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septiembre
2001
Nº 81

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El espejo de la crítica
Gonzalo Suárez y 'Yo, ellas y el otro'
Periodista en sus comienzos, Gonzalo Suárez
(Oviedo, 1934) ha practicado la dirección cinematográfica
y la escritura de guiones tanto como de ficción con irregular éxito.
Cuando publica una novela o aparece una nueva película suya, los
diarios suelen tener problemas para decidir si el cineasta ha escrito
una novela o si el escritor ha dirigido una película. Con Yo, ellas
y el otro, Suárez renuncia a los parentescos con la narración
más cinematográfica que muchos vieron en Ciudadano Sade,
su anterior libro, pero en cambio asume la forma teatral del vodevil.
La crítica se centró en este hecho cuando quiso señalar
los defectos de la novela; cuando quiso constatar sus virtudes, se acudió
al acertado humor y a las audacias técnicas. El balance crítico
resultó, pues, irregular.
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Rafael Conte
ABC Cultural
Suárez ha vuelto por sus fueros, se ha soltado el pelo y
se ha lanzado a la parodia de otro género espectacular: el
vodevil. En efecto, si reflexionamos un poco veremos que en esta
sociedad tan mercantil como espectacular ("del espectáculo"),
el vodevil reina por doquier, lo vemos abundar en nuestros escenarios,
en las pantallas y en los escaparates de las librerías. [...]
Suárez, incómodo siempre de tener que servir a la
sociedad de consumo y del espectáculo que tanto critica,
lo hace hoy ridiculizándola a través de su peor y
más eficaz imagen, la del vodevil precisamente. Bien es verdad
que lo hace a su manera, y que para poner en marcha a Feydeau el
nombre más citado en toda la amplia panoplia cultural que
aquí utiliza empieza por un asesinato, pues el thriller
es lo que más a mano tiene (donde, por cierto, el cadáver
aparece en un lugar que no existe, pues la calle Velázquez
no tiene esquina con la Puerta de Alcalá), pero el argumento
criminal no va más allá, se le desvanecerá
al final, y el resto será maquinaria teatral [...]. Salvo
uno, el narrador más frecuente de estas disparatadas historias
donde se alternan con cierta habilidad las voces narrativas
y los tiempos verbales, un crítico teatral bastante
autocrítico por cierto, cuyo discurso configura la columna
vertebral del libro [...]. El disparate está servido y la
diversión asegurada.
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Juan Marín
Babelia
Con Yo, ellas y el otro, Suárez abraza la metaficción,
esa vía narrativa a la que los escritores contemporáneos
acuden con frecuencia, abrumados, como expresa David Lodge, "por
la conciencia de sus antecedentes literarios, oprimidos por el miedo
a que digan lo que digan ya habrá sido dicho antes".
Yo, ellas y el otro es un metavodevil, o trata de serlo. El que
una novela tome como referencia un género de escenario conlleva
riesgos indudables. En el teatro todo es diálogo, en esta
novela no lo hay; parece haberlo en forma de falso estilo indirecto,
pero eso ralentiza una acción que en el vodevil debe ser
muy rápida, de sorpresa incesante. Este texto es, con licencias,
un largo monólogo [...].
Suárez es brillante en ocasiones y, desde luego, conoce
bien a los de su generación. Intenta meter comicidad en las
descripciones, utilizando autoironía y visualizando escenas
grotescas, pero no consigue tocar la ligereza de la farsa teatral,
quizá porque muestre su cultura en exceso (un signo generacional)
y porque se ha prescindido de los diálogos. Pienso que la
dificultad para escribirlos podía haberse paliado no invocando
tanto a Feydeau. Gonzalo Suárez se ha impuesto un modelo,
una referencia, que condiciona al lector. Y ahí está
su fallo
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Ricardo Senabre
El Cultural
La producción literaria de Gonzalo Suárez adolece
de cierta irregularidad a causa de la frecuente dedicación
del autor a la dirección cinematográfica. [] Yo, ellas
y el otro se presenta como divertimento y lo es, pero
contiene metralla en su interior. La variedad de tonos, la amplitud
de registros que la novela acoge sólo es posible porque la
novela se apoya en una concepción inteligente de la historia
y está espléndidamente compuesta, como se percibe
en el ritmo de la narración y en la reiteración de
algunos motivos conductores []. Suárez es un excelente prosista,
que no rehúye el símil atrevido ("escudriñándola
con ojos como botones desabrochados") o las aseveraciones imaginativas
cercanas a la greguería: "La vida es un pertinaz catarro
que la pasión, siempre indebida, convierte en gripe"
(pág. 156). Sobre ese fondo de prosa rica, variada y precisa,
sólo algunos usos no recomendables empañan ocasionalmente
la limpidez del discurso: retomando el tema tabú, "en
base a cuatro folios". Poca cosa, en verdad, junto a los numerosos
aciertos expresivos que contiene la novela.
