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julio
- agosto 2004
Nº 115/116

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Opinión
El lado oscuro de la salud
MIHÁLY DÉS
El verano se nos echa encima y mucha gente aún
no ha tomado medidas contra sus múltiples peligros y riesgos. Sin
la disciplina del trabajo la pulsación autodestructiva late a su
aire (libre), la gente se expone sin contemplaciones a los protocolos
de la salud y deporte. Lo que no todos ellos saben es que luego tendrán
que pagar las consecuencias.
Cualquiera que quiera -pero no quiere, pero no quiere-
sabe que existen pocas cosas más peligrosas en el mundo que la
salud y los usos relacionados con ella. No me estoy refiriendo a la vida
misma, epidemia con una mortalidad del 100% bastante extendida en todo
el planeta -de cuyos peligros ya he advertido a la opinión pública
en otras ocasiones (ver "Acuso a la vida", Lateral n.º
96). No volveré a incidir sobre el tema, pero no puedo quedarme
callado ante la industrializada obsesión de nuestra época
por mantenerse juvenil, sano y crujiente a toda costa y coste.
Especial importancia tiene mi advertencia a las puertas de la temporada
estival, estación contradictoria que también desenmascaré
en su día (ver "Lo peor es el bochorno", Lateral n.º
103), lamentablemente, igual que en el caso de la vida, sin haber logrado
sacudir la sociedad, circunstancia que, desde luego, no me desviará
de mi propósito alarmista.
Ya les digo, el peligro no se reparte de igual manera en cada época
del año. Según T. S. Eliot, abril es el mes más cruel,
pero él trabajaba en un banco y a lo mejor ésa era la época
de hacer el arqueo. También puede ser que eligiera abril por razones
puramente poéticas. La verdad es que "noviembre es el mes
más cruel", por ejemplo, suena fatal. Sea como fuere, sostengo
que agosto es el mes más peligroso, es cuando todo el mundo se
siente tentado por tostarse, dar alaridos en plena mar y hacer todo tipo
de ejercicios contraproducentes e impropios. Basta remitirme a la canícula
del año pasado, que causó mortales daños colaterales
en toda Europa, consecuencia por la cual, ipso facto, fue relevado el
ministro francés de Salud Pública.
Para evitar posibles malentendidos, no tengo nada contra los deportes,
las dietas, los cuidados intensivos y demás supletorios. Simplemente,
como son peligrosos para la salud, considero que mi deber es informar
a la sociedad. Sobre todo en esta época en que nadie -ni siquiera
yo, que con cierta frecuencia como tortitas de arroz integral y a veces,
incluso, llego a respirar hondo- está a salvo del delirio sanitario.
Antes sólo la juventud se caracterizaba por los excesos, ahora
esto se ha extendido hasta la tercera edad.
Como es lógico, a mí no se me suele tomar en serio cuando
hablo de estos asuntos incómodos. Un día me enteré
de que Juan Fran Jiménez, joven y respetado redactor de esta revista,
practica el baloncesto, voleibol o algún deporte por el estilo,
y no pude evitar llamarle la atención sobre los peligros que semejantes
prácticas encierran. Él me contestó con una sonrisa
que corresponde a un jefe con quien no vale la pena discutir cuestiones
deportivas, pero a la semana apareció en la redacción con
un collar de yeso de lo más cuqui, que ya le acompañó
durante largas semanas.
Naturalmente, el caso de Juan Fran no es único. De vez en cuando
nuestra redacción tiene el aspecto de la sala de urgencias de un
hospital: lisiados, gente con muleta, jóvenes inyesados por doquier.
Únicamente Robert Juan-Cantavella se sostiene firme y fuerte en
su refracción al deporte. Él llega cada mañana infalible,
con un zumo probadamente artificial en una mano y el pitillo en la otra.
El símil más acertado con su sanote color de jefe de redacción
sería el de la masa de pan antes de hornear, en caso de que la
masa de pan no se afeitara y llevara, en cambio, gafas de sol. Característicamente,
el único accidente que le computé no fue por afán
de mantenerse en forma, sino por perderla después de una juerga
cuando se le ocurrió correr delante, o, tal vez, detrás,
de un toro. No tuvo ocasión de aclararlo.
