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junio
2002
Nº 90

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El espejo
de la crítica
Rodrigo Rey Rosa
y 'Piedras encantadas'
Piedras encantadas es, después de
La orilla africana (1999), la última novela de Rodrigo Rey
Rosa (1958), escritor que Paul Bowles introdujo, con sus traducciones,
en el circuito literario internacional, y que desde entonces ha
venido gozando de una buena recepción crítica. En
esta ocasión se trata de una novela corta que oscila entre
el género policiaco y la crónica social de denuncia.
Con ella, y después de pasar unos años viviendo en
Nueva York y Marruecos, el escritor guatemalteco regresa a su tierra
natal para escribir la que nos dicen es su novela más
comprometida.
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Pilar Castro
El Cultural
Rodrigo Rey Rosa es un escritor cuya sobriedad y aparente transparencia
en nada recuerda a sus mayores si buscamos en él las señas
de una tradición que se sirvió de lo real, lo maravilloso
y lo mítico para trascender la denuncia de sus mundos respectivos,
pero a quien también el ambiente de violencia empujó
a abandonar durante un tiempo esa "pequeña república
donde el linchamiento ha sido la única manifestación
perdurable de organización social" [...]
De nuevo la épica de ese mundo urbano lleno de contradicciones
es escenario de un argumento que sabe sostenerse en lo anecdótico
sin restar importancia al carácter testimonial de lo que
cuenta, a la gravedad del tema y los dilemas morales que suscita.
[...]
El final de esta historia abierta no es lo que cuenta. Sí
la historia reciente de la ciudad, las intrigas que la mueven. Es
ese inquietante universo urbano el que queda retratado. Eso es lo
que cuenta. Y la maestría de un narrador que reafirma su
habilidad para implicarnos en la trama de una realidad que no admite
lectores, ni lecturas, indiferentes.
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Juan A. Masoliver Ródenas
La Vanguardia
Nada hay, dentro de la tradición literaria, que haga especialmente
singular al escritor guatemalteco Rodrigo Rey Rosa, como no sea
la ausencia de una visible tradición literaria, y dos rasgos
especialmente presentes en Piedras encantadas. En primer lugar,
la sensación de que la escritura surge del silencio y en
segundo lugar la actitud adoptada por el narrador: la distancia
o desengañada objetividad se ve modificada por las intervenciones
de una voz narradora que expresa la naturaleza moral, sentimental
y crítica no del narrador (ignoramos quién es y en
realidad no nos importa tampoco), sino de la situación narrada.
[...]
La línea argumental es, por lo mismo, muy tenue y el único
dramatismo surge de la capacidad de indignación o de compasión
del lector. [...]
A través de estos personajes se reconstruye toda una sociedad
y un país. Ignoramos la fecha en que ocurren los hechos,
porque Rey Rosa no está denunciando una época concreta,
sino una enfermedad crónica.
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Jorge Carrión
Lateral
Rey Rosa ha publicado en un único volumen su mejor prólogo
y su peor novela. Ésta tropieza ya en su línea inicial,
cuando en el primer capítulo el protagonista despierta "de
un sueño profundo y confuso estuvo extraviado en una
ciudad desconocida". Quien haya leído otros libros del
mismo autor recordará que en muchas otras ocasiones un personaje
se ha despertado de un modo semejante. [...]
Las fisuras son sobre todo de índole técnica. Un
argumento disperso requiere un dominio de los puntos de vista y
de la elipsis que el narrador no siempre demuestra poseer. En casi
todos los capítulos se pasa de un personaje a otro como una
ficha de dominó que empuja a la siguiente. La idea que ese
recurso comunica los destinos que se entrecruzan sin más
móvil que el azar es un acierto, sin duda; el problema
es que su desarrollo no es en absoluto armónico. [...]
Después de siete obras publicadas bajo la protección
de Bowles, que merecieron un aplauso de la crítica tan unánime
como infrecuente, Rodrigo Rey Rosa se enfrenta, a mi juicio, a un
punto de inflexión determinante en su trayectoria literaria.