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Hilde Romero
Lateral
Formalmente, Ciudadando Sade respondía más al concepto
tradicional decimonónico de novela, aunque el uso
del multiperspectivismo y el humor, entre otras cosas, la situaran
en su contexto natural. Yo, ellas y el otro persiste en la comicidad
y la variedad de puntos de vista, pero de modo muy distinto. El
tono tiende más hacia la sátira social que al simple
humor o la ironía aspecto que se ve respaldado por las
frecuentes referencias a la actualidad informativa. La transición
entre un punto de vista y el otro se produce con naturalidad característica
del cine, de un modo funcional, sin marcar el cambio para convertirlo
en rasgo de estilo. Frente a su antecesora, además, ésta
se resiste a integrarse dentro de un modelo preciso de novela. El
texto, recuperando lejanamente las técnicas de los relatos
breves de su autor, obedece a un principio de sincretismo formal
y genérico. La mayor parte del tiempo, en cualquier, caso
predomina ese aroma típico de la novela negra a la española,
donde el héroe es siempre un antihéroe, y las heroínas
carecen en absoluto de glamour.
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Milo J. Krmpotic
Qué leer
Hombre de imágenes tan líricas como visuales son
sus palabras, Gonzalo Suárez aparece, en la doble vertiente
de su labor creativa, como uno de los más sugerentes y por
lo general acertados narradores de nuestras letras y fotogramas.
[...]
Nosotros, el libro y Suárez somos, por tanto, un sinnúmero
de relaciones difícilmente acotables en el ring de la crítica,
literario lupanar donde éticas y estéticas tienden
a multiplicarse procaces en los espejos que decoran su techumbre.
Así, en el apartado más placentero del carnal asunto,
debe destacarse la profundidad y complejidad de tramas y personajes,
los giros traviesos con que el autor regala la prosa de su protagonista;
por el contrario, se echa de menos una mayor profilaxis a la hora
de multiplicar voces narradoras y en ciertas recreaciones que bordean
el gatillazo. No por ello, es de recibo aclarar, daremos la espalda
a tan jugoso ménage à trois; acabaremos abrazándolo
con la convicción de que son sus deficiencias las que le
confieren cercana, mundana y humana veracidad.
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Santos Alonso
Revista de Libros
El autor suele apoyarse en situaciones grotescas cuya inverosimilitud
tal vez tenga cabida en el lenguaje cinematográfico, pero
que de ningún modo se aceptan al ser trasladadas a la literatura.
[...] En segundo lugar, pocas veces se cumplen las expectativas
creadas por los objetos mencionados, pues si bien abren puertas
argumentales a la intriga y al misterio, no acaban de encajar los
goznes que las cierran y completan su función en la trama.
[...]. Parece como si estas piezas, de puntuales rasgos esquemáticos,
hubieran sido acarreadas para configurar simplemente el decorado
teatral de la perdularia peripecia del protagonista. [...]
Tampoco tienen mucho sentido, en fin, los cambios continuos de
punto de vista narrativo por los que discurre la novela. Tanto la
alternancia de personas narrativas, que sustituyen de modo irrelevante
a un más deseable y afortunado narrador omnisciente, como
la manipulación del tiempo, que combina secuencias en pasado
y en presente para contar una historia a todas luces lineal, no
son sino recursos gratuitos que nada aportan a una novela que, por
encima de otras interpretaciones más benévolas, no
pasa de ser una obra de fácil lectura destinada al entretenimiento.
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