No voy a cansarles con más ejemplos domésticos, pero comprendan
mi preocupación por el estado físico del equipo lateral:
todos tan jóvenes, impetuosos y esperanzadores. Además,
no creo que haga falta seguir enumerando casos. Seguramente todos ustedes
están rodeados de víctimas de las dictaduras deportivas,
dietéticas y cosméticas, que, según mi modesta estadística
casera, causan más bajas que el Mal supremo de nuestra época,
el tabaquismo, o las por el momento menos vilipendiadas bebidas alcohólicas.
¿Quién no conoce a respetables padres de familia que, después
de exponerse al ridículo de aprender esquiar a los cuarenta y pico
años, pagaron con vitalicias roturas de ligamentos la aventura?
¿Quién no ha visto a vecinos, amigos o colegas dados de
baja por decidir un buen día que quieren rivalizar con sus hijos
en la práctica de patines u otros deportes de riesgo?
Puedo poner otro ejemplo. Cada tanto en mi barrio pasa un maratón
popular. Quien haya visto estas multitudes exhaustas arrastrándose
por las calles de Barcelona y exhibiendo sus carnes -sus imperfecciones
de nacimiento y las adquiridas por la edad-, su ahogo y dolor, su sufrimiento,
no puede afirmar que estaba presenciando una demostración de la
salud.
Pero voy más allá, al fondo de la cuestión. Mi tesis
es que incluso la salud innata encierra cierta peligrosidad. Conozco a
varias personas víctimas de su salud rebosante: deportivos, enérgicos
y resistentes, que desconocen sus límites, fuman, beben y fornican
sin moderación alguna y, como castigo, reciben su merecido. Al
contrario, una persona debidamente enfermiza, cuyo estado de salud no
permite excesos ni vicios, tiene unas perspectivas vitales muy superiores.
En el edificio céntrico de Budapest donde se habían instalado
mis abuelos a principios de los años veinte, vivía también
el señor Weiner, que en la década de los ochenta sobrepasaba
ya los cien años. Al visitar a mi abuela, a veces coincidimos y
él siempre me adelantaba por la escalera. "¡Mira ése,
mira el cabrón!", solía enseñarme su sombre
veloz mi padre -un hombre larger than life y ex campeón que, lógicamente,
a los cuarenta y dos ya sufrió su primer infarto-, "Cuando
yo era un niño -decía jadeando mi padre, a la sazón
septuagenario- ese capullo ya era exactamente así: pelado, flaco,
pálido, nadie hubiera dado cuatro chavos por él…".
La precaria salud le aseguró al señor Weiner una larga vida
que sólo la corrección política logró segar
(al final, su familia le convenció para que se metiese en un asilo,
donde "estaría mucho mejor", y, como es natural, la diñó
a los pocos meses), pero los que tenemos la mala suerte de nacer sanos
y fuertes tenemos que prepararnos para lo peor.
La lógica de la salud es como la del buen trabajo. Póngase
usted a hacer bien las cosas y terminará haciendo el trabajo de
medio despacho: lo colmarán de faena, lo perseguirán, lo
machacarán y luego, por inservible, lo despedirán. En cambio,
haga usted el inútil (que, además, le saldrá mucho
mejor) y lo dejarán en paz y lo respetarán como ciertas
tribus veneran a los dementes.
Sé de estos asuntos desde la edad en que mi padre conoció
al señor Weiner. En mi infancia iluminada por la estrella roja,
había una campaña sanitaria cuyo ubicuo lema afirmaba que
"el aseo es media salud". Educados en la dialéctica marxista
leninista, nosotros llegamos a la conclusión de que entonces la
otra mitad tiene que componerse de la suciedad. Avanzando en los estudios,
vimos que, efectivamente, para la buena salud hacen falta una serie de
bacterias, virus y demás componentes altamente dañinos.
Hay ciertos indicios de que ni mis descubrimientos infantiles ni mis aseveraciones
seniles acerca del lado oscuro de la salud tienen mucho que hacer en nuestra
época purista y deportiva en que la búsqueda de la perfección
corporal y sanitaria se ha vuelto la vía más transitada
a la Redención. También en la esfera intelectual-espiritual
han vuelto a aparecer los campeones de la moral pública, que con
infalible seguridad señalan el bien y, sobre todo, el mal.
Ante tanto espíritu deportivo, pureza y maximalismo, reconforta
saber que lo mejor es enemigo de lo bueno, la fuerza puede ser debilidad
y que la otra mitad de la salud la compone la suciedad. Tomaré
una caña al homenaje del señor Weiner.
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