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abril
2004
Nº 112

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Paisaje después de la masacre
MIHÁLY DÉS
Los apenas cuatro días que separan el atentado
de Madrid el 11 de marzo y la victoria del Partido Socialista en las elecciones
generales no sólo han cambiado el mapa político de España,
sino que han creado una nueva sensibilidad. Resulta difícil digerir
todo lo que ha ocurrido, pero, desde ya, se sabe que sus consecuencias
trascienden más allá de los resultados electorales.
La tragedia carece de protocolos, así que
la noticia de un devastador atentado en la estación de Atocha en
la mañana del jueves 11 de marzo produjo las típicas reacciones
de esos casos para los que nadie está preparado: desconcierto,
rabia, compasión, impotencia, dolor, miedo… Pero una vez
repuestos del primer shock, se pusieron en marcha los consabidos mecanismos
psicológicos y sus correspondientes aplicaciones sociales.
Como al principio parecía (y no sólo porque lo decía
el gobierno) que la masacre fue obra de ETA, cundió el pánico
entre los simpatizantes del ecumenismo nacionalista de Carod-Rovida, partidario
de mantener una relación civilizada con los terroristas vascos,
y hubo fundamentados temores entre la izquierda, en el sentido que el
atentado le daría la mayoría absoluta al Partido Popular
en las elecciones que se celebraban tres días después.
Lógicamente, en el otro lado había cierta satisfacción
y un ambientillo de "ahora os enteraréis, capullos".
Pero conforme crecía el número de cadáveres, a eso
de las cuatro de la tarde y con unos 180 muertos, empezó a reforzarse
la tesis que adjudicaba la autoría de la masacre al grupo islamista
Al Qaeda, noticia que causó una honda preocupación en la
derecha y un palpable alivio en círculos izquierdistas y nacionalistas,
que últimamente comparten afinidades electivas.
El día del viernes, el distanciamiento interpretativo entre los
dos bandos había llegado a tales extremos que daba la impresión
de que, en realidad, se habían producido dos atentados en dos países
diferentes. Imperturbable ante los resultados de las investigaciones,
el portavoz del gobierno seguía defendiendo su tesis sobre la autoría
de ETA, al mismo tiempo que ciertos grupos nacionalistas e izquierdistas
intentaron convertir las masivas manifestaciones contra el terrorismo
en actos de repudio antigubernamentales. El sábado, la rabia de
estos grupos empezó a transmutarse, hasta que a las diez de la
noche, y con 199 muertos, presencié desde mi balcón una
cacerolada realmente festiva contra la guerra de Irak y el Partido Popular.
Así llegamos a las elecciones generales del domingo, en que, contra
todos los pronósticos, salió ganador el Partido Socialista.
Como era de esperar, el vuelco político, en lugar de serenar los
ánimos, atizó los antagonismos. Desde el bando de los perdedores,
se sugería que los socialistas ganaron gracias al terrorismo islámico,
y en el otro lado se oían voces que señalaban al gobierno
como responsable último del atentado.
Negar la relación entre la participación de España
en la guerra de Irak y el atentado de Madrid es tan absurdo como establecer
una relación directa de causa-efecto entre los dos hechos. Si esa
ecuación fuera cierta, también debería serla aquélla
según la cual la victoria del PSOE está manchada de sangre.
Por definición, el crimen crea una relación con sus víctimas.
Stalin liquidó a la aristocracia rusa, la burguesía, la
Iglesia, los campesinos acomodados, la intelligentsia, los nacionalistas
y los diversos izquierdistas porque hacían peligrar su poder, el
poder de los soviets ¿Lo hacían peligrar de verdad? En cierto
sentido sí, por tanto, fueron responsables de su propia eliminación.
Al menos, así es como argumentaban, entre otros, los antepasados
ideológicos de muchos de los progres actuales.
La hipotésis según la cual la masacre de Madrid fue un castigo
por la responsabilidad bélica de España en Irak ignora la
naturaleza del terrorismo e, indirectamente, justifica su actuación.
Esa idea de "se lo buscaron" afloró con vigor después
de los atentados contra las torres gemelas, y está al orden del
día en relación con Israel. Su versión ibérica
es equiparar el terror de ETA con "el terrorismo de estado"
del Partido Popular, y, a partir de la invasión de Irak, tacharles
de criminales de guerra.