Ahora que empiezan a elaborarse trabajos académicos de su
narrativa y que está traducida a media docena de idiomas,
debe decidir si produce para un lector global o si su escritura
puede mantenerse al margen de esos brutales condicionamientos. Si
puede seguir haciendo gala de la exigencia que ha atesorado hasta
ahora o si, por el contrario, va a volver a dar por publicables
novelas inacabadas como la que ha centrado estas líneas.
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Dunia Gras
Quimera
El escritor guatelmateco Rodrigo Rey Rosa abandona en esta novela
la narrativa simbólica, preciosista, de su obra anterior,
La orilla africana, para volver, en cierto modo, al estilo de Que
me maten si... (1997), donde la denuncia social se hermana con la
prosa medida y tallada y un sutil marco detectivesco. [...]
En esta novela, la mirada crítica procede de dentro mismo
de esa oligarquía, de ese pequeño grupo de privilegiados,
ya que ese "tú" al que se dirige el narrador, ese
joven inicialmente despreocupado, Joaquín Casasola, se ve
implicado directamente en un posible crimen por culpa de uno de
sus supuestos amigos, que ha atropellado a un niño y se ha
dado seguidamente a la fuga para no rendir cuentas de sus actos.
[...]
Se pone en evidencia, una vez más, la fragilidad del destino,
el cambio repentino de fortuna que lleva a un niño de Europa
a Centroamérica y, finalmente, del seno de una familia acomodada
a la dura calle []. Al final del relato, no obstante, nada parece
haber cambiado, en lo esencial, para el protagonista. Sólo
la pérdida de una cierta ingenuidad permite que todo siga
igual, después de todo. En este sobrio relato de la mala
conciencia burguesa, que roza el costumbrismo, Rey Rosa logra establecer
un difícil equilibrio entre la intrascendencia y la impunidad
de la injusticia.
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Gustavo Guerrero
Letras Libres
Piedras encantadas es un nuevo ejemplo del admirable rigor y la
justa economía de medios que ya caracterizan a la narrativa
de Rodrigo Rey Rosa. Como en sus tres novelas anteriores El
cojo bueno (1996), Que me maten si... (1997) y La orilla africana
(1999), la historia pareciera reducirse aquí a una muy
delgada trama que adquiere, sin embargo, una profundidad inesperada
a medida que avanza la labor diría incluso el bordado
de la escritura. El guatemalteco obra, ciertamente, en lo sutil:
la rapidez, la exactitud y la concisa belleza de su prosa, aunadas
a un sentido elíptico de la composición, vuelven a
señalarlo como a un joven maestro en el arte de decir más
con menos.[...]
Lejos del torpe militarismo de una cierta literatura neopolicial
latinoamericana, el gesto ético y estético de Rey
Rosa nos deja solos y sin respuesta ante una realidad sórdida
y desesperada que, por de pronto, no tiene solución ni salida.
Vale la pena leer, releer y sopesar esta breve novela. Lo digo sin
ambagues: se trata de una soberbia lección de escritura.
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Javier Aparicio Maydeu
El Periódico
Ahora Rodrigo Rey Rosa (1958) escribe sobre una Guatemala para
un infante difunto, cuyo atropeyo desencadena intrigas que hacen
creer al lector que se adentra en una trama policiaca con el inspector
Rastelli. Pero Piedras encantadas es una crónica encubierta
del trasfondo social de Guatemala.
De un modo implacable, Rey Rosa concibe esta historia de enigmas,
concisiones y elusiones habitual en este espléndido
narrador desde Cárcel de árboles. El salvador de buques
(1992) con vistas a revelar las corruptelas de su tierra natal.
[...]
Está ahí la magia de su narrativa, en las elipsis,
en la recreación de un mundo por el lenguaje que lo conforma.
Lenguaje que en Piedras encantadas cobra especial relevancia porque
el relato se escora hacia el diálogo y el habla popular,
con ecos de su admirado Juan Rulfo.
Piedras encantadas tal vez sea el libro más comprometido
de Rey Rosa, pero ¡qué diablos!, su proverbial capacidad
de narrar se las arregla para centrar nuestra atención en
la historia narrada.
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