lateral


octubre 1999
Nº 58

home

 

El espejo de la crítica

Bryce Echenique y 'La amigdalitis de Tarzán'
JORGE CARRIÓN GÁLVEZ


La amigdalitis de Tarzán, última de las novelas publicadas por Alfredo Bryce Echenique, narra la relación amorosa de dos personajes a lo largo de treinta años. Pero como cada uno siente a su manera el dolor de garganta, a continuación ofrecemos una muestra de las distintas voces críticas que esta tierna historia ha levantado entre los analistas literarios.

La amigdalitis de Tarzán reúne todos los ingredientes de la receta que ha convertido a Alfredo Bryce Echenique (Lima, 1939) en uno de los maestros de la narrativa hispánica actual: un sentido del humor tan hiperbólico como entrañable, una exploración sensible de los sentimientos que mueven al ser humano, la transformación de material biográfico en sustancia novelesca y el retrato del exilio y de sus inevitables desencuentros.

En su última novela el escritor peruano no se limita a combinar una vez más esos elementos, no se obstina en perpetuar la vigencia de la fórmula. Al contrario, reinventa su propia literatura para otorgarle una frescura imprescindible si se persigue que el lector se sienta identificado. El vehículo de esa identificación es la historia de amor y de amistad protagonizada por Mía y por Juan Manuel. Ella es una niña bien salvadoreña que madurará espoleada por el exilio; él es un cantautor peruano acosado por diversos abandonos. Su relación será sobre todo epistolar. En la carta hallarán el territorio, la escritura abrirá para ellos otra dimensión, donde las palabras son abrazos y las despedidas simplemente no existen. En sus misivas reconocerá el lector el rastro de sus propios adioses, el recuerdo de las personas que ha desconocido.

La amigdalitis de Tarzán es una vacuna contra la tristeza, un antídoto azul contra cardiogramas planos y grises. No hay duda de que la literatura de Bryce Echenique sigue siendo el mejor antidepresivo del mercado.

 

 

Asistimos así al desarrollo de una narración suelta y contada con un ritmo acelerado -pues las cartas se insertan dentro de la narración, no la detienen- y que desemboca en las conclusiones que enunciaban sus propias premisas. Conclusiones sin conclusión: el disparate existencial va a continuar. [...]

Podría pensarse que nos encontramos ante una versión en clave cómica del tópico del amor más poderoso que la muerte. Y podría pensarse con legitimidad: la desjerarquización es propia de los escritores rabelesianos como Bryce. Un suicidio puede contarse en esta novela como un suceso de cómic. Todo está descoyuntado, o a punto de estarlo; todo aparece vuelto de alguna manera del revés. Los personajes pisan, sobre todo ella, la tierra volcánica; pero su tono nunca es patético; puede acercarse a cierto dramatismo, pero ahí se detienen. No hay presencia que no siga a una ausencia; no hay conducta normal a la que no suceda una anomalía. [...]

Tal es la perspectiva singular desde la que Bryce contempla el fenómeno amoroso, el extrañamiento a que lo somete, si se me permite emplear el término clásico. Se quiebran de esta manera los códigos literarios y los códigos sentimentales. Los amantes se aman, pero lo hacen de una manera irreductiblemente original. Amores sin pies ni cabeza. O si se quiere, con demasiada cabeza pero sin pies. Toda metafísica y aún toda posible ética del amor saltan hechas añicos. Y, sin embargo, La amigdalitis de Tarzán sigue siendo una novela de amor. Una novela divertida, hilarante a veces, trepidante siempre, de la que se enseñorea el humor punzante y disolvente del escritor peruano, que sigue empeñado en poner en relieve el valor crítico de la risa. La acidez profunda de la risa. El hondo carnaval de la risa.

 

 

Valgan, respecto a esta novela, dos evidencias para los seguidores del novelista. La primera, el retorno ­una vez más­ al tema amoroso. La segunda, el especial relieve del plano verbal que de nuevo nos recuerda que en Bryce Echenique la expresión es casi siempre protagonista , que las suyas son novelas de lenguaje y que maneja como pocos (excepción hecha de Cabrera Infante) toda una gama de recursos fónicos o intencionales que deslumbran y fascinan al lector [...].

El novelista ha asumido el riesgo de elegir para las cartas la voz de la protagonista y la verdad es que sale muy bien parado. Por lo demás, estamos ante una obra que, con algún que otro quiebro de tristeza, nos trae una visión optimista y esperanzada de la vida y de la perduración de los sentimientos contra las agrasiones y obstáculos que la realidad impone. Con su homenaje a la música popular, esta novela interesa por su punto de vista sobre el amor, por su divertido juego expresivo y su indiscutible amenidad. Carece, sin embargo, de la ambición y la entidad de las novelas que han consolidado como un gran narrador a Bryce Echenique.

