lateral


diciembre 2004
Nº 120

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Editorial

Libertad sin vergüenza
Robert Juan-Cantavella

Como el resto de las cosas que habitan este mundo nuestro, las palabras se desgastan. Unas veces por su uso continuado, otras por su uso indebido, lo cierto es que van perdiendo su significado, su sentido, hasta que acaban convertidas en otra cosa. Sucede lo mismo con las ideas, las ideologías, los credos y hasta con las revoluciones. Y ocurre con mayor frecuencia cuanto más grande es el término o la subversión.

Una de las consecuencias de tan habitual proceso degenerativo es que a uno le acaba por dar vergüenza hacer uso de los vocablos en cuestión. Por ejemplo, tras el sistemático proceso de compraventa y esponsorización a que han sido sometidas durante los últimos tiempos palabras como "paz", "talante" o "diálogo", ¿quién no se ha visto obligado a pulsar mentalmente el botón derecho para ir a herramientas a buscar, avergonzado, un sinónimo menos complaciente?

La gente de mi generación (ya sabéis, aquellos a los que nos lo han dado todo hecho, los que no hemos tenido que luchar contra el franquismo y nos hemos hartado de Cola-Cao), ha acabado por tomar palabras como "libertad" o "revolución" como simples eslóganes aptos para imprimir en t-shirts de colores llamativos, y al mismo tiempo, también ha aprendido a no tomarlas en serio en absoluto, tal era el haraposo estado de deterioro en que hemos heredado semejante vocabulario.

En Lateral nos hemos preguntado si se trataba de un trauma definitivo, o si cambiando el escenario, estas palabras podrían volver a tener algún sentido. Y nos hemos encontrado con internet, con el free-software, los programas de código abierto, el intercambio de información, la posibilidad de hacerle frente a un gigante real como Windows -y no a los molinos de viento de los viejos megarelatos-, y con el señor Richard M. Stallman, el primer gurú libertario del siglo xxi.

Decidid vosotros si nos hemos equivocado.

 

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