Hay muchos países que tienen soldados en Irak y que, por tanto,
podrían ser objetivos de un ataque terrorista. La elección
de Al Qaeda poco tiene que ver con ese tipo de responsabilidades. Necesitaban
dar un nuevo golpe, y posiblemente España ofrecía un campo
más fácil que Estados Unidos, Inglaterra, Italia, Japón
o Polonia.
Todo esto, partiendo de la idea de que el atroz atentado fue consecuencia
de la guerra -lo cual, dicho sea de paso, además de sembrar el
caos, devolvió la libertad religiosa a los musulmanes de Irak,
en nombre de quienes asesina Al Qaeda-. Y si Aznar hubiera sido tan buen
chico como la paloma Chirac, ¿estaríamos a salvo? Los días
anteriores de la matanza de Atocha, esa Francia valientemente antibelicista
estaba paralizada de miedo a causa de la amenaza de un desconocido grupo
islamista. Por lo visto, deseaban expresar su desacuerdo con la ley del
velo.
No hay manera de quedar bien con Al Qaeda y sus semejantes. Su enemigo
principal no es Aznar ni la derecha, sino Occidente y su democracia: esas
mujeres que se atreven a opinar, esos jóvenes impíos que
actúan como les da la gana, esa intelligentsia multiculturalista
y descreída.
Todo lo demás es cierto: el terrorismo no se puede erradicar sólo
con medidas policiales y militares, es necesario contribuir al desarrollo
social y económico de los países islámicos, la lucha
antiterrorista no puede justificar cualquier desmán, el PP ha pecado
de arrogancia, etc., etc., etc.
¿Ha sido, quizás, esa arrogancia lo que les ha hecho perder
las elecciones? Votos, seguramente, no les ha hecho ganar. Sin embargo,
en las municipales -con la guerra de Irak y el desastre del Prestige a
flor de piel- salieron reforzados. Como esta tesis no se sostiene, ahora
prevalece la teoría de que su derrota fue consecuencia de "sus
mentiras" al informar sobre la masacre. Algo de eso seguramente hay,
aunque tampoco había tiempo ni espacio para mucha manipulación,
que, por otra parte, fue debidamente desenmascarada por varios medios
de comunicación y la mayoría de las misivas de reenvío
electrónico.
Por más vueltas que le demos, no pudo haber otra causa capaz de
cambiar el curso político en tres días que la conmoción
causada por la masacre. A todo el mundo le incomoda esta idea, pero la
historia se escribe así, y en ningún caso sería culpa
del vencedor Partido Socialista. La creación de Israel hubiera
sido impensable sin el Holocausto, pero no por eso los israe-líes
deberían responsabilizarse por los crímenes del nazismo.
Si el atentado hubiera sido de ETA -como podría haber sido-, el
PP probablemente hubiera ganado por mayoría absoluta. Los mismos
que ahora se indignan ante la suposición de que el atentado de
Atocha pudo contribuir a cambiar la opinión de una parte del electorado,
y a movilizar a otros que tradicionalmente no votan, ¿rechazarían
también la idea de que ese hipotético atentado de ETA hubiese
reforzado al PP?
No veo en esta supuesta atribución el punto débil del triunfo
socialista, sino en que el triunfo no ha sido del todo conquista propia.
Se trata de una victoria contundente, limpia y merecida, pero también
coyuntural. Por más positiva que sea la imagen personal de Zapatero,
el número de votantes que separa el inesperado y apoteósico
resultado de la esperada y dulce derrota no ha dependido de la propuesta
social o el modelo económico del PSOE, sino de unas circunstancias
excepcionales en las que las emociones desempeñaron el papel protagonista.
No es la primera vez que ocurre, y no hay nada malo en ello. Como dirían
en un departamento de marketing, "no es un problema, sino una oportunidad".
Pero significa también que si no se cumplen ciertas expectativas
-por otra parte, difíciles de cumplir-, las aguas volverán
a su cauce. Para que no sea así, no bastará el buen talante
de Zapatero, que ahora tendrá cuatro años para ganar a pulso
las elecciones que acaban de darle un triunfo holgado.
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