi juicio lo mejor, una madame vieja y literata que habla declamando a los poetas clásicos argentinos de la época de la revolución. Poco, quizá, pero suficiente para tener en la novela de Mármol un primer ejemplo de lo que caracterizará a los mejores escritores del siglo siguiente en Argentina: su cultivo frecuente del humor, aun cuando lo que ronda allí es la tragedia, de la que no se desprenden nunca esos países del sur.
Daniel Attala

 

INDIVIDUOS, S.A.
Guillermo Busutil
Arguval, Málaga, 1999
186 págs., 1.250 ptas.

Los cuentos de este libro de Guillermo Busutil (Granada, 1961) ­de título tan roaldahliano­ se desarrollan en Viviana, una ciudad imaginaria, pero muy real, cuya fisonomía presenta todos los accidentes de nuestra más inmediata ­y miserable­ modernidad: el arribismo, el fraude, la codicia, la violencia y, en último término, la fragilidad humana. En este sentido, no son sólo relatos de intriga ­en bastantes casos, policíacos­, sino también de costumbres: crónicas de tipos atrapados en el fragor de una realidad que, trágica o ridícula, les excede y devora; crónicas ácidas, tiernas y airadas, muy lejanas del costumbrismo melancólico en el que tan fácilmente pueden incurrir, todavía, los cuadros urbanos. La desaparición y la muerte ­el consuelo de la nada­ son sus protagonistas principales. Y sus desenlaces conservan el punch que exige el género.

La prosa de Busutil es suelta, plástica y levemente torrencial. Abundan las metáforas, aunque a veces se regateen a sí mismas ("la erección del índice ahorcando el gatillo"). El bagaje retórico ­en el que destaca el uso certero de la hipálage­ es lo suficientemente amplio como para que la lectura no resulte monótona. Se observan, no obstante, algunas imperfecciones, atribuibles quizá al apresuramiento o a cierta contaminación periodística. Difícilmente, por ejemplo, puede seguir a nadie alguien que lleve "gafas opacas", como sucede en "12 del Corso San Gotardo"; y lo que debería "saturar[se] de ficciones" no es "la credibilidad ajena", sino "la credulidad ajena" ("El fotógrafo desarmado"). Sin embargo, la principal objeción que cabe hacer a Individuos, S.A. no es estilística, sino estructural: con frecuencia, el narrador narra demasiado, es decir, lo explica todo, implacablemente (hasta lo que nunca ha de explicarse: los porqués de las conductas), sin dar a sus personajes la oportunidad de construirse por sí mismos. Una mayor distancia entre el autor y sus caracteres habría beneficiado mucho a estos cuentos, que, no obstante, se leen sin pesadumbre.
Eduardo Moga

 

NUR BABÁ
Yakup Kadrí Karaosmánoglu
Trad. de Alín Salom
Destino, Barcelona, 2000
198 págs., 2.000 ptas.

Escrita en 1922 y recientemente traducida al castellano, Nur Babá ha sido celebrada como la Madame Bovary llegada de Oriente. Efectivamente, diversos son los ingredientes comunes en ambas novelas: la sumisión innombrable de la protagonista a la potente sexualidad de su amante, el abandono y la gradual degeneración moral de la relación, la inmolación personal que supone el rechazo a todo cuanto aleje a la fémina del objeto de su pasión, el progresivo aislamiento a que se ve sujeta. Y, sin embargo, no son comparables. Madame Bovary es una novela considerablemente más larga y en la cual se explora exhaustivamente la psicología de su protagonista, de tal forma que su dependencia emocional resulta plenamente comprensible y plausible hoy en día a pesar de haber sido escrita 150 años atrás. La brevedad de Nur Babá va en detrimento de su verosimilitud, y el elemento narrativo no pasa de ser una mera anécdota que sirve al narrador como pretexto moral al final del relato.

La historia se centra en el poder de atracción que Nur Babá, joven jeque de la secta bektachí, ejerce sobre los adeptos de dicha religión, quienes, cual los apóstoles en tiempos de Cristo, abandonan cuanto han construido y se someten a los designios de su maestro. El sometimiento pasa por el retiro a una abadía habitada exclusivamente por seguidores del bektachismo y por la intimidad sexual con el jeque de la abadía. La protagonista es una joven turca, rica, casada y madre de dos hijos que fortuitamente entra en contacto con la secta y acaba subyugada por la potencia sexual de Nur Babá. Poco sabemos de éste, aunque dé título al libro: su personalidad está tan escuetamente esbozada que podemos decir que la verdadera heroína, en el sentido trágico, y en torno a quien se teje la reflexión moral, es la joven adepta. Los elementos más atractivos del libro son, precisamente, la reflexión moral y, tal vez, el incentivo de acercarnos a una cultura totalmente ajena a la nuestra.
Ester Astudillo

 

SALVAJES Y SENTIMENTALES
Javier Marías, Salvajes y sentimentales.
Letras de fútbol, Aguilar, Madrid, 2000.
237 págs., 2.700 ptas.

