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junio 2001
Nº 78

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EL ESPEJO DE LA CRÍTICA

Mempo Giardinelli y 'Final de novela en Patagonia'

El Premio Grandes Viajeros, escribió un crítico, "se va configurando como un clásico en la literatura de viajes en castellano". En 1998 fue concedido al excelente China para hipocondríacos, de José Ovejero; en 1999, a Viaje a Palestina, de Luis Reyes. Pero, cuando en el 2000 recayó el premio en Final de novela en Patagonia, la crítica se dividió. Las cualidades de la escritura de Mempo Giardinelli (Defensores del Chaco, 1947), que para muchos bastaron, para otros resultaron apabulladas por la idea misma de hacer un libro de viajes mediante la narración de una novela. Giardinelli es uno de los más notables novelistas de su generación argentina, y fue ganador del Premio Rómulo Gallegos. Las alabanzas a su libro de viajes lo recordaron; las críticas negativas, lo echaron de menos.'

Ernesto Parra
Babelia

Román Piña
El Cultural


El Premio de grandes viajeros 2000, Final de novela en Patagonia, es un relato de humor, viajes y literatura de ágil corte cervantino. Mempo Giardinelli, su autor, en compañía del singular poeta madrileño Fernando Operé, planean un viaje hasta la misma uña de la Patagonia. Abarca también el viaje literario y cinematográfico a la vez: acción, imagen y palabra nos van sirviendo las viñetas de esta peripecia. Nos coagularán la sangre con las soledades australes y nos harán reír [...]. Lo que en el inicio del viaje se incluye en medio de abrelatas, los tenedores, mapas y demás impedimenta, es una necesidad de concluir una novela, de esas que, a veces, se atascan.

 

 

 

 

Una obra decepcionante. Una de tres: o los grandes viajeros ya no existen, o escriben tan mal que no pueden ganar premios, o no escriben. Luego este premio queda para escritores, grandes o simplemente correctos, que cuentan su viaje a la nevera. A alguien le podrá parecer original este título, que refleja el planteamiento absurdo de un viaje por Patagonia en busca del final de una novela que tenía atragantada.

Confiesa querer vivir su Patagonia, pero se lleva a cuestas una novela que le hurta esa libertad. Y también a nosotros. No conocemos gran cosa del lugar. No captamos la magia y la belleza que le suponemos. Parece escrito rápido este libro, sin depurar. Un inicio que aprovechara la historia del tío Bob podría haber sido de antología, y habría puesto el escenario en el primer lugar, que es lo que un lector de esta clase de libros espera. Giardinelli recitó poemas de Alberti al mar mirando el desierto patagónico. Ése fue el problema.

Jorge Carrión
Lateral

Enric Bou
El Periódico

 Mempo Giardinelli no opta por diálogos posmodernos con la larga tradición viajera que ha explorado con metáforas y leyendas el mundo del fin del mundo. Al contrario: apuesta por una forma original, como es la de combinar el relato de sus múltiples encuentros con paisajes, personas y recuerdos con la ardua tarea de escribir el final de una novela. Pero antes, en un primer capítulo que constituye un excelente resumen de cuál es la dimensión literario-cinematográfica de la región de marras, demuestra conocer que no va a transitar por un país virgen, sino infinitamente narrado. Ahí está el reto. El resultado es un libro de viajes original, entretenido, con páginas excelentes, que el aficionado a la prosa nómada no debe perderse.

 Enfrentado a un paisaje desértico, suplió la posible monotonía con recuerdos de lecturas, de escritores. Es éste un viaje tranquilo. No hay grandes aventuras más allá de la contemplación del paisaje, del encuentro con tipos curiosos que viven en la inmensa soledad de la Patagonia. En algunos momentos escapa de la monotonía evocando otros viajes.

 

 

 

Mitxel Ezquiaga
El Diario Vasco

 Es un libro ameno, a medio camino entre el viaje por la Patagonia y el viaje hacia el interior del escritor Giardinelli. A veces parece simplemente el cuaderno/postal de un turista, a veces cobra vuelos en páginas muy bien escritas. Hay fragmentos en los que el lector se sonroja: por ejemplo, cuando lee varios párrafos de encendidos elogios a su amigo, el también escritor Luis Sepúlveda, que a la sazón era miembro del jurado que le concedió el premio. Pero por encima de esas anécdotas que enriquecen las maledicencias sobre el universo de los premios literarios, el volumen completa una agradable lectura.