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julio
- agosto 2000
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estantería
LA TIERRA FÉRTIL Avalada por la publicación de otras dos novelas de recreación histórico-mítica El rapto del Santo Grial (1984) y El sueño de Venecia (1992) Paloma Díaz-Mas ha emprendido en La tierra fértil la quijotesca tarea de retratar la sociedad feudal de la Cataluña del siglo xiii. Sin embargo, en lugar de convertir la novela en un rosario de datos y personajes históricos, la escritora se ha decantado por la interpretación literaria de la época. A tal fin, ha imaginado situaciones que ocurren en ese mundo otro que es la novela, más allá de que hubieran tenido lugar en la realidad de aquel mítico periodo al que ciertos imaginarios acuden empecinadamente para justificaciones no precisamente literarias. La tierra fértil cuenta la vida y la muerte del señor feudal Arnau de Bonastre, de su participación en las cruzadas contra los sarracenos; de sus viajes y su regreso a casa; de su lucha por conseguir el poder y la propiedad de la tierra que, en ausencia, le arrebatara el que fuera su amigo Bertrán Guerau; del ejercicio del derecho de pernada con las hijas de los payeses y de su primer enamoramiento de Elisenda de Guerau, hermana del amigo a quien se vio obligado a matar; de la violencia y de la soledad después de la batalla; de los hijos que tuvo con Tibors de Fenal y de su pérdida. En este universo masculino de espadas, dagas, sangre, sudor y violento erotismo, cada cual ocupa un lugar en relación con el señor Arnau de Bonastre, ordenador del devenir de los otros personajes. El médico judío Vidal Girondí se encarga de atender a los heridos; los frailes de confesar y convertir al cristianismo; Bernat Armengol será maestro de armas del joven Joan Galba, joven artesano que se convertirá en caballero y amante de Arnau de Bonastre. Todos ellos serán acogidos por este personaje solar que, a imagen de Cristo ("dejad que los niños se acerquen a mí"), se complace en acoger bajo su protección a los jóvenes ("porque sabía que eran tierra fértil en la que sembrar buena semilla"), que con intenciones de índole diversa, se acercan a sus pagos. Consciente, como decía Goethe, de que en la novela histórica la invención y el documento se estorban hasta hacerse la vida imposible, Paloma Díaz-Mas opta por una imaginación entendida como interpretación de la memoria mítica. La trama es simple, de tinte biográfico y las figuras históricas el rey Jaume I y algunos monarcas de Francia sirven para situar al lector y apelar a un horizonte pretérito en que inscribir las acciones. Las elipsis y los saltos cronológicos subrayan la intención interpretativa de una narración que dialoga con algunos textos bíblicos, la cuentística popular y la tradición folclórica de transmisión oral. Más que notable es la creación de
una lengua fluida, casi arrebatadora en su sencillez, que da sentido a
todo el brillante entramado de vínculos y relaciones de esta novela
en que, como en el Eclesiastés, la vida es interpretada como un
río que va a dar en la mar.
LAS VACACIONES DE HEGEL El libro de Armando Valdés (1964), Las vacaciones de Hegel, no tiene nada que ver con un tratado filosófico. Es sólo la primera novela de un joven escritor cubano exiliado en Francia. El título proviene de un cuadro de Magritte, que es como una extrapolación de la razón en aras de una pulsión surrealista que trasciende, a través de las imágenes, cualquier intento de teorizar el mundo. El personaje principal de la novela es un profesor de lieratura que se encuentra, en un momento de su vida, entre dos aguas, las del mar Caribe y las del río Sena. LLega a Francia a dictar una conferencia. Lo que en otros países podría parecer algo banal adquiere, para el entorno del docente, proporciones mitológicas. En efecto, se le va a plantear un grave dilema metafísico: ¿serán simples vacaciones o un viaje sin retorno? En realidad, el viaje a Francia del profesor cubano no es una simple visita turística sino una indagación sobre las fuentes de la literatura. Armando Valdés juega con la intertextualidad, la metatextualidad, la intratextualidad y con todos los referentes que textos canónicos, desde Rayuela de Cortázar hasta Nadja de André Breton, le ofrecen, para ajustar cuentas con sus mentores, transformando a veces a los escritores del pasado en fantasmas del presente. Pero hay que rendirse ante la evidencia: algunos de ellos han envejecido, irremediablemente. Y entonces, ciertos fantasmas se vuelven inútiles, innecesarios. Valdés recrea con acierto la trivialidad de las tertulias habaneras de hoy, donde los debates teóricos se mezclan con las necesidades más elementales (sobrevivir y comer, por ejemplo), con los sueños de huida y de libertad. Su retrato del exilio es más superficial, tal vez porque el exilio no se aprende en un solo día. Son largos años de experiencia, de desgarro. Las vacaciones de Hegel es una obra densa, que no
se deja penetrar fácilmente, en la cual el diálogo del autor
con sus pares, con sus lectores y con sus amigos, los que han permanecido
en la isla, se insinúa, empieza, se interrumpe. Lo interesante
aquí son las preguntas, el monólogo sin respuestas de un
escritor que busca su vía a través de las rupturas, asesinando
mil veces a sus padres antes de resucitarlos, con una voluntad iconoclasta
que al mismo tiempo es de una maestría precoz. A través
de esos múltiples asesinatos, Armando Valdés va adquiriendo
una voz propia, lejos de los senderos transitados por la literatura cubana
de nuestros días, a mitad de camino entre el cementerio de Colón
y el Père Lachaise, entre el río Almendares y el río
Sena. |
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