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mayo 2000
Nº 65

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estantería

LA NANA Y EL ICEBERG
Ariel Dorfman
Seix Barral, Barcelona, 2000
411 págs., 2.700 ptas.

Nueve de octubre de 1992, aniversario vigésimo quinto de la muerte del Che Guevara, responsable, según versión materna, de la concepción del joven de veinticuatro años custodio del iceberg, que la delegación chilena ostenta en el pabellón de la Expo de Sevilla y que, según se sabe por el epígrafe periodístico que abre la novela, ha sido amenazado por una organización terrorista. Gabriel McKenzie, hijo de luchadores contra la dictadura del general Pinochet, después de haber decidido suicidarse, le relata a su amiga chicana Janice el entramado político, histórico y vital por el que ha transcurrido su reencuentro con el padre y con el Chile que, junto a su madre, se vio obligado a abandonar cuando contaba apenas cinco años.

A través de la relación con la mirada joven y gringa de McKenzie, protagonista y narrador, al lector se le ofrecen las distintas versiones del Chile de la transición. En primer lugar, la de la madre, Milagros Gallardo, quien, teniendo como punto de partida su experiencia en el exilio neoyorquino, regresa en busca de unos ideales políticos a los que se aferrará con ahínco, a pesar de verlos representados por minoritarios grupos de la izquierda radical. De Cristóbal McKenzie, el padre, psicólogo encargado de dirigir una casa de acogida para niños abandonados, y de Pablo Barón, amigo de la familia y ministro, proceden las versiones realistas de quienes no sólo pelearon contra el dictador sino que asumieron la responsabilidad de conducir al país hasta la tierra prometida de la democracia.

No son secundarios personajes como la Nana, de ancestros indígenas inciertos (tal vez onas o mapuches), la única que brindará a Gabriel el calor familiar que sus padres (tan ocupados en la redención de la humanidad) no le dieron; ni Pancho, el tío encarcelado por continuar en una línea de compromiso político en desuso; ni muchísimo menos Amanda Camila, la hija de Pablo Barón, con quien, tras años de intentos infructuosos con Janice, Gabriel perderá la virginidad. Todos ellos constituyen fragmentos esenciales (nuevos demócratas, tecnócratas, idealistas, indígenas, románticos, nostálgicos, desheredados y arrabaleros) del mosaico chileno contemporáneo.

Sobre todos, aunque por razones diversas, así como sobre Chile y el resto del continente, planea la ­no se sabe si protectora o estigmatizadora­ sombra del Che Guevara, cuyo asesinato truncó las esperanzas revolucionarias para América Latina y la forma de pensar el mundo de toda una generación. La muerte del guerrillero, inserta en el nacimiento del propio Gabriel ("A ese hombre le debes la vida", le había confesado su madre), constituye además el punto de partida del juramento que hizo Cristóbal Mackenzie de vivir el resto de su vida para la cópula, el único modo posible de negar aquel mensaje de la muerte.

La Nana y el iceberg no se presenta ni como novela de tesis ni como panfleto 'comprometido'. Por el contrario, Ariel Dorfman, que, aunque poco conocido en España, ha dado pruebas más que suficientes de su buen hacer narrativo, hace uso tanto de la novela negra como del folletín popular, de la ironía y de la picaresca, para construir la turbulenta identidad de quien, más allá de contingencias históricas, como Gabriel McKenzie, se sabe habitante de las palabras.
Karmen Ochando

 

LOS HEMISFERIOS DE MAGDEBURGO
Andrés Trapiello
Pre-Textos, Valencia, 1999
465 págs., 3.750 ptas.

Andrés Trapiello (1953) lleva una década publicando entregas de sus diarios agrupados bajo el título genérico de "Salón de pasos perdidos". Ve la luz ahora el volumen correspondiente a los diarios del año 1994, que suponen el octavo eslabón de la serie.

El libro se abre con una cita de Dickens que afirma la necesaria presencia del autor en todo cuanto éste escribe, su imposibilidad de permanecer al margen de su obra. Esta afirmación da el tono de los diarios de Trapiello: la reivindicación de una literatura en primera persona que se ocupe del yo y sus circunstancias. Contra las corrientes críticas que denostan la verosimilitud y las pretensiones realistas en nombre de los desdoblamientos narrativos, los juegos formales y la pirotecnia verbal deslumbrante, Trapiello alza la bandera de una literatura con afán mimético que intente "envasar al vacío" la realidad para mantenerla fresca. Una literatura de "lucha contra el olvido" como propugnaba el escritor catalán Josep Pla. A Trapiello la palabra trama le suena demasiado a tramoya, y disfruta demostrando cómo historias sacadas de la vida superan en complicación argumental a las construcciones del más febril de los novelistas.

Trapiello nunca esconde sus cartas. Sus juicios estéticos son contundentes, sin cortapisas diplomáticas ni medias tintas de enciclopedia. De sus libros puede decirse que cumplen con el propósito expresado por los hermanos Goncourt en el prefacio de sus monumentales diarios: "representar la ondulante humanidad en su verdad momentánea". Como Montaigne, no pinta el ser, sino el pasaje. En su literatura no se encuentran esencias ni alambicamientos, y sí retazos de conversaciones cazadas al vuelo, perfiles de personajes entrevistos en escorzo y paisajes tratados con una sensibilidad que entronca con los noventayochistas. En fin, verdades momentáneas y pasajeras, pero redimidas por la palabra en algo perdurable.
Xavier Zambrano