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junio
2004
Nº 114

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Este o este
MIHÁLY DÉS
Ante la reciente ampliación
de la Unión Europea y su apertura hacia los países del Este,
se impone una reflexión sobre las afinidades y compatibilidades
de dos regiones que han vivido históricamente separadas. El autor,
desde su doble condición de europeo del Este y del Oeste, señala
algunas claves para entender este acercamiento.
El otro día tuve el gusto de conocer
dos puntos de vista para mí nuevos sobre la Unión Europa.
Andaba yo de anfitrión con un equipo de la televisión húngara
que rodaba un documental sobre la percepción de su flamante ampliación
hacia el Este. El equipo llegó al Camp Nou, donde se topó
con unos escolares noruegos, y al reportero magiar no se le ocurrió
nada mejor que interrogarles acerca de la UE. Sin una sola excepción,
le contestaron -en un inglés que invita a pedir la renuncia retroactiva
de todos los ministros de Educación desde el fallecimiento de don
Francisco Franco- que de la Unión Europea nones, que ellos, que
tienen petróleo, no la necesitan, como tampoco que países
mucho más grandes que Noruega les digan lo que tienen que hacer.
Ese mismo día, el guión del documental nos condujo a una
clase de periodismo en la Universidad Pompeu Fabra, donde, como si nada,
por cada alumno había un ordenador. Los futuros comunicadores y
formadores de opinión no fueron tan contundentes como los bachilleres
vikingos, y su respuesta introducía un matiz: "Jo no estic
en contra de l'ampliació, però…". El "pero"
servía para encabezar una relación de quejas sociales y
nacionales, que se podría resumir de la siguiente manera: por una
parte, la UE no es la unión de la democracia, los derechos humanos
y la justicia, sino del neocapitalismo y del mercado; por otra, en esa
Europa mandan los países grandes, y ellos, como catalanes, conocen
muy bien lo que es pertenecer, contra su voluntad, a un Estado y sentirse
limitados en el ejercicio de su lengua y libertades…
Sea por razones mercantiles o por su contrario, la Unión Europea
no parece gustarles demasiado a los, por lo demás, manifiestamente
solidarios y progresistas jóvenes de la mitad occidental del continente.
No así a sus contemporáneos del Este, entre quienes la idea
de una Europa unida despierta esperanzas y entusiasmo.
Ellos saben, por ejemplo, algo de lo que los universitarios catalanes
no parecían tener conciencia, y que hasta los adolescentes noruegos
destacaron: España es uno de los países a los que más
ha aportado el ingreso a la UE, y el que más ha podido aprovechar
estas posibilidades. Y aunque a los del Este ya no les tocarán
tantas ayudas y oportunidades, el ejemplo sigue calentando los corazones.
En el Este saben también que, a diferencia de lo que piensan muchos
occidentales, ahora pueden contar con el apoyo de los Estados, y sobre
todo con el de los grandes. Confían más en los tratados
y convenios que en la buena voluntad de la gente. La Unión Europea
no es un proyecto caritativo, pero sería mucho suponer que Alemania
no hubiera logrado la misma hegemonía económica en el Este
sin la existencia de ese marco paneuropeo. Por otra parte, ¿qué
interés imperialista impulsaba a Alemania a financiar buena parte
de los fondos europeos de los que tantos beneficios sacaron países
como España o Portugal?
Con todo, el europeísmo de los ciudadanos del Este es mucho más
cultural que económico, por tanto, más incólume que
el amor al mercado. Sus raíces están en la cultura cristiana
común, tomó conciencia en el Siglo de las luces, se convirtió
en programa patriótico con el Romanticismo, en orgullosa denominación
de origen en la época del positivismo y en amarga nostalgia durante
el siglo xx.
Ese amor hacia un continente que a veces los maltrató y casi siempre
los ignoró marca en sí una diferencia casi abismal entre
las dos Europas. Hay otras también. Es llamativo que Europa occidental
no conozca invasiones desde la entrada de los árabes en la Península
Ibérica y la retirada de los vikingos de sus costas atlánticas.
En el más difuso y abierto hemisferio oriental, en cambio, las
invasiones se han sucedido hasta ayer. La destrucción cíclica
conllevaba la constante necesidad de volver a empezar desde cero, de replantear
todo, de ver censurados o aniquilados los valores.