Algo vuela hacia el sol y no se sabe
si es la pelota o si es la misma tierra
Baldomero Fernández Moreno

A Javier Marías se le puede perdonar todo, incluso ­y ya es perdonar­ que sea aficionado del Real Madrid. Porque gracias a este dato, el señor Marías nos ha brindado a todos los amantes del deporte del balompié una selección de textos más o menos breves que están llenos de emoción, recuerdo, humor y fantasía.

No supone ninguna novedad resaltar la peculiar maestría literaria de Marías; sí lo es, sin embargo, leerla al servicio de un tema abusivamente tratado (el adverbio se queda corto) en los media. Por eso resulta tan grato y revulsivo, por eso produce temblor y hasta una pizca de orgullo comprobar que nuestro querido deporte rey no tiene por qué estar reñido con la alta literatura, como no lo están otras actividades de mayor solera y tradición (pienso, por ejemplo, en las piezas que cada año Fernando Savater escribe sobre el Derby Day, la famosa carrera de caballos). Y es que hasta ahora casi ningún gran escritor o artista ­olvidemos a los oportunistas de hoy en día­ han hablado bien del fútbol: un deporte jugado y seguido por las clases más bajas de la sociedad, un juego afeminado y traicionero, un deporte simiesco que se practica con los pies y no con el cerebro y las manos, etc., etc.

Ante tal avalancha de insultos, a los futboleros no nos bastaban ya aquellas palabras de Nabokov cuando rememoraba sus años balompédicos en Cambridge: "Oh, desde luego tuve mis días brillantes y vigorosos: el magnífico olor del césped...". Tampoco nos bastaba el aliento trágico de Camus, que viva siempre en nosotros, también portero como Nabokov pero no en los cielos grises de Inglaterra sino bajo el sol azul de Argel. Es decir, teníamos dos porteros de primera categoría, incluso algún centrocampista memorable como Montaigne (quien en un pasaje de sus ensayos utiliza "el juego de la pelota" para fabricar una comparación con el hecho de dialogar). Pero nos faltaba alguien ofensivo, repelente, impertinente, quisquilloso, alguien que incordiase a nuestra enemiga la muerte y a todos sus mortecinos burócratas, alguien que ya no sólo se defendiera celebrando sus recuerdos futbolísticos de juventud sino que se fuera al ataque para volver a ganar esa juventud que, como bien dijo el poeta, es sin duda nuestro más divino tesoro.

Pues bien, voilà, ese ser ofensivo se llama Javier Marías y es, ciertamente, nuestro delantero zurdo, nuestro Gento o nuestro Luis Suárez, o mejor aún, nuestro Garrincha o nuestro Antognoni. Ha escrito una fiesta de libro del que los aficionados estamos esperando ya nuevas entregas y donde habla de los inevitables Barça y Madrid, de la voluntariosa pero ineficaz selección española, de los mundiales y las eurocopas, de la gran final de la Copa de Europa de clubes (que sigue siendo la cumbre de todas las temporadas, final a la que en una ocasión asistí para ver triunfar en directo al Barcelona en el estadio más bello del mundo, el añejo Wembley, situado en Londres y, a fecha de hoy, cerrado para ser ultramodernamente remodelado...). Marías recuerda cuando jugaba a chapas con su hermano, y al increíble Di Stéfano, y por la vía diletante nos entretiene hablando de los uniformes de los equipos, de los himnos nacionales, de las idiosincrasias de los clubes. Aquí un amago, allí un pase en profundidad, más tarde un desmarque y, ¡pronto!, un remate a la red. Así escribe Marías y así se juega, con desparpajo, con temple ­y sobre todo con corazón.

Hay dos artículos y una idea en Salvajes y sentimentales que me gustaría subrayar. La idea consiste en comparar el fútbol con las películas y los géneros cinematográficos. Es una apuesta arriesgada que el escritor sabe, sin embargo, desarrollar hasta lo hermosamente exacto, como cuando pone en paralelo los respectivos 5-0 del Barça y del Madrid con la épica de las películas del oeste y en concreto con la áspera pero sabrosa y sabia melancolía de Grupo salvaje de Sam Peckimpah. Protagonista indiscutible de dichas tragedias fue el presuntuoso, pesetero y marrullero Johan Cruyff, que no por nada ha representado, ha sido, durante la última década, el personaje más revolucionario, más apasionado y más imprescindible del fútbol en España y en el mundo. Esa fiesta del ganar y del perder, esa extraña paradoja de la repentina tristeza que sucede a la victoria (fue Kafka quien escribió sobre el "fracaso del éxito") y de la sorprendente alegría que sobreviene en el fracaso (¡la carcajada áurea de la que habla Nietzsche!) es una de las lecciones no menores que el fútbol también puede enseñar, y esa lección se resume quizá en aquello que el barón de Coubertin expresó sobre la importancia de participar, como si el éxito que todos deseamos se diese entonces por añadidura, inesperadamente, en un redoble triunfal en el que un íntimo agradecimiento anula por completo al rencor.