 

 

El exilio es una vitamina para la literatura. La engorda. La nostalgia de los judíos repetidamente deportados hizo posible la Biblia. La de los iberoamericanos exiliados inspira hoy boleros tristísimos y encantadores. Vivir permanentemente como gallina en corral ajeno es muy malo para la vida, pero nutre y robustece las novelas. Dígalo si no Mario Benedetti o Bryce Echenique, que no aguanta más y anda ahora preparando su retorno a Perú, luego que bien ha disfrutado de la rentabilidad de la nostalgia en lo literario. Resultado de esta nostalgia exílica, sublimada ahora en el amor epistolar y distante entre un cantautor peruano y una hija de la alta burguesía de El Salvador, es la última novela de Echenique: La amigdalitis de Tarzán. [...]

El humor es una constante en la novela. Los personajes demuestran a cada paso que están por encima de los esquemas habituales. La transgresión empieza por el título: resulta grotesco imaginar un Tarzán atacado de amigdalitis, mudo enmedio de la jungla a resultas de una enfermedad trivial. Un tarzán que, además, es mujer. Y así de paradójico todo lo demás.

La otra constante que recorre el libro, muy de las tradiciones exílicas por cierto, es la oralidad, el soberbio que gasta Echenique de contar las cosas, que uno cree que le están hablando, que no las está leyendo. Peruanismos, neologismos, arcaísmos, titubeos, malabares con el léxico... están al servicio de esta oralidad, lograda con talento. El lector escucha -no lee el relato en primera persona de Juan Manuel, trepidante y epistolar cuanto más cerca está el desengaño final.

Moraleja: el amor duradero únicamente es viable si hay distancia por medio. Esta sabiduría se alcanza desde perspectivas privilegiadas como, por ejemplo, la de un exiliado, la de aquel que haya vivido instalado en la precariedad.

 

 

La amigdalitis de Tarzán, título a la vez tierno y chusco como a él le gustan, relata la historia de un amor siempre a destiempo. Es una novela escrita en espiral que sigue los desencuentros sentimentales de un trasterrado peruano (en Francia y en España, como el propio autor) y una burguesía salvadoreña también ciudadana del mundo (Francia, Chile, Salvador, México o Estados Unidos). Lo que vehicula la relación y la historia que se crea ante nuestros ojos son las cartas que una mujer, una verdadera Tarzán ante la adversidad, envía al narrador. Esta novela epistolar -en ocasiones la imposición de la carta resta agilidad al conjunto- plantea con humorístico descreimiento cómo nos va forjando el paso del tiempo. No falta una moraleja final que Bryce, respetuoso con sus personajes, no se atreve a acentuar: no somos nuestras palabras, cargadas de miedos y reticencias aun en los momentos de mayor sinceridad, sino nuestras acciones, más secretas y escondidas.

 

 

La memoria es primordial en la obra de Alfredo Bryce y La amigdalitis de Tarzán sucumbe a esa fascinación, pero el lugar que antes tomaba la digresión es ocupado ahora por lo epistolar.

De esta manera se da paso a otro elemento nuevo: la creación de un personaje femenino, María Fernanda, que el autor se ha tomado como un reto personal. Bien es verdad que en Dos señoras conversan lo femenino tomaba carta principal, pero faltaba la creación de un personaje casi excesivo, como muchos de los creados por Bryce, que colmara las expectativas de ese reto. Creo que María Fernanda es un personaje tan logrado como Julius, Martín Romaña o Felipe Carrillo, y sólo un autor versado en las triquiñuelas literarias es capaz, mediante el truco, de hacer desaparecer las cartas de su amante gracias a un robo, de realzar a la protagonista por lo que escribe, convirtiéndola en contrapartida de la voz del narrador.

Esa ausencia de la digresión, la incorporación del género epistolar y, sobre todo, la creación de ese personaje femenino, María Fernanda del Monte Montes, oligarca salvadoreña, que vive una historia de amor y amistad con Juan Manuel Carpio, cantautor latinoamericano, en París, que se extiende a lo largo de más de 30 años, hacen de esta novela un hito importante en la obra narrativa de Alfredo Bryce. [...]

Un rasgo siempre presente en las novelas de Alfredo Bryce y que aportaron, como en su momento hizo Manuel Puig, un elemento de modernidad a la narrativa latinoamericana. Aportación ésta, la de los boleros, la de las rancheras, la de Joan Manuel Serrat, que explican más la especial relación de María Fernanda y Juan Manuel que todas las dictaduras latinoamericanas juntas.

 

 

La identificación de los propios perfiles biográficos del autor peruano con sus inequívocos personajes, esos seres erráticos y sentimentales, desarraigados, insomnes, amigos del alcohol y la melancolía y protagonistas de vidas románticamente desaliñadas y civilizadas, ha llegado a ser un rasgo distintivo tan característico de la producción bryciana que en no pocas ocasiones puede resultar tan difícil como innecesario discernir si los frutos de ésta corresponden a un capítulo de sus memorias, al de una novela, un cuento, las páginas de una conferencia magistral [...] o a una crónica destinada a las revistas que se regalan a bordo de los aviones. [...] Son treinta años de amores a distancia que pasan como un soplo, mediante la ingeniosa combinación de cartas transcritas en su integridad (las de ella) y fragmentadas (las de él), mediante saltos en el tiempo, ejecutándolos con gracia de funambulista y, por supuesto, con la activa participación de unos secundarios que parecen salidos de la vida misma.