En el último siglo y medio, por ejemplo, cada generación
de Europa central tenía que construir una nueva identidad, forjar
una nueva conciencia, adaptarse a un nuevo orden. En este sentido, la
ampliación de la Unión Europea, por más positiva
que sea, no es ninguna excepción.
El hemisferio occidental también ha conocido terribles vicisitudes
durante el mismo período, pero en ningún lugar se puede
encontrar algo parecido a un checo, por ejemplo, de la generación
de Bohumil Hrabal, quien ostentó seis nacionalidades diferentes
sin moverse jamás de su país.
Todas esas experiencias han provocado una relación diferente con
la realidad, que en muchos aspectos recuerda a las que los latinoamericanos
tenían con la suya. Borges describe así a sus compatriotas
-y donde dice argentino, podría decir europeo del Este-: "El
argentino, a diferencia de los americanos del Norte y de casi todos los
europeos, no se identifica con el Estado. Ello puede atribuirse a la circunstancia
de que, en este país, los Gobiernos suelen ser pésimos o
al hecho general de que el Estado es una inconcebible abstracción;
lo cierto es que el argentino es un individuo, no un ciudadano. Aforismos
como el de Hegel 'El Estado es la realidad de la idea moral' le parecen
bromas siniestras"
Las diferencias entre las dos mentalidades son tan notables que a veces
da la impresión de que en el Este todo está al revés:
los liberales son considerados de izquierdas, la izquierda (con excepción
de la marxista leninista) es pro occidental, y el odio al capitalismo,
a la economía de mercado, es propio de la extrema derecha e incluye
el repudio de la democracia.
El intelectual del Este que defiende los valores de la tolerancia y la
justicia social aborrece la simplicidad de la cultura popular estadounidense
(su vestir, comer, diversión…), por lo general tiene una
opinión pésima sobre los productos de Hollywood y sospecha
de una película que ha merecido el Oscar; pero en lo político
no es tan visceralmente antiamericano como sus semejantes occidentales,
ni siquiera cuando se muestra radicalmente contrario a una política
o a un político. Éste podría ser el caso de la guerra
de Irak, también impopular en el Este, pero no menos que la dictadura
de Sadam Hussein. Lo mismo se puede decir en relación con el conflicto
de Oriente Medio: en el Este no se acuerdan sólo de las barbaridades
cometidas por Israel, sino también de los crímenes de los
palestinos.
Resulta, asimismo, poco probable que en el Este de Europa despierte solidaridad
un presidente latinoamericano con pasado golpista y presente autoritario
como es el venezolano Chávez. En caso de que lo conozcan. Porque
es muy probable que no sepan de su existencia. Ésta es una de las
debilidades del Este: tiene mucha sensibilidad para su propio martirio
y poca para los que padecen los demás, especialmente los del Tercer
Mundo.
Lo que está claro es que si existiera diálogo entre las
dos mitades de Europa, tendría mucho que aprender la una de la
otra. Ahora que la UE ha crecido con 75 millones de consumidores y que
incluso los países que no han podido ingresar están más
cerca, las posibilidades económicas de Europa pintan bastante bien
para ambas partes.
En otros aspectos, en cambio, la unión parece más difíl.
Entre la opulenta indiferencia de la mitad occidental y las acomplejadas
ansias de la oriental puede haber poco acercamiento. Ya lo había
previsto Gombrowicz en relación con su patria: "¿Qué
es Polonia? Un país entre el Este y el Oeste donde Europa casi
termina; un país de tránsito donde Este y Oeste se debilitan
mutuamente". O sea, puede ocurrir que de aquí a unos años
las todavía deliciosas frutas del Este tampoco sepan a nada, y
que los lavabos del Oeste también estén hechos una porquería.
Esto en el peor de los casos, que no necesariamente tiene que llegar.
Depende de si lo miramos con ojos del Este, donde suelen consolarse con
la frase "No te preocupes, aún vendrán tiempos peores",
o lo miramos con los del Oeste, donde para todos los problemas hay una
rebaja irresistible o un plan de hipotecas vitalicio.
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