Los dos artículos que he mencionado tratan uno sobre la patada que el jugador y actor Eric Cantona propinó a un hooligan y el otro sobre las estancias infantiles de Marías en Soria. Pero yo diría que ambos textos hablan de la dignidad, o del amor propio que lucha y se entrega. Y es que entre tanta bazofia televisiva, entre tanto millón indecente, entre tanta histeria nacionalista y tribal, hay en el juego del fútbol algo que también pertenece a la esfera de lo noble y de lo libre. Una vez leí un reportaje sobre la miseria y el hambre en Sierra Leona. Allí se decía que pese a toda la desventura de África todavía se veía a gente "haciendo el amor y jugando al fútbol". Creo que desde ese viejo rincón nuestro que se empeña en celebrar su juventud y su vida a pesar de los pesares ha escrito Javier Marías este libro, para todos y para nadie, para quien lo probó y lo sabe.
Ximo Brotons


ME VOY
Jean Echenoz
Trad. de Javier de Albiñana
Anagrama, Barcelona, 2000
184 págs., 1.900 ptas.

Seguramente, los hasta ahora contados (aunque fieles) lectores de Jean Echenoz en España se estén preguntando: ¿y ahora qué? Es lo que suele pasar con los escritores de culto que se ven catapultados al territorio de las ventas astronómicas. En este caso, la catapulta tiene nombre propio: el premio Goncourt (otorgado por la halagadora unanimidad de las críticas). Pero también podría decirse que los quinientos mil lectores franceses le han pillado al autor de Me voy en traje de faena y con una sonrisa un tanto irónica en los labios. Con esto no quiero decir que le haya llegado en un momento inoportuno, sino que le ha caído encima mientras llevaba a cabo lo mismo que viene haciendo desde hace veinte años: escribir historias aparentemente sencillas, ambientadas en escenarios muy determinados (a veces bastante exóticos) y perfumadas con cierto aroma de misterio cool y refinado muy del gusto de la nouvelle vague.

En este sentido, Me voy no difiere del resto de su producción. De nuevo, los espacios tienen aquí tanta importancia como los personajes (ya sea el Polo Norte, el mundo de los galeristas parisinos o la frontera franco-española cercana a San Sebastián). De nuevo, el factor cinematográfico de su estructuración, como un montaje acelerado y cortante, que le ofrece al desarrollo una gran agilidad. De nuevo, el humor sutil, la mezcla de glamour y técnica frialdad. Y sobre todo el estilo, esa voz tan característica marcada por un pulido laconismo cargado de promesas de aventura (de la aventura a la que puede aspirar, todo hay que decirlo, un ciudadano medio de la Europa del año 2000).

Sin embargo, los que conozcan un poco la trayectoria de Echenoz no podrán dejar de observar dos detalles que, relacionados entre sí, hacen que el reciente premio Goncourt se diferencie de Lago, Nosotros tres o Rubias peligrosas (por citar sólo una parte de sus novelas traducidas al castellano). Por un lado, y a pesar del espléndido recurso que supone la expedición al Polo Norte en busca de un barco cargado con obras de arte de una cultura remota, la trama de esta novela es aún más previsible de lo que suele serlo en Echenoz; parece como si el propio autor se cansara de perseguir a ese tal Baumgartner en sus anodinas correrías por el sur de Francia, y que incluso el motivo de todo el montaje se fuera desdibujando en una abulia incontrolada. Y ahí es donde se enlaza con el segundo detalle: esa abulia, esa desgana acaba convirtiéndose en el auténtico tema de fondo de la narración. Los personajes de Echenoz siempre destilan cierto desapego respecto a lo que hacen, pero en esta obra el desencanto de los protagonistas parece superior a su voluntad. De este modo, podría decirse que la característica sensibilidad de corte cosmopolita que impregna sus novelas se convierte en ésta, casi como quien no quiere la cosa, en el retrato monocorde del sentir de una generación: los hombres de clase media que han superado hace tiempo los cuarenta. Porque Félix Ferrer es un personaje que resulta inevitablemente cercano: artista frustrado, galerista de mediano éxito, al borde del colapso cardíaco, al borde del amor, al borde de la catástrofe, cansado y, sobre todo, aburrido. Un hombre que quiere huir, que siempre quiere irse. ¿Pero adónde? Ésa ya es otra cuestión.

Tal vez, lo más adecuado sería decir que el premio Goncourt de Echenoz supone un triunfo para la seducción, la seducción paciente y segura de sí, reflejada en los temas y en el estilo de este escritor francés. Difícilmente ganará muchos nuevos fans entre los lectores españoles, pero él seguirá escribiendo del mismo modo. Al parecer, Echenoz no sabe hacer otra cosa (los virtuosos tienen ese defecto), por lo que sus fieles lectores españoles pueden respirar tranquilos.
JUAN TREJO ÁLVAREZ