Está también la encendida y visceral realidad de Hispanoamérica -tan a menudo dolorosa, a pesar de las lejanías-; está París, con sus aureolas y nostalgias de mito sudamericano y las promesas temporales de alguna isla española. Y esa historia de amor extravagante que no se desmorona con la inclusión de terceros y que proclama, parafraseando a los latinos, que el amor, si va acompañado de la risa, todo lo vence.

 

 

El autor ha elegido una voz femenina, pese a que no es difícil descubrir que el sexo impostado no consigue disimular una manera de entender la vida y el amor más característica del hombre. Por otra parte, el tiempo en el que se desarrolla este bolero narrativo se inicia en Roma en 1963 y finaliza en 1998. A lo largo de estos años el autor nos zarandea, a través del epistolario, de una parte a otra del Atlántico. [...] Tantas idas y venidas contribuyen a conferir a la narración una clave más de parodia y de realismo irónico; la clave del humor que caracteriza el conjunto de su obra. [...]

Bryce ha trazado una historia de amores en los que el sentimiento y el sexo de la pareja vienen siempre condicionados por el mundo exterior y determinados por compromisos morales autoimpuestos. [...]

En el análisis psicológico no se escatiman ni situaciones ni estados de ánimo. Pero todo ello aparece envuelto por el celofán de su fórmula estilística. Los textos de Bryce Echenique se identifican fácilmente. Los diversos ambientes han de permitirle trazar un desolado panorama histórico de la reciente historia salvadoreña o de los preoblemas del Chile de la represión. Sus personajes viven desplazados en Europa o en los EE.UU. El drama del exilio se esconde tras esta apasionante historia de amor.

 

 

Los elementos estrictamente narrativos quedan, pues, relegados a un segundo plano. De hecho, pasar, lo que se dice pasar, pasan pocas cosas en La amigdalitis de Tarzán y, si se me permite el chiste fácil, podría decirse que aquí lo único que pasa es el tiempo. La de La amigdalitis de Tarzán es la historia de un sentimiento a lo largo del tiempo: un sentimiento que en su evolución atraviesa las distintas fases de la pasión para desembocar finalmente en una suerte de cariño o amistad, pero que en todo momento se nos presenta como un amor sereno, respetuoso, comprensivo. En La amigdalitis de Tarzán encontrará el lector toda una lección de tolerancia amorosa. [...]

Al mismo tiempo que una historia de amor, La amigdalitis de Tarzán es también la historia de un aprendizaje, el que convierte a la joven y decidida Fernanda María, educada en los mejores internados de Suiza y Estados Unidos, en una mujer fuerte y en cierto modo heroica, preparada para enfrentarse al cotidiano combate de la vida sin perder la alegría, una Madre Coraje capaz de arrostrar las mayores dificultades con tal de sacar adelante a sus dos hijos. Esa fuerza suya es lo que justifica el apelativo de Tarzán con el que en alguna de las cartas se define a sí misma, pero el personaje de Fernanda María resultaría algo marmóreo si no hubiera en ella un fondo de fragilidad que cada cierto tiempo la desgarra y que nos la descubre momentáneamente rota, llorando por los viejos sueños que ya nunca se cumplirán. Es la amigdalitis del título, que impide gritar al rey de los monos y, por encima de su aparente comicidad, tiñe de melancolía esta historia de enamorados.

 

 

No hace falta decir que el lenguaje es asombroso. Esta vez Alfredo Bryce Echenique, cuyo fuerte solía ser el personaje masculino, casi siempre alter ego de sí mismo, ha dado la voz a la mujer, a Fernanda María, Maía o Mia, Trinidad del Monte Montes, por el expediente de recoger y publicar sus cartas. Son unas cartas de amor comentadas; unas cartas que alcanzan, en la ficción, el nivel de esos grandes epistolarios amorosos en los que pensamos siempre: esta Eloísa se mueve libre y alegre [...] en el amor mismo que conduce su correspondencia y también sus silencios, y se agobia, amigdalitis del alma, en la crianza de los niños, en la pareja inestable, en fin, en la vida. Comentadas: siempre hay que guardarse la última baza. La última palabra, que la tiene quien escribe la historia, el narrador. Y, entonces, el personaje masculino de cuyas cartas sólo hay algunas notas sueltas, pero que cuenta "este lado" de la historia, es decir, la historia, aparece como sujeto y víctima de un amor intermitente... Un poco frío, un poco irónico, mucha guasa. Lo cual, debo decir, es absolutamente de agradecer. Es, exactamente, el contrapunto necesario para entender la diferencia célebre masculino femenino y, también, la diferencia precisa que hace de esta novela una estupenda novela.